Xavier Pikaza

Tradicionalmente se ha dicho que Jesús nació en Belén de Judea, lugar de la familia y de las tradiciones de David, como suponen tanto el evangelio de Lucas como el de Mateo. Pero muchos críticos rechazan esta tradición y afirman que ella ha sido “adaptada” por los evangelistas, con fines apologéticos.

Esos críticos suponen en general que Jesús nació en Nazaret y que por eso se llamaba el Nazareno (como dicen que afirma ahora el Papa Benedicto XVI, por su forma de construir el “belén” del Vaticano). Pero tampoco esta opinión está libre de dificultades. Más que el lugar físico del nacimiento, a la liturgia y a la piedad cristiana, le interesan los grandes signos que están vinculados con el nacimiento del Mesías: ángeles, un pesebre de animales, una estrella, magos de oriente. En contra de eso, el Papa Benedicto XVI, en la preparación de las figuras y signos de “nacimiento” del Vaticano, se habría inclinado por el dato histórico de Nazaret, en contra de Belén. No sé si ha querido apoyar la hipótesis de Nazaret, pero debo reconocer que (en contra de la piedad popular) el Papa parece más interesado por el aspecto dogmático que por el simbólico. Desde este fondo, quiero presentar hoy una reflexión básica sobre el lugar y sentido del nacimiento de Jesús, a partir de mi libro Hijo de Hombre. Historia de Jesús Galileo (Tirant, Valencia 2007).

Tiempo y año

Los evangelios presentan a Jesús como un judío de Galilea, nacido en los años de Augusto y Herodes. Posiblemente no conocía al detalle la historia de Julio Cesar, divinizado por Roma, ni los principios de la “ideología sagrada de Augusto”, a quien muchos miraban como presencia de Dios. Pero el influjo de los césares (Augusto gobernó del 27 a C. al 14 d. C. y Tiberio del 14 al 37 d. C.) debió llenar el imaginario social de su infancia, pues del César de Roma dependían los reyes, que gobernaban sobre toda Palestina (Herodes el Grande: del 37 al 4 a. C.) o sobre Galilea (Herodes Antipas: del 4 a. C. al 39 de. C.), y los procuradores o gobernadores de Judea-Samaría (sobre todo, Valerio Graco y Poncio Pilatos, ejercieron el poder del 15 al 26 y del 26 al 36 d. C.). Fue súbdito de Roma y, como todo judío inteligente de su tiempo, conocía bien las pretensiones políticas y religiosas del imperio.

La tradición del evangelio sabe que nació en tiempos del César Augusto, cuando reinaba en Palestina Herodes el Grande, es decir, unos años antes de lo que supone la datación oficial, calculada de un modo equivocado. ((Un monje escita, de comienzos del siglo VI d. C., calculó que Jesús había nacido el año 753 de la Fundación de Roma y esa fecha se ha impuesto, hasta el día de hoy, como “año cero” de la era común. Pero los cálculos históricos modernos indican que se equivocó, de manera que Jesús nació unos 6 ó 4 años antes. La fecha de la media noche del 25 de diciembre es simbólica y está vinculada al culto del Sol, que celebraba ese día su fiesta. Cf. J. Meier, Un judío marginal I, Verbo Divino, Estella 1998, 219-440; M.-É. Boismard, L’Évangile de l’enfance (Lc 1-2) selon le proto-Luc (excursus I), Paris, Gabalda, 1997))

Debió nacer hacia el 6 a. C., en los últimos años de Herodes, en un tiempo que empezaba a estar marcado por fuertes contrastes, especialmente, por el paso de una agricultura autónoma de subsistencia a una economía comercial centralizada, al menos en Galilea.

Nazaret, más probable que Belén

Es probable que naciera en Nazaret, pero, simbólicamente, provenía de Belén, pues su familia parece haber sido portadora de las promesas de David, y así los evangelios de Mateo y Lucas afirman que era betlemita (así lo dice expresamente Mt 2, 1-8 y cf. Lc 2, 4). Suponemos así que se hallaba vinculado a la realeza de David, propia del orden nacional judío, que le ofreció su simbolismo y su tarea religiosa más profunda (como ha destacado Mt 2). Sea como fuere, nació en un mundo dominado por la dinastía imperial de Augusto, que estaba realizando (o realizaría, como veremos) un “censo” universal romano (cf. Lc 2, 1-4).

En contra de la visión anterior, Marcos supone que era natural de Nazaret de Galilea (cf. Mc 1, 9), hijo de María, y que tenía otros hermanos (cf. Mc 6, 3), pero no ha sentido la necesidad de escribir sobre su origen, como harán Lucas y Mateo, aunque tampoco ellos han escrito una “crónica” de los hechos referentes al nacimiento de Jesús (Mesías, Hijo de Dios), sino un “evangelio”: una representación de lo que ese nacimiento significa para los creyentes. Por eso, sus relatos han de interpretarse como “profecía historiada”: ellos trasmiten y elaboran una tradición de fe.

Mateo y Lucas parecen suponer que Jesús, hijo de María y José, está vinculado a Nazaret de Galilea, pero añaden que su vida ha de entenderse partiendo de David, natural de Belén, donde también Jesús nació, por obra del Espíritu Santo, superando así el nivel de una genealogía puramente humana. Ellos no quieren mentir ni engañar, en un sentido actual, sino poner de relieve algo les parece esencial: la continuidad y diferencia entre David y Jesús (cf. Mt 2, 1-6 y Lc 2, 4).

Ni Mateo ni Lucas inventan esos “datos” (Belén, nacimiento por el Espíritu), ni los toman uno del otro, sino que los recogen de una tradición anterior, que ha debido surgir en un ambiente judeo-cristiano, para destacar las conexiones de Jesús con las promesas davídicas, relacionadas con Belén, poniendo, al mismo tiempo, de relieve la necesidad de superar una comprensión “física” de esas promesas (ha nacido por obra del Espíritu, no por el poder de la “carne” davídica).

Las “historias” del nacimiento. ¿Una prueba de Juan?

No es imposible que en el fondo de ese dato teológico (nació en Belén) se exprese una interpretación propagada por parientes de Jesús, que se sintieron vinculados a la familia de David. Incluso se podría afirmar que los antepasados de Jesús habían emigrado de Belén a Nazaret, en el tiempo de la conquista y rejudaización de Galilea (tras el 104-103 a. C.), llevando las tradiciones del origen davídico de su familia. Pero eso es sólo una hipótesis. No parece que tengamos datos más precisos sobre el tema, aunque el hecho de que tanto Mt 1, 1-15 como Lc 3, 24-38 hayan transmitido una genealogía davídica (¡y virginal!) de Jesús parece avalar la pretensión del origen davídico/betlemita de su familia, para superarla al mismo tiempo (pues, en contra de Rom 1, 3, no nació del “semen de David”, sino por obra del Espíritu).

Las “historias” del nacimiento de Jesús no son relatos de crónica de datos, sino “evangelios”: quieren expresar la providencia de Dios, que actúa y se revela a través del surgimiento mesiánico de su Hijo. Para Marcos, igual que para Pablo, el lugar y el modo externo del nacimiento de Jesús era secundario. De todas formas, Pablo sabe que ha nacido de mujer (Gal 4, 4) y de la estirpe de David (Rom 1, 1-3), lo cual parecería vincularle teológicamente con Belén.

Por su parte, Marcos, que también relaciona a Jesús con David (Mc 2, 25; 10, 47-48; 11, 10; el dato de Mc 12, 35-37 es ambiguo), recoge la tradición de la “procedencia nazarena” de Jesús, pues en Nazaret se encuentran su madre y sus hermanos (relacionar Mc 6, 1-6 con 1, 24; 10, 47; 14, 67). La afirmación de que Jesus era “nazareno” (de Nazaret de Galilea) y la posible relación de ese origen con el hecho de que le llamaran “nazareo”, forma uno de los datos más firmes de la tradición evangélica y es algo que las “afirmaciones más teológicas” de Mt 1-2 y Lc 1-2 no han logrado borrar.

En esa línea, parece que el Evangelio de Juan (cf. Jn 7, 42) va en contra de la presunción de aquellos que afirman que Jesús es Mesías porque nació (o debió nacer) en Belén, pues lo que define a Jesús como enviado e hijo de Dios no es el nacimiento davídico, sino su mensaje y entrega por el Reino. Eso significa que Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret, siendo a pesar de eso el Mesías “más que davídido”, a no ser que el tema deba interpretarse a partir de la famosa “ironía” de Juan: los “judíos” pensaban que era nazareno, pero de hecho había nacido en Belén. De todas formas, la cosa no queda clara. He desarrollado el tema en Los orígenes de Jesús, Sígueme, Salamanca 1984.

Mateo. Belén y los magos ¿Hubo una estrella?

Afirma que “Jesús nació en Belén de Judea, en los días del rey Herodes” y añade que “unos magos vinieron a Jerusalén… preguntando por el lugar del nacimiento del rey de los judíos”. Lógicamente, los sacerdotes responden que en Belén, según la profecía de Miqueas (cf. Mt 2, 1-6). Mateo destaca así, en sentido simbólico, que Jesús “nació” en Belén, como rey verdadero, de la línea de David, en oposición a Herodes, rey ilegítimo. Nace de la familia de la familia del rey, pero de un modo virginal (por obra del Espíritu de Dios), como hijo de María (Mt 1, 18-25), de manera que asume y supera el nivel genealógico de José, pues nace por una nueva y más alta intervención de Dios, mientras le persigue Herodes. Nace como nuevo Moisés, liberado de la muerte, huyendo a Egipto de donde volverá a la tierra de Israel, como hijo de Dios, mientras otros primogénitos (inocentes) han muerto (Mt 2).

La historia del nacimiento de Jesús está contada desde las profecías, como muestran las citas de cumplimiento que jalonan el evangelio de la infancia: “esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho…” (cf. Mt 1, 22-23; 2, 5-6.15.18.23). A Mateo no le importan los sucesos simplemente físicos, sino la verdad de lo sucedido, como cumplimiento de la Escritura, que define el sentido de Jesús. En el nacimiento mesiánico de Jesús no interviene el templo, ni los sacerdotes, pero sí unos magos de Oriente, con su Estrella (cf. Num 24, 17) e interviene, también, el recuerdo del exilio (”de Egipto llamé a mi hijo”: Mt 2, 15; cf. Os 11, 1).

Estos elementos son simbólicos y ponen de relieve la novedad de Jesús. Por eso carece de sentido preguntar a los astrónomos, pidiéndoles que estudien cuándo pudo haber aparecido por aquellos días una “estrella nueva” o algún tipo de asteroide, como el que se evoca en la historia de los magos (cf. Mt 2, 9-10). El autor de estos capítulos (Mt 1–2) no está interesado por datos astronómicos, ni por la exactitud externa de los hechos. No vino a Belén o a Nazaret, para investigar lo que pasó físicamente, sino que fue a la Biblia, para descubrir lo que estaba prometido y lo que debió pasar. De esa forma dijo su verdad, la verdad del evangelio, para anunciar con ella el sentido de Jesús según las esperanzas de Israel. Quien diga que Mateo mintió no entiende la historia. No estamos ante unos hechos brutos, sino ante la verdad del sentido de los hechos

Pienso, pues, que la estrella o asteroide de Belén es de tipo simbólico, no físico. A pesar de eso, los astrónomos han estudiado con mucha precision el tema, pero no han llegado a resultados apreciables. ¡No podían llegar! Cómoda visión de conjunto, para esoteristas y curiosos en M. Crudele, Star of Betlehem, //www.disf.org/en/Voci/35.asp. Cf. U. Holzmeister, La stella dei Magi, Civiltà Cattolica 93 (1942) 9-22; J. Kepler, De anno natali Christi (1614), en: Gesammelte Werke V, München 1953, 5-125; W. E. Filmer, The Chronology of the Reign of Herod the Great, JTS 17 (1966) 283-298; R. W. Sinnott, Thoughts on the Star of Bethlehem, Sky and Telescope 36 (1968) 384-386; R. Rosenberg, The star of the Messiah reconsidered, Biblica 53 (1972) 105-109; D. Hughes, The Star of Bethlehem, Nature 264 (1976) 513-517; D. C., J. Parkinson, F. Stephenson, An Astronomomical Re-appraisal of the Star of Bethlehem. A Nova in 5 B.C., Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society 18 (1977) 443-449; D. C., R. Stephenson, The Historical Supernovae, Pergamon Press, Oxford 1977; K. Ferrari d’Occhieppo, The Star of Bethlehem, Q. J. of the Royal Astronomical Society 19 (1978) 517-520; C. Cullen, Can we Find the Star of Bethlehem in Far Eastern records?, Q. J. of the Royal Astronomical Society 20 (1979) 153-159; D. Hughes, The Star of Bethlehem. An Astronomer’s Confirmation Walker and Co., New York 1979; J. Mosley, Common errors in “Star of Bethlehem” planetarium shows, The Planetarian 10 (1981). On line: www.ips-planetarium.org/ planetarian/articles/common_errors_xmas; G. Firpo, La data della morte di Erode il Grande. Osservazioni su alcune recenti ipotesi, Studi Senesi 32 (1983) 87-104; G. Firpo, Il problema cronologico della nascita di Gesù, Paideia, Brescia 1983; J. P. Pratt, Yet another Eclipse for Herod, The Planetarian 19 (1990) 8-14; K. Paffenroth, The Star of Bethlehem Casts Light on its Modern Interpreters, Q. J. of the Royal Astronomical Society 34 (1993) 449-460; F. Quéré, I magi alla luce della stella, Il mondo della Bibbia 7 (1996); M. Molnar, The Star of Bethlehem: The Legacy of the Magi, Rutgers Univ. Press, London 1999; G. Teres, The Bible and Astronomy. The Magi and the Star in the Gospel, Springer, Budapest 2000.

Lucas. ¿Hubo un censo de Quirino?

Afirma también que Jesús nació en Belén, pero fuera de la ciudad, como ciudadano de un imperio donde el César decidió contar a sus habitantes, en tiempos de Augusto. Era el descendiente de las promesas de Belén, pero su ciudad no quiso recibirle:

“Aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de César Augusto, para realizar un censo de todo el mundo habitado. Este primer censo se realizó mientras Quirino era gobernador de Siria” (Lc 2, 1).

De esa manera ha entrelazado Lucas la historia de Jesús con la historia de Roma. No nace enfrentándose al anciano Herodes, ansioso de poder, desconfiado y asesino de sus opositores (como ha destacado Mateo, desde una perspectiva más judía), sino dentro de un imperio mundial, que controla a sus súbditos y “cuenta” incluso a los que nacen en Belén, ciudad de las promesas de Israel, que no recibe al prometido. Nace en el campo de los pastores, como descendiente de un David-Pastor, en un mundo dominado por el César. Desde este fondo, el tema de la famosa inexactitud del censo de Quirino que Lucas presenta como “ocasión” del nacimiento de Jesús en Belén resulta secundario (todo nos permite suponer que el “censo” de Lucas es simbólico más que histórico: marca un hecho de fondo, no una anécdota pasajera en la historia de Jesús)

“Aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de César Augusto, para levantar un censo de todo el mundo habitado. Este primer censo se realizó mientras Quirino era gobernador de Siria. Todos iban para inscribirse en el censo, cada uno a su ciudad. Entonces José también subió desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, porque él era de la casa y de la familia de David” (Lc 2, 1-4).

Por medio de Flavio Josefo conocemos bien ese censo, que no pudo realizarse en el tiempo del nacimiento de Jesús (en torno al 6-4 a. C.), cuando reinaba Herodes, sino unos diez años más tarde, hacia el 6 d. C., tras la muerte de Arquelao, cuando el gobierno de Judea pasó directamente a Roma. Según eso, el censo que cita Lucas es histórico en sentido extenso y sirve para encuadrar a Jesús dentro de la gran máquina imperial romana, pero no es del tiempo en que Jesús nació, sino un poco posterior. Para lo que quiere Lucas, da lo mismo que el censo se haya hecho antes o después, otro, pues no quiere ofrecer un relato cronístico de los hechos, sino una “historia teológica” y, en ese sentido, su aportación es verdadero: Jesús nació “censado” y morirá condenado

Históricamente, no sabemos más sobre el nacimiento de Jesús, aunque los evangelios han trasmitido, desde una perspectiva simbólica y mesiánica, otros datos que pueden resultar significativos, que tratan de la madre de Jesús en Marcos, de la concepción por el espíritu (nacimiento virginal) y de José, padre legal de Jesús, con su genealogía. Sobre el relato de Lc 1-2, cf. C. Escudero Freire, Devolver el evangelio a los pobres. A propósito de Lc 1-2, BEB 19, Sígueme, Salamanca 1978; M. Coleridge, Nueva lectura de la infancia de Jesús. La narrativa como cristología en Lucas 1-2, El Almendro, Córdoba 2000. .

Conclusión. ¿Consecuencias para la piedad?

La piedad cristiana tiene sus ritmos y su sentido simbólico, que no derivan directamente de la historia fáctica, sino de la interpretación profunda de la historia. En ese sentido, las narraciones de Lucas y Mateo son profundamente verdaderas, como seguiremos viendo en días sucesivos. Un purismo historicista, como algunos dicen que tendría el Papa Benedicto XVI, va en contra del testimonio histórico radical de los evangelios. Hay “historias” y temas. que sólo se pueden decir en forma de símbolo.

   
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