Atrio

El día de la Asunción, patrona de la capital de Paraguay, se celebra el segundo aniversario de la toma de posesión de Fernando Lugo como presidente de la República de Paraguay en el marco del IV Foro Social de las Américas, que tiene lugar en Asunción. Ayer tuve el privilegio de saludar y de escuchar a Lugo, recién llegado de Brasil, donde ha sido sometido a una sesión de quimioterapia.

Se dirigió a los participantes en el Foro con un discurso lleno de esperanza, en el que subrayó las transformaciones profundas que se está produciendo en América Latina. Fue acogido con una larga ovación. Lo encontré lleno de vitalidad y energía y decidido a seguir liderando los cambios que se están produciendo en Paraguay bajo su presidencia.

Con esta significativa efemérides de fondo, voy a ofrecer unas reflexiones sobre la relación entre cristianismo y poder en América Latina y sobre la significación del acceso de Fernando Lugo a la máxima autoridad del país guaraní. En sucesivos artículos haré un análisis del Foro en el que he participado activamente.

Bartolomé de Las Casas y las reducciones jesuíticas en Paraguay
La actividad política de los obispos, teólogos, sacerdotes y religiosos es una constante en América Latina desde los inicios de la conquista hasta nuestros días. Y no sólo ni siempre del lado de conquistadores y colonizadores, sino, con más frecuencia de lo que se conoce, del lado de los sectores marginados.

Casos emblemáticos del compromiso liberador durante la conquista fueron: el obispo y teólogo Bartolomé de Las Casas, que criticó la modernidad incipiente, defendió de manera incansable los derechos de los indios, pisoteados por los conquistadores, e influyó decisivamente en la elaboración de las Leyes de Indias de 1542; el sacerdote dominico Antonio Montesinos, que en un famoso sermón de adviento de 1511 denunció a los encomenderos acusándoles de estar en pecado mortal; el obispo Vasco de Quiroga, que condenó la guerra de conquista y la esclavización de los indios, y llevó a cabo una loable experiencia de educación de indígenas que tenía su base en el mestizaje.

Paradigmática fue la experiencia de las Reducciones de los jesuitas en Paraguay, una de las pocas utopías que no se quedó en el terreno de las ideas o de los ideales, sino que se hizo realidad en la historia, desmintiendo así el supuesto carácter irrealizable de las utopías. Y fueron precisamente religiosos quienes activaron aquella experiencia política y económica comunitaria en régimen de igualdad, no exenta de autoritarismo y uniformidad.

Clérigos en la lucha por la independencia de Amerindia
Numerosos fueron los clérigos que, a principios del siglo XIX, tradujeron políticamente los ideales evangélicos de libertad y justicia y lideraron las luchas por la independencia en los diferentes países latinoamericanos. Fue la fe cristiana la que les impulsó a luchar contra la tiranía española. Dos clérigos destacan entre muchos: Miguel Hidalgo, iniciador de la lucha por la independencia de México, que llegó a ser capitán general del ejército insurgente y es considerado el padre de la patria mexicana, y José María Madero, colaborador suyo y brillante caudillo militar. La liberación de la tiranía justificaba el uso de la violencia. Al fin y al cabo, era la tesis de la teología moral del Medioevo.

Clérigos y teólogos en los movimientos revolucionarios
Un nuevo impulso al compromiso político de los teólogos, sacerdotes y obispos proviene del cristianismo liberador latinoamericano en la década de los sesenta del siglo pasado. Fue entonces cuando muchos clérigos se incorporaron a los movimientos de liberación junto con otros militantes revolucionarios como el Che Guevara.

El ejemplo más emblemático es sin duda el del sacerdote colombiano Camilo Torres, capellán universitario y brillante sociólogo formado en la Universidad católica de Lovaina. Renunció al ejercicio del sacerdocio y a la celebración de la eucaristía, y se alistó en el movimiento guerrillero del ELN, cayendo pronto bajo el impacto de las balas del ejército colombiano. En los años siguientes fueron numerosos los sacerdotes que siguieron su ejemplo demostrando así una generosidad extrema hasta dar su vida por defender la vida de los pobres y la compatibilidad entre fe cristiana y revolución.

Durante la década de los ochenta se produjo un nuevo fenómeno: la participación de teólogos, religiosos y religiosas en responsabilidades políticas dentro de gobiernos revolucionarios formados en diversos países latinoamericanos tras el derrocamiento de las respectivas dictaduras. Fue el caso de tres sacerdotes que participaron en el gobierno del Frente Sandinista de Nicaragua tras la liberación de la dictadura somocista: Miguel de Escoto, miembro de la Congregación Religiosa Maryknoll, como ministro de Asuntos Exteriores; Ernesto Cardenal, poeta y monje trapense que fundó la comunidad de Solentiname, como ministro de Cultura; Fernando Cardenal, jesuita y hermano del anterior, como ministro de Educación.

Los hermanos Cardenal tuvieron problemas con el Vaticano para compaginar su actividad política con el sacerdocio. No así de Escoto, que contó con el apoyo de su Congregación. En su viaje a Nicaragua en 1983 el papa Juan Pablo II afeó la conducta del humilde Ernesto Cardenal, postrado de hinojos, con un ostensible gesto de desaprobación en presencia del gobierno sandinista, que fue retransmitido al mundo entero por televisión. ¡Fue uno de los actos de humillación más inmisericordes!

Pero Ernesto Cardenal, fiel a su conciencia y al compromiso político asumido con su pueblo continuó al frente del ministerio de Cultura trabajando por la educación popular. Más difícil lo tuvo su hermano Fernando, a quien los responsables de la Compañía de Jesús la comunicaron que no podía seguir siendo jesuita y ministro. Al final se vio obligado a abandonar la Compañía para seguir siendo ministro, no sin antes responder al Vaticano, de quien venía la amonestación: “Es posible que me equivoque manteniendo mi doble función de jesuita y de ministro, pero déjenme equivocar a favor de los pobres, porque durante muchos siglos la Iglesia se ha equivocado a favor de los ricos”.

En la década de los noventa destacó por su actividad política el salesiano haitiano Jean Bertrand d’Aristide, quien, en sintonía con la teología de la liberación, ejerció su ministerio sacerdotal en una parroquia pobre de Puerto Príncipe y participó activamente en el derrocamiento de la dictadura de Duvalier. En diciembre de 1990 fue elegido presidente de Haití con el 67% de los votos colocando entre sus prioridades la erradicación de la pobreza y la dignificación de los sectores populares con las que estaba comprometido desde su época de sacerdote.

Fue derrocado por un golpe militar y posteriormente rehabilitado. Sin embargo, pronto renunció a su estilo de vida austero y a las opciones liberadoras del comienzo, y se decantó por el enriquecimiento personal y la ubicación entre los sectores pudientes de la sociedad. Lo que contrasta con la extrema pobreza en que vive Haití, el país más empobrecido de América Latina.

Papel fundamental en la transformación de la realidad social latinoamericana ha jugado el dominico brasileño Fray Betto. En 1985 publicó un libro de conversaciones con Fidel Castro en el que el dirigente cubano defendía el carácter revolucionario del evangelio y la coherencia de los cristianos que luchaban por el socialismo. Participó en primera línea junto con Lula, Leonardo Boff y otros dirigentes políticos, religiosos y sindicales en la creación del Movimiento sin Tierra y apoyó la candidatura de Lula a la presidencia de la república del Brasil. Como asesor de Lula durante la primera etapa de su presidencia, puso en marcha y gestionó el programa “Hambre Cero”, que logró reducir considerablemente la pobreza en Brasil.

Fernando Lugo, de obispo a presidente
Luego ha sido Fernando Lugo, ex obispo de San Pedro, una de las regiones más pobres de Paraguay, quien accedió a la presidencia de la República guaraní tras el triunfo electoral en abril de 2008. Hasta llegar aquí, su trayectoria estuvo marcada por la inserción en el mundo de la exclusión, teniendo como guía religiosa la teología de la liberación, como referente social las Ligas Agrarias Cristianas de su país, como horizonte ético la opción por los pobres y como vía de conocimiento de la realidad las ciencias sociales.

Un importante aval fue su larga experiencia en el compromiso con los movimientos sociales, primero como maestro de escuela en un lugar marginal de su país, luego como misionero en una de las zonas más depauperadas de Ecuador, después como estudiante de sociología en Roma, luego como obispo que mostró su apoyo a las luchas de los campesinos sin tierra en una época de fuertes conflictos, y como responsable de las comunidades eclesiales de base.

Renunció al episcopado para dedicarse a la política, y el Vaticano le suspendió a divinis. Poco después le levantó la suspensión y, en un gesto sin precedentes tratándose de un obispo, aceptó su reducción al estado laical. Como candidato a la presidencia al frente de la Alianza Patriótica para el Cambio logró derrotar al Partido Colorado, que llevaba más de sesenta años en el poder. Tras su triunfo resumía así su programa de gobierno: “A partir de hoy, mi gran catedral será todo mi país. Hasta ahora estuve en una catedral enseñando, compartiendo, sufriendo, construyendo. Hoy me pongo a disposición de todos los ciudadanos de Paraguay para construir desde la política esa nación que nos merecemos todos los paraguayos, una nación más justa y fraterna, reconciliada, donde la justicia no sólo sea un objeto de lujo para algunas personas, sino para todos y todas por igual”.

Para ello tuvo que caer en una herejía, como él mismo confesaba citando el título de un libro que recoge la experiencia de las Ligas Agrarias Campesinas de Paraguay, acusadas de comunistas por el dictador Alfredo Stroessner, apresadas, y asesinadas: La herejía de seguir a Jesús. ¿Y el poder? ¿No es incompatible con el seguimiento de Jesús? Parece que sí. Al menos eso es lo que se desprende del mensaje evangélico: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera ser grande entre vosotros sea vuestros, será vuestro servidor” (Mc 10,42-43).

Fernando Lugo reconoce que muchas veces los políticos usurpan el poder o se aferran compulsivamente a él y cree que el poder es un proceso de creación y, bajo la inspiración del método de la teología de la liberación, él ha optado por construir desde abajo, a partir de la realidad sangrante, desafiante de miseria, pobreza y exclusión en que viven los pueblos de América Latina. “El poder -afirma- se construye desde la gente sencilla que se une para defender sus reivindicaciones y también en sus grandes proyectos e ideales sociopolíticos.

La religión, ¿opio o liberación?
Tras la descripción de algunas de las experiencias de ejercicio liberador del poder en América latina, no faltará gente que piense que la religión sigue siendo opio del pueblo, como escribiera Marx cuando tenía 25 años en su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, haciéndose eco de una opinión muy generalizada en su época. Y quizás no les falte razón a quienes así piensan. Los hechos son tozudos al respecto.

Pero en ese mismo texto Marx dice también que “la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación carente de espíritu”. Y las experiencias que he contado muy someramente parecen confirmarlo. Creo que Fernando Lugo está contribuyendo de manera muy positiva al cambio de paradigma en el cristianismo: de la religión como opio del pueblo a la religión como corazón de un mundo sin corazón; de la religión como instrumento de opresión a la religión como fuerza de liberación. ¡Suerte, presidente Lugo!

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant Lo Blanch, Valencia, 2010, 2ª ed.).

   
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