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Padre Evans, casado.jpgHOY se celebra el Día del Seminario con las vocaciones a la baja. Para algunos, el celibato obligatorio es disuasorio
Lleva alianza de casado en el dedo anular y luce alzacuellos y clergyman, la típica indumentaria de los curas. Y como tal ejerce, desde hace tres años, en la parroquia del Espíritu Santo de Los Gigantes (Tenerife). Evans D. Gliwitzki está casado con Patricia, tiene dos hijas y tres nietos, pero es sacerdote católico con todas las de la ley.
Celebra misa, confiesa e imparte los sacramentos, pero vive con su mujer y es doblemente padre. Espiritual y carnal. Y luce su doble condición con orgullo y total normalidad. Ejemplo viviente de que ser cura es compatible con tener mujer e hijos.

La Iglesia española, en cuya cúpula vuelve a reinar el cardenal Rouco Varela, celebra hoy en muchas diócesis el día del Seminario. Cada vez con menos aspirantes a convertirse en vendedores de la buena noticia del Evangelio. Muchos dicen que por culpa del celibato. ¿El caso del padre Evans es el principio del fin del celibato obligatorio?

Para comprobarlo, estuvimos un día entero conviviendo con él en su parroquia. Los Gigantes es una preciosa localidad tinerfeña que brilla, toda blanca, al lado de un enorme acantilado negro y trepa por la ladera del monte para divisar mejor el ancho mar. “Me siento muy feliz y contento de ser sacerdote casado. Tengo dos sacramentos, el matrimonio y el sacerdocio, y eso es muy importante”, confiesa Evans ante una taza de buen café negro.

Son las 10, 30 de la mañana del día 27 de enero. Un día radiante de sol, con 22 grados a estas horas. El padre Evans acaba de celebrar misa. La de las 9, en español. A las 12 tendrá otra, en inglés. Para atender como se merece a todos sus feligreses. A los pocos fijos (“sólo unos 20”) y a los cientos de turistas, sobre todo ingleses y alemanes, que llenan la localidad durante todo el año. “Porque esto es el paraíso”.

La capilla está en plena plaza del pueblo. Con un quiosco de periódicos a la izquierda y el bar Asturias a la derecha. Blanca por dentro y por fuera. En el presbiterio, un Cristo rojo y desgarrado al que se le cuentan las costillas. Debajo, un sencillo altar, donde el padre Evans celebra la eucaristía con profunda unción. Una misa que, a pesar de ser totalmente católica, suena algo a protestante. Por los cantos y, sobre todo, porque la encargada de leer una de las lecturas y pasar el cepillo es Patricia, la mujer del cura.

Terminada la ceremonia, el padre Evans sale a la plaza a saludar uno a uno a todos sus feligreses. Para todos tiene una palabra de cariño. Y una sonrisa permanente. Rezuma felicidad. Después de dar muchos tumbos en la vida, parece haber encontrado su sitio. “Ser sacerdote es lo máximo y aquí la gente me quiere y yo la quiero. Este es el lugar donde pienso quedarme para siempre. Aquí me enterrarán”, confiesa con su medio español con fuerte acento inglés.

De padre polaco católico y madre inglesa anglicana, Evans nace en 1940 en Zimbabwe. Atraído pronto por la religión, se va a Inglaterra a realizar los estudios eclesiásticos. Allí se casa, en 1979 y por el rito católico, con su esposa católica Patricia. Ya casado y ordenado pastor anglicano regresa a su patria, donde llega a desempeñar el cargo de administrador de la Red Nacional de Ferrocarriles. Un cargo que deja en 1984, para dedicarse por completo a su vocación de pastor. Pero con la vista siempre puesta en Roma. Primero, por ser miembro de la alta iglesia anglicana, que apenas se diferencia de la católica. Y después, por estar rodeados de católicos: su padre, su mujer y sus propias hijas.

Con esas circunstancias familiares, Evans se dedica a tener puentes con Roma. En busca de la ansiada unión, llega a reunirse en varias ocasiones como representante del anglicanismo con el entonces cardenal Ratzinger. Una amistad que Evans considera un milagro. “De hecho, el examen para mi dispensa se hizo durante el pontificado de Juan Pablo II, pero al morir el Papa Wojtyla, lo firmó su sucesor, el ya Papa Benedicto XVI”.

Aun así, el camino del padre Evans hacia el sacerdocio católico fue largo. Y complicado. Primero, tuvo que convertirse. Dio el paso a raíz de que la Iglesia anglicana aprobase el sacerdocio de la mujer. “En la Biblia no hay mujeres sacerdotes. Jesús elige a hombres”. Esa fue la gota que colmó el vaso y culminó su vuelta a Roma.

Una vez convertido, Evans quería seguir siendo sacerdote. Se lo consultó al obispo católico de Zimbabwe y éste pidió ayuda a las conferencias episcopales de Inglaterra, Canadá y España. “Un día me llamó y me dijo: ‘Sorprendentemente, es España la que ha contestado. Lo necesitan para trabajar en el sur de Tenerife”. La carta iba firmada por el secretario del episcopado, Juan Antonio Martínez Camino, que ponía el caso en manos del entonces obispo de Tenerife, Felipe Fernández.

Aceptar a Evans como cura católico fue una de las últimas cosas que Don Felipe, el obispo que tocaba el piano, hizo en la isla. Eso sí, después de hacerle pasar un riguroso examen. Y con dispensa especial de la Santa Sede del voto de castidad.

Evans recuerda su ordenación como el día más feliz de su vida. “Más que el día de mi boda. Sólo comparable con la felicidad que proporciona el nacimiento de los hijos o de los nietos”. Fue el 21 de agosto de 2005 en la iglesia de la Concepción de La Laguna. Con la presencia de toda su familia y de medios de comunicación de medio mundo. Ante la repercusión del caso, el obispo se vio obligado a precisar: “Se trata de una excepción muy singular que no abre ninguna puerta para la supresión del celibato sacerdotal obligatorio”.

Y eso que la ley del celibato está cada vez más cuestionada por los propios cuadros eclesiales. El pasado día 23 de febrero, 430 curas brasileños, en representación de los 18.685 sacerdotes de todo el país, pidieron pública y solemnemente al Papa que “revise el celibato”. Y los más altos jerarcas no se quedan atrás. Últimamente se mostraron partidarios del celibato opcional el cardenal de Inglaterra, Murphy O’Connor, el nuevo presidente de la Conferencia episcopal alemana, Robert Zollitsch, o incluso, el presidente del dicasterio del Clero, el cardenal brasileño Claudio Hummes.

Bases, clero alto y bajo, todo el mundo en la Iglesia sabe que Jesús se rodeó de apóstoles casados. Y que Pablo aconsejaba a los obispos ser “hombres de una sola mujer”. Quizás por eso, la imposición de la ley del celibato, ratificada por el Concilio de Letrán en 1123, causó conmoción e ira. La mitad de la Iglesia, llamada oriental, no asumió el mandato. Ocho siglos después, parecía que el Vaticano II, con Juan XXIII a la cabeza, iba a cancelarlo también en la Iglesia latina, dejando el celibato como una opción libre. Lo frustró la precipitada muerte del revolucionario pontífice. Es entonces cuando empieza la sangría clerical. Hoy, hay 100.000 curas casados en el mundo, el 20% del total de los sacerdotes católicos.

Aún así, Roma no parece dispuesta a abrir un boquete en su estructura celibataria. Pero sí pequeñas grietas. Como la del padre Evans, que ejerce de cura con total normalidad, como cualquier párroco de cualquier pueblo. Con una única pena: su casita blanca con balcón de madera, está muy deteriorada. Tanto que, por pudor, no quiere que hagamos fotos en el interior. “Estoy muy preocupado por mi casa. Sólo le pido al señor obispo que la arregle”. Sólo, no. Porque, a continuación, le pide también a Don Bernardo Álvarez otra cosa: “Una recomendación para mi mujer, que es matrona, para que pueda trabajar”.

Sin el trabajo de su mujer y con lo que él gana no viven muy holgados. Evans ingresa 800 euros al mes. “No es mucho para vivir dos personas aquí”, dice resignado. Y menos mal que la parroquia le paga la luz y el teléfono. “Los demás compañeros tienen la ventaja de vivir solos”. Es uno de los inconvenientes, quizás el único, de ser cura casado. En todo lo demás, ventajas. “El hecho de estar casado me hace mejor sacerdote, por ser más sensible a los problemas, situaciones y experiencias de las parejas”.

Su vida, de hecho, es como la de cualquier sacerdote. Se levanta todos los días a las 6 de la mañana. Hace meditación, reza el breviario y desayuna. “Un café bien cargado para ponerme las pilas y funcionar durante todo el día”. A las 8 ya está abriendo la iglesia. A las 9,30 celebra la eucaristía y confiesa, si alguien se lo pide. Después visita a la gente, sobre todo a los enfermos. Y atiende todo tipo de peticiones. Hasta mediar en peleas de borrachos o de hooligans.

A las 2, la comida. “Me la hace mi mujer”, dice Evans. Y Patricia, quizás para echarle un capote, asegura que él “también ayuda en casa y hasta friega”. Dice que es “un buen marido, un gran padre y un excelente abuelo”. Y que, para ella “no es difícil ser la esposa de un sacerdote, porque la gente lo ha aceptado muy bien. Sobre todo los ingleses, que están más acostumbrados a tener curas casados. Al principio, a los españoles les llamaba la atención. Ahora, ya se han acostumbrado y lo quieren mucho”.

Lo confirma Nerea, una mujer del pueblo: “Tenemos mucha suerte con él. Es un buen sacerdote y un buen marido. A los casados nos sirve de ejemplo”. Y como para decirlo todo con una frase, concluye: “Es un hombre de Dios. Así deberían ser todos los curas: casados”. Sus compañeros también lo aceptan sin problemas. “Es una persona estupenda. La gente lo quiere y no le da importancia el hecho de que esté casado. Y entre el clero también está muy integrado”, dice Alejandro Jesús González, párroco de Alcalá.

Después de comer, Evans se relaja escuchando música religiosa. “Todavía no duermo la siesta, aunque me parece un gran invento”. Y después, de nuevo a la tarea. Por ejemplo, hoy, a las 4 le suena el móvil. Es el arcipreste y párroco de la vecina Alcalá, que le pregunta si puede celebrar la misa de 7. “No problema, amigo”, contesta.

Y sin embargo, este cura casado no es partidario de acabar con el celibato. “Suprimir el celibato, nunca. Quizás, dentro de unos años, pueda irse hacia el celibato opcional. Pero primero hay que ir educando a la gente”.

Es lo que él hace y hará aquí. Porque Evans piensa jubilarse en Los Gigantes. “Mi época de viajar ha terminado. Mis hijas y mis nietos me vienen a ver aquí y aquí me quedaré para siempre, si Dios quiere y el obispo lo permite, que lo permitirá”. Evans sabe que Don Bernardo, su obispo, es un canario inteligente, afable y amigo de sus curas. De esos pastores que nunca fallan y que cuidan con mimo a su rebaño. Y más todavía a las ovejas que, como el padre Evans, han vuelto al redil para quedarse.

   
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