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Evaristo Villar1En varias ocasiones, desde el Grupo de Editoriales de Redes, hemos intentado decir nuestra pequeña palabra sobre el conflicto catalán, con el objetivo de contribuir a entender lo que está pasando, asomarnos a sus causas próximas y lejanas, situarlo en el contexto europeo, desmitificar discursos ideológicos, tópicos y falsedades, explorar, desde nuestros criterios, vías de canalización del problema… ¡pero no ha sido posible! El fruto no estaba suficientemente maduro para este intento.
Puesto que el fenómeno continúa ¡y es serio! Lo hemos intentamos de nuevo. Porque muchas personas de nuestro entorno ya se están cansando del tema catalán… ¡Y tenemos que decir que otra vez hemos fracasado en el intento! No está el “fruto maduro” para una “expresión común” de las diferentes sensibilidades que, sobre este tema, existen en Redes.

A nosotros, Pedro Serrano y Evaristo Villar, nada nos escandaliza este nuevo, porque sabemos por experiencia que se trata de un asunto realmente complejo, y que las personas de Redes, por el hecho de vivir en el mismo mundo que el resto de la ciudadanía, estamos afectadas por los mismos fenómenos sociopolíticos y culturales y somos, en gran medida, fruto de los lugares y circunstancias en los que vivimos. El evangelio nos dibuja un marco teórico desde el que pensar y enfocar estos problemas de la vida, pero la decisión práctica y política estará siempre en nuestras manos. Esto explica que, ante un mismo fenómeno como el conflicto catalán, las personas de Redes, desde distintos lugares y circunstancias, tengamos apreciaciones distintas y asumamos diferentes posturas. Posturas que, en gran medida, suelen coincidir, con ligeros matices, con las que advertimos en la sociedad en la que vivimos.

Así, por ejemplo, para una parte de la ciudadanía lo mejor sería dejar este conflicto en paz, olvidarlo como si no existiera. Porque se piensa que, no mirándolo, no oyéndolo, ignorándolo –como aquello del avestruz–, no existe.
Otra parte lo va siguiendo, desde fuera, como si no fuera con ella. Como se sigue el juego de pelota vasca: la pelota da una y otra vez contra el frontón sin conseguir traspasarlo y siempre sale rebotada hacia el pelotari. Mientras tanto se va gastando la pelota y se van agrietando las manos del pelotari. Pero, no es otra cosa, se trata solo de un juego.

Pero también existe mucha gente que ve en este conflicto más que un juego y se siente afectada y preocupada. No le resulta suficiente ni el silencio ni la indiferencia y empiezan a perder ya la paciencia. Y le crece también la inquietud porque el conflicto nos está afectando a toda la ciudadanía en todos los órdenes de la convivencia: desde lo personal y familiar hasta lo sociocultural, lo económico y político y… hasta lo religioso. Se comienza a respirar un ambiente nada bueno. Y los medios de (des)información, con evidente irresponsabilidad y víctimas de su propia ideología, nos están desviando de lugares donde la vida exige respuestas que no se pueden ignorar por más tiempo porque la gente se empobrece y sufre, se silencia el grito del sector pensionista, el disparatado precio de las viviendas y lo inhumano de los desahucios. ¿Cómo seguir ignorando el atasco en la educación y sanidad…?

Muchos sectores de Redes estamos también viendo con preocupación ese juego interminable: el muro cada vez es más muro, la pelota se va desgastando y las manos del pelotari se van agrietando. Después del momento de indiferencia y de rabia comienzan a preocuparnos tantas estrategias y tantas tácticas, tantos oídos cerrados y tantos ojos vendados… Y estas personas pensamos que hay que decir ¡ya basta! No vale el silencio. Siendo honestos con la realidad, debemos nombrarla y, desde nuestros criterios, afirmar también alguna vía para salir de esta situación que a toda la sociedad nos está haciendo daño. Necesitamos mover nuestros pies por caminos que lleven al encuentro y hacer que las palabras sean espejo de nuestros mejores deseos. Superando el juego del frontón, es preciso inventar otras prácticas políticas, ¡porque la vida siempre da para muchas más salidas!

Sobre nacionalismos

Después de la sentencia condenatoria del Tribunal Supremos a ciertos líderes catalanes, el Gobierno de la Generalidat y los partidos independentistas junto al nacionalismo popular se han lanzado a las calles a protestar, la gran mayoría de forma pacífica, aunque algunos usando cierta violencia.
Ante esta gran problemática existente en Cataluña, que posiblemente puede que sea perjudicial para los pueblos de España, nosotros somos partidarios de que las fuerzas políticas y sociales responsables deben dialogar para llegar a una solución. Más que imponer, habrá que acordar procedimientos que beneficien a toda la ciudadanía, aunque las partes interesadas tengan que ceder en algunos aspectos para favorecer al bien común.

No cabe duda que tanto en cada pueblo como en el mundo entero existe una lucha de clases evidente que se expresa en las identidades nacionales. Como en cualquier otro país, en España hay nacionalismos burgueses y nacionalismos socialistas. Ambos se expresan en objetivos políticos integrales o en objetivos políticos particulares; es decir, una sola nación española realizada en diversidad de nacionalidades, o bien, la disolución del Estado español en varios Estados.
Los nacionalistas burgueses de España se enfrentan o se alían por intereses hegemónicos y afán acumulador de riquezas; para ello, manipulan a las mayorías populares a favor de sus ambiciones. Tanto el nacionalismo español como los nacionalismos periféricos (que en España principalmente se manifiestan en el País Vasco y Cataluña), lo disfrazan de patriotismo.

Pero los nacionalistas socialistas se debieran guiar por el internacionalismo proletario sin renunciar a la identidad cultural propia de cada pueblo. Su criterio fundamental no debe ser la dominación, sino la fraternidad sobre términos de igualdad y libertad entre las diversas nacionalidades del Estado español. Da la impresión de que en Cataluña los partidos de izquierda dan más preferencia al nacionalismo que a sus ideales socialistas y a la unidad fraternal y libre de la clase trabajadora. Se fijan más en lo que nos divide como catalanes y de otras autonomías que en lo que nos une como seres humanos iguales en dignidad y pueblos trabajadores hermanos.
Asimismo, la globalización abre a toda nación o nacionalidad a la unidad de todos los pueblos de la Tierra, comenzando en el Estado español, continuando en Europa y abarcando al mundo; eso sí, sin que se pierdan las identidades colectivas de cada país por pequeños que estos sean. El verdadero humanismo ha de abarcar la unidad en la diversidad.

Tal vez la experiencia de los pueblos americanos pueda darnos luces a los pueblos de España y de Europa. En Estados Unidos prevaleció la unidad de las diferentes culturas; el resultado es que han formado una gran nación federal. Mientras que en América Latina predominó la división y el enfrentamiento. Las consecuencias están a la vista: desde la independencia siempre han sufrido la dominación de potencias extrañas que les han coartado en sus aspiraciones al desarrollo. Hoy día, Estados Unidos impide el proceso de unidad de las naciones latinoamericanas, aunque su convergencia sea fundamental para alcanzar la soberanía, la libertad y el desarrollo de esos pueblos. Los alemanes, después del desmantelamiento de la Unión Soviética, eligieron el camino de la unidad entre las dos naciones alemanas oriental y occidental y, al parecer, les ha ido bastante bien en su desarrollo. ¿Sería conveniente el ejemplo de Estados Unidos y Alemania para los pueblos del Estado español?

Si los catalanes alcanzan la independencia, y luego los vascos y más tarde los gallegos, todavía seríamos el conjunto de los pueblos de España más sometidos a los grandes poderes mundiales. Divididos, parece que poco podríamos aportar al conjunto de naciones y culturas que forman la humanidad. ¿Habrá que tener en cuenta que, antes que catalanes o castellanos, somos humanos y también ibéricos? Juan XXIII era partidario de que busquemos más lo que nos une que lo que nos separa. Para ello, el diálogo que hay que realizar dedicándole el tiempo y los esfuerzos que sean necesarios, sería mejor para que las partes traten de construir un proyecto de unión, aunque respetando las diferencias culturales (lengua, costumbres, tradiciones e historia). Andar siempre peleándonos, no ayuda a nadie; por el contrario, nos desgasta y nos desprestigia a todos.

Por otra parte, ¿qué sería más conveniente para la Unión Europea, en estos tiempos que va perdiendo capacidad de influencia en el mundo, una Unión de alrededor de sesenta nacionalidades o respetar la unidad de los 27 Estados que la componemos actualmente? Desde el Evangelio, ¿qué se pudiera aportar a las relaciones entre los pueblos que hoy componen el Estado español? Tengamos en cuenta que el ser humano no se ha hecho para la nación, sino al revés, la nación se ha de rehacer para el ser humano en su expresión personal y social. La solidaridad ha de prevalecer frente a la individualidad, el bien común ha de prevalecer sobre los bienes particulares.

   
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