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El embarazo en la adolescencia es considerado un problema desde diferentes ópticas, ya que implica mayor riesgo de mortalidad materna, menores oportunidades de educación y, en ocasiones, el abandono total de los estudios, así como el fortalecimiento del círculo de la pobreza y un mayor riesgo de daño y mortalidad infantil. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera como embarazo adolescente o temprano aquél que ocurre entre los 15 y los 19 años de edad.

El programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y el Desarrollo (El Cairo, 1994) afirma que las madres adolescentes enfrentan un riesgo superior al riesgo general de perder la vida debido al embarazo y el parto, y sus hijas e hijos tienen niveles más altos de morbilidad y mortalidad.

En este sentido, el libro el Embarazo en la Adolescencia en Salud Publica de México, de Claudio Stren, informa que el embarazo adolescente tiende a concentrarse en los grupos de la población que presentan condiciones inadecuadas de salud de la madre y en los que ésta no cuenta con el apoyo y la atención necesarios.

Lo cual sugiere que el riesgo de tener un hijo antes de los 19 años no se debe únicamente a razones biológicas, sino también a las condiciones sociales en las que se desarrolla el embarazo.

Diversos estudios indican que más del 50 por ciento de las y los jóvenes menores de 17 años son sexualmente activos. Este fenómeno es denominado sexualidad temprana en numerosos documentos, e implica riesgos de un embarazo, deseado o indeseado, con consecuencias negativas a corto y largo plazo para las mujeres adolescentes.

De esta forma, las adolescentes que deciden ser madres tienen que hacer frente a la resistencia del entorno social, la cual puede traducirse en el rechazo de la familia, la expulsión de la escuela y la pérdida o disminución de su red social de amistades.

Los efectos sociales en las jóvenes madres son importantes, sobre todo si se considera que la mayoría de los embarazos adolescentes se gestan en jóvenes en situación de pobreza y de escasa escolaridad, quienes tienen que asumir la responsabilidad de la crianza de la hija o e hijo. Muchas de ellas se convierten en jefas de un hogar con bajos ingresos.

Para aquéllas que desean poner término al embarazo, las posibilidades de hacerlo son frenadas por las leyes que penalizan el aborto, el temor de una intervención insegura, el sentimiento de culpabilidad y el alto costo de la cirugía, entre otros factores.

El inicio de la actividad sexual constituye una transición crucial en la vida de las mujeres jóvenes, quienes no siguen la secuencia tradicional de tener relaciones hasta después del matrimonio o unión. Los patrones del curso de vida se encuentran profundamente vinculados al lugar que ocupan las mujeres en la estructura social, según el Consejo Nacional de Población (Conapo).

Así, la fecundidad en México se ha reducido mucho más en los grupos de mujeres de edades más avanzadas, ello explica que las mujeres entre los 15 y los 24 años de edad, para 2006 hayan concentrado el 39 por ciento de los nacimientos del país.

   
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