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Elplural.com analiza los libros de Educación para la Ciudadanía
Era el 1 de diciembre de 1955. Rosa Parks tenía por entonces 42 años y trabajaba de costurera en unos grandes almacenes. Como todos los días, una vez terminada su extensa jornada laboral, Parks se subía en un autobús que le llevaba a su residencia de Montgomery.

Por aquel entonces, en los autobuses del sur de Estados Unidos se aplicaba la denominada segregación racial, que consistía en que las cuatro primeras filas del autobús solo podían ser utilizadas por personas de raza blanca, mientras que los negros, pese a que representaban el 75% de los usuarios de este transporte público, tan solo podían utilizar las filas restantes de atrás, pero eso sí, siempre y cuando, ningún blanco se quedara sin asiento.

Esta situación empezó a cambiar a partir el 1 de diciembre de 1955, cuando Rosa Parks tuvo la valentía de reclamar sus derechos. “¡Estoy cansada!”, espetó Parks, “de ser tratada como una ciudadana de segunda clase”, después de que el inhumano chofer del autobús, James Blake, ordenara a esta ciudadana y a otros tres pasajeros negros, levantarse y dejar libres sus asientos a un usuario blanco que no encontraba ningún asiento en el que poder sentarse.

381 días que cambiaron la historia
Rosa Parks alegó que había “pagado su billete como cualquier otro” y tras ser multada a pagar 10 dólares por desobedecer la ley, llamó al resto de los ciudadanos negros de Estados Unidos a iniciar una huelga contra la compañía de autobuses. Ningún usuario negro se subió a ningún autobús hasta que, 381 días después, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos declarara ilegal la segregación racial y pusiera fin a las leyes racistas que fomentaban la separación entre negros y blancos en Estados Unidos.

Capítulo 5
Aunque Rosa Parks no es el ejemplo de partida en el capítulo quinto del manual de la editorial SM de Educación para la Ciudadanía, (lo es Nelson Mandela), esta ciudadana que acabó recibiendo la Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos como un “icono viviente de la libertad en EEUU”, bien podría servir para explicar lo que se pretende: ¿Cómo debe ser el buen ciudadano?

¿Cómo debe ser el buen ciudadano?
El buen ciudadano, se afirma en este capítulo, tiene que ser responsable, justo y solidario. Debe convivir con los demás y tener conciencia cívica. Debe ser consciente de sus derechos y de sus deberes. Debe de tener la valentía de reclamarlos y la valentía de cumplirlos. Debe tener responsabilidad colectiva y cooperar por construir un mundo más justo, entendiendo la justicia como el arte de conseguir lo bueno y lo justo. Y también, el buen ciudadano debe ser solidario.

¿Dónde está el mal?
En definitiva, se afirma que “todo ciudadano debe fomentar los sentimientos que le ayuden a reclamar sus derechos, a cumplir los deberes, a ser sensible ante el dolor ajeno y que le adviertan de cuándo no los ha cumplido”. Y ante todo lo afirmado, sería cuestión de preguntar a los sectores que tanto han criticado y critican a la asignatura de nueva implantación: ¿Con cuáles de estos deberes enunciados no están ustedes de acuerdo? ¿Es esta la anunciada asignatura del “mal”, ante la que debemos estar alerta? ¿Es esta la “prueba inequívoca de cómo un Estado democrático se vuelve totalitario”?

“Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros”
Quizás, la lectura de este capítulo no deje ver dónde está la pretensión de ideologizar a los indefensos alumnos adolescentes.Antes al contrario, la lectura de este capítulo de la temida Educación para la Ciudadanía, nos lleva a una cita muy conocida entre los católicos. En efecto, Mateo decía: “Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros”.

“Amar al prójimo como a uno mismo”
La cruda realidad es que para defender que estos conceptos tengan cabida en nuestro sistema educativo, no es necesario recurrir, ni al ejemplo de Rosa Parks, ni a los autobuses de los años 50 de Montgomery, sino que es suficiente con tomar el metro de Madrid y observar cómo muchos adolescentes no ceden su asiento, por ejemplo, ni a las mujeres embarazadas, ni a los más mayores de nuestra sociedad. Quizás, pienso entristecido, es que algunos, de tanto predicar, se han olvidado de que se “debe amar al prójimo como a uno mismo” y que, para eso, previamente, en vez de luchar, lo que es necesario es amar y enseñar a hacerlo.

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