Eclesalia

Jon SobrinoIntroducción a la publicación de sus Cartas Pastorales y Discursos en el XXVII aniversario de su martirio. “La palabra queda”, dijo Monseñor Romero, y ciertamente ha quedado en sus homilías en forma de profecía y eu-aggelion. Un experto en Antiguo Testamento nos dijo poco después del asesinato de Monseñor que en Israel hubo unos ocho grandes profetas, y que, en nuestros días, Monseñor sería uno de ellos. En El Salvador eso lo sabe todo el mundo. Y sabe también que Monseñor fue hombre de eu-aggelion, de buenas noticias, compasión y justicia para pobres y víctimas, como Jesús. Monseñor, en efecto, amó a su pueblo, y nadie recuerda a alguien que lo haya amado más que él. Eso es lo que ponía en palabra todos los domingos.

Pero esa palabra fue también una palabra lúcida. Sin ser teólogo profesional, pensó las cosas a fondo. Y fue una palabra pastoral y creativa, pronunciada en la historia concreta para rechazar concretos caminos del mal y animar a recorrer concretos caminos del bien. Fue, pues, y de manera eximia, “maestro y pedagogo”.

Eso es lo que aparece con claridad en las cartas pastorales y discursos que publicamos en este Cuaderno del Centro Monseñor Romero. La temática fundamental de su magisterio, dicho en síntesis, pensamos que fue la siguiente: la Iglesia y su relación salvadora con el pueblo, tomando absolutamente en serio la realidad histórica de aquellos tres años.

Indicios de ello se observan en su primera carta, “La Iglesia de la pascua”, 10 de abril de 1977, con la que se presentó a su pueblo, cuando ya había comenzado la represión y ya había sido asesinado el P. Grande. En su segunda carta, “La Iglesia cuerpo de Cristo en la historia”, 6 de agosto de 1977, y en el discurso de Lovaina, “La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres”, 2 de febrero de 1980, desarrolla los grandes principios teológicos para comprender el ser y hacer de la Iglesia. La Iglesia es el cuerpo de Cristo en la historia, servidora del reino y de Dios, anunciando a los pobres la buena noticia y trabajando por su liberación. Y -lo que ocurre más infrecuentemente- desenmascarando los ídolos de muerte y luchando contra ellos. Y siempre dispuesta, por amor al pueblo y en fidelidad a Dios, a sufrir la persecución, la verificación más clara del seguimiento de Jesús.

Esto aparece con toda claridad en sus dos últimas cartas pastorales: “Iglesia y organizaciones políticas populares”, 6 de agosto de 1978, y “Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país”, 6 de agosto de 1979. En ellas Mons. Romero se enfrentó con las idolatrías, causa última de todos los males: el capital y la seguridad nacional. Y se enfrentó con sus consecuencias: conflicto y violencia reinantes, represión al pueblo y persecución a la Iglesia -y se enfrentó también con el peligro de convertir en ídolo a las organizaciones populares. Y siempre buscó caminos de solución. Ante todo la implantación de la justicia, y a punto de estallar la guerra, el diálogo nacional.

En estas cartas toma la palabra la realidad de un país en llamas y una esperanza que él mantuvo siempre. Desde ahí, y con el evangelio en la otra mano, buscó siempre lo específico de la Iglesia y el servicio que ofrece el evangelio. Esa mirada a la Iglesia, desde el servicio al pueblo sufriente, le llevó a encarnarla en el pueblo crucificado y a analizar desde él las novedades que iban surgiendo dentro de ella: las comunidades de base, la religiosidad popular, los agentes de pastoral, la pastoral de acompañamiento de los cristianos comprometidos políticamente…

Esas dos últimas cartas causaron conmoción social. En el país fueron acogidas por muchos con gran sorpresa y con inmensa alegría, como una luz en medio de la oscuridad que daba esperanza. Otros las rechazaron, incluso varios obispos. En el exterior Monseñor Romero llegó a ser considerado como verdadero maestro.

Nos preguntamos ahora qué nos dice Mons. Romero, el maestro y pedagogo, treinta años después, a través de esos escritos. No faltará quien diga que las cosas han cambiado, lo cual es verdad. Pero sigue siendo muy fundamental y muy necesario mantener vivo ese legado, sobre todo en el silencio actual. Sus textos sobre la Iglesia se pueden seguir leyendo con gran provecho. Y basta con cambiar algunas palabras para leer también con provecho sus textos sobre la realidad: lo que dice de ídolos y víctimas, de necesidad de justicia y de verdad, de honradez y de esperanza.

Y también es importante para nuestros días el modo de proceder de ese maestro y pedagogo, en lo que nos queremos concentrar.

1. En sus escritos Mons. Romero se dejó guiar ante todo por el evangelio. No citaba textos numerosos pero sí fundamentales, y no aparecen como acompañantes decorativos, sino como fundamentos reales del ser y la acción de la Iglesia: proseguidora de la obra de Jesús, del anuncio de la fe en su Padre Dios y de la encarnación en el mundo concreto de los pobres. Por ser ése su fundamento Monseñor estaba convencido de que su palabra tenía fuerza. “La palabra de Dios no está encadenada”, decía -y gran aporte suyo fue no hacerla languidecer, ni mucho menos manipularla. A Monseñor, además, el Jesús del evangelio se le apareció en los pobres. Lo agradeció infinitamente, y nunca se le pasó por la mente, aun en medio de todos los problemas que eso le produjo, decir como el gran inquisidor: “Señor, no vuelvas”.

2. Monseñor usó abundantemente el magisterio de la Iglesia, en especial el Vaticano II, las encíclicas sociales de Pablo VI -más la Evangelii Nuntiandi- y Medellín y Puebla. Lo hizo sin ninguna rutina sino con audacia, creatividad y compromiso. Con audacia, pues citaba pasajes sobre temas que en nuestro país generaban gran conflicto: derecho a la organización popular, violencia, su legitimidad e ilegitimidad, diálogo -en este caso con grupos marxistas-, asesinatos y martirio, la hipoteca social de la propiedad privada… Con creatividad, pues la realidad concreta salvadoreña escapaba muchas veces a la realidad universal que aborda el magisterio. La pastoral de acompañamiento, por ejemplo, fue algo verdaderamente nuevo. Y con compromiso. En aquellos días, hablar de “magisterio”, “doctrina social de la Iglesia”, era lenguaje terrible para los opresores. Por eso, cuando en Roma -en el proceso de beatificación- investigaron si Monseñor se dejaba guiar por la doctrina social de la Iglesia, y no por ideologías peligrosas, la respuesta fue clara: evidentemente. Pero además, se encontraron con estas palabras de Monseñor: “Es muy fácil hablar de doctrina social. Lo difícil es ponerla por obra. Entonces vienen los ataques y la persecución”. Las mayorías sí entendían que esa doctrina social, aunque no acababan de entenderla a cabalidad, debía de ser algo bueno, y algo que estaba en su favor, pues Monseñor la invocaba.

3. Monseñor tomó también muy en serio lo que, análogamente, podemos llamar el “magisterio de la Iglesia local”. En concreto, recordaba la Segunda Semana Pastoral Arquidiocesana de 1976, y dos mensajes episcopales. Uno, del 5 de marzo de 1977, en el que denunciaban los atropellos y represión a campesinos y la persecución a la Iglesia que entonces comenzaba. El otro, del 17 de mayo, en el que volvía a denunciarlos toda la Conferencia Episcopal. Eran los inicios de un magisterio salvadoreño, nuevo, evangélico y popular. El que Monseñor recordase ese “magisterio salvadoreño” era importante para que sus cartas fueran bien recibidas -la necesaria receptio, que se dice técnicamente.

4. Monseñor era bien consciente de que la verdad expresada en textos puede quedar a un nivel abstracto, y por ello manipulable, si no se concretaba desde y para la situación del país. Por ello fue siempre constante preocupación suya iluminar los problemas concretos del país, y de la Iglesia, aun cuando no siempre hubiese respuesta para ellos en los documentos universales de la Iglesia. A la tercera carta pastoral sobre “Las Organizaciones Políticas Populares”, considerada universalmente como pionera en este campo, añadió un anexo con datos fundamentales de la realidad económica y política, y con textos de la Escritura y de la doctrina de la Iglesia. Y añadió un cuestionario. Así podía ser leída con más interés y podía ser mejor comprendida.

5. Esta tercera carta pastoral fue todo un acontecimiento. Su redacción es un ejemplo de trabajo en equipo y de tomar absolutamente en serio a los laicos. Monseñor se juntaba, normalmente en desayunos de trabajo, con unas quince personas, sacerdotes en pastoral, teólogos, analistas sociales y políticos. Entre todos aparecía la realidad con todos sus problemas y posibilidades, y se la analizaba en profundidad, con lo cual se evitaba la mera repetición de juicios verdaderos pero inoperantes. Y aparecía también el juicio desde la palabra de Dios, y se analizaba la realidad teológicamente, con lo cual la carta pastoral aparecía enraizada en la fe cristiana, y podía defenderse en contra de los innumerables ataques de la extrema derecha. Hay que recordar que la carta también fue firmada por Monseñor Rivera Damas, entonces obispo de Santiago de María. El resto de la Conferencia Episcopal, y la nunciatura, de diversas formas mostraron su desagrado y desacuerdo con esta carta. Sobre el tema de las organizaciones populares publicaron un breve mensaje, sumamente pobre, que dejaba a las mayorías populares abandonadas a su suerte. El escándalo fue grande ante el hecho de dos textos tan diferentes. Y muestra que para Monseñor Romero escribir una carta pastoral era todo menos rutinario.

6. Su cuarta y última carta expresa espléndidamente otra dimensión del modo de proceder de Monseñor Romero: compartía con su pueblo la confección de su magisterio doctrinal. Antes de escribirla, en efecto, envió a los sacerdotes y a las comunidades una larga encuesta. En ella preguntaba cosas importantes: “¿Quién es para usted Jesucristo?”. “¿Cuál es el mayor pecado del país?”. “¿Qué piensa usted de la Conferencia Episcopal, del Nuncio, de su arzobispo?”. Y tomó en serio las respuestas. En el n. 7 de dicha carta recuerda que “todo el pueblo de Dios participa de la función profética de Cristo… guiado por el sagrado Magisterio” (LG 12). Lo importante, y típico de él, es que sacó las consecuencias:

“Teniendo en cuenta este carisma del diálogo y de la consulta quise iniciar esta carta pastoral con una encuesta al querido Presbiterio y a las comunidades eclesiales de base de la Arquidiócesis. Y una vez más, he quedado admirado de la madurez reflexiva, del espíritu evangélico, de la creatividad pastoral, de la sensibilidad social y política expresadas en las numerosas respuestas que he leído detenidamente. Incluso algunas inexactitudes y audacias doctrinales y pastorales han servido de estímulo al carisma de magisterio y discernimiento que el Señor me ha confiado. Pero todas las inquietudes y sugerencias aportadas fueron tomadas en cuenta. Al agradecerles muy cordialmente, quiero repetir mi invitación a continuar este diálogo y esta reflexión, tal como lo hice, con la conciencia de mi limitación, al entregar, el año pasado, mi tercera carta pastoral “que llama a todo el Pueblo de Dios a reflexionar, desde sus comunidades eclesiales y en comunión con sus pastores y con la Iglesia universal, sobre estos temas a la luz del Evangelio y desde la auténtica identidad de nuestra Iglesia” (n. 17)”.

Monseñor enseñó con autoridad, pero no con exclusividad; ofreció su enseñanza con firmeza, pero no como mera imposición formal. Sus escritos son fruto de la reflexión sobre los problemas de los pobres y en diálogo con ellos. Por ello, se observa también una evolución en su magisterio. Mons. Romero enseñó, pero en la medida en que él mismo iba aprendiendo, estudiando los nuevos documentos del magisterio, consultando a todos los salvadoreños de buen corazón y dejándose interpelar por las angustias, esperanzas y lucidez de los pobres. Su magisterio trató de iluminar los problemas sociales y políticos desde la especificidad de la Iglesia, pero la problemática histórica iluminaba a su vez en qué debía consistir la actuación pastoral de la Iglesia.

7. Con sus cartas pastorales y discursos Monseñor Romero expresó el servicio que la Iglesia debía prestar al país, sin miedo a la novedad y sin que el no saberlo todo la paralizase. Y arriesgaba. Monseñor pensaba que así la Iglesia estaba colaborando con todas las fuerzas vivas que querían la salvación del país. Pero tenía también la profunda convicción de que la Iglesia tenía su propio aporte específico. Pero no cualquier forma de ser Iglesia, sino una Iglesia seguidora de Jesús, que recuerda a Jesús. Así lo dijo la noche de navidad de 1978: “La Iglesia se predica desde los pobres, y no nos avergonzamos nunca de decir la Iglesia de los pobres, porque entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención”.

Y una última cosa. Monseñor escribió cartas pastorales. Pero éstas en definitiva no son tanto epístolas doctrinales, sino cartas a unos amigos. Son cartas de cariño a su querido pueblo.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

   
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