Xavier Pikaza

Maria Magdalena.jpgEl evangelio de hoy (Lc 7, 36-8, 3) habla de Jesús y de una prostituta que ama (que le ama), con un añadido sobre las mujeres que le quieren y le cuidan, le siguen y le sirven. Sería bueno relacionar la prostituta del principio, que aparece sin nombre, con las mujeres del final (María la Magdalena, Juana y Susana). Pero aquí sólo quiero centrarme en la prostituta que quiso a Jesús y en los millones de “prostituidas” que siguen llamando a las puertas de nuestro amor de nuetra justicia y de nuestra solidaridad, en pleno siglo XXI.

1. Situar del texto. Prostitutas y prostituidas

Prostituir significa “colocar delante”. Desde tiempo muy antiguo, al menos desde el surgimiento del patriarcado, ha existido un tipo de “prostitución” de mujeres, puestas al servicio de las “necesidades” sexuales y sociales de los varones, que les pagan con dinero o con otros medios (y que en general les desprecian y oprimen). En algunos casos han podido prostituirse ellas mismas, buscando así un modo de vida o siguiendo algún tipo de inclinación sexual y una forma de protección o de sustento. Pero, en general, por principio, la prostitución ha sido y sigue siendo básicamente un “negocio” de varones, que separan el sexo de las relaciones personajes y buscan una satisfacción sexual sin amor, utilizando para ello, de diversas maneras, a las mujeres (y también a los niños e incluso a otros hombres).
La prostitución ha tenido a lo largo de la historia múltiples funciones, entre las que se puede recordar la de tipo religioso: en los grandes santuarios de las diosas, desde Palestina y Babilonia hasta la India, solía haber mujeres, y también hombres: prostitutos sagrados (hieródulas y hieródulas), que actuaban como signo de la divinidad, iniciadoras sexuales de hombres (y mujeres), en el despliegue del amor (en este contexto se puede hablar de Ishtar e Isis, de la hierogamia y del tantrismo). Pero, en general, la prostitución e ha separado del culto y ha venido a convertirse en una forma de imposición y opresión económica, sexual, afectiva.

Casi todas las culturas, edificadas sobre principios patriarcales, han tolerado la prostitución de las mujeres como una forma de regular la sexualidad de los varones y de mantener seguras las relaciones familiares. En general, la mujer casada se hallaba sometida al marido y carecía de libertad afectiva; por eso, en algunos casos, la prostituta podía convertirse en signo de mujer liberada, ejerciendo funciones superiores, en el plano cultural y social. Por eso ha habido siempre (y sigue habiendo “prostitutas ricas”, que llegan incluso a ser “reinas” y que dominan las revistas de corazón de todos los tiempos, especialmente en los nuestros). Pero la inmensa mayoría de las prostitutas terminan siendo un tipo de esclavas sexuales.

2. Evangelio y prostituta

De esas últimas prostitutas habla el evangelio. Ella son mujeres “violadas, dominadas, destruidas”. Siempre han existido prostitutas, dentro de una sociedad patriarcalista. Pero su número y su opresión aumentan en tiempos de crisis económico-social y de ruptura familiar, como aquella que estaba sufriendo Galilea cuando vino Jesús. Se habían multiplicado las mujeres que estaban solas, sin tierra ni trabajo, sin familia ni posibilidades laborales, sin más “capital” que su cuerpo, en un mundo donde sólo importaba la ganancia del sistema. La situación social las condenaba a la “prostitución”, es decir, al desarraigo y al hambre, a la ignominia social y la impureza.

Es evidente que Jesús, profeta de los pobres y excluidos, tuvo que vincularse con ellas, pues se relacionó de un modo especial con los impuros y expulsados de la sociedad, con los enfermos y los locos, con un submundo de hombres y mujeres condenados por la misma sociedad a la opresión laboral y sexual (que muchas veces iban unidas). La relación de Jesús con las prostitutas (y los publicanos) constituye uno de los temas centrales y más enigmáticos del evangelio. Así aparece, en uno de los pasajes más luminosos y más duros del evangelio, donde Jesús se compara a Juan Bautista. Los “justos” de Israel (o de cualquier sociedad establecida) le condenan, por andar con gente de mala vida. Jesús se defiende:

En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas os proceden en el reino de Dios. Porque Juan vino a vosotros en el camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y aunque vosotros lo visteis, después no cambiasteis de parecer para creerle (Mc 21, 31-32).

Los evangelios presentan indicios de la “relación” de Jesús con las prostitutas, pero son indicios que no han sido todavía estudiados con detalle, ni tampoco interpretados, que yo sepa. El trabajo más valiente que conozco, en ese sentido, es el libro de mi colega y amiga Esther Miquel, Amigos de esclavos, prostitutas y pecadores, Verbo Divino, Estella 2007. Esther evoca, de forma sorprendente, el contexto y ambiente de las “bajas tabernas” y de los lugares donde se encontraban los “expulsados sociales” y donde Jesús tuvo que conocer a los publicanos y prostitutas, a los enfermos y expulsados de la sociedad, compartiendo con ellos el escaso pan y vino (Jesús comió con publicanos y gente de “mala vida”, es decir, con prostitutas), para ofrecerles su camino y esperanza. Es evidente que Jesús no vino a “perdonar” religiosamente a las prostitutas, sino a iniciar con ellas (desde ellas y con otros tipos de expulsados sociales y mentales, afectivos y religiosos) un camino de Reino de Dios, un camino en el que surgía el perdón y la vida del Reino.

3. Jesús y la prostituta de Lucas

Lucas recoge en este texto la relación de Jesús con las prostitutas (como recoge en Lc 19, 2-9) su relación con los publicanos. La recoge y reelabora de una forma “piadosa”, que pueda ser bien aceptada en una iglesia de “piadosos”, construyendo un poderoso relato de amor y de perdón (en paralelo con Mc 14, 3-9, aunque con matices muy distintos). Antes de leer el texto quiero comentar algunos rasgos:

La casa del Fariseo. Jesús no se encuentra con la prostituta en las “tabernas” y barrios bajos de la ciudad o en refugios de los caminos, sino que es una “vivienda pura”, de un puro cumplidor de la ley. En ese contexto resulta menos probable, aunque no imposible, la presencia de la prostituta, si entra de incógnito… Pero tenemos la impresión de que el texto ha sido “reelaborado” por el mismo evangelio de Lucas, para oponer e invertir la actitud del buen fariseo y de la sucia prostituta (como hace el mismo Lucas en 18, 10-13 al oponer en el templo al publicano y al fariseo).

Éste es una escena simbólica (como la del encuentro de Jesús con la mujer de Samaría en Jn 4). Es evidente que “detrás” de esa casa del fariseo están las “casas” sin dignidad donde vivían prostitutas y expulsados de diverso tipo, a los que visitó y vino Jesús, para ofrecerles el Reino. En esas casas (tabernas y campos sin dignidad) debió encontrar Jesús a las prostitutas. Pero Lucas condensa esos “encuentros” en esta casa del “limpo” fariseo. De ese poner el amor frente a la ley. La prostituta tiene algo especial: es capaz de amar, quiere amar… El fariseo no ama, sino que cumple lo legal, lo estipulado. Por el contrario, esta mujer ama por encima de la ley. Por ese decimos que es una prostituta “buena” (en los dos posibles sentidos de la palabra). Ella no pide nada, no confiesa nada… Simplemente “ama”.

Jesús no “confiesa” a la prostituta en el sentido posterior de la palabra, ni le exige que cambie de conducta (en contra de Juan 8, 11, donde se dice a la “adúltera” que no peque más). Al final no se le dice que “no peque más”, sino que “vaya en paz”, que viva en paz… Lo normal es que ella tenga que seguir en la prostitución, porque es su modo de vida (es la vida a la que le han condenado). Pero será una prostituta que va “en paz”, porque es una mujer capaz de amor, una mujer en búsqueda de amor.
¿Podría haber fundado Jesús un movimiento de liberación de prostitutas? De un modo indirecto, Jesús lo ha fundado, pues ha fundado un movimiento, una “iglesia”, que es un lugar donde “ellas” (y otros tipos de “pecadores” y expulsados de la sociedad) pueden venir, ser acogidos e iniciar (en algunos casos) un tipo de vida distinta, allí donde el movimiento (la iglesia) viene a presentarse como espacio de amor y vida compartida, sin necesidad de que nadie se prostituya (ni prostituya a los otros).

Me gustaría que el evangelio dijera que Jesús fue “acogiendo prostitutas” en su grupo y que lo hizo de un modo programado, pues que buscó para ellas formas de vida en comunión y comunicación social, en amor… Pienso que Jesús lo hizo, de algún modo, pues acogió en su grupo a prostitutas, para compartir con ellas un tipo de vida “liberada” y comunitaria, al servicio del amor mutuo del reino (es decir, de todos). También la Iglesia posterior ha sido a veces “hogar para prostitutas”, para publicanos y enfermos, para expulsados de la sociedad… Pero a veces lo hemos olvidado, queriendo hacer una Iglesia de puros y expulsando de ella a publicanos y prostitutas. Pero el camino está abierto y lo tenemos que hacer nosotros, cristianos del siglo XXI: crear una sociedad donde el amor sea capaz de acoger y de ofrecer a todos un espacio de vida en libertad y dignidad. Pero vengamos ya al texto

4. El texto de Lucas: 7, 36-8, 3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: “Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.”
Jesús tomó la palabra y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte.” Él respondió: “Dímelo, maestro.”.

Jesús le dijo: “Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?”.Simón contesto: “Supongo que aquel a quien le perdonó más.” Jesús le dijo: “Has juzgado rectamente.”

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.” Y a ella le dijo: “Tus pecados están perdonados.”

Los demás convidados empezaron a decir entre sí: “¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?” .Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

5. Una aplicación actual

Con los adelantos y la libertad de la modernidad no ha bajado la prostitución, sino que incluso ha aumentado, viniendo a convertirse (con la pornografía) en uno de los negocios más florecientes del sistema y en una de las formas más duras de esclavitud de las mujeres (y los niños). En ese contexto puede hablarse de “trata de blancas” (trata de mujeres). El cuerpo de la mujer se ha convertido (en mayor medida que el del hombre) en objeto de comercio, puesto al servicio de la propaganda y del mercado. En este contexto se han creado y se siguen creando redes de “tráfico humano” que llevan a mujeres (y a niños y niñas) de países más pobres o empobrecidos del tercer mundo a los países ricos, del capitalismo triunfante, para convertirlas en nuevas esclavas sexuales. Así lo ha puesto de relieve el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes:

La explotación sexual, la prostitución y el tráfico de seres humanos son actos de violencia contra las mujeres y, en cuanto tales, constituyen una ofensa a la dignidad de la mujer y son una grave violación de los derechos humanos fundamentales. El número de mujeres de la calle ha aumentado notablemente en el mundo por muy distintos y complejos motivos de orden económico, social y cultural. En algunos casos, las mujeres implicadas han sido víctimas de una violencia patológica o de abusos sexuales desde la niñez. Otras han sido llevadas a prostituirse con el fin de tener lo suficiente para vivir ellas mismas y sus familias. Algunas buscan una figura paterna o una relación amorosa con un hombre. Otras tratan de amortizar deudas excesivas. Algunas dejan situaciones de pobreza en su país de origen, creyendo que el trabajo que se les ofrece en el exterior cambiará su vida. Es evidente que la explotación sexual de las mujeres, que se difunde en el tejido social de todo el mundo, es una consecuencia de muchos sistemas injustos.

Muchas mujeres de la calle que se prostituyen en el llamado Primer Mundo provienen del Segundo, Tercero y Cuarto Mundo. En Europa, y en otros lugares, muchas de ellas han sido objeto de tráfico de otros países para responder a una creciente demanda de la clientela. Sin embargo, no todas las que han sido objeto de tráfico se hallan implicadas en la prostitución y no todas las prostitutas han sido objeto de tráfico. La esclavitud humana no es algo nuevo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que actualmente 12,3 millones de personas se encuentran esclavizadas en trabajos forzosos y obligados, y que alrededor de 2,4 millones de ellas son víctimas de un tráfico cuyas ganancias anuales ascienden – se dice – a 10 mil millones de dólares USA (Encuentro pastoral, junio del 2005, nums 1-2. Texto en vatican.va/ pontifical_councils/migrants).

En este contexto resulta especialmente doloroso el tráfico de niños y niñas, a quienes la sociedad abandona, de manera que tienen que vivir en la calle, en los suburbios de las grandes ciudades, condenados muchas veces a la explotación económica y social. Son bastante numerosos los niños violados por mayores (dentro y fuera del ambiente familiar), con secuelas a veces graves para su estabilidad psicológica y su madurez humana. Más grave es aún la pederastia organizada, con métodos y fines comerciales. La pornografía infantil puede convertirse también en un riesgo social de grandes consecuencias, no sólo por lo que implica de destrucción de los niños, sino también por lo que supone para los mayores. Este es un problema “global”, que ha de ser estudiado y resuelto desde varias perspectivas, como ha destacado el Vaticano.

La relación entre violencia y sociedad patriarcal, y el efecto de ambas cosas en las mujeres, necesitan ser explorados y examinados en todos los niveles de la sociedad, en particular respecto a las consecuencias para la vida familiar. Los efectos de la violencia interna deben ser expresados con toda claridad, tanto por los hombres como por las mujeres, según el caso. El complejo fenómeno del rostro femenino de la migración debe ser estudiado de tal forma que se respeten tanto la dignidad de las mujeres, como sus derechos. Tanto los hombres como las mujeres necesitan: – adquirir conciencia de la explotación de las mujeres; – conocer sus derechos y sus responsabilidades (Ibid, 17).

La prostitución no es un tema de amor, sino de falta de amor. Es un tema de esclavizamiento: convierte a muchas mujeres en auténticas esclavas, atraídas por el engaño de un dinero fácil o por la simple necesidad económica y, a veces, por la violencia. Es un tema de comercio y mercado: todo se compra y vende; así se compra y vende el cuerpo y el alma de las personas, especialmente de mujeres. Es un tema de carencia afectiva. Sólo hay una forma de superar la prostitución: crear condiciones personales y sociales de igualdad y libertad, para varones y mujeres, de tal manera que nadie tenga necesidad de prostituirse por dinero. Dentro del sistema actual, de capitalismo de mercado, con grandes diferencias económicas y culturas y con la explotación real del hombre por el hombre (y en especial de las mujeres por los hombres) resulta imposible resolver el problema.

Sólo un cambio integral, político, económico y humano puede ayudar a resolverlo. En ese camino, hay que empezar promoviendo los mecanismos políticos y jurídicos que permitan perseguir y condenar las prácticas delictivas que se dan en este campo. Pero los cambios políticos y jurídicos no bastan… Es necesario un cambio radical en la vida y conciencia, en el amor y la esperanza de hombres y mujeres. En ese contexto sigue siendo fundamental el gesto de Jesús, amigo de publicanos y prostitutas.

La bibliografía on line sobre la prostitución resulta inabarcable. Entre los libros, cf. N. BLÁZQUEZ, La prostitución, San Pablo, Madrid 2000; M. FOUCAULT, Historia de la sexualidad, Siglo XXI, Madrid 2002; F. PAWLOFF, La prostitución infantil, Amnistía Internacional, Madrid 2000; J. L. POMARES, Prostitución, tráfico e inmigración de mujeres, Comares, Granada 2002; J. ROSSIAUD, La prostitución en el medioevo, Ariel, Barcelona 1986;

   
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