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Obligado por los pueblos indígenas ofendidos, por el testimonio irrebatible de la historia y por el llamado humilde del presidente venezolano Hugo Chávez Frías, quien le «rogó ofrecer disculpas a los pueblos de nuestra América», Benedicto XVI se retractó de lo dicho hace 10 días en Brasil, cuando pretendió ocultar el mayor genocidio cometido en el planeta en nombre del Estado y la Iglesia, crimen de lesa humanidad que provocó la muerte de unos 50 millones de inocentes.

Tan enorme desacierto de Joseph Ratzinger, de gran talento natural y amplias credenciales académicas, no puede atribuírsele a ignorancia de la historia, sino mas bien, como lo señala el diario Web La Voz de Galicia, a su posición ultra-conservadora que lo ha convertido «en el peor represor de teólogos disidentes, de los que se alejan de la línea del Vaticano, en definitiva, en el Cardenal del No. No al sacerdocio de la mujer, no al matrimonio de los sacerdotes, no a la homosexualidad, no al matrimonio gay, no al comunismo.»

«Tiene el historial clínico en su contra -agrega la publicación- sufrió un derrame cerebral, representa al ala más dura del Vaticano, lo que puede enfrentarle al sector más progresista y, otro dato que le hacía daño en su pasado, como soldado nazi de reemplazo, pero nazi.»

De allí que, en opinión de los analistas, la afirmación hecha en Aparecida, no fue un desliz, como tampoco lo fue lo que dijo en septiembre del año pasado durante la conferencia que dictó en la universidad alemana de Ratisbona, en la que deliberadamente citó el diálogo sostenido en 1391 entre el erudito emperador bizantino Manuel Paleólogo y un persa culto, acerca del tema, Religión, Razón y la Guerra Santa.

Al repetir aquella cita que dice, «Muéstrame también, aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su finalidad de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba», Benedicto XVI, generó un escándalo mundial, y la indignación y protesta del mundo islámico por tratarse un insulto y una desconsideración hacia su religión, dejando heridas tan profundas que aún no sanan, a pesar de las disculpas que a manera de aclaratoria ofreció el Papa, como hoy pretende hacerlo con lo dicho sobre la evangelización de los indígenas americanos.

«La evangelización de América no supuso en ningún momento una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña. Cristo era el Salvador que los indígenas deseaban silenciosamente» aseguró Joseph Ratzinger, para indignación de los pueblos originarios, sorpresa de teólogos e historiadores, asombro de la comunidad internacional y vergüenza de los católicos del mundo, ante los obispos reunidos en la V Conferencia Episcopal de América Latina, celebrada en Aparecida.

Nadie jamás había proferido mentira tan grande, porque, contrariamente a lo afirmado por el Papa, la evangelización adelantada por la Iglesia católica en América Latina, fue el más grande de los crímenes de lesa humanidad cometidos en la historia por un ejército de conquistadores que con la espada y con la cruz, se dedicaron a exterminar a los dioses, a las culturas y a los millones de seres humanos que poblaban la región, a partir del mismo momento de la llegada de Colón, hace poco más de 500 años.

El mal llamado «descubridor de América», en su desmedida ambición por apoderarse del oro que ingenuamente le obsequiaron los aborígenes a su llegada, empezó a someterlos, pensando que serán buenos como sirvientes y fácilmente serán hechos cristianos, porque» a mi parecer, -dijo- no pertenecen a ninguna religión, mientras que uno de sus acompañantes, el italiano Michele de Cuneo, los consideraba como «bestias» porque «comen cuando tienen hambre y hacen el amor abiertamente cuando se les da la gana.»

Así se abrió el primer capítulo de la gran tragedia humana que fueron la conquista, la evangelización y colonización de América un brutal proceso de conquista que, una vez clavada la cruz del cristianismo en las islas del Caribe, significó el exterminio de millones de indígenas, unos por las enfermedades como la viruela con que los contagiaron los españoles y aquellos que se salvaron de esas plagas, asesinados de la forma más brutal, como el ser quemados vivos, empalados o ahorcados por resistirse a abrazar una religión ajena a sus creencias ancestrales.

Uno de los primeros en caer asesinado, fue el cacique cubano Hatuey, a quien, mientras lo ataban a una estaca, para quemarlo vivo, un fraile franciscano lo exhortó a tomar a Jesús en su corazón, así su alma podía ir al cielo, y no al infierno, y Hatuey en un gesto de valentía y resistencia ante aquella humillante exhortación le respondió: “Si el cielo es adonde van los cristianos, prefiero ir al infierno, y fue asesinado, como lo fueron otros millones más de aborígenes que lucharon por su libertad.

Entre esos crímenes horrendos cometidos contra el pueblo de Hatuey figuran tantos, que basta con leer la descripción de uno de ellos, hecha por un testigo ocular, según la cual, «los españoles encontraban placer en inventar todo tipo de crueldades extrañas… construyeron una horca larga, lo suficientemente larga como para que los dedos de los pies pudieran tocar el piso como para que no se ahorcaran completamente, y colgaban 13 nativos a la vez, en honor a Cristo Nuestro Salvador y los 12 apóstoles y después, envolvían los cuerpos destrozados en paja, para luego ser quemados.»

«O en otra ocasión, los españoles le cortaban el brazo a uno, los muslos a otro, y a otros, la cabeza de un tajo, como carniceros cortando la carne y despostando para el mercado, 600, incluyendo al cacique, fueron muertos de esta forma, como si fueran bestias brutas.»

Y no fue solo en las islas del Caribe, sino también en tierra firme, como en Nicaragua, donde 18 caciques después de haber sido capturados, fueron atados a estacas y en presencia de varios sacerdotes, fueron devorados vivos por perros amaestrados y hambrientos, mientras subían al cielo las oraciones de los clérigos que rogaban por la salvación de sus almas.

Lo mismo ocurrió en Perú con el Inca Atahualpa, quien capturado por orden del padre Dominico Vicente Valdeverde por rehusarse a aceptar la Biblia, y a pesar de haber entregado un cuarto lleno de oro como rescate para salvar su vida, es engañado y forzado a aceptar su conversión al cristianismo para ser ahorcado en vez de quemado vivo, como sucedió con miles más de aborígenes en el resto del continente.

Esa es la terrible verdad que pretendió ocultar Ratzinger, como quien intenta ocultar el sol con un dedo, y que ahora, 10 días después de haber pronunciado la falacia, busca enmendar el error cometido, aunque sin pedir disculpa alguna, reconociendo «las sombras que acompañaron la evangelización en América Latina.»

«El recuerdo del pasado glorioso de la Iglesia católica en América Latina -ha dicho este miércoles- no puede ignorar las sombras que acompañaron las obras de evangelización del continente. No es posible ignorar los sufrimientos e injusticias infligidos por los colonizadores a las poblaciones indígenas, cuyos derechos humanos fueron pisoteados.»

Fue una admisión de culpa, que sin embargo, estuvo exenta de la palabra perdón que de él demandó el presidente Hugo Chávez Frías, ni mucho menos lo que esperaban los pueblos originarios del continente, que aun exigen una excusa por los crímenes cometidos por espada del conquistador y la Cruz del Cristianismo contra sus antepasados, genocidio que ha quedado impune y sin castigo, pero que no obstante, está y continuará intacto en la memoria colectiva de todos y cada uno de los hombres y mujeres de América Latina.

   
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