Adital

Miembro de la Juventud Romerista Coordinación Ecuménica de la Iglesia de las y los pobres de El Salvador (CEIPES)
Para cualquier persona, la juventud es sólo una etapa más o el lapso entre la niñez y el ser adulto, que es cuando la persona ya es alguien.

Esto nos pone frente a un reto, pues, el ser joven es más que eso; es un grupo social bien definido con necesidades y derechos propios. Los jóvenes tienen propuestas claras para solucionar las grandes problemáticas de la realidad.

En esta gran gama de personas que conformamos la juventud están, los y las jóvenes cristianos que de igual manera tienen sus características muy particulares. Nosotros y nosotras, desde nuestra identidad, desde nuestros carismas, vemos cuál es el rol y el compromiso que debemos asumir todos y todas para trasformar la realidad y construir ese reino de Dios en la tierra.

En este siglo, a 7 años de su comienzo, el mundo ha experimentado cambios en los cuales en vez de tener mejoras, ha empeorado en temas muy importantes como lo político, económico, social, cultural, ambiental y, por supuesto, lo religioso.

Hay una crisis generalizada de la humanidad, en la cual los y las jóvenes son los más afectados. Para comenzar, somos víctimas de un sistema político-económico, que nos perjudica. Si conscientemente se hubiera querido buscar una forma de institucionalizar la injusticia con el fin de dañar a los más vulnerables, aun así seria menos lesivo que el sistema económico que actualmente tenemos. Nuestro sistema económico actual es increíblemente voraz y mantiene a una minoría con excelentes condiciones de vida hasta el derroche mientras que las grandes mayorías en el mundo sufren de la explotación y la miseria, además nos asola una política mundial al servicio de ese modelo económico, de ese sistema capitalista que nos corrompe y aliena. Nos hace que adoremos al ídolo del dinero y nos hace individualistas para que no nos preocupemos por el mal ajeno, haciéndonos pensar que estamos solos en el mundo, que no hay nada que cambiar, nada por qué luchar, ni esperanza que nos haga seguir.

Vivimos en un clima generalizado de violencia, delincuencia, drogas, migración, destrucción ambiental y esto dentro de guerras, homicidios, feminicidios, etc., que están a la orden del día en cualquier país del mundo y que socialmente dañan la integridad del joven desde su niñez. Por muy pobre o muy rico que este sea, no escapa a esta realidad de muerte que Monseñor Romero llamaba el pecado social, o pecado estructural, que es el que nace a raíz de las condiciones y limitantes que el sistema da y produce jóvenes excluidos, marginados, desnutridos, sin educación, con una salud gravemente afectada.

En nuestros pueblos, lo extraño no es que un hombre que tenga su familia muriendo de hambre robe una gallina; lo extraño es que todos los hombres cuyas familias mueren de hambre, no lo hagan. ¿A qué se debe ese hecho? A que en lo muy profundo de su ser, las mujeres y hombres tienen una moralidad que la fe ha implantado en ellas y ellos. Muchas veces, esta fe es también el instrumento que los puede movilizar a defender sus derechos y el de los demás, pero para llegar a ello hay que analizar primero que hay una grave problemática económica y social a nivel mundial que nos afecta a todos y todas y específicamente a las y los jóvenes.

Nuestra cultura e identidad están siendo duramente dañadas; se ha dado un auge de pérdida de valores que están desencadenando en una muerte de nuestra identidad como pueblos. Estamos tan enajenados y dañados culturalmente que hemos terminado por aceptar como común, sucesos dañinos a la sociedad; por ejemplo: el hecho de que hallan más de trece muertos diarios en nuestros pueblos, o que indiscriminadamente deforesten todo un bosque o el alto costo de la vida en la canasta básica todo lo anterior. Ni lo miremos como extraño, mucho menos como algo que podamos participar activamente para evitar; olvidamos lo nuestro y preferimos los espejos que nos traen de otros lados.

Las y los jóvenes somos víctimas de la moda y del consumismo y esto nos distrae de lo verdaderamente importante. No es malo querer ir al cine o ver un partido de fútbol pero cuando le damos más importancia a estas cosas, que a las problemáticas surgidas de la falta de acceso de necesidades humanas básicas que la gran mayoría de jóvenes en el país no poseen, tenemos un grave problema de prioridades. En esto entra en juego una gran palabra – Solidaridad – es parte de los valores culturales que nos legaron nuestros antepasados indígenas y que ya están desapareciendo. Es mejor asumir la ideología Africana del ¨Ubuntu¨: Yo soy en tanto tú eres. No deberíamos pensar si alcanza o no el agua para mi; lo adecuado es preocuparse para que alcance para todos porque si alcanza para todos, alcanza también para mí.

Nuestro ambiente, nuestra madre tierra, todos los días clama ayuda al creador ante la muerte de sus ríos, lagos, árboles y animales. La estamos matando; nosotros y nosotras no hacemos nada por detener los atroces abusos de unos pocos ignorantes que piensan que la tierra la heredaron de sus padres. No saben que en realidad la tienen prestada de sus hijos. Los ríos contaminados, el aire irrespirable, nuestros animales extintos; la biodiversidad robada, la pérdida de nuestra soberanía alimentaría, la invasión de alimentos transgénicos que nos llenan de enfermedades, nuestro planeta casi sin ozono y con ese cambio climático severo son productos de unos pocos dementes que juegan a ser Dios y que piensan que el dinero se puede comer y beber y respirar.

Si todo lo malo hasta aquí mencionado no fuera suficiente para enloquecer hasta el más cuerdo, está el ámbito religioso. Lo religioso tiene una fuerte carga moral y encausa de alguna manera la forma de pensamiento de grandes sectores de nuestra juventud.
Con el surgimiento de infinidad de iglesias fundamentalistas o neo fundamentalistas y grupos religiosos ultra conservadores que creen en un Dios distante, alejado, sentado en un trono viendo la tierra de lejos y solo escuchando oraciones y no como es en realidad un Dios liberador cercano que esta con nosotros que camina con su pueblo pobre, que aborrece las injusticias y que pide acción acompañada de la oración.

Estos grupos e iglesias inculcan a sus feligresías y en especial a sus jóvenes, que ante los malestares del mundo no se puede hacer nada más que rezar, y que, no se puede hacer nada porque es la voluntad de Dios. Dicen que oponerse a dicha voluntad es pecado, nada más alejado de la realidad pues como jóvenes es nuestro deber y obligación cambiar las cosas y mejorarlas, ser evangelio viviente que al igual que Jesucristo denuncien lo malo y promuevan lo bueno.

El mismo ámbito religioso está regido por centrismos que niegan el acceso a la participación de todo a todos y en especial a los y las jóvenes. Existen iglesias ecleciocéntricas, templocéntricas, adultocéntricas y para colmo machistas, en las cuales si eres joven y mucho más, si eres joven y mujer, no puedes ni hablar porque no piensas. solo sirves para mover mesas o cargar sillas. Si hay un culto, misa o servicio el joven solo sirve para recolectar la limosna, eso si tiene suerte; pero no puede hacer un comentario a la escritura porque no sabe. Es triste que en pleno siglo 21 todavía halle tan marcada discriminación generacional.

Ante esta realidad de violencia, de indiferencia, de pérdida de valores y otros mil problemas y males que se tejen y entretejen formando una quimera, ¿por qué las y los jóvenes no hacemos algo para cambiar nuestra realidad?

Los jóvenes somos una gran fuerza en el mundo entero, pero somos una fuerza que esta pasiva. Es así por que este sistema devorador le conviene que los jóvenes estemos dormidos y por esto nos niegan educación, seguridad, soberanía alimentaría, salud, en fin la calidad de vida a la que todos y todas tenemos derecho. A los estados les conviene que exista una juventud ignorante que no opine, que mantenga el rostro abajo y que no diga lo malo de la realidad que los envuelve. Los y las jóvenes anhelan llegar a la adultez porque el sistema nos enseña que como jóvenes no podemos hacer nada y que solo siendo adultos podemos tener cualquier tipo de participación.

Además, los pocos jóvenes concientes de esa realidad de explotación, exclusión e irrespeto a la juventud no se organizan para concientizar a otros jóvenes y sacarlos de ese abismo de enajenación en que los han sumergidos años de mensajes adormecedores de los medios de comunicación amarillistas y los sistemas de educación que solo responden a los intereses de la clase burguesa. Estamos separados, somos como pequeñas islas desconectadas que no sabemos unos de otros y eso nos hace aun más vulnerables; una hoja de papel sola, cualquiera la rompe pero quinientas o mil unidas son muy difíciles de romper.

Entonces ¿cual es nuestro reto como jóvenes cristianos frente a la realidad de opresión, dolor y muerte que vivimos o sufrimos en este nuevo siglo?

En un primer lugar estar concientes de la problemática, saber que ocurre y no quedarnos con lo que dicen los periódicos o la televisión. Debemos agrandar nuestro criterio y buscar la verdad; pero no buscar ver con los ojos de alguien más, o escuchar con otros oídos sino utilizar nuestros propios sentidos para formar nuestros criterios. No por ser jóvenes somos ignorantes. No podemos aceptar la mentira que por ser jóvenes “no podemos”, o que por ser jóvenes no tenemos la experiencia para tal o cual cosa. Eso es el mayor engaño pues un joven puede ser mucho más capaz para cualquier cosa que un adulto. Siendo jóvenes podemos hacer mucho y, tal vez, más que los mayores. La solidaridad nos enseña a sentir el mal ajeno como propio. Las problemáticas que no nos afectan directamente son por las que más hay que luchar para conseguir un cambio. Recordemos que somos sal y luz en el mundo: como la sal conservemos las cosas y demos sabor, y si somos luz pues iluminemos.

Como segundo paso, considerando que lo primero no es nada fácil, es necesario concientizar a las y los demás jóvenes. Con esto hay que tener guantes de seda porque a muchos jóvenes no les gusta escuchar a otros jóvenes. No han salido del adultocentrismo que nos tiene tan enajenados que no escuchamos un buen consejo de alguien por ser joven. Tenemos que llegar a un punto en que los jóvenes capaciten jóvenes, en que los jóvenes hagamos cosas y organicemos cosas para jóvenes y desde nuestra identidad cristiana poder decir que Dios no quiere que sus hijos se mueran de hambre por un sistema tan devorador que hace que todos y todas solo seamos simples marionetas de trabajo o cosas.

Es de hacer ver nuestros puntos de vista sin ofender ni incomodar a los demás, en un primer momento. La conciencia dada por Dios nos hará ver cuando habrá que ser más fuertes en manifestar nuestras ideas. Es que es mejor dar un golpe que despierte que un golpe para cerrar la caja en un entierro. En nuestro país muchos jóvenes están medio muertos ya sea por el grado de violencia en que vivimos, la migración, las drogas, la exclusión, el desempleo, en fin somos víctimas de muerte del pecado estructural.

Tenemos que involucrarnos para no dejar que otros tomen nuestras decisiones. Si el estado desarrolla una política que nos involucra, ¿por qué no podemos participar en su creación, implementación y desarrollo? Tenemos derecho a participar en aquellas cosas que se refieren a nosotros y es el momento de perder el miedo a lo nuevo y alzar nuestra voz y decir “Yo pienso”. Podemos exigir que se apruebe una ley de juventud en la cual se diga claramente cuáles son las obligaciones del estado para con los y las jóvenes y de esa manera mejorar la calidad de vida de todos. ¿Porque no pedir que se haga un consejo nacional de jóvenes que den su punto de vista sobre cualquier tipo de política publica, plan programa, estrategia o acción? Las cosas vistas desde los ojos de un joven pueden ser razonadas de manera distinta e incluso más eficiente que desde la de un adulto.

El punto es buscar involucrarnos en todas las cuestiones de las que históricamente hemos sido excluidos y así demostrar que somos capaces de hacer algo por nosotros y nosotras mismos. El reto es mostrar que somos levadura y hacer ver que conocimiento y capacidad no siempre son directamente proporcionales a la edad. Para eso hay que sacar a todos ese pensamiento tonto que el sistema nos inculca que los y las jóvenes somos vagos, flojos, tontos, irresponsables, y pecadores; es tiempo de despojarnos de esos estigmas, de crear y forjar nuestro propio futuro.

Como jóvenes cristianos tenemos una misión importantísima en este mundo que nos ha dado Dios para que lo cuidemos y lo protejamos: llevar la buena nueva de liberación a todos y todas y decirles que Dios nos dio el albedrío para escoger lo mejor para nosotros y para nuestras comunidades. Tenemos que ser micrófonos de Dios, mensajeros, profetas, que denuncien la maldad y las injusticias de este mundo y busquemos construir ese otro mundo posible donde todos y todas seamos iguales, donde quepamos todos y nadie sobre, donde todos seamos hermanos y hermanas, hijos, todos y todas, del mismo Dios.

[Este artículo es parte de una serie de ensayos que la Revista "Contrapunto" está publicando sobre el tema "Los retos de la juventud mesoamericana en el Siglo XXI", que han sido elaborados en su mayoría por jóvenes menores de 25 años, activistas y dirigentes de organizaciones cristianas, ambientalistas, estudiantiles, feministas, políticas e indígenas de México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Panamá. Adital va a reproducir algunos de estos artículos. Para más informaciones: azu_bpj@yahoo.es o Juan José Dalton: jjdalton1@hotmail.com http://www.contrapunto.com.ec/contrapuntoNew/foro_detalle.php?IDPAGINA=2577]

* Revista Latinoamericana, Ecuador

   
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