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Un cierto número de congregaciones religiosas femeninas en Estados Unidos ha seguido un camino original desde que terminó el Concilio Vaticano II y escucharon la llamada a ser más radicales en su compromiso carismático y a volver a la inspiración original de sus fundadores. También influyó mucho un mayor nivel de preparación intelectual en muchos de sus miembros. La realidad es que hoy en día el Vaticano y una cierta parte de la Iglesia jerárquica de aquella nación se sienten incómodos con la presencia y el estilo de vida de esas religiosas. Preferirían, sin duda, una vida religiosa más domesticada y fiel, por no decir servil, a los deseos de los obispos.

Esta situación no ha surgido de golpe el último año o los últimos años. Viene de largo. Pero ahora parece que el Vaticano ha decidido hacer algo para solucionar lo que ellos ven como un problema y ellas (y otros muchos grupos en la Iglesia) ven como un proceso complicado y difícil pero marcado por la buena voluntad y un intento grande de ser fieles al Evangelio y a las orientaciones del Concilio Vaticano. Está claro que en ese proceso se pueden haber cometido errores. Nadie lo niega. Pero eso no invalida que haya sido un proceso hecho en fidelidad y discernimiento espiritual.

Decía que el Vaticano ha decidido tomar cartas en el asunto. Y su decisión consiste en hacer una visita a esas congregaciones, una visita que de entrada está marcada por la sospecha. Una visita que habrá estado motivada por las denuncias provenientes de las iglesias locales porque todo el mundo sabe, o debe saber, que el Vaticano no toma iniciativas de ese tipo si no es a partir de denuncias previas. Así funcionan las cosas en la Iglesia.

El anuncio de esa visita-investigación ha supuesto la alegría para un grupo de congregaciones en Estados Unidos, las más conservadoras, las que ponen su punto en “ser fieles al papa” y “en usar el hábito”. Y mucho dolor para el resto, que hacen hincapié en un camino arriesgado y difícil pero que creen que es fruto de su vocación al servicio del Evangelio desde su carisma concreto.

Las religiosas hablan entre ellas, se escriben correos. Y, a veces, como en este caso, alguno de esos correos se terminan haciendo públicos. Lo que sigue es una carta de una de esas religiosas, la hermana Sandra Schneiders (religiosa de las Siervas del Corazón de María de Monroe, Michigan, y profesora de Nuevo Testamento y Espiritualidad Cristiana en la Escuela Jesuítica de Teología de Berkeley, California). Es teóloga y autora de un estudio sobre la teología de la vida religiosa en tres volúmenes que, desgraciadamente, no está traducido al español. Pero insisto en que la carta no es una reflexión intelectual, no es un artículo escrito para ser publicado en una revista teológica. Es sencillamente la expresión rápida y ágil de los sentimientos y pensamientos que brotan en ella ante la visita anunciada. Y que comparte con algunas amigas. Reproducimos aquí este texto porque nos acerca a una parte de la comunidad creyente que no es muy conocida en el mundo de habla hispana: la vida religiosa femenina de Estados Unidos. Un grupo de mujeres que han hecho un proceso vital que, en fidelidad y discernimiento, les ha llevado a asumir posiciones de compromiso con los pobres, de desarrollo intelectual, de posiciones evangelizadoras avanzadas. Y, como consecuencia, se ha producido un enfrentamiento con la iglesia jerárquica que reclama la comunión con ella como elemento indispensable de pertenencia a la comunión eclesial. No sabemos qué sucederá. Pero esas mujeres, como muchos cristianos, tienen claro que el Evangelio está por encima del respeto a la autoridad establecida.

Hemos hecho nacer una nueva forma de vida religiosa

Queridas [amigas]:

Gracias por vuestros correos.

Esta investigación, que eso es lo que es, no me da miedo. Ya pasamos por una investigación parecida sobre los seminarios, igualmente agresiva y deshonesta. No doy ningún crédito a que se trate de un estudio fraterno, transparente, con ánimo de ayudar, etc. Es una iniciativa hostil y las conclusiones han sido tomadas ya de antemano. Pretende intimidar. Con todo, pienso que si creemos en lo que hacemos (y yo lo creo firmemente) no podemos sino estar tranquilas por lo que hacemos y nos traemos entre manos, que no es otra cosa que anunciar el Evangelio de Jesucristo, haciendo crecer el Reino de Dios en este mundo.

Es evidente que no podemos impedirles la investigación. Eso sí, podemos recibirles, educada y amablemente, como lo que son: invitados no deseados que han de ser recibidos en el cuarto de visitas, no enseñándoles el resto de la casa. Cuando se pregunta algo que no se debe preguntar, las respuestas han de estar a la altura de las preguntas. Espero que no hagamos lo que normalmente solemos hacer las religiosas americanas, pensando que desde la total apertura y el diálogo vamos a conseguir un buen entendimiento mutuo y comprensión. Esto no es ni mutuo ni diálogo. Los investigadores no vienen para comprender –creedme, lo descubrimos en la anterior investigación sobre los seminarios. Seamos, pues, honestas pero reservadas, no suministrando munición que pueda volverse contra nosotras. Practiquemos la “no violencia” ante la violencia, pero sin ingenuidades. Como bien sabemos por nuestra experiencia en tantas ocasiones, la resistencia no-violenta es lo que finalmente siempre funciona.

En mi trabajo por la renovación de la vida religiosa durante los últimos ocho años he llegado a la conclusión de que las congregaciones como las nuestras (las representadas por la Leadership Conference of Women Religious [en oposición al council of Major Superiors of Women Religious, que agrupa a las congregaciones más conservadoras]) han hecho nacer, en la práctica, una nueva forma de Vida Religiosa. No somos “congregaciones dedicadas a trabajos de apostolado”, es decir, comunidades monásticas cuyos miembros “salen” para hacer trabajos institucionales, básicamente nombradas o designadas por la jerarquía, como si fuéramos una extensión de sus agendas, p. ej., en escuelas católicas, en hospitales, etc. Somos “religiosas ministeriales”.

El ministerio forma parte integral de nuestra identidad y vocación. Nace de nuestro bautismo, especificado por la profesión religiosa, discernido con las superioras de nuestras congregaciones y realizado de acuerdo con el carisma de nuestra congregación, y no por delegación de la jerarquía. No somos monjas en casa, ni simples extensiones del clero. Toda nuestra vida está afectada por nuestra identidad ministerial: buscando los lugares (a menudo en los márgenes de la Iglesia y de la sociedad) donde la necesidad del Evangelio es mayor (donde deberían estar las instituciones eclesiales, pero que a menudo no están); viviendo de forma consecuente con nuestro ministerio; predicando el Evangelio con libertad, como Jesús mandó que hicieran sus compañeros-a-tiempo-completo en la misión. Nuestra vida comunitaria y nuestros ministerios son corporativos, sí, pero no son “vida común” en el sentido de que todos tengamos que estar haciendo lo mismo, en el mismo lugar y al mismo tiempo.

La fase de renovación postconciliar para nosotras fue breve. Al volver al Evangelio y a nuestros propios fundamentos, pronto nos dimos cuenta de que habíamos sido llamadas a una renovación radical (en el sentido de “profunda”), más que a un ajuste superficial de nuestro estilo de vida. Y no hay vuelta atrás. Hemos de decir esto, con serenidad y firmeza, ante este nuevo intento organizado de hacernos volver a la antigua forma de vida. Somos tan diferentes de las “congregaciones religiosas apostólicas” [como esas representadas por el Consejo de Superioras Mayores , o CMSWR] (a quienes es más próximo el Vaticano), como lo fueron los mendicantes de los monjes benedictinos. La gran diferencia está en que ellas [las congregaciones apostólicas] leyeron el Perfectae Caritatis e hicieron lo que se pedía: profundizar en su espiritualidad (espero), algunas adaptaciones o pequeños cambios –hábitos más cortos, horarios más flexibles, abandono de algunas costumbres que eran ciertamente raras, etc. Nosotras leímos el Perfectae Caritatis a través del prisma de la Gaudium et Spes y de la Lumen Gentium y nos sentimos llamadas a salir del modelo monástico/apostólico para entrar en un mundo al que, tal y como declaró la Gaudium et Spes, la Iglesia debía abrazar después de siglos de rechazo.

No hay ningún problema con las comunidades del tipo del CMSWR que continúan en la vieja forma. Los benedictinos no desaparecieron cuando se fundaron los franciscanos. Solo hay problema si se quiere detener el viaje que nosotras estamos haciendo. Este es el punto en el que, a mi juicio, debemos ser tan valientes como nuestras predecesoras: como Angela de Merici [fundadora de las Ursulinas], María Ward [IBVM], Nano Nagle [PBVM], Marguerite Bourgeoys [CND], Luisa de Marillac [DC] y todas aquellas pioneras de la vida religiosa apostólica del tiempo anterior a que fuera oficialmente aprobada en 1900. La Iglesia institucional siempre se ha resistido a lo nuevo en la vida religiosa, especialmente en lo que se refiere a la vida religiosa femenina. Pero lo nuevo continuará surgiendo. En este momento de la historia, nosotras lo somos. Seamos, por tanto, lo que somos: religiosas que no están enclaustradas y ministros que no están ordenados. El derecho canónico no tiene categorías aún para esta combinación. Pero existimos. La vida va por delante de la ley, y no al contrario.

El tema del Congreso de Stonehill [que fue celebrado en el Stonehill College, en 2008, y fue muy crítico con el tipo de congregaciones pertenecientes a la LCWR] no fue un encuentro en el que la gente viniera simplemente a compartir distintos puntos de vista para llegar a una verdad común. Fue un verdadero encuentro “de amigos” para aquellos que ya estaban convencidos de que llevaban razón; y los que no pensaban igual estaban equivocados. Aquellas personas sólo se escuchaban a sí mismas. Está bien, siempre que no se pongan a perseguir a los demás. Nosotras no les perseguimos a ellas. Esta es una falsa guerra promovida por el Vaticano para instigar a los pusilánimes. No caigamos en ella. Además, ¿qué es lo peor que podría suceder como resultado de esta investigación? Estoy segura de que no van a suspender al 95% de las congregaciones religiosas de este país, aunque lo quisieran, como tampoco cerraron todos los seminarios por no enseñar teología moral decimonónica, o por no aceptar la línea oficial que dice que los abusos sexuales del clero estaban causados por la homosexualidad en los seminarios, y no por el comportamiento corrupto de obispos que protegían a sacerdotes pedófilos.

Bueno, pues esto es lo que pienso de todo esto. Rechazo el miedo. Hay cosas más interesantes en las que ocuparse. Como siempre, encantada de escuchar lo que tengáis que decir sobre este tema.

¡Paz y ánimo!

Sandra Schneiders

   
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