¿Cómo no iba el arzobispo y cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, a pregonar -en el sermón de la festividad de la Inmaculada Concepción- que “la ley de Dios” debe volver “a ser un elemento y un órgano decisivo en el comportamiento no sólo personal y privado, sino en el comportamiento, en la acción y en las actividades públicas que afectan a todos?” La obsesión por la teocracia, más o menos maquillada, no la tiene sólo Rouco Varela. Viene de muy lejos y, para los católicos críticos, contradice las palabras y los hechos de Jesús de Nazaret.
Una tarea de la Convención Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, que se ha celebrado en Durban, Suráfrica, era extender las decisiones políticas previas, limitadas en alcance y sólo parcialmente aplicadas.
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En América Latina se viene ejecutando una segunda fase del criminal modelo neoliberal que tantos perjuicios económicos, sociales y políticos generó a la región durante el último cuarto de siglo, mediante la puesta en marcha de lo que el presidente conservador colombiano Juan Manuel Santos ha dado en llamar la “locomotora minera” para significar unas supuestas “ventajas y oportunidades económicas”.



