Utopía

Si partimos de que no existe una teología, ni muchísimo menos “la” teología, sino que existen muchas teologías, también podríamos desarrollar una teología desde la inmigración. Podríamos poner el caudal simbólico de la teología cristiana a mirar cara a cara el gravísimo conflicto mundial de las (in)migraciones. Y entonces, como ocurre siempre que queremos implicar la realidad de Dios con la suerte de las víctimas, los conceptos teológicos adquirirían otros lenguajes, otros ropajes, otras maneras…

En esta teología desde la inmigración, por ejemplo, si tú eres inmigrante, entenderías a Dios como lugar de acogida, al que perteneces porque has llegado, como casa-hogar, como abrazo que te reconoce desde lejos y, sin resistir esperar más, sale corriendo hacia ti (Lc 15.20). Jesús sería, fundamentalmente, el ser humano consecuente con su teología de la projimidad, que se resumiría en: amar a Dios consiste en hacerse prójimo de quienes están a tu lado, o al revés (Lc 10, 25-33).

La realidad de la salvación sería todo aquello que va realizando un mundo sin fronteras infranqueables, sin visados restringidos, sin “intereses” nacionales ni nacionalistas por encima de los intereses comunes en un mundo de todos. El pecado podría identificarse fácilmente (contratos indignos y sin seguridad social; colegios concertados que tienen ridículos porcentajes de niños y niñas inmigrantes; alquileres de pisos en mal estado a precios altísimos para que vivan hacinadas quién sabe cuántas personas inmigrantes; cambiarse de barrio porque en éste hay muchos inmigrantes; planes integrales autonómicos que no tienen en cuenta a los mismos inmigrantes; políticas sindicales que no tienen en cuenta su situación precaria laboral; regulaciones interesadas y engañosas de los gobiernos; por supuesto, las mafias de explotación sexual y de adopción ilegal…).

Los relatos de milagros serían los de los bebés que sobreviven al viaje en patera o las historias de las personas que logran hacerse un hueco en un país que no les quiere recibir y acaban siendo ciudadanos y ciudadanas felices… La eclesiología tendría que volverse a fundamentar en una comunidad de comunidades descentralizadas, desuniformizadas, partidarias del mestizaje y la multiculturalidad, más allá del falso ecumenismo, capaz de aprender de la experiencia de lo sagrado en todas las culturas y de la Buena Noticia en todas las religiones.

En fin, podríamos, así, desarrollar todo un complejo teológico que nos llevaría a consecuencias bien interesantes, creo yo. Pero ahora con la excusa del espacio reducido y, por considerar que es un buen punto de partida, solamente quiero entrar a analizar brevemente con esta perspectiva un relato evangélico, el de Jesús y la mujer sirofenicia.

Desde los derechos humanos, es decir, sólo por razones de moral elemental estamos obligados a afrontar y buscar soluciones para el drama de la inmigración, junto a esto, ¿encontramos alguna clave en este fragmento de evangelio? Esta cuestión delimita desde el principio mi aproximación al texto del evangelio de Marcos.

Marcos 7,24-31 no es exactamente el relato de un encuentro con una inmigrante, es Jesús el que se desplaza a Tiro, donde, curiosamente, quiere pasar desapercibido (7.24). Ella tiene, sí, una identidad étnica diferente a Él, no es judía, es griega y es extranjera, sirofenicia y, según exégesis recientes, con un nivel económico superior a la mayor parte de la población rural judía. Es decir, el contexto evangélico no se parece a la situación de una persona inmigrante que, junto a su extranjería, tiene una situación de absoluta precariedad económica e indefensión social, sin embargo, el relato puede ser relevante si atendemos a la situación en que la mujer se presenta a Jesús, por la enfermedad crítica de su hija, y lo que sucede entre ellos.

Si visualizáramos la situación corporal de Jesús y la mujer en tres viñetas, representaríamos en la primera a un varón, Jesús, de pie, mirando a una mujer agachada delante de Él; en la segunda, aunque el texto no da referencias, lo que más encaja con el desarrollo del relato es que la mujer esté levantada, de pie a la altura del varón y ambos conversando; y en la tercera, la mujer se marcha, por el contexto sabemos que precipitada y contenta, y el varón probablemente se queda mirándola marchar, visualmente es ahora la figura de la mujer la que cobra protagonismo y aparece más realzada.

En la primera viñeta ella se echa a los pies de Jesús y se pone a suplicarle (7.25-26), y el inicio de la conversación por parte de Jesús es enigmáticamente un rechazo, no encontramos algo así en ningún otro relato evangélico. Ella, además de no judía y extranjera, se presenta como una mujer sola, sin marido, que tiene una hija con un espíritu impuro, el narrador justifica la actitud corporal de la mujer en la primera viñeta por esta cuádruple presunta situación de inferioridad. La primera reacción de Jesús está empañada por su mentalidad de judío xenófobo y sexista, como era de esperar en aquel contexto. Ella se ha humillado delante de Él, Él encuentra esto normal, los roles de género dictaban que ninguna mujer podía acercarse a un hombre que no perteneciera a su grupo étnico. Por otra parte, Jesús utiliza el término despectivo que empleaban los judíos al referirse a los paganos, dice que primero se tienen que saciar los hijos, pues no está bien echar el pan de los hijos a los “perros” (7.27). Ella le responde con su mismo lenguaje, entra en su mentalidad para, desde ella, hacerle ver el hecho incontestable de que quienes tienen igual dignidad (comer el mismo pan) se encuentran sometidos a condiciones de subordinación (migajas, debajo de la mesa) (7.28). Es como si a Jesús, de repente, aquellas palabras le hubieran hecho cambiar absolutamente de chip, entonces Él se da cuenta de la inferioridad que se les supone a los no judíos.

La curación se produce por el diálogo de igual a igual, que ella hábilmente consigue y, sin duda, Jesús posibilita. Se trata de una curación doble, Jesús es el primer curado, aunque el texto no lo menciona, y la hija, ésta sí es curación expresa, de quien ha salido el espíritu impuro, el de la humillación y el miedo, tal vez. La niña está libre del espíritu impuro y Jesús ha superado sus prejuicios xenófobos y ha entendido que no tiene por qué esconderse en territorios extranjeros (esta narración se inscribe en el proyecto literario y teológico de Marcos respecto al ministerio de Jesús entre los no judíos). Como en otros relatos de curaciones, Jesús no se atribuye a sí mismo la curación, sino a la fe, o, en este caso muy claramente, a la voluntad de quienes buscan la curación (7.29). Ella vuelve a casa y encuentra a su hija curada, Él nos sabemos cómo se queda, pero esta perspectiva hace pensar que algo ha cambiado en Él. Ella ha vencido, le ha convencido.

Hace poco, en una manifestación convocada por los mismos inmigrantes, muchos de ellos africanos, que daban un toque rítmico y festivo estupendo del que los europeos carecemos, estuvimos coreando y medio bailando con ellos y entre varias pancartas en árabe, inglés, francés y castellano, uno de ellos llevaba una que decía: “Soy un ser humano, ¿y tú?”, supongo que esto es tan incontestable como lo que la mujer del relato le dijo a Jesús. No tenemos razones extras, como cristianos, para luchar efectivamente por las condiciones justas y dignas de los inmigrantes en nuestro país o en otros, son razones tan básicas, tan incontestables que casi da vergüenza tener que ponerse a reflexionar sobre ellas. Pero el sistema se encarga de ocultar interesadamente y de construir ideologías xenófobas (como los falsos mitos sobre la inmigración) que acaban empañando nuestra mirada, por eso lo que hay que hacer es entrar en el tú a tú con ellos y dejarse vencer, convencer por lo que es, por otra parte, una evidencia.

   
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