Fe adulta

Juan José Tamayo2.jpgLa hospitalidad es exigencia de humanidad, tanto para quien recibe como para el que es recibido, y exige de ambos que sean ante todo humanos y renuncien a su inhumanidad.
Se sitúa más allá del etnocentrismo. No conoce límites ni fronteras. Comporta acoger al prójimo, al vecino, al compañero, al amigo, al pariente, pero también al extraño, al lejano, al desconocido, al extranjero y, en nuestro caso, al inmigrante. Todos ellos entran en mi mundo y se convierten en prójimos-próximos.
“La hospitalidad –afirma Yves Cattin- pone en marcha unos procesos de conocimiento y reconocimiento recíprocos. Siquiera por este motivo es la forma primera y última del respeto a los derechos humanos”.

Como recuerda Fernando Savater en el epílogo de la 32 edición de Ética para Amador, la palabra “huésped” en castellano significa tanto la persona que se aloja en casa de otro como el otro que lo acoge en su casa.

Todos somos forasteros acogidos en una casa que no es la nuestra y anfitriones que acogemos a otros.

Nacer es llegar a un país extranjero. Sin la hospitalidad de los otros, no podríamos vivir. Sin nuestra hospitalidad tampoco podrían vivir quienes llegan a la vida después de nosotros.

Todos somos inmigrantes en la tierra. Por eso hemos de tratar a los demás como desearíamos ser tratados, no como a nosotros nos tratan o nos trataron. Es la ley de la reciprocidad.

La hospitalidad entre los seres humanos exige no sólo la acogida del otro, de la otra, como hermano, como hermana, sino tener la casa abierta y siempre preparada para acoger. La Naturaleza es la casa, el hogar donde vivimos. Por ello hay que respetarla, cuidarla, no destruirla.

Sin embargo, la actitud hacia la Naturaleza es, con frecuencia, iconoclasta, demoledora. El ser humano, nacido para cultivar celosamente la Tierra, se ha convertido en Satán de la Tierra, en bio-cida y geo-cida, en homi-cida y etno-cida, afirma con razón Leonardo Boff.

La hospitalidad exige también evitar el dispendio de los recursos naturales, que son limitados, proteger el medio ambiente y no someterlo a los mecanismos de opresión. Si los seres humanos tenemos nuestros derechos, también la naturaleza tiene los suyos, y deben ser respetados. Y cuanto más los respetemos más armónicamente viviremos en y con ella.

La hospitalidad hacia el extranjero es principio ético de las religiones. La hospitalidad hacia el extranjero es una virtud muy extendida en la cultura semita y mediterránea; más aún, es un rasgo distintivo de esa cultura. En el mundo griego, los extranjeros y mendigos eran tenidos por enviados de Zeus y debían ser tratados con veneración y respeto como se le trataba a Él.

Vamos a centrarnos en el mensaje y la práctica de Jesús de Nazaret para con los extranjeros que, por su sentido humanitario, pueden servir de referencia en la elaboración de leyes de inmigración.

La práctica de la hospitalidad se encuentra en el centro de la predicación y de la vida de Jesús y en su movimiento de seguidores y seguidoras.

A lo largo de su existencia itinerante de aldea en aldea, Jesús es acogido en repetidas ocasiones como huésped en casa de Pedro y Andrés (Marcos 1, 22 ss), de Leví el recaudador de impuestos (Marcos 2, 15 ss), de un fariseo, donde una mujer le perfuma (Lucas 7, 36 ss), de Marta y María, hermanas de Lázaro (Lucas 10, 48 ss).

Las parábolas, género literario más frecuente empleado por Jesús para transmitir su mensaje, se refieren a la hospitalidad (por ejemplo, Lucas 10,34 ss; 11,5 ss). En una de ellas, quizá la más emblemática del Evangelio, presenta a un Samaritano que atiende a una persona malherida como ejemplo de acogida y de compasión para con el prójimo en apuros (Lucas 10, 25 ss).

Pide que se acoja de manera hospitalaria a los discípulos que predican la Buena Noticia de la liberación por los pueblos y las ciudades de Israel (Mateo 10, 11ss; Lucas 15, 5 ss).

Uno de los momentos claves de la enseñanza de Jesús en torno a la acogida a los inmigrantes es el discurso recogido en el evangelio de Mateo (25, 31-46). Ahí aparece cuatro veces la palabra xenos (= extranjero).

La identificación de Jesús de Nazaret en este discurso con los hambrientos, los sedientos, los extranjeros, los harapientos, los enfermos y los presos, es total. El discurso llega a afirmar que negar la hospitalidad, el alimento y la bebida a las personas marginadas es negársela a Cristo, y acoger a los extranjeros, vestir al denudo, dar de beber al sediento y de comer al hambriento es lo mismo que acoger a Cristo. Dios mismo y el propio Jesús son presentados como extranjeros, aun cuando no se emplee el término xenos (extraño, extranjero) (Juan 8,19; 8,14.25ss; 9,29s).

La emigración de Jesús de Nazaret

El evangelio de la infancia de Mateo presenta a Jesús de Nazaret, hijo de José y de María, como un niño que tiene que emigrar a Egipto con su familia, por miedo a que lo mate Herodes, quien temía que pudiera destronarlo y hacerse con la realiza de Israel. Así pudo librarse de la matanza de los inocentes.

Se trata de un género literario peculiar, el de los relatos de la infancia de Jesús, cuyo objetivo es establecer el contraste entre los orígenes humildes del héroe y su encumbramiento. En esta elaboración teológica, el narrador quiere subrayar la realeza, la mesianidad de Jesús en conflicto con la espuria realeza de Herodes; para ello recurre a las profecías del Antiguo Testamento, que ve cumplidas en Jesús de Nazaret.

Se refiere concretamente a un texto del profeta Oseas que habla del amor de Dios por Israel: “Cuando Israel era niño, lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11,1). Un paralelo de este relato se encuentra en la infancia de Moisés, narrada por las tradiciones rabínicas; anunciado por magos su nacimiento, el faraón da orden de matar a todos los recién nacidos.

La vida de Jesús se caracteriza por la itinerancia y el peregrinar de Galilea, región pobre, rebelde, revolucionaria a Judea, centro religioso y político, con su capital en Jerusalén, donde fue crucificado. Jesús renuncia a un lugar fijo de residencia. Los caminos son su lugar natural. John Dominic Crossan lo compara con los filósofos cínicos griegos y lo presenta de manera muy sugerente como un “campesino judío”. Más aún, vive en constante huida.

Texto entresacado del libro “Culturas y religiones en diálogo”

de Juan José Tamayo y María José Fariñas,

(Editorial Síntesis, Madrid, 2007)

Capítulo “LA INMIGRACIÓN EN EL HORIZONTE DE LAS RELIGIONES”

   
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