Miradas cristianas

No hay errata en el título. Quiere aludir a una dictadura duplicada, donde los dictadores pueden cambiar según las elecciones, y el dictador no es una persona sino un partido; pero sigue la dictadura. Algo de esto evocaban los indignados del 15M que celebra este mes su aniversario. Y algo de eso repite la revista canadiense Rélations que titula su número de mayo: “Notre démocratie: fiction ou réalité?”.

Democracia significa que el pueblo es soberano y decide él. Pero ¿quién decide en nuestro sistema? La respuesta catequética sería: “el pueblo a través de sus representantes”. Correcto, pero sigamos preguntando: nuestros parlamentarios ¿representan al pueblo o a su partido? ¿No funcionan los partidos como pequeñas dictaduras donde “el que se mueva no sale en la foto”?. Por tanto, quien manda es el partido, no el pueblo, y la democracia ha degenerado en partitocracia. Los partidos (necesarios y antaño deseados) han asumido un papel que no les corresponde: suplantan la autoridad del pueblo en lugar de simplemente representarla. Y eso prescindiendo de quién asigna el sueldo a los políticos: ¿el pueblo que es su patrón, o el contubernio partidario?.

Hace poco escribía Ignacio Sotelo que “la fragilidad de nuestro sistema democrático radica, en última instancia, en la fragilidad de la democracia interna de los partidos”. Carme Chacón reclamaba más democracia en los partidos como bandera de su aspiración a la secretaría del PSOE. Nada que objetar, mucho que aplaudir. Pero ¿significa eso que, caso de llegar una día al cargo, nuestra ex-ministra liberará a sus parlamentarios de la disciplina de partido? ¿Que en cada votación los parlamentarios votarán lo que les dicte su razón y su conciencia, y no lo que imponga el partido? ¿Aunque eso suponga perder alguna votación y hacer las cosas más lentas y más trabajosas?

Ya sé que, del otro modo, todo resulta más fácil y ganamos en eficiencia. Pero (como pasa también en economía) lo que ganamos en eficacia lo perdemos en democracia: pues convertimos al Parlamento (lugar de discusión y argumentación) en “parla-miento”: lugar donde la palabra se hace mentira, porque los discursos y argumentos no buscan convencer a nadie, ni hacer que afloren la razón y la justicia, sino sólo engañarse a sí mismos (que al pueblo ya no le engañan).

Por eso muchos políticos se preguntarán si vale la pena perder tiempo en ese autoengaño y si no es mejor acudir al Parlamento sólo en el momento de la votación y aprovechar el tiempo de los discursos para trabajar, o hacer sudokus. Porque la única utilidad que queda a los discursos parlamentarios es hacer bazas electorales para las próximas elecciones: lo que lleva a maltratar sistemáticamente al otro, en lugar de responderle e intentar convencerle. Y lleva al mercadeo vergonzoso de que, cuando se necesitan votos, en lugar de captarlos con argumentos se los compra con concesiones (PNV en la pasada legislatura, o la abstención de CiU ante la primera reforma de este gobierno). Razón tenía el 15M cuando comenzó reclamando “democracia real”.

¿Soberanía popular? Aludí en marzo a un honorable Presidente que, antes de llegar al poder, se pasó meses pidiendo más soberanía y derecho a decidir para su pueblo. Llegado a la presidencia se encontró con decisiones que afectaban muy seriamente a su pueblo. Era hora de poner en juego la soberanía y el derecho del pueblo a decidir, por parte de alguien tan afecto a consultas populares. Pero no fue así: tomó las decisiones él solito contra viento y marea y, de paso, comenzó a privatizar la salud. ¿Quería la soberanía de su pueblo, o ésta era una excusa para su propia soberanía?

¿Más ejemplos? Ahí tienen un partido que, tras hacer una oposición desleal y demoledora, en cuanto llega al poder reclama de los vencidos una oposición “leal y responsable”. “Por el bien de España” dicen; pero da la sensación de que se refieren al bien de su partido. Si buscaran el bien de España ya podrían haberse comportado así cuando estaban en la oposición.

No quiero fustigar a nadie pero sí poner las cosas ante nuestros ojos. Sé que todo lo descrito ¡es lo más natural! Pero, según el maestro Hegel, lo natural no coincide con lo humano: “lo humano es que el hombre deje de ser natural”. La democracia no es algo natural sino algo humano. Imposible que haya verdadera democracia si no hay auténticos demócratas.

¿Qué nos exigiría hoy una democracia real?. Una ley electoral menos bipartidista, listas abiertas en las elecciones, fin de la disciplina de partido, sueldo de los políticos no asignado por ellos y control popular del gasto público. Permítaseme en este contexto alabar la nueva “ley de transparencia” por tibia que sea: es curioso que medidas “de izquierdas” (como los impuestos a los más ricos y esa ley) las haya tomado un gobierno de derechas. Ello pone de relieve hasta qué punto el “izquierdismo simbólico” y el “socialismo asistencial” de Zapatero se quedaban cortos.

   
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