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Reportaje a Clelia Luro “Yo estaba separada, tenía hijos, y me casé con un cura” Es la viuda del obispo Jerónimo Podestá. Juntos, pelearon por su amor hasta en el Vaticano. El obispo brasileño Helder Cámara los bendijo. Qué hicieron Pironio y Bergoglio entonces. Gran historia que aún no termina.
El sacerdote que amo a una mujer. Jerónimo Podestá en sus años de rebeldía. La casa, vetusta, hermosísima, pintada en color ocre, parece desprendida de la avenida Gaona, en la que el tránsito incesante es como una marea.

En el interior, fluyen los recuerdos: artesanías peruanas, fotografías, palmeras apacibles, y el báculo y la mitra de quien fuera su pareja. Tod recuerda un momento muy especial en la vida de estas dos personas: Clelia y Jerónimo Podestá. Ella, una inteligente madre de familia. El, obispo de Avellaneda. Su encuentro, su opción, sus incesantes luchas.

Pocos días atrás, entre estos viejos muros se realizó la reunión de la Federación Latinoamericana para los Nuevos Ministerios que fundara Jerónimo al casarse con Clelia.

—Yo soy presidenta vitalicia –explica Clelia–, porque en el estatuto (respondiendo a nuestro deseo de integración del hombre y la mujer) los miembros de la Federación son la pareja y, al faltar uno de ellos, el otro asume su cargo. Con Jerónimo, viajamos con este motivo por nueve países. En algunos ya existía el Movimiento de Padres Casados, y no sabían que existía una Federación Internacional. De esta manera, siguiendo el viejo refrán, la unión hizo la fuerza…

—En este sentido, ha sido muy importante la elección del obispo Zollitsch al frente de la Conferencia Episcopal de Alemania. Algunas de sus declaraciones son particularmente interesantes. Por ejemplo, cuando dice a la revista “Der Spiegel”: “El celibato de los sacerdotes no es esencial ni necesario para el ejercicio del sacerdocio desde el punto de vista teológico”.

—Bueno, el tiempo pasa. Nosotros hemos sido pioneros. Jerónimo, como obispo… ¡No había otro obispo casado en el resto del mundo! Algunos habían pasado a retiro en el más absoluto silencio, y dejaron de luchar. Creo que, poco a poco, los obispos van entendiendo que de esta manera la Iglesia va perdiendo sacerdotes. Necesitan gente en las parroquias. Además, sinceramente, el que tiene vocación de cura o, como en mi caso, la idea de hacerse monja… Recuerdo que en su momento lo pensé muy bien. ¿Cómo iba a renunciar a tener hijos? Esto me detuvo, pero nunca perdí esa vocación de entregar la vida por los demás.

Cuando me casé con el padre de mis hijas, viví en Salta durante diez años. En El Tabacal, en el ingenio azucarero –de pronto brilla una luz muy joven en los ojos de Clelia–. Allí tenía un caballo que se llamaba Dinamita y me iba galopando hasta los lotes de cultivo, donde hacía medicina preventiva con los indígenas. ¡Ya sé que la palabra “militar” se aplica más bien a la actividad política, pero siempre quise ejercer lo que sentía yo! Después me separé y volví a Buenos Aires. Durante seis años no supe lo que Dios me pedía. Hasta que apareció Jerónimo…

Y Jerónimo, que ya era obispo de Avellaneda a los 45 años, significó poder convertirme no sólo en su secretaria, sino también, al mismo tiempo, en su compañera de lucha. ¡Lo que ocurre es que en aquellos tiempos, en 1967, no era habitual que un obispo tuviera una secretaria! Hoy es absolutamente común. ¡Ha corrido mucha agua bajo el puente! Felizmente, estamos en otra etapa. En aquel momento, las autoridades eclesiásticas no toleraron la presencia de una mujer al lado de un obispo. Tuvimos que ir al Vaticano… Es una historia muy larga…

Pero al oír a Clelia tenemos la sensación de que toda esta vivencia persiste entre los muros de la vieja casa. No hay nostalgia en sus palabras, sino una gran serenidad. Incluso su relato, a veces dramático, carece de amargura o solemnidad. Clelia sonríe frecuentemente, a pesar de su firmeza.

—Cuando fuimos al Vaticano, yo todavía no era pareja con Jerónimo. Me parecía una cuestión imposible. Por su lado, Jerónimo se indignó muchísimo al ver que mi presencia causaba tantos problemas. Me llevó con él para preguntar en el Vaticano cuál era el problema conmigo. Allí nos atendió el secretario de Estado, cardenal Benelli. Le pedí que me recibiera como hombre y como sacerdote, no en calidad de funcionario, y a solas. Aceptó, y la visita duró una hora y media.

Cada vez que se ponía en funcionario, yo le tomaba la mano fraternalmente. ¡Parecía una película de Bergman! “Monseñor, si usted me habla así, yo me voy.” Y él volvía, entonces, a tratarme como una persona. Comentaba que la mujer, en la Iglesia, debía callar. “¿Acaso santa Teresa se callaba?”, le pregunté, recordando que después de 400 años ella sigue siendo doctora de la Iglesia.

—Y en esa conversación con Benelli, ¿se habló de la posibilidad de que fueras pareja de Jerónimo?

—No. Benelli me dijo, muy sencillamente: “Si ustedes se quieren, véanse en privado, ¡pero que no la ubiquen al lado de Jerónimo, porque una mujer no puede estar influenciando a un obispo!”. Entonces le contesté, muy francamente: “Mire, monseñor, ni pienso ser su pareja a escondidas ni tampoco quiero que él deje todo por mí y se case. Solamente quiero trabajar al lado de él. Como una laica. Como una secretaria. Estamos aquí, en Roma, porque ustedes exigen que yo me aleje de su lado. Jerónimo no acepta esto, porque lo considera una vejación hacia mi persona. Piensa que no hay ninguna razón para que lo haga. Jerónimo incluso habló con Pablo VI…”.

—¿Y?…

—Pablo VI no lo entendió, pero me mandó llamar. Incluso tengo ese telegrama en mi archivo. ¡Y te lo cuento para que después no digan que lo he inventado! –se ríe francamente–. Cuando publiqué mi libro (Mi nombre es Clelia, Editorial Los Héroes, Chile, 1996), Bergoglio me dijo: “Menos mal que Jerónimo presentó tu libro. Si no, parecería que estás inventando”. Es cierto, me tocaron cosas muy atípicas. Pocos días antes de la audiencia con Pablo VI, el Papa se enfermó y no lo pude ver. Mi conversación fue entonces, como te decía, con el cardenal Benelli. “Yo estoy separada del padre de mis hijas –le expliqué–. ¿Me van a anular el matrimonio para que nos vayamos calladitos? ¡Eso no lo voy a hacer!”

—Entonces, ¿en qué momento Jerónimo y vos formalizaron su pareja?

—Eso ocurrió mucho después. Jerónimo era como san Pablo: ¡hasta que se cayó del caballo, no tuvo una nueva visión del cristianismo! Hasta que Roma no empezó a golpearlo, Jerónimo fue sumamente obediente, sumiso. Tal es así que pudo aguantar ser vicario de monseñor Plaza durante todo un año. Para él, simbolizaba la autoridad de la Iglesia. ¡Jerónimo nunca pensó que tendría que enfrentarse con el Papa! ¡Lo que ocurre es que Roma se apresuró e hizo las cosas tan mal, que lograron cansarlo! Llegó un momento en que dijo: “¡Si piensan en mí de esta forma denigrante, ya no tengo interés por continuar en mi función de obispo!”. Le pidieron la renuncia –se hace el silencio en el patio de las plantas verdes–. Mirá, es muy largo…

—Pero, ¿en qué momento deciden, ante Dios, seguir siempre juntos?

—En 1966 fuimos a un encuentro de la CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana). Yo sentía en mi corazón algo que no podía expresar con palabras. Como una música. Sentía que necesitaba conocer a Helder Cámara (legendario y progresista obispo brasileño). Nosotros teníamos entonces (junto con Pertiagudo) una revista que se llamaba Imagen del país. Decidí entonces viajar como periodista y hacerle un reportaje a Helder Cámara. Me senté en las últimas filas de la sala en la que sesionaban todos los obispos de América latina. Allí también estaba el nuncio vaticano Mozzoni, que no quería que yo apareciera al lado de Jerónimo.

Cuando terminó la reunión, me quedé con un grupo de periodistas y en un determinado momento se acerca Cámara (que era una especie de vidente) y me toma las manos. “Usted tiene una misión que cumplir –me dijo–. Tiene la señal de Dios.” En eso, apareció Jerónimo para presentármelo. “No necesito que me lo presentes”, le dije, “porque nos conocemos desde las entrañas de Dios”. Cámara entonces dijo textualmente: “Jerónimo, usted tiene que aceptar a Clelia al lado suyo porque ella va a ser su fuerza”. Esto para nosotros fue definitorio, porque ¿quién realiza un matrimonio, un sacramento? Los que se aman, y un testigo. Para nosotros, con esas palabras, Helder Cámara nos unió. Y no fue sólo en aquel momento. Luego viajamos a Recife para visitarlo y él fue siguiendo nuestro camino hasta su muerte.

Incluso en 1999 concelebró la misa con Jerónimo. “Lo que ustedes van a vivir –decía Helder– es más que un matrimonio, es más que el celibato, pero todavía no estamos en la parusía.” Así hablaba él, y en aquel momento nos sorprendió, porque no habíamos planeado ser pareja. Aunque supiéramos que nos queríamos, para mí Jerónimo seguía siendo el obispo, y yo su secretaria –por primera vez Clelia baja la voz, como si le doliera recordar–. Le exigieron la renuncia; el cardenal Pironio fue a pedírsela. Había policía en la esquina, porque los sindicatos querían efectuar un paro en adhesión al obispo de Avellaneda. Los obreros no querían que se llevaran al obispo, pero, por otra parte, el vicario Plaza (de triste memoria durante la dictadura, recordamos nosotros) le exigía la renuncia. Eran los tiempos de Onganía.

Cuando se publica la encíclica Populorum Progressio (El desarrollo de los pueblos), que es, sin duda, revolucionaria, el propio nuncio Mozzoni le recomendó a Jerónimo que la predicara. Fueron tiempos difíciles. Mientras se hacía un acto de adhesión a la encíclica en el Teatro Roma de Avellaneda, vinieron a avisarnos que se estaba incendiando el vestíbulo de la curia. Habían hecho detonar una bomba de estruendo y, sobre las paredes, se leía: “Pablo VI traidor, Podestá comunista”. Desde ese momento supimos que íbamos a ser perseguidos.

Bajo un gobierno militar como el de Onganía, no estaba permitido expresarse políticamente. ¡Lo que ocurría era que la encíclica era básicamente política! Jerónimo se dedicó a viajar a las provincias para predicarla. Y empezó a removerse el avispero. ¡Todos los políticos y los revolucionarios iban detrás de Jerónimo! ¡Los peronistas, con su clásica picardía, también tiraban panfletos y vivaban a Perón! La gente aprovechaba para expresarse políticamente, y Onganía comenzó a molestarse.

Unas declaraciones de Jerónimo que se publicaron en La Prensa (“Una cosa es la Iglesia y otra, la dictadura”) resultaron particularmente urticantes. La revista Imagen de país organizó un acto de adhesión a la encíclica en el Luna Park con Jerónimo como único orador. Advertimos que el tema se nos escapaba de las manos. Llovían las adhesiones. Era muy difícil controlar la situación. Onganía estaba furioso, ¡y el nuncio Mozzoni también! Consideraron necesario sacarlo a Jerónimo antes del acto, y con ese motivo tejieron todo tipo de calumnias. Lo relato en detalle en mi libro.

Cuando le pidieron a Jerónimo que renunciara a la diócesis, él se indignó. Y con toda razón. El cardenal Pironio fue a pedirle la renuncia, pero, bueno… ya lo he perdonado, porque no era de la misma calaña que los otros. Tampoco el cardenal Bergoglio, que, con mucho afecto, acompañó a Jerónimo en sus últimos momentos, en terapia intensiva, tomándolo de la mano e infundiéndole fuerza… Pero lo cierto es que aquellos fueron momentos penosos. ¡Jerónimo, solo, junto a su vicario y la policía a la vuelta! Yo me había ido a Recife a buscar la palabra de apoyo de Helder Cámara, que nos aconsejó: “Que Jerónimo ni empuje ni frene. Que deje hacer”. Pero lo cierto es que lo sacaron como a un malhechor. Lo hicieron dejar la llave de la puerta y todas sus pertenencias dentro de la curia. Se fue, entonces, a casa de su madre.

Tiempos que, aún hoy, con más de 80 años, hacen suspirar a Clelia.

Sigue —Finalmente –retoma–, en 1972 le aplicaron la suspensión “ad divinis”. Es decir, lo suspenden en su ministerio. Hasta ese momento era obispo auxiliar de Orrea Animico, una diócesis inexistente en el corazón de Africa. Nos amábamos, pero no podíamos vivir juntos. Yo tenía a mis hijas… Por fin, en 1972 decidimos vivir bajo el mismo techo, y en 1974 comenzamos con las reuniones de Cristianos de Base y otros movimientos. Siempre en casa, porque considerábamos que la palabra “cristianos” tenía que permitirnos hablar sin miedo. Venía gente de distintas tendencias; también algunos curas casados. Lo cierto es que no tardó en llegar una amenaza de muerte de la Triple A. Suspendimos todo y nos fuimos a Perú. Recién volvimos en 1982.

—Me imagino que ahora, con las declaraciones del arzobispo alemán Zollitsch, la posición abierta del cardenal brasileño Hummes que, en Roma, es titular de la Congregación para el Clero y los 430 curas brasileños pidiendo que el celibato sea optativo, te sentirás más optimista…

—En Brasil, hace años que vienen pasando cosas muy interesantes. El cardenal Pablo Evaristo Arns, de ilustre memoria, le pidió a Jerónimo que no dejara de ir en Brasil a las reuniones de Padres Casados, que forman un movimiento muy grande y muy fuerte. Tan es así que de esas reuniones también participaban algunos obispos. Es verdad que la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil siempre ha sido más avanzada, aun cuando hoy también haya gente del Opus Dei. En la reunión de San Pablo, invitaron a una pareja como delegada del Movimiento de Curas Casados.

Esa misma pareja estuvo también en la reunión que mantuvimos en esta casa. Y esto es un ejemplo para los países de Latinoamérica, cuyos episcopados tienen miedo de manifestarse en este sentido. ¡Más con este Papa, que no quiere saber nada con el tema! El Episcopado de Brasil es libre, pero no por eso está enfrentado con el Vaticano. Llama a la fraternidad del encuentro de los célibes con los curas casados. Y también participan de nuestras reuniones.

—¿Vos pensás que el celibato debería ser optativo?

—Es lo único que se pide. El Movimiento no pide que se elimine el celibato. Incluso puede significar un compás de espera antes del casamiento. ¡No es fácil casarse con un cura! Hay muchos curas casados con monjas o con asistentas sociales y también con mujeres que tienen cierta vocación de servicio. Y son los matrimonios que andan mejor, porque significan un compromiso de vida en común.

—¿Te has fijado que los obispos alemanes dicen que el celibato podría quedar para las órdenes como los franciscanos o los dominicos, y que para el resto sea optativo?

—Bueno, en los tiempos de Jesús los apóstoles eran casados. San Pedro tenía suegra. ¡Por suerte, Jesús cura milagrosamente a la suegra! –una sonrisa ilumina la cara de Clelia–. Y no lo digo yo: ¡está en el Evangelio! Pero volviendo a nuestras federaciones, es importante aclarar que hay una sudamericana, otra europea, la nordatlántica, y finalmente la Confederación de Federaciones. Los curas casados están todos muy organizados, y pienso que el día en que permitan el celibato optativo los casados van a estar más organizados que los célibes, que están empezando a irse.

Por ejemplo, me pareció importante que, en una nota que publicó La Nación acerca de las declaraciones de los obispos alemanes, figuramos junto a ellos, además de los 430 curas brasileños que insisten en la fórmula alternativa de celibato o matrimonio. ¡No somos ya unos descolgados! Esta lucha nos ha llevado más de veinte años. Lo que pretendo es que los obispos vayan madurando, y los cardenales más, para que, con el próximo Papa, estén abiertos a una realidad que los sobrepasa.

—Y en esta lucha, sentís que Jerónimo está a tu lado…

Clelia vuelve a sonreír:

—Eso, sin duda.

   
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