La situación alimentaria es tan grave que las protestas pueden estallar por doquier y en cualquier momento, y los países ricos, incluidos los EEUU, no están inmunizados. La pobreza en el país más rico del mundo crece y organizaciones como el Economic Policy Research (CEPR) y el Economic Policy Institute (EPI) así lo documentan. Están informando de la existencia de unas clases marginadas (cada vez más numerosas), alrededor de 37 millones de personas con salarios miserables, y aseguran que las estadísticas oficiales subestiman el problema. Indican que se está abriendo un abismo sin precedentes entre ricos y pobres, una clase media agonizante y cada vez más millones de seres inmersos en la extrema pobreza.

Afecta también a los desempleados en tiempos de depresión económica, pero los datos oficiales del gobierno ocultan hasta qué extremo. Si los cálculos sobre el empleo se hicieran como se instituyó originariamente, la tasa real estaría alrededor del 13% en lugar de la cifra del 5,1% del Departamento de Trabajo. Lo mismo ocurre con la inflación que, a nivel macroeconómico, está alrededor del 12% en vez del oficial 4%, cifra totalmente absurda.

En condiciones de especial dureza, el síntoma más claro es que el hambre aumenta, y la actual inflación alimentaria amenaza con una espiral que va a escapar de todo control si no se hace nada para remediarla. Es la más alta en décadas, con el año 2007 señalando lo que se nos viene encima: los huevos subieron un 25%; la leche un 17%; el arroz, el pan y la pasta un 12%, y vayan y miren los precios que señala la Junta de Comercio de Chicago (CBOT, en sus siglas en inglés):

· Los precios de los granos y la soja están en niveles nunca vistos;

· El trigo está todo el tiempo por encima de los 12$ el celemín (*), con pocas perspectivas de que deje de subir a pesar de una disminución temporal en los precios; el Departamento de Agricultura de EEUU prevé que las reservas globales de trigo de este año caerán hasta una cifra de hace 30 años, por debajo de 109,7 millones de toneladas métricas; USDA también proyectó que las reservas de trigo estadounidenses al año a finales de 2008 serían de 272 millones de celemines, el nivel más bajo desde 1948;

· El maíz y la soja están también a nivel de record; la soja está a 15$ un celemín; los precios del maíz se dispararon hasta los 6$ el celemín, mientras la demanda de esta y otras cosechas se disparan a pesar de que los granjeros estadounidenses han plantado todo lo que han podido para aprovechar los altos precios.

Una demanda creciente, un dólar débil, pero también hay otros muchos factores responsables de la situación: el aumento en el uso de maíz para la producción de etanol ha hecho que los granjeros dediquen una gran parte de la extensión de sus tierras a otro tipo de cosechas a fin de plantar más de lo que más se demanda. El 43% de la producción de maíz se dedica a alimentar el ganado, pero alrededor un quinta parte va a los biocombustibles, según la Asociación Nacional de Productores de Maíz (NCGA, en sus siglas en inglés). Otras estimaciones llegan al 25-30%, comparado con el 14% de hace dos años, y la NCGA estima que una tercera parte de la cosecha de 2009 irá para producir etanol, no comida. Esto está disparando la inflación alimentaria mundial y estadounidense y las previsiones a cinco años vista es que los aumentos serán aún más altos.

En los países más pobres del mundo, la gente se muere de hambre y aquí [EEUU] no se para de hablar de vales de comida, con unas previsiones sin precedentes: este año, 28 millones de estadounidenses van a necesitarlos, a la vez que aumenta el desempleo en una economía debilitada. Sin embargo, muchos millones en situación precaria no tienen la cobertura de unos servicios sociales que, además, cuentan con presupuestos mínimos a causa de las guerras y la bajada de impuestos a los ricos, haciendo que la gente pobre se hunda en casa. Una familia de cuatro miembros sólo tiene ahora derecho a subsidios si sus ingresos mensuales son de 1.721$ al mes, o 20.652$ al año (o por debajo). Incluso en esos casos, consigue los mismos 542 dólares al mes que recibían los perceptores en 1996 para cubrir los mucho más altos precios actuales, lo que significa alrededor de un 1$ por persona y comida y bajando.

Ese es el dilema que debe afrontar el Programa Alimentario Mundial de las Naciones Unidas (WFP, en sus siglas en inglés) en un momento en que las donaciones que le llegan son insuficientes. Su Directora Ejecutiva, Josette Sheeran, dijo: “Nuestra capacidad para llegar a la gente disminuye a la vez que las necesidad aumentan… Estamos viendo una nueva cara del hambre en gente que no puede permitirse comprar comida… Las situaciones que anteriormente no eran urgentes son ahora desesperadas”. Las necesidades de financiación del WFP siguen aumentando. Se estima que alcanzan los 3,5 mil millones de dólares, que seguirán creciendo, y son para proyectos aprobados para alimentar a 73 millones de personas en 78 países en todo el mundo. El WFP prevé unas necesidades potenciales mucho más altas para emergencias imprevistas y para la cada vez mayor cantidad de personas en situación de necesidad.

La suma que la gente (que no es pobre) de los países ricos dedica a los alimentos supone el 10% de su consumo. En otros, como en China, es de alrededor de un 30%, pero en África Subsahariana y en los países pobres de Latinoamérica y Asia es de alrededor del 60% (o incluso el 80%) y siguen aumentando. Significa que la ayuda alimentaria es vital y que sin ella la gente se morirá de hambre. Pero mientras los precios de los alimentos suben, los ingresos disponibles (cuando más necesarios eran) caen porque no se dispone de suficiente dinero y hay muy pocos donantes ofreciendo ayuda.

Las agencias que podrían hacer algo están haciendo menos de lo que debieran y algunas, como USAID, están diciendo que van a cortar el volumen de la ayuda alimentaria que proporcionan, pero no quieren decir por qué. Su misión es ayudar a los ricos, no a los pobres, como se afirma en su página en Internet: Como agencia gubernamental de EEUU, “recibe sus directrices políticas exteriores de la Secretaría de Estado y su misión es cuidar de los intereses políticos exteriores de EEUU en las áreas de crecimiento económico, agricultura y comercio…” Eso deja fuera a los pobres.

Oxfam se preocupa de lo que USAID ignora. Se hicieron llamamientos a los donantes y gobiernos a acciones inmediatas para proteger a los pobres del mundo contra la subida de los precios de los alimentos. Un portavoz dijo: “La incertidumbre económica mundial, los altos precios de los alimentos, la sequía (y otros factores), todos unidos, lanzan una seria amenaza a los más vulnerables”. En otra declaración añadía: “En el futuro, cada vez habrá más gente teniendo que enfrentar carencias alimentarias. Debido al aumento de los precios de los alimentos, tenemos que pensar en su impacto sobre los pobres del mundo, que están gastando en comida hasta el 80% de sus ingresos”.

El Relator Especial para el Derecho a los Alimentos de Naciones Unidas, Jean Ziegler, expresó también su alarma. En comentarios al diario francés Liberación, dijo: “Nos encaminamos hacia un período muy largo de motines, conflictos y olas de incontrolable inestabilidad regional marcados por la desesperación de las poblaciones más vulnerables”. Señaló que incluso en circunstancias normales el hambre invade el mundo y cada cinco segundos se lleva la vida de un niño menor de diez años. Debido a la crisis actual, nos enfrentamos ahora a “una masacre inminente”.

Además de los factores habituales citados, es vital preguntarse por qué, pero no esperen que se lo explique Lula de Brasil. La producción de biofuel es la principal culpable pero, según él, no es así. Brasil es uno de los productores de biofuel más importantes. El pasado año firmó un “Pacto del Etanol” de Investigación y Desarrollo con Washington para desarrollar las tecnologías de “próxima generación” para seguir aumentando la producción.

El 16 de abril, en un información de Reuters, el antiguo dirigente sindical se manifestó de forma desdeñosa sobre la actual crisis y rechazó las críticas de que los biofuel tuvieran la culpa. A pesar de las protestas en Brasil y en todo el mundo, dijo a los periodistas: “No me digan… que la comida es cara a causa del biodiesel. Es cara porque la situación económica de los pueblos ha mejorado y quieren comer más”. Eso es verdad en algunas zonas de la China y la India, pero no en la mayoría de países donde los ingresos no han mantenido el ritmo de la inflación.

   
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