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Así lo dice Veremundo Carrillo, un hombre que dejó las filas eclesiásticas para formar una familia. Ése es el caso de 3 mil sacerdotes en México y cien mil en todo el mundo. A pesar de ello, la Santa Sede evade el tema. Aquí el debate. Por: Jesús Castro 17-Agosto-2009 “Soy Veremundo Carrillo, tengo cuarenta años de ser sacerdote católico y veinte de estar casado con Rosario Reveles, con quien procreé dos hijos”. “Yo me llamo Flor de María Sandoval Vázquez, médico de profesión, soy hija de Eulalio Sandoval Trejo y María Vázquez Sosa; él es sacerdote y ella fue madre superiora de un convento”.

Luis Miguel Sánchez: “Sí, soy sacerdote, vivó aquí en Saltillo, pero soy de Acuña, tengo a mi esposa desde el año 2000 y soy feliz con mis tres hijos, dos niños y una niña”. Ellos, como más de cien mil casos en todo el mundo (3 mil en México de acuerdo a cifras de la Federación Internacional de Sacerdotes Casados), sueñan con que algún día la Curia romana acepte el celibato opcional en los sacerdotes. Pero ahora, en este 2009 que el Papa Benedicto XVI ha consagrado y dedicado como año sacerdotal, el interés de Roma por sus ministros no parece tan legítimo.

El Vaticano mantiene cerrado el diálogo con quienes piden abrir el debate para que los sacerdotes se puedan casar o que los laicos casados accedan a las sagradas órdenes. “Eso no va a cambiar, el celibato es un don de la Iglesia, un regalo de Dios”, dijo el nuncio apostólico Christopher Pierre, negándose a profundizar en el tema. El mismo Raúl Vera, obispo de Saltillo, lo sostiene en entrevista, “Eso (el celibato) no está a discusión en la Iglesia, no está”.

Sin embargo, tanto Vera como Mario Mullo, presidente de la Federación Latinoameriana de Sacerdotes Casados, y Veremundo Carrillo, aceptan que los primeros apóstoles tenían esposa e hijos y que hasta el siglo XVI era una situación muy común. Lo anterior está comprobado históricamente. Hubo Papas, cuyos hijos fueron Papas, santos cuyos hijos fueron Papas, santos cuyos hijos fueron sacerdotes, obispos, cardenales, arzobispos o hasta reyes. Entonces “si en ninguna parte de la Biblia dice que Jesús exigió, u obligó a que los sacerdotes fueran célibes, ¿por qué la Iglesia insiste en que lo sean?”, es la voz de Mario Mullo, pero también la raíz de un debate que lleva siglos sin ser escuchado por la Iglesia.

LAS MUJERES NO SON EL PECADO Parece sacerdote, se le nota al caminar, su hablar es como una constante homilía. Fue fácil identificar a Veremundo Carrillo en el Instituto Zacatecano de Cultura. Apenas abrió los labios reveló algo que no puede ocultar, “sí, yo soy, el sacerdote”. Nada se le había preguntado, pero él ya sabía que lo habíamos adivinado. Un saco oscuro sobre camisa de polo y pantalón de vestir, le dan esa apariencia que seguramente adquirió en el Seminario y que hoy, medio siglo después, conserva.

“Pero ya no ejerzo el ministerio, estoy casado desde 1982”, confiesa como si fuera a soltar una historia digna de Almodóvar. “Siempre me gustaron las mujeres”, es de las primeras frases que en él, un señor de casi sesenta años, suena extraña. Usa lentes, pero el movimiento de cejas y el brillo de sus ojos revelan una galantería natural que, dice, siempre tuvo hacia las mujeres. ¿Entonces, por qué se hizo cura?, se le pregunta. “Desde que entré al Seminario, a esa edad, comencé a ver las implicaciones del celibato. Claro que sentía gran atracción hacia las mujeres y en particular hacia una. Y pues, yo renuncié a eso, yo creo que ni la chica que me gustaba se daba cuenta que yo renunciaba a ella. Yo vi que ese era uno de los requisitos y decidí aceptar el celibato, ya Dios me ayudará, dije”.

Tenía doce años. El resto de su estancia en el Seminario de Zacatecas y luego en Montezuma, Nuevo México, Estados Unidos, fue luchar contra ese instinto muy natural, que los formadores del Seminario calificaban de pecaminoso. Jean Meyer, en su libro ‘Celibato sacerdotal’ cita en varias ocasiones cómo Roma condenaba las prácticas sexuales incluso entre esposos: “Bien sabes, oh Señor, que no me mueve la lujuria para tomar por esposa a esta mujer, sino más bien el deseo de tener descendencia que bendiga tu nombre eternamente” (Tobías 9,9), es el texto bíblico en el que aún hoy se basa la Iglesia para indicar en su Derecho Canónico que el coito deberá tener como principal objetivo la procreación.

Indica el autor que incluso a los sacerdotes de entre los siglos I y X, les exigían “abstenerse de tener relaciones sexuales con sus esposas el día en que celebraran la eucaristía”. “Nada más contrario a lo que dice la propia Biblia”, manifiesta sobre lo anterior Mario Mullo, Presidente de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, y cita el libro del Génesis, “no es bueno que el hombre viva solo… y se juntará con su mujer y los dos serán una sola carne”.

ME VOY A CASAR Pero la vocación sacerdotal de Veremundo era genuina, “fue la etapa más bella de mi vida, no me arrepiento de mi vocación sacerdotal, yo estaba plenamente seguro de que quería ser sacerdote” dice. Se ordenó presbítero y por sus dotes intelectuales lo enviaron a estudiar a Salamanca, España, de donde regresó Doctor en Filología Clásica Grecolatina, también empapado de la Teología de la Liberación y comulgando con algunos principios de la Revolución cubana. Era 1968. Trabajó cerca de los pobres y con los campesinos.

En la Universidad de Zacatecas, donde daba clases, se identificaba con los maestros de izquierda, incluso su propio Obispo lo llegó a acusar de marxista. “Usted no es capaz de distinguir entre una motivación cristiana de la cruz y una atea. Que yo ande con ateos, no me importa, muchos de ellos son mejores que ustedes”, le contestó Veremundo. Pero eso no era todo lo que despertó en él su regreso a México. “Yo le pedía a Dios, con aquella frase de la Biblia que dice: que donde esté tu tesoro, ahí esté tu corazón.

¿Y donde estaba su corazón? “No, pues en la mujer”. Entonces, ya siendo párroco de Jerez y luego de diez años de ministerio, se dio cuenta que no podía seguir cargando esa cruz. Tomó una decisión: buscar una novia, dejar el sacerdocio y luego casarse. “Le presento mi renuncia como sacerdote, me voy a casar”, le dijo al Obispo; aquel prelado, al parecer, ya docto en resolver esos problemas, le contestó, “Si quieres, te muevo a un lugar mejor”, pero Veremundo no aceptó. Con los años, Rosario, quien se convertiría en su esposa, recuerda un caso parecido.

“Una vez un sacerdote que también dejó los ministerios nos contó que le dijo a ese mismo Obispo, ‘pero es que yo ya tengo hijos y mujer’ y le contestó el obispo: “no, pues ténlos, pero que no se vean, y acá te ayudamos para que los mantengas”. Parece la típica solución de la Iglesia para evitar escándalos, pero lo que en realidad fomentan Obispos como ése es algo por lo que luchan cientos de sacerdotes casados, “que se acepte que los sacerdotes pueden tener hijos y casarse”, “volver a las raíces de la Iglesia, cuando el celibato no era obligatorio, porque eso de obligatorio es mera disciplina, eso lo inventó la Iglesia”, reflexiona Mario Mullo.

Raúl Vera lo explica así: “A ellos (sacerdotes) por una disciplina de la Iglesia, se les impone el celibato, pero también es voluntario, Jesús dice muy claro en el evangelio de San Mateo, que la continencia debe ser voluntaria por el Reino de los Cielos”. Pero existieron además otros motivos económicos para esta prohibición. Vera cuenta que el clero a partir del siglo IV asumió una mentalidad de beneficio feudal: Obispos con tierras, clérigos con grado principesco, sacerdotes cuyo objetivo era tener una compensación económica. “Dentro de esa mentalidad, el tema de mantener una familia, por supuesto influyó para el celibato sacerdotal”, manifestó Raúl Vera.

EL RECHAZO Veremundo Carrillo sabía lo anterior, lo platica a su modo ya en su casa del municipio de Guadalupe, Zacatecas, donde nos presenta a su esposa, 20 años menor que él. Ella, de pelo negro y ondulado, cuenta la otra parte de la historia, que la marcó para siempre. Una historia parecida a las que Jean Meyer revela en su libro, cuando la Iglesia a partir de la Edad media persiguió, encarceló y condenó a los sacerdotes que estaban casados, que tenían hijos. A sus mujeres se les tachó de pecadoras, de incitadoras, casi demonios.

Veremundo conoció a su actual esposa en Jerez, ella era secretaria de la parroquia e impartía catecismo. Su relación, antes del matrimonio, nunca fue carnal, confiesan que jamás se besaron. Pero en 1981 ya estaban enamorados y tras separarse del ministerio sacerdotal, decidieron casarse. Entonces llegaron otros problemas. “En el pueblo perdí todas mis amistades. Un día cuando fui a comulgar me decían que si con esa boca me atrevía a comulgar. La que era mi mejor amiga me dijo que en su casa ya no podía entrar. Íbamos los dos con nuestras antiguas amistades, y nos cerraban las puertas”, cuenta Rosario. Lo mismo padecieron los padres de Flor de María Sandoval Vázquez: Eulalio y María. Él ejercía el sacerdocio como capellán de un convento donde su actual esposa fungía como Madre Superiora. Ahí, cura y monja se enamoraron.

“Pues mi mamá se salió del convento en el 81, más o menos, porque estaba embarazada y se fue a vivir a Torreón, mi papá sigue ejerciendo en Zacatecas, luego mi mamá se fue a San Luis y mi papá iba cada semana a visitarla”, cuenta la ahora doctora, sentada en el comedor de los Carrillo. Para ellos también hubo rechazo, cuenta Flor, “no tuvimos contacto con nuestra familia sanguínea, nos hicieron a un lado. Un tío de mi papá que era también sacerdote decía que nosotras éramos las hijas del pecado, y la gente, en la calle, a mi mamá la escupían” Entonces tanto los Carrillo, como los Sandoval conocieron una asociación de sacerdotes retirados del ministerio que fundó el extinto sacerdote casado Antonio Quintanar. Se llamaba “Presencia Nueva” y posteriormente se afilió a la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados.

Ahí encontraron acompañamiento. Sus hijos aprendieron a ver normal decir que sus padres eran sacerdotes. “Yo les decía en la escuela, mi papá es sacerdote, ¿y el tuyo no?”, platica Flor También desde esa trinchera han estado trabajando para dialogar con la Iglesia Católica y presentar argumentos por los cuales creen que el celibato sacerdotal es ya obsoleto, arcaico y que por ello debería ser opcional.

NO SOMOS UN CISMA A pesar de su semblante, que más parece de obispo bonachón que de padre de familia, a Veremundo en particular no le interesa volver al ministerio, dice que su lucha es para que otros aprovechen esa posibilidad, no para sí mismo. ¿Ha vuelto a oficiar alguna misa? “No, no”, dice apresuradamente. Desde que dio su última misa en un pueblito de la sierra zacatecana, cuando anunció que dejaba el ministerio, no ha vuelto a consagrar una hostia.

Ahora lo dice casi al borde del llanto. “Ese día no lloré, pero ahora como que me dan ganas, porque la gente me despidió con mucho cariño y eso no lo olvido”. Es Rosario quien toma la palabra: “estamos insertos en la Iglesia, hay quienes lo han hecho a escondidas, pero los de la asociación no, no queremos problemas con la Iglesia”. En ocasiones, cuenta Veremundo, ha impartido la extrema unción, sobre todo en casos extremos, como un accidente, ya que ahí no incurre en violación de su suspensión “A Divinis”, pues esos casos están previstos en el Derecho Canónico, incluso alguna vez llegó a confesar a alguien porque fue también un caso urgente.

Mario Mullo dice a ese respecto: “En ocasiones la eucaristía es válida en familia, en pequeños grupos, es en casos extremos cuando no haya sacerdote, en fin, son casos previstos en el Derecho Canónico, pero no se debe hacer públicamente, ni desafiando a las jerarquías, no pretendemos ser un cisma”.

SI SE PUEDE, PERO… “¿Entonces, la Iglesia, el Papa, sí puede suprimir esa ley del celibato en los sacerdotes?”, es la última pregunta que se le hace a Veremundo. “Claro que sí, porque si cuando no existía la creó, claro que puede deshacerla, tienen que estudiarlo, proponerlo y hacerlo, el Papa tiene esa autoridad”, contesta quien ahora sólo llaman Padre, sus dos hijos profesionistas, a los que nunca permitiría, dice, entrar al seminario. Armando Martínez confirma el dato. “El Papa por sí mismo tiene toda la facultad para hacer el cambio.

Se podría por una decisión papal. No se necesitaría congregar un concilio. “Seguramente si una cosa de estas se diera sería a partir quizá de una recomendación pastoral, de escuchar a sus obispos, de llamar a consejo a sus cardenales”. Raúl Vera coincide con él, pero ve imposible que luego del Concilio Vaticano II, un Papa decida volver a llamar a la Iglesia para reflexionar sobre un tema del que, dice, “no está a discusión”. El presidente de los abogados católicos también señala que está seguro que el tema del celibato opcional no está en la agenda de Benedicto XVI.

Jean Mayer citó una conversación de monseñor Samuel Ruiz con Juan Pablo II, donde le pedía al Papa permiso para ordenar en Chiapas a hombres casados, “el Papa le contestó textualmente, “Yo no puedo tomar esa decisión, pero no le doy el carpetazo al asunto, se lo dejo a mi sucesor”. Por su parte Mario Mullo se duele al reconocer la cerrazón de la actual Iglesia. “Yo tampoco puedo decir (que se va a abolir el celibato) mientras dure este papa o llegue otro Papa, pero vamos despertando conciencia y eso va a dar los cambios algún día. De eso estoy seguro”.

   
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