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Mt 9, 14-17
En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercaron a Jesús, preguntándole: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?” Jesús les dijo: “Es que pueden guardar luto los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?”

Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres; se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan”.

1. Jesús relaciona el ayuno con la muerte. Porque, a su juicio, “ayunar” es como “guardar luto”. Y es que, efectivamente, si ayunar es privarse de alimento, por eso mismo es privarse de lo que sustenta la vida. De ahí que el ayuno es símbolo de muerte. Pero sabemos que Jesús vino a traer vida, no muerte. Es decir, la religión de Jesús es religión de vida, de felicidad, de gozo y alegría por todo lo bueno que la vida nos ofrece.

2. Es un despropósito pensar que las privaciones, que sólo sirven para causarnos dolor, tristeza, sufrimiento, por eso mismo nos acercan a Dios. Quien tiene semejante creencia, lo que en realidad tiene en su cabeza es un “dios falso”, o sea un “ídolo”. Dios no quiere más privaciones que aquellas que son necesarias para que podamos dar felicidad, contagiar alegría, lograr que la mayor cantidad posible de gente disfrute de la vida. Lo que dice el texto: “Llegará un día en que se llevarán al novio y entonces ayunarán”, es una añadidura de la comunidad de Mateo que, por lo visto, seguía ayunando algunos días. Pero eso no tiene valor alguno para nosotros. Los cristianos no se deben sentir obligados nunca a ayunar.

3. Además, en este asunto no caben soluciones de compromiso, tomando algo de lo antiguo y mezclándolo con algo de lo nuevo. Jesús viene a decir que no debemos andar haciendo componendas entre la religión antigua del antiguo Israel y la religión nueva de Jesús. Hacer eso es lo peor que se puede hacer. Por desgracia, en el cristianismo actual y en las prácticas de la Iglesia abundan este tipo de componendas que nos impiden ver con claridad lo que quiso Jesús.

4 de Julio Domingo

Lc 10, 1-12. 17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”.

1. La explicación más razonable indica que el número de discípulos que, según este texto, envía Jesús se entiende a partir del simbolismo del número 7, tan importante en las antiguas culturas. En la Biblia, ese número designa “totalidad” (cf. Gen 10, 2-31; Zac 7, 5; Ex 1, 5; Deut 10, 22). Es una forma de decir que Jesús envía, no sólo a los Doce (Lc 9, 1) o a “otros” que viajaron también en misión (Lc 9, 52), sino que la misión es el encargo y el destino que reciben todos los discípulos de Jesús. Hay quienes piensan que la misión de enseñar el Evangelio es sólo responsabilidad de sacerdotes y clérigos. No. Es asunto de todos. Cada uno desde su trabajo, su casa y su forma de vida.

2. La vida que llevó Jesús, como profeta itinerante y nunca instalado, lo mismo que la vida de los discípulos que le siguieron, son datos que indican que se dio una continuidad entre Jesús y el círculo de discípulos que prosiguió la actividad carismática itinerante del propio Jesús. Hoy se puede afirmar esto con seguridad (M. Ebner, G. Theissen). Como es lógico, esta forma de vida nos viene a decir que el cristianismo primitivo nació como un fenómeno de “comportamiento social desviado” (W. Stegemann). Es decir, el cristianismo apareció en el mundo antiguo como un fenómeno que no se ajustaba a ningún modelo de religión o de ética tradicional.

3. El radicalismo del cristianismo primitivo no es imitable hoy al pie de la letra. Pero sí es decisivo lo que aquel radicalismo nos quiere decir ahora: ni el dinero, ni el poder, ni la instalación son los motores de la fe en Jesús. Ni, por tanto, si vamos por la vida equipados con semejantes motores, con eso nunca vamos a hacer presente a Jesús. Ni vamos a anunciar la cercanía del Reino de Dios. En este sentido, nuestro comportamiento tiene que seguir siendo “socialmente desviado”.

   
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