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El papa Francisco ha generado una gran expectación por sus gestos de sencillez, sobriedad y cercanía con la gente, especialmente con los pobres y excluidos. Estos gestos simbólicos han estado acompañados de una palabra donde se comienza a reflejar su teología de la predicación. Y aunque lo que suele convencer a las personas no son las prédicas, sino las prácticas, no hay que olvidar que la predicación ocupa un lugar primario en la vida de la Iglesia. Su misión evangelizadora implica proclamación y encarnación de la palabra.

De entrada, podemos decir que los gestos y palabras del papa Francisco evocan en cierto modo las tres recomendaciones que en su época hizo Medellín en el documento de la juventud. Primero, “que se presente cada vez más nítido el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres”. Segundo, “que la predicación, los escritos pastorales y, en general, el lenguaje de la Iglesia sean simples y actuales, teniendo en cuenta la vida real de los hombres y mujeres de nuestro tiempo”. Y, finalmente, “que se viva en la Iglesia, en todos los niveles, un sentido de la autoridad con carácter de servicio, exento de autoritarismo”. Ahora bien, ¿cuáles son los primeros aspectos de sus discursos y homilías que más llaman la atención en el espíritu de esas recomendaciones? Enunciemos y expliquemos algunos.

Obispo y pueblo juntos. Sus primeras palabras, luego de ser elegido papa en la quinta votación del cónclave, fueron de agradecimiento, oración y compromiso. Fue breve y cordial. Algunas de sus expresiones más recordadas de ese momento son las siguientes: “Hermanos y hermanas (…) como sabéis, el deber de un cónclave es dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo (…) Os agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene su obispo: gracias. Antes de todo, quisiera rezar por nuestro obispo emérito, Benedicto XVI. Recemos todos por él. Y ahora comencemos este camino: obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad todas las iglesias. Un camino de hermandad, de amor, de confianza entre nosotros (…) Y ahora quisiera dar la bendición, pero antes os pido un favor: antes que el obispo bendiga al pueblo, os pido que pidáis al Señor para que me bendiga. La plegaria del pueblo pidiendo la bendición para su obispo”.

De estas primeras palabras, se han destacado tres puntos por su gran significado simbólico: su voluntad de presidir en la caridad (al estilo del Buen Pastor y no del funcionario jerarca), el interés por el pueblo de Dios (el papa Francisco le pide que rece por él y lo bendiga) y una ruptura de los protocolos para estar más cerca y mejor comunicado con la gente (deja la retórica oficialista y habla como pastor).

Saber escuchar a Dios para responderle con prontitud, responsabilidad y disponibilidad. En la misa de comienzo de su ministerio petrino, en la solemnidad de san José, habló sobre la misión que Dios confía al esposo de María. La definió como la de ser custodio (cuidador) no solo de María y Jesús, sino también, por extensión, de la Iglesia. Según el papa, José vive su vocación “con atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio”. Y a renglón seguido, señala que la vocación de custodiar no solo atañe a los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana: “Es custodiar toda la creación (…) es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”.

Al hablar del inicio de su ministerio como nuevo obispo de Roma, en el contexto de la fiesta de san José, recuerda la naturaleza del poder que se recibe. Sus palabras son claramente contraculturales: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios (…) especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al enfermo, al encarcelado. Solo el que sirve con amor sabe custodiar”.

Pastores con “olor a oveja”. Durante su primera misa crismal, el papa Francisco enfatizó que al buen sacerdote se le reconoce por cómo anda ungido su pueblo. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría, expresó, se le nota. Y a modo de ejemplo citó: “Cuando salen de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el Evangelio predicado con unción, agradece cuando el Evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límite (…) Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y esperanzas”.

Desde la originalidad del sacerdocio cristiano (hacer de la propia vida un culto agradable a Dios, un ser para otros), exhortó a todos los que ejercen el sacerdocio ministerial: “La unción que reciben es para ungir al pueblo de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos”. También llamó la atención señalando que el que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. En seguida explicó la diferencia: “El intermediario y el gestor ‘ya tienen su paga’, y puesto que no ponen en juego la propia piel y el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con ‘olor a oveja’, pastores en medio de su rebaño, y pescadores de hombres”.

Los gestos y palabras del papa Francisco han comenzado a sonar como Buena Noticia para los pobres y excluidos del mundo. Eso nos pone en el camino abierto por Jesús de Nazaret. De allí el calificativo esperanzador para esos gestos y palabras. Pero, como era de esperar, también ya se han iniciado las primeras críticas. Los sectores más conservadores de la Iglesia han mostrado, por ejemplo, inconformidad porque el papa rompió la tradición al realizar el lavado de pies del Jueves Santo fuera de los muros vaticanos, en la prisión de menores “Casal del mármol” en Roma, incluyendo a dos musulmanes y a dos mujeres no católicas. La inclusión, el pluralismo y el respeto a la diferencia siguen siendo intolerables para una buena parte de la Iglesia.

   
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