VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

La Vanguardia

El Damavand yergue impasible sus nieves eternas más allá de las nubes, mientras a sus pies Teherán esparce en el altiplano sus ocho millones de habitantes, con sus angustias y esperanzas. Qué distinta se ve la geopolítica mundial cuando se puede mirar a los ojos de la gente.
Cuenta la leyenda que fue en esa cumbre donde lucharon durante una semana Dios y Satán. Ganó Dios, pero nadie duda aquí que el combate continúa. Y parece claro quien es, desde su punto de vista, el Gran Satán. Pero ahí termina la unanimidad, porque la sociedad iraní, aun siendo islámica en sus creencias, está llena de tensiones que reflejan distintas formas de entender el islamismo en la política y en la vida cotidiana. Así, el día que di mi conferencia en la Universidad Amir Al Kabir (la Politécnica local), había una manifestación estudiantil protestando por la anulación de las elecciones de la asociación de estudiantes que habían ganado los renovadores. No pude presenciar las subsiguientes duras cargas de los antidisturbios. Y al día siguiente, que lo pasé en la Universidad de Teherán dialogando con profesores y estudiantes, más de lo mismo. El Gobierno dimitió al rector y nombró, por primera vez, a un clérigo como rector. Ante la protesta estudiantil, también intervino la policía. Y el mismo día cerraron uno de los principales periódicos del país (aunque esto, en realidad, fue por haber publicado una caricatura ridiculizando a la minoría azerí).

En conjunto, ha habido un cambio significativo de política en comparación con el programa liberalizador y reformista del ahora ex presidente Jatami. En mis conversaciones con altos cargos de su administración (de gran nivel intelectual y educados en universidades occidentales), me pareció claro su esfuerzo por definir una vía islámica hacia la modernidad y una integración de Irán en la comunidad internacional sin renunciar a sus valores e independencia. La política del actual presidente Ahmadineyad, con el apoyo mayoritario del consejo religioso (que detenta, junto con las fuerzas armadas, el verdadero poder en Irán), pone claros límites a la liberalización y opta por un retorno al rigor religioso en su más estricta interpretación. El relanzamiento del programa nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio, hay que situarlo en esa perspectiva. De la misma manera que la agresividad de la Administración Bush hay que leerla en buena parte en clave interna, utilizando la confrontación internacional en apoyo político defensivo en la opinión pública, también en Irán el enfrentamiento con Estados Unidos y las amenazas de bombardeo consolidan al régimen en torno a su ala dura: no es tiempo de veleidades democráticas. Aunque sobre el principio del derecho de Irán a ser potencia nuclear no hay objeciones por parte de la oposición democrática. Porque, tal como lo ven ellos, si Irán está, desde hace tiempo, en la lista del eje del mal y el primero de la lista ha sido invadido, antes de que les toque a ellos tienen que disponer de una disuasión nuclear (aunque recordemos que su postura oficial es que el programa nuclear no es militar). Por otro lado, si Pakistán tiene armamento nuclear e Israel (el archienemigo) es potencia nuclear, ¿por qué regla de tres Irán no puede serlo tambien? En torno a este argumento de soberanía nacional se hace la unanimidad política y se refuerzan las posiciones más conservadoras. Lo que todo el mundo piensa es que, en el improbable caso de un ataque a gran escala, la respuesta iraní puede ser terrorífica: hay miles de comandos suicidas dispuestos a golpear en todo el mundo. Irán no es Iraq. De ahí que esperan que la Unión Europea consiga mediar en el conflicto garantizando la seguridad de Irán. A partir de esa base, según me dicen fuentes bien informadas, cabría una negociación. Su duda está en que no consideran muy fiables las garantías de una Unión Europea que nunca ha sido capaz de afirmar una actuación conjunta frente a Estados Unidos en la escena internacional.Y mientras la rueda del mundo gira, los iraníes viven su vida. Por ejemplo, gestionando de forma increíble un tráfico densísimo en el que nadie sigue las reglas (los stops, las prioridades, los pasos de peatones), pero con una habilidad tal que nunca vi un accidente, a pesar de mis continuos desplazamientos, y no se enfada la gente, porque esto es lo normal. Es la gestión del caos que conduce a un orden peculiar. Por encima de lo anecdótico, la sociedad cambia en profundidad. Porque es una sociedad crecientemente informada y educada. Cada año, 700.000 estudiantes acceden a la universidad (en un país de 67 millones de habitantes). Se publican 155 periódicos diarios, aunque obviamente sujetos a censura. Y se editan anualmente 45.000 títulos de libros (más que en Francia, por ejemplo), muchos de ellos traducciones. Y aunque también hay límites, por experiencia propia sé que aquí la censura no es estricta, a menos que se piense que mi propia trilogía sobre la era de la información es islámicamente correcta. Más aún, la sociedad de la comunicación tiene en Teherán una de las más rápidas tasas de expansión del mundo. Los móviles están en todas partes. Un 20% de los hogares dispone de ordenador. Y, según datos de encuestas internacionales, el número de usuarios de internet en Irán ha pasado de menos de dos millones en el 2002 a más de 15 millones en la actualidad. Se contabilizan 535.000 blogs, con casi 12 millones de artículos en este momento. Y el 65% de los internautas declara que internet ha facilitado sus contactos políticos. Hay intentos de control y sanción por parte de los censores. Pero son gotas, aunque dolorosas, en el océano internauta que ya se ha formado en Irán.

Tal vez el cambio más fundamental se refiere a las mujeres iraníes. Claro que llevan la cabeza cubierta y vestimenta austera, aunque las modalidades varían entre el tradicional chador negro y los pañuelitos de marca artísticamente anudados, haciendo juego con túnicas que no cubren los tejanos que muchas jóvenes llevan. Son concesiones formales que, según me dicen feministas iraníes, molestan, pero son secundarias con respecto a sus reivindicaciones fundamentales, por ejemplo, la obtención del derecho de la mujer al divorcio, tras años de lucha. Viven en la discriminación legal y cultural. Pero viven, y con qué fuerza. Son ya mayoría entre los estudiantes de la universidad, son tan usuarias de internet como los hombres y el 40% de los blogs provienen de mujeres que los utilizan para expresar ideas que aún no tienen recibo en la vida social. Están en todas las profesiones y juegan un papel clave en la fuerza de trabajo. Hablando con mujeres estudiantes, que funcionan en inglés más o menos como nuestras estudiantes, o con jóvenes profesionales que, de entrada, se afirman feministas, parece claro que la conciencia de autonomía de la mujer iraní, sin dejar de ser sinceramente islámica, es un hecho irreversible que, a medio plazo, se reflejará en un cambio político a través del voto y en un cambio social a través de la educación de sus hijos.

Todo esto, toda esta vida, todo este latir, todo este intento de modernidad sin renunciar a la identidad, puede quedar sepultado bajo las bombas. Si así fuera, se habrá frustrado una vez más, el camino hacia un mundo diverso capaz de coexistir.

   
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