Embrujo

1/PERSONALIDAD:
Antes de atribuir títulos divinos a Jesús, los evangelios nos permiten que hablemos humanamente de él; como nos dice el NT, con él «apareció la bondad y el amor de Dios a los hombres». No pinta el mundo ni peor ni mejor de lo que es. No moraliza. Con extraordinario equilibrio encara la realidad, posee la capacidad de ver y colocar todas las cosas en su sitio. A ese equilibrio agrega la capacidad de ver al hombre mayor y más rico que su contexto cultural concreto. Y todo es porque en él se reveló lo que hay de más divino en el hombre y lo que hay de más humano en Dios.

El mensaje de Jesús supone la radical y total liberación de todos los elementos alienantes que se dan en la condición humana. Jesús mismo se presenta como el hombre nuevo, de la nueva creación reconciliada consigo y con Dios. Sus palabras y actitudes revelan a alguien liberado de las complicaciones que los hombres y la historia del pecado crearon. Ve con ojos perspicaces las realidades más complejas y simples y va a lo esencial de las cosas. Sabe decirlas breve, concisa y exactamente. Manifiesta un extraordinario equilibrio que sorprende a todos los que están a su alrededor. Tal vez ese hecho haya dado origen a la cristología, esto es, a la tentativa de la fe de descifrar el origen de la originalidad de Jesús y de responder a la pregunta: ¿Quién eres tú, Jesús de Nazaret?

1. JESÚS, HOMBRE DE EXTRAORDINARIO EQUILIBRIO Y SENTIDO COMÚN:Tener equilibrio es un atributo de los grandes hombres. Decimos que alguien lo posee cuando para cada situación tiene la palabra adecuada, el comportamiento acertado y da de inmediato con el punto exacto de las cosas. El sentido común está ligado a la sabiduría concreta de la vida; es saber distinguir lo esencial de lo secundario. la capacidad de ver y colocar todas las cosas en su debido lugar. El equilibrio se sitúa siempre en el lado opuesto de la exageración.

Por eso, el loco o el genio, que en muchos puntos se aproximan, en este aspecto se distinguen fundamentalmente. El genio radicaliza el equilibrio. El loco radicaliza la exageración. Jesús, como los testimonios evangélicos nos lo presentan, se manifiesta como un genio de equilibrio y sentido común. Una serenidad incomparable rodea todo lo que hace o dice. Dios, el hombre, la sociedad y la naturaleza están ahí en una inmediatez extraordinaria. No hace teología, ni apela a principios superiores de moral, ni se pierde en una casuística minuciosa y sin corazón.

Pero sus palabras y comportamientos inciden plenamente en lo concreto, en el mismo corazón de la realidad y llevan a una decisión ante Dios. Sus determinaciones son incisivas y directas: «¡Reconcíliate con tu hermano!» (Mt 5,24b);¡ «¡no perjurarás!» (Mt 5,34); «no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale también la otra» (Mt 5,39); «amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan» (Mt 5,44); «cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha» (Mt 6,3).

a) Jesús, un profeta y maestro diferente

El estilo de Jesús nos hace pensar en los grandes profetas. Efectivamente, él surge como uno de ellos (Mc 8,28; Mt 21,11.46). No obstante, no es como un profeta del Antiguo Testamento, que precisa de un llamamiento divino y de una legitimación por parte de Dios. Jesús no reclama para sí ninguna visión de misterios celestiales a los cuales sólo él tiene acceso. Ni pretende comunicar verdades ocultas y para nosotros incomprensibles. Habla, predica, discute y reúne en torno a sí discípulos, como un rabino de su tiempo. Y, sin embargo, la diferencia entre uno de aquéllos y Jesús es como la del cielo a la tierra. El rabino es un intérprete de la Sagrada Escritura; en ella lee la voluntad de Dios.

La doctrina de Jesús no es solamente una explicación de los textos sagrados. Lee la voluntad de Dios también fuera de la Escritura: en la creación, en la historia y en la situación concreta. En su compañía acepta gente que un rabino rechazaría indefectiblemente: pecadores, publicanos, niños y mujeres. Extrae su doctrina de las experiencias comunes que todos hacen y pueden controlar. Sus oyentes lo comprenden en seguida. No se las exigen otros presupuestos que los del sentido común y la sana razón. Por ejemplo: que una ciudad sobre el monte no puede permanecer oculta (Mt 5,14); que cada día tiene bastante con sus inquietudes (Mt 6,34); que no debemos jurar nunca, ni por nuestra propia cabeza, porque nadie puede por sí mismo hacer que un cabello se torne negro o blanco (Mt 5,36); que nadie puede aumentar en un milímetro la medida de su vida (Mt 6,27); que el hombre vale mucho más que las aves de los cielos (Mt 6,26); que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2,27).

b) Jesús no quiere decir cosas nuevas a toda costa

Como es evidente, Jesús nunca apela a una autoridad superior, venida de fuera para reforzar su propia autoridad y doctrina. Cuanto dice posee una evidencia interna. Lo que le interesa es decir no cosas esotéricas e incomprensibles, ni cosas nuevas porque sí, sino cosas racionales que los hombres puedan entender y vivir. Como puede observarse, Cristo no vino a traer una nueva moral, distinta de la que los hombres ya tenían.

Clarificó lo que los hombres sabían o debían haber sabido y que, a causa de su alienación, no llegaron a ver, comprender y formular. Basta que consideremos, a título de ejemplo, la regla de oro de la caridad (Mt 7,12; Lc 6,31): «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros». De Tales de Mileto (660 a. C.) se cuenta que, habiéndole preguntado por la regla máxima del buen vivir, respondió: «No hagas aquello que de malo encuentras en los otros». En Pitacos (580 a. C.) hallamos esta fórmula: «Lo que aborreces en los otros no lo hagas tú mismo». Isócrates (40 a. C.) proclama la misma verdad en forma positiva: «Trata a los otros así como quieras ser tratado». Confucio (551/470 a. C.), interrogado por un discípulo acerca de si existe una norma que pueda ser seguida durante toda la vida, dijo: «El amor al prójimo. Lo que no deseas para ti no lo hagas a los otros».

En la epopeya nacional de la India, el Mahabharata entre (400 a. C. a 40 d. C.), se encuentra la siguiente verdad: «Aprende la suma de la ley, y cuando la hubieres aprendido piensa en ella: lo que odias no lo hagas a nadie». En el Antiguo Testamento se lee: «No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan» (Tb 4,15). En los tiempos del rey Herodes llegó un pagano hasta el célebre rabino Hillel, maestro de san Pablo, y le dijo: «Acéptame en el judaísmo con la condición de que me digas toda la ley, mientras permanezco sobre un solo pie». A lo que Hillel respondió: «No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti. En ello se resume toda la ley. Todo lo demás es comentario. Ve y aprende». Cristo nunca leyó a Tales de Mileto, ni a Pitacos, ni menos a Confucio y el Mahabharata.

Con su formulación positiva excede infinitamente la negativa, porque no coloca ningún límite a la apertura y preocupación por el dolor y por la alegría de los otros. Cristo se afilia a los grandes hombres que se preocuparon por la humanitas. «La epifanía de la humanidad de Dios culmina con el reconocimiento por Jesús de Nazaret de la regla de oro de la caridad humana» (E. Stauffer). Cristo no quiere expresar a toda costa algo nuevo, sino algo viejísimo como el hombre; no original, sino que vale para todos; no cosas sorprendentes, sino cosas que alguien comprende por sí mismo, cuando tiene los ojos abiertos y un poco de sentido común.

Con mucha razón ponderaba san Agustín: «La sustancia de aquello que hoy la gente llama cristianismo ya estaba presente en los antiguos y no faltó desde los inicios del género humano hasta que Cristo vivió en carne. Desde entonces, la verdadera religión, que ya existía. comenzó a llamarse religión cristianas (Retractationes 1, 12, 3).

c) Jesús quiere que le entendamos

Unos cuantos ejemplos, entre otros, nos muestran evidentemente el buen sentido común de Jesús y su apelación a la sana razón humana. Manda amar a los enemigos. ¿Por qué? Porque si hiciéramos el bien solamente a los que nos lo hacen, ¿qué recompensa tendríamos? También los pecadores hacen lo mismo (Lc 6,33). Prohíbe al hombre tener más de una mujer? ¿Por qué? Porque en el principio no fue así. Dios creó una pareja, Adán y Eva (Mc 10,6). No basta decir únicamente: No matarás o no adulterarás. Ya la ira y el mirar codicioso son pecado. ¿Por qué? Porque no basta combatir las consecuencias; primero hay que eliminar las causas (Mt 5, 22.28). No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. ¿Por qué? Porque si un animal, en sábado, cae en un pozo, nos apresuramos a sacarlo. Pero el hombre es más que un animal (Mt 12,11-12).

Debemos confiar en la providencia paterna de Dios. ¿Por qué? Porque Dios cuida de los lirios del campo, de las aves del cielo y de cada cabello de la cabeza. «¡Valéis más que muchos pajarillos!» (Mt 10,31). «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre, que esta en los cielos, dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7,11). Es pecado, dice la ley, andar con los pecadores, porque nos hacen impuros. Cristo no se crea complicaciones. Usa la sana razón y argumenta: «Los sanos no precisan médico, sino los enfermos; ni yo he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 2, 1?). No es lo que entra en el hombre lo que hace de él un impuro sino lo que sale de él.

¿Por qué? «… Todo lo que entra de fuera en el hombre no puede hacerle impuro, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado… Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres salen las malas intenciones: fornicaciones, robos, etc.» (Mc 7,18-22). Ese uso de la sana razón en Jesús es para nosotros, aún hoy, teológicamente fundamental, pues nos muestra que Cristo quiere que entendamos las cosas. ¡No exige una sumisión ciega a la ley!.


d) Jesús no pinta el mundo ni peor ni mejor de lo que es

La mirada de Jesús sobre la realidad es penetrante y carece de prejuicios. Va directa al meollo del problema. Sus parábolas muestran que él conoce toda la realidad de la vida, buena y mala. No pinta el mundo ni peor ni mejor de lo que es, para luego moralizar. Su primera toma de posición no es de censura, sino de comprensión. No canta la naturaleza en lo que tiene de numinoso como Teilhard de Chardin o el mismo Francisco de Asís, sino que la ve en su sencillez de creación. Habla del sol y de la lluvia (Mt 5,45), del arrebol y del viento sur (Lc 12,54 55) del relámpago, que sale del Oriente y brilla hasta el Occidente (Mt 24,27); de los pájaros, que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros (Mt 6,26); de la belleza de los lirios del campo y de la hierba, que hoy existe y mañana es arrojada al fuego (Mt 6,30); de la higuera, cuyas hojas al brotar anuncian la proximidad del verano (13,28); de la cosecha (Mc 4,3ss.26ss; Mt 13,24ss), de la polilla y de la herrumbre (Mt 6,19), de los perros que lamen las heridas (Lc 16,21), de los buitres que comen cadáveres (Mt 24,28).

Habla de los espinos y los abrojos, conoce el gesto del sembrador (Lc 12,16-21), se refiere a la ampliación de un negocio (Lc 12, 16-21) y sabe cómo se construye una casa (Mt 7,24-27). Conoce cómo hace el pan la mujer (Mt 13,33), con qué preocupación el pastor sale en busca de la oveja perdida (Lc 15ss), cómo trabaja el campesino (Mc 4,3), descansa y duerme (Mc 4,26ss), cómo el patrón exige cuentas a los empleados (Mt 25,14ss), cómo éstos pueden ser azotados (Lc 12,47-48), cómo los desocupados viven sentados en la plaza a la espera de trabajo (Mt 20,1ss), cómo los niños juegan a las bodas en las plazas y no quieren danzar, o cómo unos cantan cantos fúnebres y los demás no quieren acompañarlos (Lc 7,32), sabe de la alegría de la madre al nacer su criatura (Jn 16,21), cómo los poderosos de la tierra esclavizan a los otros (Mt 20,25), cómo es la obediencia entre los soldados (Mt 8,9).

Jesús se sirve de ejemplos penetrantes. Toma la vida tal como es. Sabe sacar una lección del gerente de la firma que roba astutamente a la empresa (Lc 16,1 12), se refiere con naturalidad al rey que entra en guerra (Lc 14,31-33), conoce las envidias que se tienen los hombres (Lc 15,28) y él mismo se compara con un asaltante (Mc 3,27). Hay una parábola considerada auténtica de Jesús y transmitida en el evangelio apócrifo de Tomás, que muestra claramente el sentido profundo y real de Cristo: «El reino del Padre es semejante a un hombre que quiso matar a un señor importante. En su casa desenvainó la espada y con ella traspasó la pared. Quería saber si su mano era suficientemente fuerte. Después mató al señor importante». Con eso quiso enseñar que Dios, al comenzar una cosa, la lleva siempre hasta el fin, a semejanza de ese asesino. De todo lo dicho queda claro que Jesús es un hombre de extraordinario sentido común. ¿De dónde le viene esto? Responder a esa pregunta es ya hacer cristología.

e) En Jesús aparece todo lo auténticamente humano

Los evangelios son testigos de la vida absolutamente normal de Jesús. Es un hombre que tiene sentimientos profundos. Conoce la afectividad natural que profesamos a los niños y los abraza, les impone las manos y los bendice (Mc 10,13-16). Se impresiona con la generosidad del joven rico: «fijando en él la mirada, Jesús le amó» (Mc 10,21). Se sorprende ante la fe de un pagano (Lc 7,9) y la sabiduría del escriba (Mc 12,34). Se admira de la incredulidad de sus compatriotas de Nazaret (Mc 6,6). Al asistir al entierro del hijo único de una viuda, «se siente conmovido» y la consuela diciendo: «No llores» (Lc 7,13).

Siente compasión por el pueblo hambriento errante como ovejas sin pastor (Mc 6,34). Si se indigna con la falta de fe del pueblo (Mc 9,18), se embelesa con la apertura de los sencillos, hasta hacer una oración agradecida al Padre (Mt 11,25-26). Siente la ingratitud de los nueve leprosos curados (Lc 17,17-18) y airado, increpa a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún por no haber hecho penitencia (Mt 11,20-24). Se entristece con la ceguera de los fariseos, «mirándolos con ira» (Mc 3,5). Usa de la violencia física contra los profanadores del templo (Jn 2s15-17). Se queja de la ignorancia de los discípulos (Mc 7,18). Se desahoga contra Felipe y le dice: «¿Tanto tiempo estoy con vosotros, y no me conoces, Felipe?» (Jn 14,9). Le ocurre lo mismo con los fariseos: «dando un profundo suspiro» (Mc 8,12): «¿Por qué esta generación pide una señal?» (Mc 8,12). Se pone nervioso ante el espíritu de venganza de los apóstoles (Lc 9,55) y ante las insinuaciones de Pedro: «Retírate, Satanás» (Mc 8,33). Pero se alegra con ellos al regresar de la misión.

Se preocupa para que nada les falte: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas y sin sandalias, ¿os faltó algo? Y ellos respondieron: Nada» (Lc 22,35). No quiere que lo llamen maestro, sino amigo (Lc 12,4-7; Jn 15,13-15). Todo lo suyo les pertenece también a ellos (Jn 17,22). La amistad es una nota característica de Jesús, porque ser amigo es una «forma de amar». El amó a todos hasta el fin. Las parábolas demuestran que conocía el fenómeno de la amistad: con los amigos la gente se reúne para festejar (Lc 15,6.9.29) y celebrar banquetes (Lc 14,12-14); al amigo la gente recurre hasta la inoportunidad (Lc 11,5-8); hay amigos inconstantes que lo traicionan (Lc 21 y 16); la amistad puede ser vivida hasta por dos rufianes como Pilato y Herodes (Lc 13,12). El comportamiento de Jesús con los apóstoles, sus milagros, su actuación en las bodas de Caná, la multiplicación de los panes revelan la amistad de Jesús. Esta es la relación de Jesús con Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo… Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo», dijo Jesús (Jn 11,11).

Cuando Jesús llora la muerte del amigo, todos comentan: «¡Mirad cómo le quería!» (Jn 11,36). En Betania, con Marta y María, se sentía en casa (Mt 21-17) y le gusta volver allí (Le 11,38.42; Jn 11,17). Para muchos de nosotros, hombres, la amistad con mujeres es un tabú. En tiempos de Cristo lo era mucho más. La mujer no podía aparecer en público junto al marido. Mucho menos junto a un predicador ambulante, como era Jesús. No obstante, conocemos la amistad de Jesús con algunas mujeres que lo seguían y cuidaban de él y de sus discípulos (Lc 8,3). Conocemos los nombres de algunas: María Magdalena, Juana, mujer de Cusa, funcionario de Herodes; Susana y otras. Junto a la cruz está una mujer. Son ellas las que lo entierran y van a llorar en el sepulcro al Señor muerto (Mc 16,1-4).

Mujeres son también las que ven al resucitado. Jesús rompe un tabú social al dejarse ungir por una mujer de mala vida (Mc 14,3-9; Lc 7,37ss) y conversa con otra, hereje (Jn 4,7ss). Aristóteles decía que entre la divinidad y el hombre, a causa de la diferencia de naturaleza, no sería posible la amistad. Este filósofo no podía imaginar el nacimiento de Dios en la carne acogedora y caliente de los hombres. En Jesús aparece todo lo que es auténticamente humano: ira y alegría, bondad y dureza, amistad e indignación. En él se dan, con fuerza innata, la vitalidad y espontaneidad de todas las dimensiones humanas.

Jesús participa de todos los sentimientos y condicionamientos humanos: hambre (Mt 4,2; Mc 11,12), sed (Jn 4,7; 19,28), cansancio (Jn 4,6; Mc 4,37ss), frío y calor, vida insegura y sin techo (Lc 9,58; cf. Jn 11,53-54; 12,36), lágrimas (Lc 19,41; Jn 11, 35), tristeza y temor (Mt 26,37), tentaciones (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13; Hb 4,15; 5,2.7-10). Su mente puede sumergirse en un abismo tan terrible que le haga exclamar: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38); vive el pavor y la angustia de la muerte violenta (Lc 22,44). Por eso, el buen pastor de almas, autor de la epístola a los Hebreos, comentaba: «Puede compadecerse de nuestras flaquezas, porque fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15).

2. JESÚS, HOMBRE DE SINGULAR FANTASÍA CREADORA

¿Qué es Fantasía?

Hablar de fantasía creadora en Jesús puede parecer extraño. La Iglesia y los teólogos no acostumbran expresarse así. No obstante, debemos decir que existen muchos modos de hablar sobre Jesús, y el mismo Nuevo Testamento es testigo de ello. ¿Quién sabe si para nosotros esa categoría -fantasía- nos puede revelar la originalidad y el misterio de Cristo? Muchos entienden mal la fantasía y piensan que es sinónimo de sueño, de fuga desvanecedora de la realidad, ilusión pasajera. Fantasía significa algo más profundo: es una forma de libertad; nace del choque con la realidad y el orden vigente; surge del inconformismo frente a una situación dada y establecida; es la capacidad de ver al hombre mayor y más rico que lo que el contexto cultural y concreto permite; tiene el coraje de pensar y decir cosas nuevas y andar por caminos aún no hollados, pero llenos de sentido humano.

Así entendida, la fantasía era una de las cualidades fundamentales de Jesús. Tal vez en la historia de la humanidad no haya habido persona alguna que tuviese una fantasía más rica que la suya.

a) Jesús, hombre que se atreve a decir «yo»

Como ya hemos visto, Jesús no acepta lisa y llanamente las tradiciones judías, las leyes, los ritos sagrados y el orden establecido de entonces. Marcos afirma, al principio de su evangelio, que Cristo enseñaba «una doctrina nueva» (Mc 1,27). No repite las enseñanzas del Antiguo Testamento. Por eso se atreve a levantarse y exclamar: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados -pensaba en la ley, en Moisés y en los profetas- pero yo os digo». Jesús dice «yo». No se apoya en otras autoridades venidas de fuera. Lo nuevo que predica no es algo que los hombres desconozcan, sino lo que el sentido común manda y que las complicaciones religiosas, morales y culturales creadas por los hombres habían destruido. Cristo vino a descubrir la novedad de lo más antiguo y originario del ser humano, hecho a imagen y semejanza del Padre.

No pregunta por el orden -que frecuentemente es orden en el desorden-, sino que deja reinar la fantasía creadora. Así desconcierta a los instalados que se preguntan: ¿Quién es ése? ¿No es el carpintero, hijo de María? (Mc 6,3a; Mt 13,53-58; Lc 4,16 30; Jn 6,42). Anda con gente marginada, acepta en su compañía a personas dudosas, como dos o tres guerrilleros: Simón el Cananeo, Judas Iscariote, Pedro hijo de Jonás, provoca un cambio en el marco social y religioso diciendo que los últimos serán los primeros (Mc 10,31); los humildes, maestros (Mt 5,5); y que los publicanos y las prostitutas entrarán más fácilmente en el reino de los cielos que los piadosos escribas y fariseos (Mt 21,23).

No discrimina a nadie, ni a los heréticos y cismáticos samaritanos (Lc 10,29-37; Jn 4,442), ni a personas de mala reputación, como una prostituta (Lc 7,36-40), ni a los marginados (enfermos, leprosos, pobres), ni a los ricos, cuyas casas frecuenta; pero les dice: «Vosotros sois infelices, porque ya tenéis vuestro consuelo» (Lc 6,24). No rechaza los convites de sus opositores más encarnizados, los fariseos; sin embargo, con toda libertad les repite siete veces: «Ay de vosotros, fariseos hipócritas y ciegos» (Mt 23,13-37).

b) Jesús nunca utilizó la palabra «obediencia»

J/OBEDIENCIA Jesús relativiza el orden establecido, liberando al hombre preso en sus tentáculos. La sujeción al orden se llama comúnmente obediencia. La predicación y las exigencias de Cristo no presuponen un orden establecido (establishment). Por el contrario, a causa de su fantasía creadora y espontaneidad, éste es puesto en jaque. La palabra obediencia (y derivados) que aparece 87 veces en el Nuevo Testamento, nunca fue usada por Cristo, según podemos comprobar(1). Eso no quiere decir que Cristo no haya expresado sus duras exigencias. Obediencia para él no es cumplimiento de órdenes, sino la firme decisión de aceptar lo que Dios exige en cada situación concreta.

No siempre la voluntad de Dios se manifiesta en la ley. Con más frecuencia esa voluntad de Dios se hace presente en las circunstancias concretas; allí, la conciencia queda sorprendida por una propuesta que exige una respuesta responsable. La gran dificultad que Jesús encontraba en sus disputas con los teólogos y maestros de su tiempo consistió exactamente en que lo que Dios quiere de nosotros no puede resolverse con un simple recurso a la Escritura. Debemos consultar los signos de los tiempos y lo imprevisto de la situación (Lc 12,54-57). Era una apelación clara a la espontaneidad, a la libertad y al uso de nuestra fantasía creadora.

Obediencia es tener los ojos abiertos a la situación; consiste en decidirse y arriesgarse en la aventura de responder a Dios que habla hoy y ahora. El Sermón de la Montaña, que no quiere ser ley, es una invitación dirigida a todos para que tengan una conciencia extremadamente clara y una capacidad ilimitada de comprender, simpatizar, sintonizar y amar a los hombres, con sus limitaciones y realizaciones.

c) Jesús no tiene esquemas prefabricados

Jesús mismo es el mejor ejemplo de ese modo de existir, resumido en una frase del Evangelio de Juan: «Al que venga a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Acoge a todo el mundo: a los pecadores. con quienes come (Lc 15,2; Mt 9,10-11); a los pequeños (Mc 10, 13-16); a la vieja encorvada (Lc 13,10-17), al ciego mendigo a la vera del camino (Mc 10,46-52), a la mujer que se avergüenza de su menstruación (Mc 5,21-34), a un conocido teólogo (Jn 3,1ss). No tiene tiempo para comer (Mc 3,20; 6,31) y se duerme profundamente, vencido por el cansancio (Mc 4,38). Su palabra puede ser dura en la invectiva contra el aparentar (Mt 3,7; 23,1-39; Jn 9,44), pero puede ser también de comprensión y perdón (Jn 8,10-11).

En su modo de hablar y actuar, en el trato que tiene con las distintas clases sociales nunca encuadra a las personas en esquemas prefabricados. Respeta a cada cual en su originalidad: al fariseo como fariseo, al escriba como escriba, al pecador como pecador, al enfermo como enfermo. Su reacción es siempre sorprendente: para cada uno tiene la palabra exacta o el gesto correspondiente. Bien dice Juan: «No tenía necesidad de que se le informara acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2,25).

Sin que nadie se lo diga, sabe del pecado del paralítico (Mc 2,5); del estado de la hija de Jairo (Mc 5,39); de la mujer que sufría flujo de sangre (Mc 5,29ss); del hombre poseído por el demonio (Mc 1,23ss; 5,1ss); de los pensamientos íntimos de sus opositores (Mc 2,8; 3,5). Es seguramente un carismático sin comparación en la historia. Muestra una dignidad impresionante, Desenmascara preguntas capciosas (Mc 12,14ss) y da respuestas sorprendentes. Puede hacer abrir la boca a sus adversarios, pero también cerrarla (Mt 22, 23). Los evangelios refieren muchas veces que Cristo callaba. Escuchar al pueblo y sentir sus problemas es una forma de amarlo.

d) ¿Fue Jesús un liberal?

Esta pregunta se la hacía, tiempo ha, uno de los mayores exegetas de la actualidad, y respondía: «Jesús fue un liberal». En esto no se debe ceder un ápice, aunque las Iglesias y los piadosos protesten y sostengan que es blasfemia. Jesús fue un liberal, porque en nombre de Dios y la fuerza del Espíritu Santo interpretó y midió a Moisés, la Escritura y la Dogmática a partir del amor, y con eso «permitía a los piadosos que siguieran siendo humanos y razonables» (E. Kasemann). En apoyo de esta verdad baste recordar el siguiente episodio, que revela a maravilla la liberalidad y la apertura de Jesús: «Juan le dijo: Maestro hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y no viene con nosotros: nosotros tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros. Pero Jesús contestó: No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí.

El que no está contra nosotros, está con nosotros:* (Mc 9,38-40; Le 9,49-50). Cristo no es sectario, como lo fueron muchos de sus discípulos a lo largo de la historia. Jesús vino para ser y vivir a Cristo, no para predicar a Cristo, o anunciarse a sí mismo. Por eso siente realizada su misión donde ve hombres que lo siguen y practican, aunque sin referencia explícita a su nombre, lo que él quiso y proclamó Y es evidente que la felicidad del hombre sólo puede ser encontrada si se abre al otro y al Gran Otro (Dios) (Lc 10,25-37; Mc 12, 28-31; Mt 22,34-40). Hay un pecado radicalmente mortal: el pecado contra el espíritu humanitario.

En la parábola de los cristianos anónimos (Mt 25,31-46), el Juez Eterno no pregunta a ninguno por los cánones de la dogmática ni si en la vida de cada hombre hubo o no una referencia explícita al misterio de Cristo. Pregunta si han hecho algo en favor de los necesitados. Esto decide todo. Señor, ¿cuando te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? El les responderá: «En verdad os digo que lo que dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo» (Mt 25,44-45). El sacramento del hermano es absolutamente necesario para la salvación.

Quien lo niegue, niega la causa de Cristo, aun cuando lo tenga siempre en sus labios y oficialmente lo confiese. La fantasía postula creatividad, espontaneidad y libertad. Es exactamente lo que Cristo exige cuando nos propone un ideal como el del Sermón de la Montaña. Aquí no cabe hablar de leyes, sino del amor que supera todas las leyes. La invitación de Cristo: «Sed perfectos como es Perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48), derribó todas las barreras posibles de la fantasía religiosa, levantadas por las religiones, las culturas y las situaciones existenciales.

3. LA ORIGINALIDAD DE JESÚS

Al hablar de la originalidad de Jesús, debemos antes aclarar un equívoco. Original no es una persona que dice pura y simplemente algo nuevo. Ni original es sinónimo de extraño. Original viene de origen. Quien está cerca del origen y de lo originario, y por su vida, palabras y obras lleva a los otros al origen y a lo originario de sí mismos, ése puede ser llamado, con propiedad, original. En ese sentido, Cristo fue original. No porque descubra cosas nuevas, sino porque dice las cosas con absoluta inmediatez y soberanía.

Todo lo que dice y hace es diáfano, cristalino y evidente. Los hombres lo perciben al punto. En contacto con Jesús, cada uno se encuentra consigo mismo y con lo que de mejor hay en él: cada cual es llevado a lo originario. La confrontación con lo originario genera una crisis: obliga a decidirse y convertirse o a instalarse en lo derivado, secundario, en la situación vigente. El sentido común es la captación de lo originario en el hombre, que la gente conoce, pero no sabe formular y fijar en imágenes. Cristo supo verbalizar lo originario o la sana razón de forma genial, como hemos visto. Por eso resuelve todos los conflictos y coloca «y» donde la mayoría pone «o». El autor de la carta a los Efesios dice muy bien que Cristo derribó el muro que separaba a los paganos de los judíos e «hizo de los dos un solo hombre nuevo» (Ef 3,14.15). Derribó todos los muros: los de lo sagrado y lo profano, los de las convenciones, legalismos y divisiones entre los hombres y entre los sexos, los de los hombres con Dios, porque ahora todos tienen acceso a él y pueden decir «Abba, Padre» (Ef 3,18; Gál 4,6; Rom 8,15).

Todos son hermanos e hijos del mismo Padre. La originalidad de Jesús consiste, pues, en poder alcanzar esa profundidad humana que concierne indistintamente a todos los hombres. De ahí que no funde una escuela más, ni elabore un nuevo ritual de oración, ni prescriba una supermoral. Pero alcanza una dimensión y abre un horizonte que obliga a revolucionar todo, a revisar todo y convertirse. ¿De dónde le viene a Cristo el ser tan original, soberano, el mostrarse con tanta autoridad? Para responder a esta pregunta surgió y sigue surgiendo la cristología. Antes de dar títulos divinos a Jesús, los mismos evangelios nos permiten hablar humanamente de él. La fe nos dice que en Cristo «aparece la bondad y el amor de Dios a los hombres» (Tt 3,4). ¿Cómo lo descubrimos? ¿No es acaso en su extraordinario sentido común, en su singular fantasía creadora y en su inigualable originalidad?

4.CONCLUSIÓN:SIGNIFICADO TEOLÓGICO DEL COMPORTAMIENTO DE JESÚS

CR/LIBRE: El interés por las actitudes y el comportamiento del Jesús histórico parte del presupuesto de que en él se reveló lo que hay de más divino en el hombre y lo que hay de más humano en Dios. Lo que apareció y se expresó en Jesús debe emerger y expresarse también en sus seguidores: la total apertura a Dios y a los otros, el amor indiscriminado y sin límites, el espíritu crítico frente a la situación vigente social y religiosa, porque ésta no encarna pura y simplemente la voluntad de Dios, el cultivo de la fantasía creadora que en nombre del amor y de la libertad de los hijos de Dios pone en tela de juicio las estructuras culturales, la primacía del hombre-persona sobre las cosas que son del hombre y para el hombre.

El cristiano debe ser un hombre libre y liberado. Esto no quiere decir que sea un anarquista y sin ley. Entiende la ley de modo diferente: como dice san Pablo, «él no está ya bajo la ley» (/Rm/06/15), sino que está bajo la «ley de Cristo» (1 Cor 9,21), que le permite -«siendo totalmente libre» (1 Cor 9,19)- vivir ya con los que están bajo la ley, ya con los que están fuera de la ley, para ganar a ambos (1 Cor 9,19-23). Como se ve, aquí se realiza la ley al servicio del amor. «Para que gocemos de esta libertad, Cristo nos hizo libres… y jamás nos debemos dejar sujetar de nuevo al yugo de la servidumbre» (Gál 5,1).

Todo eso lo vemos realizado, de modo ejemplar, por Jesús de Nazaret con una espontaneidad que no encuentra quizá semejanza en la historia de las religiones. Se desteologiza la religión, y la voluntad de Dios habrá que buscarla no sólo en los Libros Santos, sino principalmente en la vida diaria; se desmitologiza el lenguaje religioso usando expresiones de las experiencias comunes a todos; se desritualiza la piedad, insistiendo en que el hombre está siempre delante de Dios y no solamente cuando va al templo a rezar; se emancipa el mensaje de Dios de su relación con una comunidad religiosa determinada, dirigiéndolo a cada hombre de buena voluntad (cf. Mc 9,38-40; Jn 10,16); por fin, se secularizan los medios de salvación, haciendo del sacramento del otro (Mt 25,31-46) el elemento determinante para entrar en el reino de Dios. Cristo no vino, sin embargo, a hacer más cómoda la vida de los hombres. Todo lo contrario.

En palabras del Gran Inquisidor de ·Dostoievski: «En vez de dominar la conciencia, viniste a profundizarla más; en vez de cercenar la libertad de los hombres, viniste a ampliarles el horizonte. Tu deseo era liberar al hombre para el amor. Libre debe seguirte, sentirse atraído y preso por ti. En lugar de obedecer las duras leyes del pasado, debe el hombre, a partir de ahora, con el corazón libre, decidir lo que es bueno y lo que es malo, teniendo tu ejemplo ante sus ojos». Intentar vivir semejante proyecto de vida es seguir a Cristo, con la riqueza que esta palabra -seguir e imitar a Cristo- encierra en el Nuevo Testamento. Seguimiento significa liberación y experiencia de novedad de vida redimida y reconciliada, pero también puede incluir, como en Cristo, persecución y muerte.

DOSTOIEWSKI: Recordemos, en fin, las palabras de Dostoiewski, al regresar de la casa de los muertos, su condena a trabajos forzados en Siberia: «A veces Dios me envía instantes de paz; en estos instantes, amo y siento que soy amado; en uno de esos momentos compuse para mí mismo un credo, donde todo es claro y sagrado. Es un credo muy simple. Helo aquí: Creo que no existe nada más bello, más profundo, más atrayente, más viril y más perfecto que Cristo; y me lo digo a mí mismo, con un amor más celoso que cuanto existe o puede existir. Y si alguien me probara que Cristo está fuera de la verdad y que ésta no se halla en él, prefiero permanecer con Cristo a permanecer con la verdad» (Correspondance I (Paris 1961) 157, en carta a la baronesa von Wizine).

LEONARDO BOFF
JESUCRISTO Y LA LIBERACION DEL HOMBRE
EDICIONES CRISTIANDAD. MADRID 1981.Págs. 110-125

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Lc 17,6 no posee un contexto de moralidad, aunque es trabajo redaccional del evangelista sobre Mc 11,23; cf. Mt 21,23. El texto de Mt 18,17 es evidentemente elaboración teológica de la Iglesia primitiva; Lc 10,20 no posee tampoco contexto de moralidad.

   
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