VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

La Nación (Chile)

Se cumplen 39 años desde que el aborto se legalizó en Gran Bretaña. Está claro que lo más apropiado hubiese sido esperar el año cuarenta, pero dadas las condiciones actuales, es un evento que debería ser celebrado a menudo. La parlamentaria conservadora Nadine Dorries presentará un proyecto de ley destinado a reducir el límite de tiempo para un aborto a 21 semanas (actualmente son 24 semanas) y a introducir un “periodo de ponderación después de la primera consulta con un médico acerca del aborto”.
A mi entender, Dorries desea retrasar aún más el proceso de abortar para luego castigar a aquellas mujeres que no han llegado a tiempo. ¿Su lógica? Simplemente “tiene una sensación de que es lo correcto”. ¡Hay que ver!
Recuerdo que la primera vez que escribí acerca de mi experiencia de abortar fue a mediados de los ’90. Los resultados de una encuesta acababan de hacerse públicos y la conclusión era que una de cada cuatro mujeres se había sometido a un aborto.

Me sorprendió la cifra porque pensaba que era más alta; no obstante, me hizo pensar que si 25% de las mujeres se ha hecho abortos, entonces cada uno de nosotros, hombre y mujeres, conoce a una amiga o pareja o pariente, es decir, a una mujer cercana, que se ha hecho un aborto. Salvo que usted sea un recluso o sea una persona tan reprimida y mojigata que nadie nunca le cuenta nada, se habrá enterado de que alguna mujer muy cercana se ha hecho un aborto.

Entonces, me pregunté (y me pregunto aún), ¿por qué nunca nadie habla al respecto? ¿Por qué no existen bromas acerca del aborto? ¿Por qué cada vez que se habla del tema es imprescindible primero decir “por cierto, es una experiencia traumática, y ninguna mujer toma la decisión livianamente”?

Mi experiencia es que no fue más traumática que otras operaciones a las cuales me he sometido y tampoco me dejó más huellas sicológicas. De hecho, fue mucho menos doloroso que cualquier cosa que un dentista le haya hecho a mis dientes y considerablemente menos molesto que cualquier intervención efectuada dentro del sistema público de salud (NHS, por sus siglas en inglés), cuyos “recursos” son tales que me vi obligada a acudir al sector privado, algo totalmente ajeno a mis principios pero en este caso, muy conveniente. Me indigna el hecho de que en nuestra sociedad moderna es un principio dado e inmutable que toda mujer siente vergüenza al hacerse un aborto, que lo normal es sentirse femeninamente “mal” al respecto. No está permitido hablar de esta intervención quirúrgica si no es para decir cuán sucia le hizo sentir a una. Se espera que todas ostentemos estas objeciones morales pero que igual sigamos sometiéndonos a la práctica, en el nombre del pragmatismo.

Éticamente, esta es una postura mucho más dudosa y repugnante que la mía. Yo estoy enteramente a favor del aborto debido a que no considero que sea asesinato; si uno no considera humano al feto, entonces todo pasa a ser tan sencillo como eliminar un tumor. Si en algún momento sentí vergüenza se debió a que opté por usar el sector privado en lugar del estatal. La doctora del NHS que me atendió me hizo sentir que usar el sistema público significaba desperdiciar recursos que en realidad correspondían a mujeres más jóvenes y pobres. Tenía 25 años; si hubiese tenido la edad que tengo hoy, no le habría hecho caso.
La actitud que prevalece estos días es que el aborto es un homicidio avalado por el Estado y que lo aguantamos porque si no lo hiciéramos las mujeres se harían terribles abortos clandestinos. O sea, es el mal menor, por lo cual deberíamos sepultarlo bajo el silencio debido a que por dónde se le mire, es un acto nocivo. Esta forma de pensar se ha arraigado porque es la manera menos polémica de apoyar a la derecha. Esto significa que cuando un parlamentario dice: “Las mujeres necesitan este derecho porque de no tenerlo pondrán en riesgo sus vidas mediante los abortos clandestinos” no generará la inmediata y enérgica oposición del lobby contra el aborto, sector que tampoco lo acusará de ser un asesino.
No obstante, si dijera: “Yo estoy a favor del aborto porque no considero que sea un asesinato. No creo que sea malo. No considero que un feto, el cual en uno de tres casos sería abortado espontáneamente por la mujer, sea una vida viable salvo que la mujer lo decida. No acepto este amilanado sentimentalismo acerca de los nonatos, esta inocencia seudo-espiritual que le adjudicamos. De hecho, me molesta profundamente”, perdería muchos votos. Es decir, no se pueden ganar votos si se apoya el aborto de forma ideológicamente honesta; al contrario, hay mucho que perder.

En cuanto a mi primer artículo que menciono, tras su publicación mucha gente rara vez me envió fotos de pequeños deditos sangrientos de bebés, pegados con Photoshop a un par de guantes de látex de un médico. Las leyendas decían algo así como: “¿Sólo una colección de células? Dígale eso al bebé”.

Eran espeluznantes pero la calidad era para la risa. Lo que más me molestó, sin embargo, eran todas aquellas “voces de la razón” que me preguntaban: “¿Por qué tienes que empujar todo al límite? Todos valoramos el derecho al aborto, estamos satisfechas que existe. ¿Por qué quisiera alguien luchar por el derecho a bromear al respecto? Ni siquiera es chistoso”.

Yo no decía que los abortos fueran chistosos. Yo preguntaba por qué nunca aparecen en los chistes. Otras cosas aparecen en los chistes, como el cáncer, el queso, copular, las enfermedades venéreas, las discapacidades físicas, los perros, las flores y muchas otras enfermedades terribles…

Existen tabúes en la retórica política pero por lo general prácticamente no hay tabúes en el humor. No obstante, es más factible que alguien cuente un chiste acerca del 11 de septiembre de 2001 que acerca del aborto. Y esto no es irrelevante, no es que la derecha sea inviolable y que el tema de las bromas sea un tema de poca importancia. Si permitimos que un tabú perdure, dejamos el espacio abierto a los que se oponen al aborto.

Una década después, vemos los efectos de esto. En términos culturales, existe un silencio aún más profundo en torno al aborto y una negativa aún más marcada a discutir el tema salvo que se esté hablando de los terribles costos sicológicos para la mujer. Los estudios realizados en Gran Bretaña y en Estados Unidos muestran una y otra vez que éste no es el caso; el aborto no aumenta el riesgo de depresión. En cambio, tener un embarazo e hijo no deseados sí. (…)

Los ruidos provenientes del Parlamento son infructuosos pero de todos modos hacen daño. Está de moda no criticar el derecho al aborto sino que atacar el límite de tiempo. Existe mucha evidencia que demuestra que es una estrategia poco honrada. En primer lugar, cualquiera que tenga un interés verdadero en reducir el ya pequeñísimo número de abortos que se practican más allá de la semana número 20 tendría como prioridad mejorar el sistema para efectuar abortos antes de las doce semanas en el servicio público de salud. Autorizarían a las enfermeras recetar la pastilla abortiva antes de las nueve semanas sin la aprobación de un médico; por cierto eliminarían el absurdo y anticuado sistema que exige que dos médicos ratifiquen cada aborto; ejercerían presión contra la política tácita pero generalizada del servicio público de salud de no efectuar abortos en las primeras 12 semanas bajo la presunción que una mujer que esté tan apurada se las arreglará para usar el sistema privado.
Es más, si existiera un verdadero interés en los abortos tardíos se efectuarían estudios para demostrar que el límite de tiempo funcional del Servicio Nacional de Salud no son 24 semanas sino que 19, periodo después del cual los procedimientos del servicio público son tan lentos que se transforman en un obstáculo, por lo cual las mujeres deben acudir al sector privado. En 2003, los abortos en el segundo trimestre representaban 1,6% de todos los abortos en Gran Bretaña; desde ese entonces, la tasa ha bajado. El argumento contra los abortos tardíos se basa sobre los así llamados “avances científicos”, pero la verdad es que desde 1990, cuando la ley redujo el límite de 28 a 24 semanas, no ha habido ningún desarrollo científico importante en cuanto a la viabilidad fetal. En todo sentido, es mucho más fácil tratar con aquellos políticos que abiertamente asumen su postura contra el aborto.

El otro punto es que al igual que en Estados Unidos (donde por cierto la situación es mucho peor) todo esto se reduce a un problema de clase. En Estados Unidos, mientras que la derecha cristiana lleva a cabo sus fervientes campañas contra los abortos tardíos, hay mujeres que esperan hasta las 18 ó 20 semanas porque literalmente no pueden costear la operación o, en algunos casos, el transporte que requieren para el viaje.

En EEUU, las leyes que rigen el aborto en efecto sólo funcionan para las mujeres de clase media. En Gran Bretaña, aunque algunas organizaciones ofrecen un buen servicio de aborto para las primeras doce semanas, estos no funcionan a nivel nacional, lo que significa que gran parte de las mujeres debe esperar hasta que pueda pagar una intervención en el sector privado. En resumen, para las mujeres que cuentan con los medios para pagar, el aborto continúa siendo un derecho inviolable, y para las que no cuentan con los medios, las cosas son harto más complicadas. No olvidemos que la situación era la misma antes de 1967. Desde que han existido los medios médicos para efectuar abortos las mujeres adineradas han podido acudir a este servicio. Esta batalla se efectuó a nombre de todas las mujeres; si las de clase media no hacemos nada para evitar que este derecho sea eliminado desde abajo hacia arriba y si de aquí a 50 años más el derecho deja de existir, será nuestro merecido.

(*) Artículo publicado en el diario británico The Guardian y traducido para La Nación. La autora es una de las principales activistas europeas en pro del aborto.

   
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