Fe adulta

Jose María Castillo31.jpgComo es bien sabido, el término “sacramento” se ha aplicado en la teología cristiana para designar los rituales religiosos, que son centrales en la vida de la Iglesia, y que han sido definidos como “signos eficaces de la gracia”. Así, efectivamente, se vienen entendiendo los sacramentos desde el siglo XII, concretamente a partir del libro de las Sentencias, de Pedro Lombardo. Ahora bien, si los sacramentos son signos, para entender lo que queremos decir cuando hablamos de la Iglesia como sacramento, lo primero que se ha de precisar es el concepto de “signo”.

Pues bien, según la explicación comúnmente usada, un signo es una realidad sensible (visible, audible, tangible…) que nos remite y nos pone en relación con otra realidad que no es del orden de lo sensible, sino que, de la manera que sea, no está a nuestro alcance inmediato.

En su formulación más técnica, el signo se define como la unión de “significante” y un “significado”.

Por ejemplo, las palabras son signos. Ahora bien, en la “palabra” (un signo que constantemente utilizamos), el significante es el fonema que se pronuncia al decir esa palabra. Y el significado es el concepto al que nos remite el fonema que oímos. Cuando el significante (fonema) se une con el significado (concepto), entonces tenemos el signo. Que siempre es indicador de un “referente”, la realidad, objeto, persona… a la que nos referimos con cada palabra o en cada frase (conjunto de palabras).

Pero ocurre que si el sacramento se reduce a mero signo, tropezamos con una dificultad. De acuerdo con lo dicho sobre el signo, éste se sitúa necesariamente al nivel del conocimiento, ya que el significado es siempre un concepto, una idea, algo estrictamente mental y, por tanto, del orden de lo cognoscitivo.

Eso, por supuesto, es enteramente necesario en la comunicación humana. Sin lenguaje, o sea sin los signos mediante los que nos comunicamos unos a otros lo que sabemos o queremos decir, la comunicación entre los seres humanos sería imposible.

Pero sabemos que, en la vida humana, más determinantes que las “ideas” o los conceptos, son las “experiencias” que vivimos. Experiencias que nos configuran ya desde antes de nacer. Como es bien sabido, la comunicación entre la madre y el hijo que lleva en sus entrañas es decisiva, para el futuro de ese hijo, desde las primeras semanas de la gestación.

Por eso un hijo amado y deseado por la madre es y será completamente distinto de un hijo rechazado y hasta despreciado por la madre. Señal evidente de que entre la madre y el hijo se establece una profunda y determinate comunicación ya antes de que el feto o, más tarde, el recién nacido pueda entender, mediante conceptos, lo que la madre lo quiere o lo desprecia.

Y es que el amor, el afecto, la empatía, el gozo y el disfrute de la vida, o por el contrario, el odio, los deseos de venganza, el desprecio, el resentimiento, todo eso no se comunica entre los humanos mediante “signos” lingüísticos y conceptuales, sino de otra forma. Por eso, en la comunicación humana, son más importantes los “símbolos” que los “signos”.

Ahora bien, mientras que un signo es la comunicación de un “concepto”, el símbolo es la comunicación de una “experiencia”. Por eso los símbolos son tan decisivos, sobre todo, cuando se comunican las experiencias que entrañan una “totalidad de sentido” para la vida de las personas.

Porque en la vida de los humanos, más decisivo que “saber” definir el amor es “amar” y sentirse “amado”. Como más destructivo que “saber definir el odio” es “odiar”.

De ahí que Paul Ricoeur, acertadamente, ha dicho que, mientras el signo es Lógos (palabra). el símbolo es Bios (vida).

Además, en todo este ámbito de realidades humanas, es fundamental caer en la cuenta de que todos los seres humanos vivimos experiencias que no se pueden comunicar mediante signos, es decir, mediante la “información” que proporcionan las palabras y los discursos. Tales realidades solamente se pueden transmitir mediante el “contagio” que desencadenan los símbolos.

Una madre no enseña a amar a su hijo echándole discursos sobre la estructura profunda de la relación interpersonal. La madre educa en el amor amando, besando, acariciando, mediante el tacto amoroso y cálido de la intimidad. Así hemos aprendido todos a amar y ser amados.

Y de la misma manera, resulta evidente que a otras personas no se les hace felices predicándoles sobre la felicidad, sino contagiando la felicidad que uno vive.

Como nadie logra que el otro se sienta querido porque se le explica la más depurada teoría sobre el amor. Se siente querido el que experimenta el cariño que contagia la persona que ama de verdad a quien se relaciona con ella.

Por eso es más importante la mirada que el ojo. Porque el ojo pertenece al orden de los signos, mientras que la mirada es símbolo. El ojo “informa”, la mirada “contagia” o, si se prefiere, desencadena la corriente de vida que une y funde a las personas.

( LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN )

   
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