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(Prólogo de A.Ortiz-Osés al libro “51 poemas de ultra-amor”, de próxima aparición).
El amigo de proyectos culturales Eugenio Mateo me pide unas palabras para sus “51 poemas de ultra-amor”, y con él me embarco en su barco de bardo. Me ha gustado la belleza de su poesía amorosa, sensitiva en medio de la naturaleza y sensible en medio del tráfago mundano, secuestrado empero por el pandemonio de la pandemia a la que exorciza. Amor y poesía es un binomio consustancial, ya que el amor es poético o pro-creativo, mientras que la poesía
es emotiva y afectiva.

El amor es la cura o cuidado de nuestra escisión o herida mortal, así pues de
nuestra finitud o confinamiento en este mundo, al que el amor abre a un
trasmundo afincado empero en los intramuros del propio mundo. De ahí la
sensación de resurrección típica del amor en medio de las ruinas terrestres, el
esplendor y ascensión que significa e implanta en nuestro ser así renacido, la
vivencia de sobrepasar la finitud en infinitud.

Es el amor como apertura radical al otro/otra el que trasciende la muerte y lo
mortal o mortífero. Ahora bien, el amor como sutura de nuestra desgarradura
existencial obtiene un sentido surreal, ya que traspasa la realidad por debajo
(sub-realidad) y por encima (supra-realidad), lo cual está de acuerdo con su
condición de transrealidad, lo que nuestro poeta Eugenio Mateo proyecta en el
propio amor como trans-amor.

Esta es una poética presidida por la sensibilidad de un autor entre culturalista y
naturalista, cuyo primer deseo amoroso es descubrir el secreto del tú amado,
pasando del ensimismamiento a la alteración de la alteridad, tal y como lo
exige el querer humano. Querer saber del otro/otra para saborear su piel
desnuda, un saber-sabor poético del amor. Pero enseguida se enfrenta con el
fatum o hado, el destino interpretado por el tango, el cual circunscribe su deseo
entre la cercanía y la distancia, el día solar y la noche lunar, la presencia y la
ausencia.

Eugenio Mateo prosigue su poética pesquisa amorosa hasta celebrar su

alborozo como una elevación, un hollar las huellas de la amada flotando sobre
la tierra pesante. El enamorado es un náufrago o superviviente que surca el mar
de la amada, pero que sufre la encerrona de la pandemia causada por el
coronavirus. El amor romántico, valga la redundancia, encuentra así sus límites
físicos pero también sociales, representados por las dudas y los celos, las
grietas y los grilletes del amor.

Los límites propios del amor se deben fundamentalmente al tiempo y su
trascurso, así pues a la temporalidad del hombre en el mundo. Y aquí Eugenio
Mateo proyecta a través del amor la figura del trastiempo, en un intento de
“vencer el reloj siendo la arena”. La arena mienta en nuestro autor la
encarnación del hombre en la mujer, “capaz de convertir en materia las ideas”
y, por tanto, de encarnar el amor como pro-creación poética. De esta guisa, el
amor se define como poético o creativo, y la poesía se redefine como querencia
amorosa de fondo.

Pero entonces estamos describiendo el amor y la poesía como románticos o
nada. Y, en efecto, el amor o tiene un trasfondo romántico o es mera
benevolencia o benedicencia; y otro tanto pasa con la poesía, o es romántica o
resulta mera escritura prosaica. Esta sería la enseñanza final de este librito de
bella sensibilidad, firmado por el amigo Eugenio Mateo, y cuyo lema reza así:
“no renunciar a lo que quiero”. Y lo que quiere es amar poéticamente y
poetizar amorosamente.

   
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