Se ha dicho muchas veces que la Iglesia está siempre necesitada de reforma. Pero la experiencia histórica nos enseña que tal necesidad de reforma se ha puesto, con demasiada frecuencia, más en la conversión personal de los cristianos, que en la renovación y cambio de las estructuras organizativas de la misma Iglesia.
Al decir esto, no se trata de establecer una disyuntiva, en el sentido de optar o por lo uno o por lo otro. Por supuesto, ambas cosas son necesarias.
Pero es importante caer en la cuenta de que, cuando todo el problema de la Iglesia se pone en la conversión de los individuos, con eso se está indicando que el centro de las preocupaciones de la Iglesia tiene que ser la conversión del pecado y la santidad de sus miembros.
“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mateo 5, 7). A los misericordiosos, Jesús no promete nada más que lo que ya están viviendo: la misericordia. En todas las demás bienaventuranzas las promesas contienen algo añadido, llevan más lejos: quienes lloran serán consolados, los limpios de corazón verán a Dios. ¿Pero qué es lo que Dios podría dar todavía a los misericordiosos? La misericordia es plenitud de Dios y de los seres humanos. Los misericordiosos ya viven de la vida misma de Dios.
María Teresa Fernández de la Vega anunciaba el pasado día 7 el proyecto de reformar la ley de libertad religiosa para avanzar en la laicidad del Estado. Ninguna sorpresa: en la pasada campaña electoral, el PSOE advertía que, después del 9-M, nada podría ser igual con respecto a las relaciones Estado-Iglesia. Digamos que la Conferencia Episcopal se lo había buscado: su partidista y tenaz actitud de apoyo a la derecha ultramontana durante la campaña dejaba al respecto escaso margen.
María y José I. Martín Vigil, autores del libro “Un tal Jesús”, han publicado uno nuevo con el título “100 entrevistas con Jesucristo en su segunda venida”.
Puedes acceder, en audio, a todas las entrevistas en www.emisoraslatinas.net . En ellas, de una forma breve, sencilla y llenas de sentido común, van poniendo en boca de Jesús lo que él diría hoy a 100 preguntas que el hombre de hoy se hace sobre su persona, su mensaje, lo que se ha escrito sobre él.
El Obispo Pedro Casaldáliga ha dicho: “Dicen que hay teólogos que responden a preguntas que nadie hace… y hay teólogos que intentan responder a las preguntas que hacemos todos. María y José Ignacio, ustedes son de la segunda categoría, y el programa, es, de hecho, toda una gran respuesta a inquietudes, decepciones y también esperanzas”.
Sus casos saltaron a la prensa en los meses pasados. Sobrino, vasco de origen, jesuita de profesión, profesor de la UCA del Salvador (y aficionado al Athelic) fue amonestado por la máxima instancia de la Iglesia (la Congregación par la Doctrina de la Fe), porque, al parecer, algunas de sus doctrinas cristológicas no reflejaban del todo la tradición dogmática de la Iglesia antigua. Pagola, vasco de origen y vecindad, presbítero de la diócesis de San Sebastián (aficionado a la Real ¡qué tiempos!), ha sido simplemente silbado en un campo de tercera división (el Boletín diocesano de la diócesis de Tarazona) porque, al parecer, tampoco ponía totalmente de relieve algunas doctrinas dogmáticas de tipo ontológico de la Iglesia antigua. Pues bien, los casos parecen haberse desarrollado de maneras muy distintas, con dos pesas y medidas, lo que me da pie para una reflexión de humor, pues si pierdo el humor no entiendo nada. Un escándalo en la Iglesia.



