VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Exposición que hizo Fernando Bermúdez en la presentación de la Agenda Latinoamericana en Cádiz el 18 de Noviembre de 2010
José Arregui. No queremos ni podemos dejar de creer en Dios en nuestro tiempo. Pero tal vez no podamos creer de la misma manera en que lo hemos hecho. Todo lo que vive se transforma, y también se transforman la fe viva y la palabra.

Nuestros tiempos nos ofrecen la gracia de creer en un Dios más creíble. Y nos damos cuenta de que los pocos ateos que quedan y los muchos agnósticos que aumentan nos ayudan precisamente a creer en un Dios más digno de fe.

No podemos creer en un Dios Padre, Señor, Rey, soberano, omnipotente. Un Dios inmutable, separado y lejano. Un Dios autoritario, providente y vigilante. Un Dios que se revela solamente a quien quiere, que ha elegido a un pueblo más que a otros, que atiende e interviene cuando quiere. Un Dios que impone normas intocables y exige culto. Un Dios que se ofende y aíra, que pone a prueba y castiga. Un Dios que se impone y da miedo.

No, en ese Dios no podemos creer, porque no es verdadero, porque simplemente no existe. “Los conceptos de Dios rancios, simples u obsoletos ya no satisfacen. Sin embargo, nacientes ideas de diversos contextos del mundo recogidas en la teología se prevén mucho más sabrosas” (E. Johnson, La búsqueda del Dios vivo, Sal Terrae, Santander 2008, p. 18).

Creo que nuestro tiempo nos invita a revisar en buena parte nuestra representación de Dios, tanto imaginaria como conceptual. Y “el eje de esa nueva concepción no será la distinción entre Dios y el mundo, sino el conocimiento de la presencia de Dios en el mundo y de la presencia del mundo en Dios” (J. Moltmann, Dios en la creación. Doctrina ecológica de la creación, Sígueme, Salamanca 1997, p. 26)

Es bueno creer en el Dios que lo habita todo y en quien todo habita, el “Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Un Dios que no es parte del mundo ni la totalidad del mundo, pero que tampoco es alguien ni algo exterior al mundo y separado de él.

Un Dios en quien el mundo es y todos somos como el niño en la madre y mucho más, como la luz en la llama y mucho más, como el sentido en la palabra y mucho más, como el espíritu en el cuerpo y mucho más. Un Dios que es la Gran Realidad de toda realidad, y que no está “más allá, fuera del mundo, sino más acá, en la profundidad de las cosas, como su fundamento y su misterio” (J. Alvilares, Dios en los límites, PPC, Madrid 1999, p. 40).

Un Dios que es el corazón de la realidad que nos rodea, que nos constituye, que somos. Un Dios que todo lo anima, lo sostiene, lo habita. Dios no es ni trascendente ni inmanente al mundo y a todos los entes. No es un objeto que podemos ver, conocer, pensar. No es un ente entre los entes. No es el Super-Ente. Es el Ser de todo cuanto es.

O, como dicen los Upanishads indios, no es lo que el ojo ve, sino El que ve en el ojo; no es lo que el oído oye, sino El que oye en el oído; no es lo que el pensamiento piensa, sino El que piensa en el pensamiento; no es lo que los sentidos sienten, sino El que siente en todos los sentidos… Dios es el Misterio que funda, precede, acompaña. La presencia que sufre y goza en todos los seres.

1. ¿Existe Dios?

¿Cómo podemos saber si Dios existe? Y si existe, ¿qué podemos saber de Él? ¿En qué Dios creer? ¿Qué religión profesar? Creyentes y no creyentes, en momentos decisivos de sus vidas, se plantean estos interrogantes

Hay gente que duda de la existencia de Dios o duda del Dios en que cree e incluso duda de sus dudas. Verdaderamente, el tema de Dios nos sobrepasa. Estamos frente a algo que nos trasciende.

Los avances de la ciencia y de la técnica pueden hacernos dudar de la existencia de Dios. En el siglo XIX Charles Darwin lanza la teoría de la evolución de las especies quitándole a Dios la paternidad de la autoría de la vida. Posteriormente, el físico inglés Stephen Hawking, junto con otros científicos, investiga y descubre que el universo tuvo su origen en el Big Bang hace aproximadamente 14.000 millones de años. Demuestra que la evolución del cosmos sigue las leyes de la física y concluye diciendo que ahí no hay presencia de Dios alguno.

Yo pienso que la teoría del Big Bang no niega ni contradice la existencia de Dios. Tampoco la demuestra. Yo como creyente, intuyo y descubro ahí una sabiduría sobrehumana. El Big Bang me revela la magnitud, inalcanzable para el ser humano, de una sabiduría y una fuerza cósmica misteriosa que nos trasciende, como el Bien absoluto.

Pero todavía me surgen un montón de interrogantes: Si se dice que Dios existe, ¿qué son para Él los 14.000 millones de años de existencia del Universo? ¿Antes del Big Ban, qué había? ¿Es posible que nuestro Universo sea parte de infinidad de universos? Si Dios es eterno, es decir, que siempre ha existido, ¿qué hacía durante ese tiempo infinito que se pierde más allá en nuestra mente? No comprendo. Santa Teresa de Ávila decía: que si nosotros comprendiéramos el misterio de Dios, Dios no sería Dios o nosotros seríamos dioses.

En verdad, con la razón no podemos demostrar la existencia de Dios, como tampoco podemos demostrar su no existencia. El filósofo y teólogo Hans Kung dice que hasta el que no cree en la existencia de Dios admite al menos la hipótesis de su existencia.

Según él, hay argumentos a favor de su existencia y argumentos en contra. Las pruebas de la existencia de Dios radican, no solamente en la realidad del mundo y del ser humano, sino sobre todo en la existencia de un posible fundamento primero, soporte primordial y sentido originario de la realidad, siguiendo los planteamientos de Platón y Aristóteles. Se trataría de pasar de la realidad experimental a la trascendente, de lo finito a lo infinito.

Pero del mismo modo, ¿se puede afirmar que un Dios objetivado y demostrado sea verdaderamente Dios? La razón y la ciencia no nos demuestran la existencia de Dios. Hay interrogantes serios que con temor y temblor, me atrevo a plantear. Se trata de la existencia del mal en el mundo, del dolor de los seres vivos. En la misma naturaleza los animales más fuertes viven a costa de los más débiles, persiguiendo y descuartizando a los más pequeños.

El pez grande se come al pez chico. ¿Quién hizo así la naturaleza?, ¿Quién hizo al tigre y al venado?, ¿a qué jugaba el creador? ¿Se trata de un Dios creador sádico que se divierte con espectáculos de sangre? ¿Es que para que la naturaleza se conserve viva, requiere tanto sufrimiento? Y si vemos las catástrofes por terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, que siembran destrucción, dolor y muerte; o los crueles genocidios y guerras, o las enfermedades que conllevan un cúmulo de dolor físico y moral, nos preguntamos ¿qué Dios es éste que permite tanto dolor y sufrimiento?

Parece que el que creó la naturaleza se goza en ver sufrir y morir a sus mismas criaturas. Si Dios es justo y bueno, pero no pudo hacer de otra manera la naturaleza, es que no es todopoderoso. Y si realmente es todopoderoso y, pudiendo hacer la naturaleza sin sufrimiento, no la hizo, es que no es bueno. Un Dios bueno no quiere el sufrimiento de sus criaturas.

Algunos me dicen: con tanto mal que hay en el mundo, ¿cómo es posible creer en Dios? Tienen razón. No es fácil dar una respuesta. Pero también pienso que con tantas cosas buenas y bellas que hay en el mundo ¿cómo se puede dejar de creer en Dios?

En medio de estos interrogantes y sombras, me atrevo a afirmar que Dios existe. Que Dios es un misterio, una realidad totalmente incomprensible. Que por la razón no llego a alcanzarlo. Que sólo le encuentro por la experiencia interior que transforma la vida personal, haciendo del ser humano una persona divinizada, con proyección de eternidad, que vive aquí y ahora, en la historia, amando y construyendo una nueva humanidad de justicia y fraternidad. Creo que quien busca a Dios con sincero corazón, lo encuentra, aun sin despejar estos grandes interrogantes y dudas más existenciales.

Yo comparo a Dios con el amor. Quien no ha amado no puede comprender qué es el amor. Para entenderlo hay que experimentarlo. Así pasa con Dios. Sólo quien ha tenido la experiencia de haberlo sentido puede asegurar su existencia. La persona humana no es sólo un ser biológico, no es sólo razón. Es también espíritu, vida interior y sentimiento.

Desafiando las dudas e interrogantes, anteriormente planteados, descubro una sinfonía cósmica que va de lo simple a lo complejo, de lo difuso a lo organizado, de lo no viviente a lo viviente y a lo pensante, que culmina con el ser humano, y que nos manifiesta un orden que va más allá de la ciencia y de la lógica.

Pedro Casaldáliga, en la introducción a la Agenda Latinoamericana 2011, dice que: “José Saramago, ateo asumido y militante, pero que hace de la religión materia frecuente de sus textos, nos ha dado una poética y contemplativa definición de Dios: “Dios es el silencio del Universo y el hombre el grito que da sentido a ese silencio”.

Retomando a Saramago, me atrevo a decir que Dios es el silencio del Universo y el grito de la humanidad que sufre, el grito del hombre y de la mujer, que desde lo hondo de su ser se preguntan: ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿por qué el mal en el mundo? De nuevo Casaldáliga nos dice que “los seres humanos necesitamos un sentido para vivir, y ese sentido sólo lo encontramos si abrimos nuestro corazón, en la intimidad, al misterio de lo sagrado, al valor absoluto del amor, a la realidad última, a la divinidad” (Agenda Latinoamericana, 2011, p.34).

Los antropólogos enseñan que desde que el hombre apareció sobre la tierra ha tenido una dimensión religiosa y ha buscado a Dios a través de mil expresiones, sobre todo de los fenómenos de la Naturaleza. Caldeos, egipcios, hindúes, íberos, celtas, griegos, romanos, mayas, aztecas, incas… pueblos de África, de Asía y de las islas de la Oceanía, todos, han expresado su búsqueda y relación con Dios. Algo hay en el corazón humano que le está conectando con la trascendencia. Con razón decía Agustín de Hipona que nuestro corazón busca a Dios y no descansa hasta que lo encuentra. La experiencia demuestra que el ser humano es religioso por naturaleza, señala Eduardo Hoonaert.

Miguel de Unamuno decía: “Mi razón no me da luz sobre el interrogante de Dios. Mi corazón y mi sentimiento, me dicen: Dios tiene que existir… Mientras peregriné por los caminos de la razón en busca de Dios, no puede encontrarle… Pero al ir hundiéndome en el escepticismo racional de una parte y en la desesperación sentimental de otra, se me encendió el hambre de Dios, y el ahogo de espíritu me hizo sentir su realidad…

El Dios racional, es decir, el Dios que no es sino Razón del Universo, se destruye a sí mismo en nuestra mente en cuanto tal Dios, y sólo renace en nosotros cuando en el corazón lo sentimos como persona viva…” (Del sentimiento trágico de la vida, Espasa-Calpe, Madrid 1976). Asimismo, Kant dijo que por la pura razón no se puede encontrar a Dios, sino solo por la experiencia.

En definitiva, yo no creo en Dios por razones filosóficas ni por demostraciones científicas. No puedo demostrar su existencia por la razón. Sólo puedo dar testimonio de su existencia por la experiencia. La prueba de que Dios existe son sus testigos, y yo soy también testigo a través de la vivencia que de Él tengo, una vivencia racionalizada, por supuesto.

No es posible que hombres y mujeres que vivían como si Dios no existiera, después de un encuentro personal con Él, hayan cambiado radicalmente sus vidas. Ahí están, por ejemplo, Pablo de Tarso, Mahammad (Mahoma), Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos de Foucauld, Raisa Maritain, León Bloy, José Mª García Morente, Miguel de Unamuno, Charles Nicolle, Simone Wei, Mahamma Gandhi, Luther King, Lanza del Vasto, Hermano Roger de Taizé… La experiencia existencial, religiosa, de aquellos hombres y mujeres que, en virtud de un encuentro vivencial con Dios, ha cambiado sus vidas y las han entregado a la causa de la justicia y del amor, es indiscutible y es un reflejo de la existencia de Dios.

Por eso es necesario pasar de la pura racionalidad a lo vivencial, lo afectivo, lo ético, lo estético… y desde ahí descubrir la racionalidad. No podemos limitarnos al sentimiento. La experiencia, sin duda, es la principal fuente de la fe en Dios, pero también hay que dar razón de esa experiencia, tal como dice la primera Carta de Pedro: “estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza ante cualquiera que os pida una explicación” (1 Pe 3,15).

2. ¿Qué Dios? ¿En qué Dios creemos?.

Hoy el problema, tal vez, no sea tanto el ateísmo, es decir, si existe o no existe Dios. La discusión no se mueve en el plano ontológico y metafísico, sino práctico. Una gran mayoría de la población mundial se confiesa creyente. El nombre de Dios está en boca de la gente. El problema no está, por lo tanto, en el ateismo, sino en qué Dios creemos. O dicho de otro modo, en la creencia en el verdadero Dios o en los falsos dioses. La cuestión que preocupa, entonces, es la idolatría. Esto es, que tras el nombre de Dios, puede esconderse el culto y adoración a multitud de dioses.

Mucho más trágico que el ateísmo es la fe y la esperanza en los falsos dioses. Con razón Simone Wei dijo: “No hay nada más trágico que descubrir que se está adorando y amando a un ser imaginario, que no es real”, un dios creado a “imagen y semejanza” del hombre, un dios creado por el mismo hombre.

Hay muchas concepciones de Dios, opuestas entre sí. Dioses que no tienen nada que ver unos con otros, que incluso están en competencia. Podemos decir que existe una lucha entre los dioses. Se habla de Dios, se predica a Dios, se alaba a Dios… pero ¿qué Dios? Pedro Casaldáliga dice que “el problema está en saber de qué Dios hablamos y qué entendemos por religión”. “Porque todas las religiones –sigue diciendo Casaldáliga- pueden ser verdaderas y todas pueden albergar, simultáneamente, mucha falsedad”. De ahí que “todas las religiones tienen la misma dignidad”, en palabras del cardenal Jean Louis Tauran.

En realidad no es Dios el que está en crisis, señala Juan Arias. Lo que está en crisis son esas falsas imágenes de Dios que hemos fabricado con nuestra visión estrecha del misterio, de lo divino. El Concilio Vaticano II llegó a decir que la causa del ateismo en el mundo eran las deformaciones que los creyentes habíamos hecho de Dios. Se ha hecho un Dios a nuestra medida, para legitimar nuestra conducta. Hemos hecho de Dios un ídolo.

Hay multitud de imágenes de Dios, y de cada imagen de Dios deriva un modelo de religión, que es el conjunto de creencias, dogmas, normas, ritos, signos, símbolos y prácticas sociales que, con frecuencia, se han hecho una costumbre rutinaria, sin espíritu, sin vida y sin compromiso alguno.

En realidad, pocas palabras hay tan gastadas como la de Dios. Habla de Dios el rico y habla de Dios el pobre, habla de Dios el opresor y habla de Dios el oprimido. Habla de Dios el tirano y habla de Dios el justo. Habla de Dios el explotador y habla de Dios el explotado, el excluido y marginado. Habla de Dios el poderoso y habla de Dios el débil, habla de Dios el cristiano y habla de Dios el musulmán. Habla de Dios el creyente y el no creyente. En Dios caben todos. Pero, ¿qué Dios? Loidi dice: “Dios, palabra equívoca, donde caben los conquistadores, los misioneros, los sacrificios humanos, los heroísmos salvadores, los que quitan la vida y los que la dan”.

¿A qué Dios se refiere cada una de las expresiones religiosas que nos rodean? ¿Se refieren al mismo Dios? Filósofos como Ludwig Feuerbach, Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud, entre otros muchos, recogen distintas imágenes de Dios que observan entre los creyentes. Estos pensadores, en el fondo, se preguntan: ¿Dios creó al hombre o es el hombre quien creó a Dios? Todos ellos coinciden en decir que Dios es un invento humano, que sirve para rellenar las preguntas e interrogantes para los que no tenemos respuesta.

Feuerbach concibe a Dios como la proyección del deseo de grandeza que el hombre lleva dentro, deseo que al no poderlo realizar aquí en la tierra lo proyecta hacia el más allá, a una patria celestial. Dice: “El hombre proyecta en su Dios lo que él mismo desea ser”.

Marx concibe a Dios como un señor poderoso que ofrece consuelo y promete recompensa en el cielo a los que sufren en la tierra, un Dios opio del pueblo. Nietzsche dice que Dios es un producto de los resentimientos humanos. Señala que Dios anula al hombre. Que es necesario matar a Dios para que surja el superhombre.

Freud señala que Dios es una ilusión infantil, una imagen ideal de necesidades ilusorias, una fantasía y punto de apoyo para el hombre que no es capaz de asumir la realidad de la vida. Dice también que este Dios infunde en el ser humano sentimientos de culpabilidad.

Hay muchas concepciones de Dios, opuestas entre sí. Dioses que no tienen nada que ver unos con otros, que incluso están en competencia. Decía yo anteriormente que existe una lucha entre los dioses.

Se habla de Dios, se predica a Dios, se alaba a Dios… pero ¿qué Dios? Este es el problema del que nos ocuparemos.

En nombre de Dios Josué pasó a filo de espada a los habitantes de Jericó. En nombre de Dios David, Salomón y demás reyes de Judá y de Israel hicieron la guerra a sus vecinos, cometiendo verdaderos genocidios.

En nombre de Dios, los sumos sacerdotes judíos condenaron a muerte a Jesús de Nazaret, considerándolo un blasfemo: “Ha blasfemado… Merece la muerte” (Mt 26, 63-66).

En nombre de Dios, las autoridades de Israel del siglo I, persiguieron a muerte a las comunidades de Jesús (Hch 4,1-22; 5, 40; 7, 51-60; 12, 1-3, 16, 19-24).

En nombre de Dios el imperio romano persiguió y asesinó a los cristianos, calificándolos de “perturbadores del orden, superticiosos y ateos” (Testimonio del historiador romano Tácito) .

En nombre de Dios, la Iglesia católica persiguió a los que consideraba herejes, creó la inquisición y llevó a la hoguera a multitud de hombres y mujeres. En nombre de Dios organizó cruzadas y conquistas. Y en nombre de Dios los campos de Europa se regaron de sangre en las guerras de religión entre católicos y protestantes.

En nombre de Dios, los musulmanes conquistaron el norte de África y España, el Oriente Medio y parte de Asia. En nombre de Dios la cruz, unida a la espada, conquistó y sometió a los pueblos indígenas de América. En nombre de Dios los fundamentalistas islámicos declararon la guerra a Occidente, concretamente a Estados Unidos, y en nombre de Dios el presidente norteamericano George Bush juró vengarse, invadiendo y haciendo la guerra a los pueblos de Afganistán e Irak. Unos y otros utilizan el nombre de Dios para defender sus intereses, sean estos de carácter religioso, económico o geopolítico, y de justificar sus acciones criminales.

En nombre de Dios se acuñan monedas, se hacen grandes negocios y se endiosa al dinero. “In Gog we trust”, reza el billete del dólar.

En el nombre de Dios, en la España de la posguerra se fusilaron más de noventa mil hombres y mujeres. En nombre de Dios, Pinochet asesinó a más de tres mil chilenos, y el general Ríos Montt en Guatemala aplicó la política de “tierra arrasada”, masacrando inmisericordemente a más de cuarenta mil hombres, mujeres y niños, la mayoría indígenas. ¡Matar en nombre de Dios!

Y en contraste a todo esto, en nombre de Dios multitud de hombres y mujeres entregaron sus vidas, y siguen entregándolas al servicio de los demás, especialmente de los más necesitados, incluso derramando su sangre. Monjes dedicados a la oración, a la contemplación y a la promoción de la cultura; misioneros y misioneras en los países del tercer mundo dedicados a la evangelización y a la promoción de la salud, la educación y el desarrollo de los pueblos.

En nombre de Dios se han realizado los actos más heroicos de amor y de servicio a los más pobres y abandonados. En nombre de Dios ha habido, y hay, multitud de hombres y mujeres que perdonan de corazón a quienes les han ofendido. En nombre de Dios, multitud de catequistas, sacerdotes, religiosas y obispos derramaron su sangre, sobre todo en América Latina, por situarse al lado de los pobres, de los débiles, y defender los derechos humanos.

¿Qué Dios es éste que para todos sirve y para todos tiene cabida?

Prolifera en el mundo un extenso mercado de religiones. Hay una gran oferta de confesiones religiosas. Las hay para todos los gustos. Sólo en Guatemala, donde yo he trabajado durante treinta años, alrededor de 3.000 denominaciones cristianas se hacen la competencia y cada una presenta un rostro distinto de Dios.

Cuando hablamos de Dios, ¿no estaremos pensando en distintos conceptos? La experiencia religiosa es algo tan personal, tan subjetiva, que difícilmente puede abarcar la profundidad de quien la vive, con todos sus aciertos y sus desviaciones. Tal vez habría que afirmar que existen tantos dioses como personas y grupos religiosos hay.

Voy a tratar de dibujar algunas imágenes de Dios existentes en la sociedad de hoy, muchas de las cuales, en realidad, más Dios parecen ídolos.

El Dios de la ley y sostenedor del orden establecido. Imagen propia de la clase dominante. Coincide con el pensamiento del sistema capitalita neoliberal. Proyecta en Dios sus intereses clasistas y su concepción del mundo. Tiene una imagen de Dios poderoso que aprueba el orden (el desorden) existente, un Dios que hizo a unos ricos y a otros pobres según su designio.

A los ricos para que sean sus representantes y guardianes en la sociedad del orden y la “democracia cristiano-occidental”. Y a los pobres ofreciéndoles consuelo y prometiéndoles recompensa eterna si aceptan sumisa y humildemente el orden establecido por Dios. La riqueza y la prosperidad son una bendición de Dios. Los adinerados dicen: “mis negocios van bien porque Dios me ha bendecido”. Es el dios que justifica las guerras, el dios de las cruzadas, de la inquisición, de las conquistas y reconquistas y de las guerras invasoras.

Para este modelo de religiosidad, ser cristiano es obedecer la ley de Dios entendida como una normativa del orden establecido, frente a aquellos que, en nombre del amor al hermano, cuestionan las normas y proponen un cambio social. Detrás de esta “religiosidad” se oculta la ambición de dinero y de poder. Este modelo religioso se caracteriza por un exacerbado individualismo.

El Dios juez y castigador. Para algunos, Dios es como un juez severo, castigador y exterminador que infunde temor e incluso, miedo. Dios es representado como un gran ojo dentro de un triángulo. “Su mirada me persigue a donde quiere que voy”, me decía una persona. Es como un gran policía invisible. Cuando a alguien le sucede alguna desgracia, con frecuencia se escucha: “eso le ha pasado porque Dios lo ha castigado”.

Dios aparece como un juez que castiga a los malos y a los buenos también si se descuidan. De aquí surge un tipo peculiar de religiosidad manifestada en devociones, rezos y ofrendas para aplacar a Dios y tenerle contento “no sea que nos castigue”. La relación con Dios es de temor, no se le contempla como Padre misericordioso sino como el Todopoderoso.

Esta imagen de Dios genera en personas que se consideran “justas” un cierto fariseísmo: “Nosotros somos los buenos, ellos los malos. A nosotros Dios nos protege, a ellos los castiga”. Frente a la violencia que azota al mundo, con frecuencia dicen que hay que coger a los terroristas y exterminarlos sin piedad. Su religiosidad gira en torno a la ley del Talión.

El Dios cultualista. El Dios que está encerrado en los templos, atado al culto. Es el Dios de los cielos, lejano, grande, poderoso, que vive “allá arriba” en un mundo encima del nuestro. El Dios de los rezos, del incienso, de ceremonias, de normas y leyes. Los hombres y mujeres que tienen esta imagen de Dios viven un modelo de religiosidad reducida al culto.

El templo es concebido, con frecuencia, como un lugar de refugio donde se canta y alaba a Dios, se escucha su Palabra y se siente la paz y el sosiego que no se encuentra en la calle, en el trajín de cada día. Ligada a esta imagen de Dios y religiosidad cultualista, aparece el Dios de la oferta y la demanda: yo le doy para que Él me de.

Muchos creyentes hacen promesas, salen en procesiones, realizan peregrinaciones y rezan en los momentos de angustia suplicándole que los atienda en sus necesidades, diciendo: Señor, si me concedes esta gracia que te pido, te prometo… Este concepto de Dios y esta actitud “religiosa” carece de exigencia ética y de compromiso alguno.

El Dios intimista, o de la “fuga mundi”. Hay una tendencia en no pocos ambientes cristianos de ver a Dios fuera del mundo, manifestado sólo en lo íntimo del ser humano. Ven a Dios como una salvación meramente individual sin ninguna trascendencia en la historia. Un Dios reducido a la esfera privada. Un Dios intimista, espiritualizado, que nada tiene que ver con la realidad social, económica, política, cultural o ecológica.

Esta imagen de Dios se refleja en una determinada forma de religiosidad que contempla el mundo y la sociedad como no-lugar de Dios. Hay un marcado dualismo entre lo “espiritual” y lo “material”. Se desprecia el compromiso por la transformación de la sociedad, es decir, hay una contraposición irreconciliable entre vida espiritual y vida social. Se vive una religiosidad “espiritualista”, que se preocupa solamente de la “salvación del alma”.

El Dios fantasía de la mente humana. Frente a la impotencia del ser humano, éste se construye una imagen de Dios que dé sentido a su vida, al sufrimiento y a la muerte. Dios es una proyección del deseo de encontrarle sentido a todo. Al no poder realizar este deseo aquí en la tierra, el creyente lo proyecta al más allá y se construye un Ser Superior, perfecto y poderoso, al que llama Dios. Esta religiosidad radica, igual que la anterior, en la mera individualidad, sin ninguna dimensión ética ni de compromiso con los hermanos.

El Dios fundamentalista. La crisis global que vive nuestra civilización está provocando el surgimiento de corrientes fundamentalistas en todas las confesiones religiosas (cristianas, judías, islámicas, hinduistas, indigenistas…) El fundamentalismo es “una enfermedad de la fe en Dios y de las religiones, resultado de la inseguridad y del infantilismo, que convierte los medios en fines” ( Pablo Richard).

Los fundamentalistas instrumentalizan los libros sagrados (Biblia, Corán…) sin ninguna hermenéutica, con una lectura literal, reduccionista, arbitraria y fragmentada, sin tener presente el contexto del mensaje. Hay judíos que en nombre de la Biblia invaden los territorios palestinos, y musulmanes que en nombre del Corán hacen la guerra santa y cometen atentados.

De ahí que la expresión religiosa sea de carácter dogmática y cerrada al diálogo, rebasando los límites de la racionalidad. Atribuyen los males de este mundo, como los desastres naturales, las calamidades, el hambre…, a las potencias sobrenaturales, en el que el ser humano poco puede hacer, sólo convertirse, pues todo viene predestinado. Presentan un mundo malo, pecador y perverso. Se acercan a la visión maniquea.

El fundamentalismo crece al ritmo del vacío de valores éticos que hay en la sociedad actual. La gente busca agarrarse a algo que le de seguridad e identidad.

El Dios de la religiosidad popular. Aquí hay una gran variedad de pensamientos y vivencias de Dios. Sin embargo, hay un común denominador: Dios es el salvador y protector de los pobres. Es esencialmente de carácter laical. En esta corriente podemos ubicar desde las Cofradías y Hermandades con su espiritualidad ritualista, hasta algunas comunidades cristianas más comprometidas.

La espiritualidad popular tiene características muy variadas, pero posee rasgos comunes: los sectores populares tienen conciencia que pecado es desobedecer a Dios y hacer daño al prójimo, y que el arrepentimiento es volver a Dios y reconciliarse con el hermano. Como sombra encontramos que la religiosidad popular pocas veces apunta a construir un nuevo y mejor orden social y tiende a ver a Dios como un “tapa-agujeros”, a quien se le invoca cuando se le necesita. Dios está ahí para resolver los problemas que los humanos no podemos resolver, que llena los vacíos de la ciencia, un Dios que es como una incógnita que a medida que avanza la ciencia y la técnica se la va desplazando de nuestra vida.

Esta realidad nos lleva a preguntarnos: ¿Quién es verdaderamente Dios? ¿En qué Dios creemos? ¿En dónde se le puede encontrar? ¿Qué religión corresponde a este Dios?

Es por eso que ante la variedad de concepciones de Dios que existen en el mundo, trataremos de detectarlas, analizarlas y, desde el Dios revelado por Jesús, desenmascararlas, para aproximarnos al corazón mismo de Dios, que yo, personalmente, creo que es el que nos manifiesta Jesús de Nazaret.

3. El Dios revelado por Jesús de Nazaret

En tiempos de Jesús, en la Palestina del siglo I, había muchas imágenes de Dios. Todos invocaban al mismo Dios de Israel, pero cada quien anidaba un conocimiento diferente de Dios. El pensamiento oficial concebía a Dios como el “Poderoso de Israel”, amigo de los ricos y poderosos, el Dios del orden establecido, ligado al templo y al culto. Por su parte, los fariseos identificaban a Dios con la Ley.

Jesús nos muestra un nuevo rostro de Dios, un Dios que no es el frío motor del universo, lejano, abstracto, ni el juez legalista y castigador. El Dios de Jesús no es el Dios del poder y del dinero que predicaban los saduceos, ni el Dios de la ley que defendían los fariseos. Jesús se aparta del Dios oficial del Templo y de la sinagoga, para revelarlo en la periferia.

El Dios cósmico, el Dios del Big Bang, fuente de energía, es la Realidad última, que Jesús la personifica, la hace cercana, familiar, íntima, llamándola “Abba”, Padre y Madre, manifestado a través de la experiencia espiritual. Es el Dios siempre mayor, el Absoluto, no atado a ninguna religión, Misterio trascendente, Espíritu y fuerza cósmica que se manifiesta en la evolución del universo y en la profundidad de quienes están abiertos a su inspiracion, como señala Roser Lenaers.

Jesús vive en íntima y permanente relación con este Misterio trascendente que lo abarca todo, y a quien se atreve llamarlo “Padre”. El Dios revelado por Jesús es el Dios de amor, porque ama con especial predilección a aquellos a quienes nadie ama, porque se ocupa de aquellos por quienes nadie se preocupa. Es el Dios de los pobres, de los débiles, de los humildes, de los que la sociedad desprecia y son considerados como gente sobrante. Es el Dios que llama a construir en la historia la justicia y la fraternidad universal.

El Dios de Jesús es el Dios liberador (Lc 4, 16-20), que desea que los oprimidos y marginados sean liberados y recuperen su dignidad humana. Dios quiere hijos, no esclavos. Dios no quiere que unos pocos sobreabunden en riquezas a costa de que muchos vivan en la pobreza. Él es un Dios justo que exige justicia. Su ley es el amor. Es el Dios que quiere la práctica de la justicia y la misericordia como ejes de la fe en Él.

Por eso la religiosidad liberadora busca superar todo tipo de discriminación, reconstruye la igualdad y la fraternidad. Vivir la fe en el Dios liberador conlleva un proceso de liberación interior que se traduce en el compromiso por la transformación socioeconómica y política. Esta experiencia contemplativa y espiritual conduce al compromiso por hacer posible el mundo que Dios sueña de justicia, igualdad, paz y amor.

Es el Dios de la vida. Dios quiere la vida para todos los hombres y mujeres. Y para eso envió a Jesucristo al mundo, “para que el mundo tenga vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10), vida plena, tanto en lo espiritual como en lo material, esto es, vivienda digna, trabajo, alimentación, salud, educación… (1Jn 3,17-19; 4,20-21). Hay vida en abundancia cuando los hombres y mujeres se liberan del individualismo egoísta para compartir como hermanos.

Es un Dios de misericordia y perdón. Jesús revela una imagen de Dios que sale al encuentro del hombre para perdonarlo, reconciliarlo con Él y hacerlo feliz. (Lc 15, 11-32). Es por eso que Jesús deroga la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente” (Mt 5, 38-42). Este Dios Padre de misericordia y lleno de ternura es al mismo tiempo un Dios que exige un cambio de vida, una conversión permanente.

El Dios de Jesús es un Dios universal. Proclama la vocación de todo ser humano a la fraternidad universal (Mt 25, 31 ss). Dios trasciende el templo y el nacionalismo judío. Es el Dios que quiere ser adorado en el hermano, hecho a “imagen y semejanza” suya. El culto que él quiere es el amor y entrega a los hermanos, con preferencia a los pobres y necesitados.

Dios es Padre y Madre de todos por igual, de judíos y cristianos, de católicos y protestantes, de musulmanes y budistas, de creyentes y no creyentes, de indígenas, negros, blancos y orientales. Es un Dios que no es monopolio de ninguna religión o iglesia. Es el Dios de la calle, del cosmos, de la vida. Es el Dios que nos acoge a todos, que no se deja condicionar por ninguna institución religiosa.

Él es Yahveh, Jehová, Abba, el Dios Padre y Madre, Alah, Kajau, Corazón del cielo y de la tierra… Me identifico con el poema de aquel teólogo y místico musulmán murciano del siglo XII, el sufí Ibn Ben Arabí (Abenarabí, como se le conoce en Murcia): Nuestro corazón acepta todas las creencias. Es prado para gacelas y monasterio para monjes, Kaaba para peregrinos del desierto y montaña sinaítica de la ley mosaica, libro del Corán y Biblia cristiana. Sólo el amor es mi fe y mi religión.

El Dios revelado por Jesús es siempre Mayor de lo que nosotros podemos imaginarnos. ¿Qué podemos saber nosotros de Dios? En diciembre de 2009 hice una visita a los campamentos saharauis, en el desierto de Argelia. Por las mañanas temprano, cuando la mezquita anunciaba la oración matutina, y los de la casa donde yo me hospedaba dormían o rezaban en la jaima, me levantaba y salía camino del desierto, saboreando su silencio.

Mientras caminaba hacia el desierto escuchaba a lo lejos los salmos del Corán y reflexionaba, al ritmo de mis pasos, sobre el misterio de Dios, que no es monopolio de ninguna religión. Él es el Dios de todas las religiones, el Dios siempre mayor, el Trascendente. ¿Qué podemos saber nosotros de Dios?, me decía. Y me seguía interrogando sobre el papel de las religiones, ¿en qué medida aportan a la humanización de este mundo?

Y pensaba en el Vaticano, La Meca, el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, sinagogas, mezquitas, pagodas y grandes basílicas cristianas… Llegué a pensar que ninguna religión tiene toda la verdad absoluta. La verdad completa es Dios. En la soledad del desierto descubrí que es una arrogancia que el ser humano, por muy teólogo o religioso que sea, encasille al que es incasillable. Dios es siempre mayor.

Jesús no nos dice quién es Dios, no nos da ninguna definición metafísica sobre Dios. Sencillamente nos revela su proyecto sobre la humanidad, nos revela su voluntad “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Busca provocar en sus oyentes una conciencia sentida y profunda de la presencia de Dios en sus vidas. Y lo manifiesta con su propia vida como una experiencia de amor, de compasión y de ternura. Jesús sana al enfermo, levanta al caído, anima al que ha perdido la esperanza, cosuela al triste, perdona al pecador, acoge al necesitado, comparte el pan, denuncia con valor toda injusticia e idolatría… La práctica de su vida nos revela cómo es Dios. “Quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 14,9). “Jesús es la imagen visible del Dios invisible” (Col 1,15).

Él es el Dios que está al lado de los pobres, “el Dios humano y sencillo”, el Dios del Reino, que llama a construirlo en la historia, más allá de toda confesión religiosa, mediante la transformación profunda de nuestras conciencias y de las estructuras sociales que rigen el mundo. Su Reino es justicia, equidad, libertad, amor, respeto, reconciliación, paz… y, sobre todo, apertura al Misterio trascendente. Por lo que la injusticia social, la voracidad del libre mercado, la desigualdad, la guerra, la discriminación, el hambre… son una negación de Dios, un verdadero ateismo. “No se puede servir a Dios y al dinero”, proclama Jesús.

De ahí que no se puede llamar a Dios Padre sin sentirnos interpelados por el otro como hermano. No se puede invocar a Dios y ser indiferentes ante el grito de los pobres y excluidos. El obispo mártir y profeta Oscar Romero, de El Salvador, confesaba que su experiencia de Dios es inseparable de su experiencia histórica de compromiso en defensa de los derechos humanos y de la vida de su pueblo.

El Dios revelado por Jesús es el Dios en el que yo creo. Lo siento como una fuerza espiritual, trascendente, dentro de mí y fuera de mí, que me posibilita vivir en libertad, amar y buscar el bien de los demás particularmente de los más desfavorecidos, luchar por la construcción de otro mundo posible y soñar con esperanza en la utopía del Reino cuya plenitud está más allá de la historia, aunque comienza ya aquí en la historia.

COLOQUIO: Sobre el papel que juegan la creencia en Dios, y las religiones en general, frente a la realidad socioeconómica, política y ambiental, como es la injusticia, el hambre en el mundo, el armamentismo, las guerras, la crisis económica y de humanidad, el cambio climático…

   
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