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Cada vez que me dispongo a contemplar el espectáculo de una super-misa de las que nos televisan desde el Vaticano, algo dentro de mí me alerta de que, con mucha probabilidad, terminaré por llevarme un chasco, que se convertirá en un serio disgusto, después en decepción, y por fin, en una profunda e incontrolable indignación. Y tan clara y diáfanamente soy consciente de los pasos que he descrito, que a veces me pregunto si no estaré evolucionando, hasta convertirme en un irremediable masoquista. Recuerdo lo que escribí en la primera Misa Pontifical que presidió, para el mundo entero, el papa Francisco ante las cámaras de la RAI, que, en mi opinión, son las que salen más bien paradas de esas demostraciones de ostentación litúrgica. Afirmé que veía al Papa con una mala cara, como de susto, enfado e impotencia, ante el mal trago que, según parecía, se veía obligado a enfrentar.

También recordé cómo, poco después del término del Concilio Vaticano II, hubo varios altos jerarcas de la Curia Vaticana, entre los que se destacó un cardenal cuyo nombre ahora no recuerdo, que nos acusaba, digo “nos”, en primera persona del plural, porque yo me veía metido en ese amplio. e indefinido saco, de “jóvenes curas irresponsables” que, tirando por la calle del medio, y adelantándonos a los consejos y normas de los sesudos y veteranos responsables de la liturgia, -la de siempre, que por lo visto el Concilio no había reformado en nada-, con nuestras libertades y ocurrencias litúrgicas, a las que tachaba de “un abuso”, estábamos poniendo en peligro la aceptación misma de la Reforma litúrgica, más serena que entusiasta, en toda la comunidad eclesial. Yo me enfadé a lo latino-americano, es decir, me enojé de verdad, y respondí, preguntando con todas las ganas, qué se parecía más a lo que hizo Jesús en la Última Cena, si las misas íntimas, coloquiales entrañables, de mesa redonda, de las que nos acusaban, o la parafernalia de un Pontifical vaticano, o catedralicio diocesano, con un mar de sombreros que fueron primero egipcios, después, bizantinos, y que ahora llamamos, transidos de emoción, “Mitras”.

Y ahora voy a volver al rito de la Bendición, procesión, y celebración de la Eucaristía del Domingo de Ramos en la Basílica de San Pedro. Observé a Francisco, como de costumbre, con cara de poca emoción, y poco o nada entusiasmado con la larga ceremonia que tendría que presidir. Tengo que reconocer, humildemente, que no aguanté el ritmo lento y tedioso de la transmisión, y acabé dormido, apoyado en la mesa de mi sala de lectura. Menos mal que, oportunamente, me llamó mi amiga Paloma al teléfono, y desperté a tiempo de poder ser testigo de la actuación que provocó en mí una indignación, cuya intensidad, y claridad de motivos, no recordaba, y que ha sido la causa del título de este artículo: “¡absolutamente intolerable!”.

Sería, sin embargo, injusto no destacar los aspectos más positivos, que los tienen, y mucho, los liturgos y estetas del Vaticano, quienes son verdaderamente especialistas en aprovechar los amplios espacios de que disponen para organiza el ritmo y la agilidad de los movimientos de los ministros de la liturgia. Así que no me extrañé lo más mínimo cuando, en el momento oportuno, recorrió los pasillos laterales y central un desfile de presbíteros, con algún diácono, con sus respectivos copones bien rellenos de formas consagradas para distribuir la Comunión a los comulgantes. Una vez situados todos los miembros de la fila de clérigos en sus lugares señalados, otra procesión, esta vez de seglares varones, aparecieron con paso ligero, y pertrechados cada uno con un paraguas de colores blanco y amarillo, los de la bandera del Vaticano, quienes, colocados al lado de cada uno de los clérigos, les servían de protección, y les daban visibilidad. Imagino que no sería yo el único de los espectadores que se preguntó por qué ambas filas estaban constituidas exclusivamente por varones, y la primera, la de los distribuidores de la comunión, con una exclusividad más limitada y excluyente: solo de clérigos.

A estas alturas, distantes más de sesenta años del Concilio Vaticano II, pensamos muchos que la Curia vaticana ha tenido tiempo de enterarse, y de asumir, que el ministerio de dar la comunión no es exclusividad de los presbíteros y diáconos, sino apto, también, para ser ejercido por bautizados, varones y mujeres, que por su edad y prudencia están perfectamente habilitados para ese servicio. Así lo entendíamos por los años setenta en Brasil, y, ahora, en España, y Francia, -que yo sé, porque todos los años tengo constancia de la Liturgia en estos dos países, y por informaciones varias, en casi toda la Iglesia que quiere cumplir las determinaciones litúrgicas del Concilio Vaticano II. Pero, por lo que vemos, no se encuentran entre ese tipo de católicos los responsables de la Liturgia en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Pues bien, a pesar de mi decepción y tristeza por lo señalado en el párrafo anterior, no era ese abuso prepotente de clericalismo, tan contrario a las enseñanzas y alarmas que propala el papa casi todas las semanas, que habían provocado la fiereza de mi título. Se trata de algo mucho peor, por incurrir en una recesión incomprensible desde todas las perspectivas que la contemplemos, y un ejercicio antipedagógico, dado el carácter ejemplar y didáctico que tiene, para muchos católicos, la liturgia que televisan desde la sede papal. Me refiero al tesón del que hicieron gala los que daban la comunión a los fieles para, salvando el obstáculo físico de las manos extendidas, y de la voluntad inequívoca de recibir la comunión en las manos, conseguir que todos la recibieran en la boca. Constituye este comportamiento un abuso clerical intolerable, prepotente, que niega un derecho sagrado que tiene todo bautizado, como es recibir la comunión en las manos, acercándosela él mismo respetuosamente a la boca.

Varios feligreses me han hecho ver lo inconveniente y fuera de tiempo y lugar que queda este inadecuado atributo de poder clerical. Y una feligresa, doctora de medicina preventiva, me afirmó estar equivocada al pensar que la jerarquía de la Iglesia mostraría más responsabilidad para colaborar en la prevención y eliminación de pandemias y de epidemias. Desgraciadamente, ya vemos que no. Lo que sí parece quedar claro es que el papa Francisco tiene muy cerca a los que ponen palos en el carro de sus reformas, que no son las de él, sino las del Sacrosanto Concilio Vaticano II.

   
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