images4Un fantasma recorre la globalización neoliberal: partidos autoritarios de ultraderecha van ganando elecciones en diversos países. Prescindiendo, en este editorial, de las causas políticas de la situación y la autocrítica que tendrán que hacer los partidos que hasta ahora han sido hegemónicos, nos detendremos en los factores económicos que pueden estar en el origen de este fenómeno.

La lógica del sistema en que vivimos es la acumulación del máximo beneficio, beneficio que se va concentrando en una minoría cada vez más minoritaria. “El único motivo que determina al poseedor de un capital a utilizarlo en uno u otro ramo productivo o no productivo es la consideración de su propio beneficio… Así pues, la tasa de beneficio no sube con el bienestar de la sociedad. Por el contrario, esta tasa es baja en los países ricos y alta en los países pobres. El interés del capitalista es siempre distinto al interés del público y con frecuencia abiertamente opuesto a él” (A. Smith, “La riqueza de las naciones”). Si no hay intervención institucional que lo corrija, está en la lógica del sistema el progresivo empobrecimiento de clases sociales y pueblos, el crecimiento de la desigualdad. Y para eso vale todo, incluso echar mano de la ultraderecha conservadora.

No es de extrañar, en este contexto, que crezcan en paralelo el malestar social y los movimientos de protesta. El enfado y la indignación de los “chalecos amarillos” en Francia es sintomático. En los sectores más conscientes de las clases populares se reafirma la convicción de que la dignidad de la vida de las mayorías, las pensiones, la sanidad, la educación y la vivienda, la lucha contra el cambio climático… no tienen solución si no se establecen otras reglas de juego, otras condiciones laborales, un aumento significativo de los recursos públicos.

Los poderes fácticos, conscientes de este malestar y de los movimientos de fondo en la opinión pública, tienen dos opciones: rebajar su tasa de beneficio, que comportaría el reconocimiento de los derechos sociales de las mayorías, o seguir manteniendo la lógica depredadora social y ambiental del sistema. Es claro que han optado por esta segunda opción. Y para ello se recurre a soluciones que aumentan más la desigualdad, promocionando para ello partidos políticos de corte totalitario, con retórica nacionalista y religiosa, que salen al paso de los movimientos de indignación. La invitación a Jair Bolsonaro, cuyo lema es “Dios y Brasil por encima de todo”, para inaugurar el Foro de Davos de este año, muestra sus preferencias. Las portadas de sus medios de referencia –“Financial Times”, ”Actualidad Económica”- le han presentado como “la antorcha de la libertad que ilumina Brasil” y los mercados reaccionan eufóricos.

A pesar de su retórica nacionalista y antielitista en los períodos electorales, las medidas que estos partidos toman cuando llegan al gobierno profundizan la desigualdad: reducción de impuestos y rechazo de políticas redistributivas. En los acuerdos de investidura de Andalucía han pactado una bajada de impuestos a las personas más ricas, apoyando la privatización en detrimento de lo público. Vox plantea “eliminar las subvenciones públicas y reservar el rol del gobierno al apoyo a los empresarios, reduciendo normas y tasas…tipo máximo del 30% en IRPF, reducir al 15% el de sociedades, supresión del impuesto de patrimonio, sucesiones y plusvalías”.

Cuando se toman decisiones de este tipo, cuando desde el poder se promociona la inseguridad social, necesitan consolidar los mecanismos de un Estado autoritario, con la implementación de políticas de “seguridad pública”, para prevenir y desactivar los movimientos de protesta. Los medios de comunicación –también en sus manos– colaboran difundiendo la demanda de sociedades policialmente más seguras, como única alternativa ante la precariedad laboral y vital que crea inseguridad y miedo al futuro.

El fascismo de la primera mitad del siglo XX difundió la idea de que no había recursos para todos, que no era posible responder a los problemas de forma solidaria, por lo que era “lógico” que el grupo social “superior” pasase por encima del resto. Se organizó como movimiento de masas nacionalista, contra los movimientos obreros y los extranjeros. Tuvo un fuerte carácter autoritario. Se expresó a través de valores reaccionarios, la práctica de la violencia y la identificación entre política y espectáculo. Fomentó una fuerte componente emocional, con elementos mesiánicos.

En el inicio del siglo XXI esta idea ha vuelto con fuerza. La globalización neoliberal está llevándose a cabo a costa de precariedad laboral y vital, la desigualdad creciente y programada, lo que origina malestar, inseguridad y miedo al otro, al futuro. Y el electorado sin empleo estable, sin perspectivas, que se siente impotente, se entrega al autoritario que le apunta un camino fácil. “El fascismo -dice Toni Negri- es la cara feroz, la cara destructiva del dominio capitalista”. Tiene pues su lógica… la lógica producida y difundida por el sistema.

   
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