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Oscar Romero1En estos días se cumple el 40 aniversario del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador. Pagó por los pecados que no cometió pero que el poder le achacó. A no ser que lo sea el poner el dedo sobre las raíces de los males que aquejan a los pobres del planeta y denunciar las injusticias de quienes la sufren.

Estaba consagrando, con el caliz elevado, cuando una siniestra bala le asestó la muerte. Su sangre y la de Cristo se fundieron en ese instante de la caída, como queriendo significar la complicidad de ambos en un proyecto de amor y lucha por los más débiles del mundo. Ni siquiera por ello el Vaticano promovió, entonces, a la santidad a este revolucionario del amor, amante de la verdad y disidente del poder. Pero poco importa, ya que el pueblo latinoamericano lo elevó de inmediato a los altares de sus creencias, sus esperanzas y sus luchas, llamándole: “San Romero de América”. El mismo lo preconizó: “Si me matan resucitare en el pueblo salvadoreño”. Y en otros muchos más, podríamos añadir.

No se acaban de enterar, ni los que apretaron el gatillo ni los que siempre ordenan hacerlo, que la resurrección está por encima de la muerte. Y que Latinoamérica es el continente de la muerte con esperanza, porque cada vez que se produce un martirio, emerge con más fuerza y contundencia la verdad, la dignidad y la vida. Como así lo demuestran Berta Cáceres, Ellacuría, Rutilio Grande, Espinar y tantas y tantos otros mártires por la vida.
Después de 40 años, el papa Francisco, identificado totalmente con la vida, causas y luchas de Romero, ha querido hacer justicia y elevarlo “oficialmente” a los altares del reconocimiento a la cristianísima obra de Romero de América. Ejemplo, en estos momentos, para tantos obispos y sacerdotes, que se llaman cristianos.

Los profetas, alejados del poder, siempre estuvieron cercanos al pueblo obedeciendo su clamor y persiguiendo su bien. Los fariseos, en cambio, se aferran a las leyes y al poder para conseguir los fines propios, como la historia así lo demuestra. Hoy, los poderosos medios de comunicación maquillan y enarbolan, con mayor intensidad que nunca, las egoístas e hipócritas voces de estos que las clarividentes y generosas palabras de los otros.
El obedecer a la ley de su noble conciencia antes que, a los perversos dictados del mal poder, le significó la muerte a este gran profeta de la Vida.

San Romero continúa vivo entre nosotros, su testimonio está más presente que nunca y no ha perdido vigencia para todas aquellas personas que escuchan sus palabras y siguen comprometidas en que este mundo sea más habitable para todos.
Nunca lo domaron en el circo de los elogios, la ostentación y el poder. Eligió, sin embargo, el dificultoso camino de luchar por las causas perdidas alcanzando, gracias a ello, representar la esperanza de un pueblo desesperanzado.

El sabía perfectamente que, en un mundo tan injusto, luchar por conseguir la felicidad de todos, sin riesgo alguno, no es posible. Pero cuando se ama no se tiene miedo. Y sobre todo porque, cuando se llega a la plenitud del amor, cualquier sacrificio o abnegación realizado por el bienestar de los demás, se convierte en un privilegio. Es precisamente ahí, cuando se comienza a construir la esperanza contra toda desesperanza.

Oscar Romero no desespera en la lucha diaria contra esa especie de horda monstruosa que es el capitalismo neoliberal, contra el mercado omnímodo, contra el consumismo desenfrenado, la mentira o el poder avasallador. El encuentra su fuerza en Dios, pero no un Dios que se busca mirando hacia arriba, sino a los lados, donde está la gente que sufre, porque es verdaderamente ahí donde se encuentra a Dios.

Existen dos fuerzas infinitas en el Universo, la perversidad de los poderosos y el amor de esas personas que demuestran su grandeza en la forma como tratan a los “pequeños”. ¿Quién triunfará? Indudablemente el amor, que es la única arma capaz de llevar la paz y la justicia a todos. Y así nos lo demostró Romero de América, cuando sus prioridades, por encima de intereses propios o partidistas, se convirtieron en amamantar sueños ajenos.
Las personas valen las causas por las cuales están dispuestas a luchar o incluso morir. Y es precisamente ahí, en esas causas, donde podremos descubrir las grandezas o las miserias de las personas. Todo lo demás, son bellos y orquestados cantos de sirenas que tanto intentan embaucar. Sin embargo, nadie puede dudar de la magnificencia, ni de la generosa vida de San Romero de América que la entregó, precisamente, por la Vida.

   
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