Hoac-Cádiz

Se ha cumplido el 13 de junio de 2009, festividad de san Antonio de Padua, cien años del nacimiento de D. Antonio Añoveros, que gobernó la diócesis de Cádiz y Ceuta entre 1964 y 1971. Lo hizo con mano firme y volcado en los más necesitados. En febrero de 1974, siendo prelado de la diócesis de Bilbao provocó la mayor crisis entre la Iglesia y el régimen de Franco.

● El obispo comenzó a denunciar las injusticias sociales en pleno franquismo.
● En su polémica homilía defendió el derecho a la identidad del pueblo vasco.
● El presidente del Gobierno, Arias Navarro, ordenó su arresto domiciliario.

Sirva como homenaje, estos dos artículos publicado el primero en Diario de Cádiz en agosto del año 2007, con motivo de la edición de una biografía suya y el segundo publicado en Diario Vasco con motivo del centenario de su nacimiento.

LA ENERGÍA DE UN HOMBRE BUENO.
Fuente: DIARIO DE CÁDIZ
Autor: José Antonio Hidalgo

Antonio Añoveros gobernó la diócesis de Cádiz entre 1964 y 1971. Lo hizo con mano firme y volcado en los más necesitados. Su etapa coincidió con la profunda renovación de la Iglesia gracias al Concilio Vaticano II y con el preámbulo de lo que fueron los años más duros en la relación entre el catolicismo y el régimen franquista. Su estancia en Cádiz se había iniciado unos años antes, cuando el 17 de febrero de 1954 llegó a la ciudad, con el cargo de obispo coadjutor con derecho a sucesión.

Al frente de la diócesis se encontraba Tomás Gutiérrez, obispo castellano de la antigua escuela y de salud delicada. Esta etapa gaditana que se alarga durante dos décadas, como la que le precedió, primero en Tafalla (Pamplona) y después en Málaga, y la que le continuó, ya al frente de la diócesis de Bilbao, se relata en un intenso y documentado libro escrito por el sacerdote José Miguel Abad Vallejo.

Abad, antiguo párroco de San Severiano, acompañó a Añoveros durante buena parte de su vida eclesial, como secretario particular desde su llegada a Málaga, a principios de los años cincuenta hasta su traslado a Bilbao, veinte años más tarde. Una relación intensa que para el padre Abad se había iniciado incluso antes, en el seminario de Tafalla.

El trabajo, un compendio de numerosos recuerdos que José Miguel Abad ha ido redactando en los últimos años, refleja la fuerte personalidad de Antonio Añoveros ya patente en los trágicos años de la Guerra Civil cuando, siendo capellán militar, no dudaba en administrar el Sacramento a todo aquel que lo solicitaba, aún estando en el bando republicano y enfrentándose por ello con los militares nacionales.

Su cercanía a los más necesitados, patente durante el conflicto, se trasladará al día a día tras ser nombrado, en 1941, párroco de Santa María de Tafalla. Allí pondrá en práctica algo que será norma de actuación en toda su vida pastoral y que se hará patente en su estancia en Cádiz: labor pastoral centrada en la familia, en las clases más necesitadas, que se reflejaban en elaboradas homilías. Apoyará a todo el movimiento católico volcado en lo social, como Caritas, a la vez que sabrá respetar la religiosidad popular.

Recuerda Abad el desprecio que tuvo que soportar Añoveros de una parte de la Curia del obispo Tomás Gutiérrez, celoso por su presencia. Este menosprecio lo invirtió en recorrer constantemente la Diócesis y dejar patente su “otra” forma de actuar. Ya como obispo, y tras participar en Roma en los debates del Concilio Vaticano II, promueve las “misiones populares” a la vez que mantuvo una estrecha relación con los obreros del Movimiento de Acción Católica. Su apuesta por los más necesitados le llevó a rechazar un opulenta subvención para la restauración de la Catedral, cuyas puertas se cerraron debido al mal estado del templo. Consideró que una ciudad con tantas necesidades de viviendas sociales no debía dedicar tanto dinero a esta reforma.

Su marcha a Bilbao, donde aguantó con estoicismo el desprecio de los curas nacionalistas, dejó a los gaditanos, huérfanos de un buen obispo aunque su labor fue continuada por Antonio Dorado.

El centenario del obispo incómodo

Se cumplen hoy cien años del nacimiento de Antonio Añoveros, el prelado que provocó la mayor crisis entre la Iglesia y el régimen de Franco.

Autor: EUSEBIO GORRITXATEGI SAN SEBASTIÁN.
Fuente: DIARIO VASCO

DV. En un día como hoy, 13 de junio, pero hace exactamente cien años, nació un obispo llamado Antonio Añoveros, de temperamento poco conflictivo y ensimismado en su peculiar misión apostólica de guía espiritual, que fue quien provocó, sin pretenderlo, aunque no inconscientemente, la mayor crisis entre la Iglesia Católica y el régimen franquista agonizante. Nos hallamos, pues, en el centenario del nacimiento de monseñor Añoveros a quien la casi totalidad de los medios eclesiásticos europeos le otorgó el calificativo del Hélder Cámara español.

El protagonista de esta jornada vio su primera luz la festividad de San Antonio en Pamplona, en el seno de una familia acomodada cuyo talante liberal contrastaba con la mayoritaria opción carlista de la zona.

Añoveros fue el tercer hijo del matrimonio formado por Julio Añoveros y Claudia Ataun y vino al mundo después de María Luisa y Juana y antes del último hermano, Julio. Su padre era director general de Tabacalera de Navarra y periodista de gran reputación en la zona, pero las grandes convicciones religiosas de su madre influyeron decisivamente en el camino de Antonio.

Nadie sabía entonces que protagonizaría uno de los escándalos más sonados del final del franquismo cuando, el 24 de febrero de 1974, publicó una pastoral en la que hacía un llamamiento para que se reconociese la identidad cultural y lingüística del pueblo vasco. Este llamamiento provocó una desorbitada reacción del Gobierno, que ordenó su arresto domiciliario, y convirtió a Añoveros en un símbolo del nacionalismo vasco.

El hombre que incomodó los últimos años del régimen franquista cursó los estudios primarios y el bachillerato con los maristas de Pamplona. A punto de terminar Derecho en la Universidad de Zaragoza sorprendió a propios y extraños cuando hizo público que deseaba ingresar en el seminario, objetivo que cumplió cuando entró en el Seminario de Pamplona.

● Primeros encontronazos

Tras ser ordenado sacerdote, en 1933 inició su ministerio como coadjutor en la parroquia de San Nicolás en su Pamplona natal. Poco después fue designado párroco de Tafalla. Durante la Guerra Civil prestó servicios como capellán en diversos hospitales, centros benéficos y, en 1937, en un batallón de ametralladoras. Al final de la contienda fue nombrado rector de Tafalla y consiliario diocesano de Acción Católica, cargo que desempeñó hasta 1952. Ese año, a instancias del cardenal Herrera Oria, fue nombrado rector del seminario, luego vicario general y obispo auxiliar de Málaga, ciudad donde inició su contacto directo con la realidad del campo andaluz, cuya injusticia comenzó a denunciar sin reparos. Fue aquí donde comenzaron sus primeros encontronazos públicos con la clase política dominante, que acogió con malestar las críticas lanzadas por el prelado.

Añoveros, hombre tan aplaudido como vilipendiado, escribió una carta pastoral en la que pedía a los responsables de la situación una inmediata solución a la crisis. Es más, su tarea de apostolado social le hizo acreedor en 1968 a ser distinguido por el diario Pueblo con el calificativo de ‘Popular Nacional’ y por el semanario catalán Mundo, como la ‘Personalidad del Año’.

En 1965 fue designado obispo de Cádiz-Ceuta, sede en la que permaneció hasta diciembre de 1971, fecha en la que fue elegido por Pablo VI -atendiendo al ruego de su antecesor José María Cirarda-, para ocupar la delicada sede vizcaína. Era el año en que la Iglesia iniciaba la apertura mediante la asamblea de obispos y sacerdotes, y la época en la que el régimen comenzaba su persecución contra grupos católicos progresistas.

Añoveros llegó a Bilbao en un momento en el que comenzaron a proliferar las multas o los encarcelamientos de sacerdotes, que originaron una fuerte tensión entre los dos poderes.

● Homilías en euskera

El apodado Hélder Cámara español reflejó permanentemente en sus cartas pastorales una profunda preocupación por los problemas económicos y sociales. Como había hecho años atrás, dedicó especial atención a los pobres y oprimidos y, poco a poco, el pamplonica que fuera andaluz con los andaluces fue tomando conciencia de la dramática situación del País Vasco y decidió que era hora de «ser vasco con los vascos». Empezó a recitar de memoria homilías en euskera que le traducían sus compañeros (él nunca estudió este idioma), continuó con un decreto de excomunión para los policías y terminó con el surrealista caso Añoveros.

El obispo desencadenó la tormenta el 24 de febrero de 1974, justo doce días después de que el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, proclamara las Cortes Orgánicas «el espíritu aperturista del 12 de febrero». Pocos meses antes, un atentado de ETA había acabado con la vida del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno y máximo aspirante a suceder a Franco.

El domingo 24, en la mayoría de las iglesias de Vizcaya se leyó un escrito titulado El Cristianismo, Mensaje de Salvación para los pueblo. El texto había sido aprobado personalmente por Añoveros, quien se responsabilizó de su contenido.

El párrafo clave de la homilía decía: «El Pueblo Vasco, lo mismo que los demás pueblos del Estado Español, tiene derecho a conservar su propia identidad cultivando y desarrollando su patrimonio espiritual, sin perjuicio de un saludable intercambio con los pueblos circunvecinos, dentro de una organización socio-política que reconozca su justa libertad».

El mensaje removió muchos cimientos, entre ellos los de un gobierno que se veía superado por los nuevos tiempos políticos. Las autoridades estimaron que la homilía contenía un juicio contra la unidad de España, hasta tal extremo que el Gobierno tuvo preparado en el aeropuerto de Sondika un avión para trasladar por la fuerza a Añoveros a Roma. La actitud del obispo de Bilbao y de su vicario general, José Ángel de Ubieta, que se negaron a salir de sus respectivos domicilios, originó que ambos sufrieran arresto domiciliario durante varios días.


● Excomunión

La crisis quedó solucionada finalmente gracias en parte a la posición solidaria del Episcopado español -parece ser incluso que el arzobispo de Madrid, monseñor Tarancón, tenía preparada un acta de excomunión para miembros del Gobierno- y a la negativa del Papa Pablo VI a satisfacer las exigencias de las autoridades españolas.

En 1977, al cumplirse el XXV aniversario del nombramiento de Añoveros como obispo, Pablo VI le designó asistente al Solio Pontificio. Un año después, el 26 de noviembre de 1978, sufrió una crisis cardíaca. Debido a su precaria salud -padecía además arteriosclerosis y Parkinson- presentó insistentemente la dimisión hasta que fue aceptada por Juan Pablo I en septiembre del mismo año. Añoveros fue sustituido por Juan María Uriarte, quien en abril de 1981, junto con los obispos de Gipuzkoa y Álava, hizo pública una nota en la que criticaba la situación política, lo que desencadenó una nueva tormenta en las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia católica.

Añoveros ya estaba para entonces apartado de la vida pública. Cuando se jubiló, le ofrecieron una vivienda en Pamplona, pero en Vizcaya le rogaron que no se alejara de Bilbao, por lo que se retiró a una residencia de monjas llamada El Refugio, emotivo reconocimiento que fue un consuelo para su ancianidad.

En 1985, Antonio Añoveros sufrió un derrame cerebral y su salud se fue deteriorando. El 24 de octubre de 1987, murió a consecuencia de una afección pulmonar. Durante las veinticuatro horas en las que estuvo expuesto el cadáver en la catedral de Bilbao, el desfile de personas fue incesante. Fueron horas y días en los que algunos de sus discípulos releyeron dos de sus libros más sobresalientes, escritos cuando era el obispo más joven de España: La subversión del dinero y El diálogo.

   
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