VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

sinodo5¡Cuánto tendría que mirar la Iglesia cómo funciona y vive su fe esta comunidad para llevar a cabo los cambios que nuestra Iglesia necesita! (Redacción de RRCC)

1ª parte: NUESTRA EXPERIENCIA COMUNITARIA: Qué Iglesia vivimos.
Presentación.
La comunidad cristiana de Benicalap-Ciudad Fallera (en Valencia) somos una
pequeña comunidad de base, formada por una quincena de personas adultas. El nombre
procede del barrio donde se ubica la mayoría de los miembros, un barrio popular en la
periferia urbana y de población en gran parte inmigrante.

El origen se remonta a los aires renovadores del Concilio Vaticano II, en
concreto al movimiento de renovación popular que se dio en algunas congregaciones
religiosas, iniciando pequeñas comunidades insertas en barrios y ambientes obreros y
populares. En torno a ese núcleo se fue aglutinando un grupo de personas con
inquietudes religiosas de renovación y compromiso, que dio origen a nuestra comunidad
en torno al año 1973.

Somos una comunidad doméstica en el sentido más literal de que nos reunimos
en nuestras casas, sin vinculación parroquial ni pertenencia institucional. Nos reunimos
semanalmente haciendo rotación por nuestras casas, y alternando las reuniones de
celebración eucarística con otras de formación y reflexión sobre temas elegidos
comunitariamente, y otras de comunicación personal o dinámicas grupales.

Cada año elegimos un pequeño grupo coordinador que hace el seguimiento de la
agenda comunitaria. Otros grupos, con la participación de todas las personas, preparan
las celebraciones; y otros grupos o personas se encargan de preparar los temas
propuestos a principio de curso. Solemos hacer dos retiros en los tiempos de Adviento y Cuaresma, y celebramos especialmente la Navidad con una comida con nuestros hijos e
hijas y familiares más cercanos. Muy importante es también la celebración del Triduo
Pascual que solemos hacer conviviendo en una casa en el monte con otra comunidad de
Puerto de Sagunto y con otras personas que participan.

Son celebraciones cuidadosamente preparadas y muy creativas y participadas. No descuidamos el aspecto lúdico promoviendo excursiones de senderismo o culturales, cenas informales y otras actividades.
Como comunidad estamos en coordinación con otras comunidades (CCP) a nivel
local y participamos en los encuentros y asambleas del colectivo. Más ampliamente
participamos en los encuentros estatales de CCP y en la red local Xarxa Cristiana y a
nivel estatal Redes Cristianas, con otros colectivos eclesiales afines y en los
movimientos sociales con los que más sintonizamos. Tanto CCP como Redes Cristianas
están a su vez coordinadas a nivel europeo y mundial.

Nuestra comunidad se inició en los años 70, hace ya casi 50 años, y desde
entonces hemos mantenido una evolución de búsqueda, de libertad y de madurez en
nuestros planteamientos y opciones. Han participado muchas personas pero siempre se
ha mantenido un núcleo estable en torno a las quince- veinte personas, sin contar
nuestros hijos e hijas, que aunque les hemos ido transmitiendo nuestra forma de vida y
fe, han seguido otros derroteros aunque sigue habiendo buena relación y participan en
algún encuentro.

Algunas características.
Nuestra comunidad, siempre en camino, queremos ser y somos (siquiera mediocremente):
-una comunidad “doméstica”, como hemos explicado. La acogida en cada casa
hace de la reunión un encuentro cálido, familiar, cercano. Solemos culminar nuestras
reuniones con una cena informal, que prepara cada casa y que se suele prolongar en una
tertulia amistosa, alegre y distendida. Tenemos en cuenta los cumpleaños, aniversarios y otros motivos de celebración que nos hacen sentirnos como una gran familia, tanto si no más que las propias familias de sangre. La fraternidad-sororidad comunitaria es una experiencia de parentesco espiritual que se muestra en las relaciones más allá de la reunión.

La comunidad no es sólo cuando se reúne, aunque la reunión la expresa.
-Una comunidad igualitaria. En nuestra comunidad hemos ido creciendo en
igualdad, de tal modo que nadie se sienta ser más ni ser menos que nadie. Igualdad que
no es uniformidad, pues la diversidad es una riqueza grande por los carismas que se
aportan a la comunidad y que solemos reconocer y expresar. La igualdad entre hombres
y mujeres se ha ido consiguiendo en gran parte por el feminismo de las mujeres que ha
ido ayudando a su vez a superar los machismos latentes o micromachismos en los
hombres, que aun habiendo voluntad de igualdad siempre quedan “ramalazos” de la
educación y el ambiente social. En nuestra comunidad podemos decir que las mujeres
no sólo han sobresalido en participación sino en protagonismo.

Desde la igualdad radical hay diversidad de carismas y servicios e incluso de
liderazgos “sectoriales”: algunas personas animan más a la comunidad en la
espiritualidad, o en la eclesialidad, o en la sensibilidad social o el compromiso, en la perspectiva de género, etc

-Una comunidad corresponsable. La igualdad y la participación han llevado a
la corresponsabilidad, desde la conciencia de que la comunidad somos todos y todas, y
por tanto de todos y todas depende su funcionamiento. En la medida en que se ha
promovido la participación de todas las personas en muchos aspectos, cada persona
siente como suya la responsabilidad no sólo de participar con libertad sino también de
“empujar” sin esperar que todo lo hagan otras personas. La participación rotativa en los grupos de preparación y en el grupo coordinador formando equipo con otras personas anima a sentir como propia la marcha de la comunidad. No basta con “asistir”
pasivamente ni con participar en lo que otros preparan, sino aportar cada persona lo que pueda.

Esa responsabilidad no está reñida con la libertad de que en la comunidad nada
es obligatorio.
-Una comunidad de fe y vida. En la comunidad somos amigos y amigas, pero
la comunidad no es simplemente un grupo de amigos y amigas. Más allá de nuestras
afinidades ideológicas y nuestras coincidencias afectivas, lo que nos une es la fe común en Jesús de Nazaret, expresada en nuestras vidas compartidas e iluminadas por la Palabra de Dios y la memoria de Jesús. Por eso el centro de la comunidad es Jesús,
recordado, hecho presente y celebrado en la Eucaristía. Ahí aportamos nuestra vida y
de ahí nos alimentamos para vivir según su Espíritu.

-Una comunidad jesuánica y secular. Jesús es la referencia fundamental de
nuestras vidas. El Evangelio es nuestra guía. Como a las primeras comunidades creemos
que eso nos basta. Todo lo que se ha construido después (doctrinas, dogmas, religión,
institución eclesiástica, clericalismo, derecho canónico…) lo relativizamos mucho.
Aunque somos conscientes de que por la mediación de la Iglesia nos ha llegado la fe,
la institución religiosa, el lenguaje religioso y muchos contenidos nos son a veces más una dificultad que una ayuda. En el mundo de hoy hemos de vivir nuestra fe en una
secularidad en la que la referencia eclesiástica muchas veces resulta escandalosa.
Desde hace años la comunidad vamos trabajando los “nuevos paradigmas”, pasando de una
concepción teísta de la divinidad y de una visión religiosa pre-moderna a un enfoque
post-religional de nuestra fe y experiencia cristiana. A ello nos ha ayudado un constante trabajo de formación y reflexión con ayuda de teólogos y teólogas como J.M. Castillo,, JJ. Tamayo, L. Boff, I. Sobrino, Casaldáliga, M. Pintos, Teresa Forcades, Lucía Ramón, Pepa Torres. Ivone Guevara, Montse Escribano, Emma Martínez Ocaña, R.
Lenaers, J. Spong, Pagola, Arregi… Con esas ayudas hemos ido aprendiendo una
relectura bíblica liberadora y una formación teológica asequible a nuestras capacidades personales y comunitarias.

-una comunidad utópica y realista. Creemos profundamente en el Reino de
Dios como Utopía de un proyecto de humanidad y de otro mundo posible hacia el que
caminamos, que trabajamos como responsabilidad nuestra y que a la vez esperamos
recibir como don gratuito de Dios. Ser personas y comunidad utópica nos hace no
conformarnos con este mundo, rebelarnos contra todo lo que deshumaniza, y hacer lo
que buenamente podamos por aportar nuestro grano de arena para un mundo mejor.
Vivir sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir nos hace vivir como
personas agradecidas que disfrutan de la vida, pero siempre abiertas a que el Reino está sembrado y lo hemos de cultivar.
-Una comunidad marginal. Somos una pequeña comunidad en los márgenes
eclesiales, en la periferia, en las afueras. No estamos fuera, pero estamos en la frontera.

Y creemos que esa marginalidad es nuestro lugar propio, donde nos encontramos a
gusto siendo lo que somos. En la periferia somos plenamente iglesia así como los
ciudadanos de barrios periféricos son ciudadanos de pleno derecho igual que los del
centro. Pero la periferia posibilita la cercanía con los verdaderos marginados y
excluidos que son los preferidos del Evangelio y los más cercanos al Reino. Ellos nos
evangelizan. Y la marginalidad eclesial nos posibilita también una libertad y creatividad que no tendríamos más cerca del centro y del poder.

Nuestra comunidad se siente muy libre de hacer lo que mejor le parece sin depender del visto bueno del obispo.

-Una comunidad comprometida. La fe se demuestra en obras. Cada persona en
nuestro trabajo profesional, en nuestra familia, en nuestras relaciones, en nuestra
economía, en nuestro contexto social, en todo… procuramos ser coherentes y vivir de
acuerdo a lo que creemos y a la fe en Quien creemos. Desde ahí, la comunidad
comparte y anima el compromiso de cada persona. No tenemos un proyecto común de
acción comunitaria, pero compartimos y animamos los de cada persona. No todas
estamos en todo, pero entre todos y todas estamos en “casi todo”: en muchos frentes y
compromisos: sociales-asistenciales, movimientos sociales reivindicativos, sindicales y políticos, de solidaridad con inmigrantes o con personas marginadas o excluidas,
compromisos eclesiales especialmente de iglesia de base, etc

Esos compromisos, aunque personales, reflejan nuestro “caminar con”, no solo codo con codo entre nosotras, sino con otras personas y colectivos que trabajan por la misma causa de Humanidad, sean creyentes religiosos o no.

*Anexo 1: poema “Comunidad”, que refleja lo que la comunidad significa para
nosotras.
*Anexo 2: “Celebramos”: que refleja algunas características de nuestro estilo de
celebrar.

Qué eclesiología subyace.
Creemos que la Iglesia es ante todo la Comunidad de creyentes en Jesús. Ese
misterio de comunión nos hace apreciar que ser iglesia es algo más que una cuestión
organizativa o de pertenencia… Y nos hace apreciar y relativizar a la vez la historia de la Iglesia, de la que somos herederos; la tradición, que entendemos que está para ser renovada y actualizada, no mantenida anquilosada; y la institución eclesiástica, que podemos entender que es necesaria, o mejor, inevitable, pero que no es el núcleo
esencial de la Iglesia de Jesús. La llamada que el Papa Francisco hace a acudir al
Evangelio como fuente, nos ayuda a relativizar la institución eclesiástica, demasiado
absolutizada durante mucho tiempo. La llamada del Papa Francisco al proceso sinodal
de ser y hacer Iglesia “caminando con” nos anima a aportar nuestra humilde experiencia
comunitaria, poniéndola en valor como algo que merece ser escuchado y tenido en
cuenta. Es nuestra aportación.

Entendemos que ser comunidad es nuestra primera forma de ser Iglesia: somos
iglesia porque somos comunidad. Y en ese núcleo comunitario hay plenitud: somos
plenamente iglesia siendo comunidad particular. No necesitamos permiso del obispo ni
reconocimiento canónico para sentirnos iglesia.

Somos y hacemos Iglesia siendo y haciendo Comunidad de comunidades:
comunión horizontal con otras comunidades, Iglesia en red. Nuestra coordinación con
otras comunidades y nuestra vinculación en Redes Cristianas nos hace vivir la
comunión universal de apertura a quienes se sienten comunidad de creyentes en Jesús,
más allá de la Iglesia Católica; e incluso en comunión macroecuménica con quienes
trabajan por el Reino de Dios aun sin nombrarlo, porque trabajan por un mundo mejor,
en la misma dirección y codo con codo con quienes empujan la historia en la dirección
de la humanidad libre y liberada.

Ello tiene sentido desde la concepción de la Iglesia al servicio del Reino y no de
sí misma. “Una iglesia que no sirve no sirve para nada”(J.Gaillot). El servicio al Reino se concreta en el servicio a los pobres, y para ello es fundamental que ella misma sea pobre: una Iglesia pobre y de los pobres. Como expresa el Papa Francisco, es preferible una iglesia accidentada por salir a la calle que enferma por quedarse encerrada.

Qué ejercicio ministerial propugnamos.
En nuestro funcionamiento y en nuestro planteamiento pasamos del esquema
clero-laicos al esquema comunidad y ministerios. Creemos que es fundamental superar
el clericalismo que hace de la comunidad cristiana una comunidad radicalmente
desigual, especialmente con la discriminación con las mujeres que son más de la mitad
de la comunidad cristiana. Ese clericalismo está sobre todo en la estructura clerical de la Iglesia, pero también en la mentalidad del clero y en la sumisión de los laicos y laicas “con sotana en el espíritu”(Casaldáliga).

El ministerio es servicio, no mando, “Sirve” quien sirve para una función
concreta; no todo el mundo sirve para todo. Se “sirve” a quien se sirve, no en abstracto, sino a quien necesita ese servicio. Se sirve mientras se sirve, no es una función definitiva ni eterna. El servicio puede ser temporal, sectorial o condicional. Ya no tiene sentido el cura factotum que sabe de todo, brillante teólogo, eminente orador, liturgo, organizador, economista, cantor y líder indiscutible en todos los aspectos.

Como forma de superación de ese clericalismo creemos que no hay que estar
esperando reformas desde el Vaticano, sino empezar a vivir ya esa igualdad y la riqueza de carismas en la comunidad, aunque eso suponga desobedecer normas establecidas que van contra el evangelio y los derechos humanos.

En nuestra comunidad, por ejemplo, es ya costumbre asumida por consenso que
presida la eucaristía comunitaria un presbítero ordenado casado, al que la comunidad
acepta como tal, y que ha sido además cura obrero manual toda su vida profesional,
ganándose la vida con su trabajo civil y no profesionalizando su servicio ministerial.

La comunidad reconoce el carisma ministerial en esa persona.
Pensamos que la “ordenación” no debería ser una constitución en poder desde
arriba (la Jerarquía en nombre de Dios), para elevar a una persona a un estamento
superior (clero), sino el reconocimiento eclesial de unos carismas que ya están en la
comunidad. Pero, claro, eso supone el reconocimiento previo de la comunidad cristiana
como sujeto, no sólo como destinataria. No tiene sentido la creación de ministros “de la nada” y destinarlos a comunidades extrañas, sino que han de surgir de las propias
comunidades.

El problema no es la escasez del clero, a no ser que lo que se pretenda sea
mantener la cristiandad, que ya no tiene sentido. No faltan curas, sino faltan
comunidades.

Es la comunidad la que tiene unas necesidades de servicios y la que puede
solucionarlas con sus posibilidades. Han sido las normas disciplinares las que han
impedido esa madurez comunitaria restringiendo por ejemplo la ordenación de mujeres,
restricción que no tiene fundamento bíblico ni teológico; ni la cuestión del celibato
opcional o la ordenación de personas casadas; o la elección democrática de quienes han
de servir a la comunidad, o su remisión cuando ya no sea procedente.

La jerarquía quiere tener el control porque lo entiende como poder delegado, y no comprende ni acepta la madurez de una comunidad cristiana para organizarse responsablemente.

Pero hablamos de carismas y ministerios en plural, sin reducirlos al presbiteral.
Hay servicios de coordinación, de animación en muchos aspectos, servicios referidos a
la Palabra, a la liturgia, pero también a la vida familiar, al compromiso social, a la
transmisión de la fe y del Evangelio, a la formación, a la distensión, etc.

Es importante quién presida la Eucaristía, pero más lo es que es la comunidad
quien la celebra, y quién prepara la celebración, quién la “conduce” (sea o no quien
preside). Es importante la plegaria eucarística (en la comunidad hemos compuesto más
de cien plegarias), pero también es muy importante la animación musical (también
hemos preparado un cancionero propio con cerca de 200 canciones), y la selección de
textos, poemas, signos adecuados al lenguaje simbólico en cada momento. Los “signos”
son con frecuencia los que más propician la participación litúrgica si son bien elegidos, presentados y conducidos. Para ello hace falta un poco de imaginación y creatividad, pero dan profundidad a la expresión litúrgica.
Qué tipo de cura necesitan, piden, acogen, les sirve a las comunidades en las que
nos movemos y de las que formamos parte.

El punto de partida previo no es qué tipo de cura, sino qué tipo de comunidad…
La respuesta concreta de nuestra comunidad es nuestra propia experiencia. No porque
seamos una comunidad ideal ni perfecta sino porque somos la que somos, y nos hemos
ido configurando con una manera de ser y un estilo de funcionar creado poco a poco a
lo largo de nuestra historia, (que hemos explicado: doméstica, igualitaria, marginal,
libre y creativa…)

Desde ahí queremos, aceptamos y propugnamos un tipo de cura no clerical:
vocacional, carismático, servicial, profético, evangélico, que sea uno más sin dejar de ser él mismo, que ofrezca lo que es y comparta lo que somos.

-En nuestro caso, que sea cura obrero no sólo no es impedimento sino un plus
de encarnación entre la gente, una presencia evangélica y evangelizadora, y un
testimonio profético de presencia eclesial en el mundo obrero.
-Que sea cura casado no es ningún inconveniente sino otra forma de
encarnación, de normalización y de valoración positiva de la sexualidad, del matrimonio y de la paternidad como dimensiones humanas del amor de Dios que se quiere
transmitir.

-Que sea un cura comunitario en el sentido de ser un miembro más de la
comunidad y al servicio de la comunidad, “obediente” a lo que la comunidad necesite o
pida de él, atento o al cuidado (“cura”) de la construcción de la comunidad desde el
Evangelio y el seguimiento de Jesús en comunión eclesial crítica y libre, pero amorosa y respetuosa.

En resumen, la experiencia nos muestra que es posible, pero a la vez es un reto
“ser cura sin ser clero”: superar las taras que marca el clericalismo sin anular ni
desdibujar el carisma del ministerio presbiteral. Para ello es fundamental la opción
personal pero acompañada de una opción comunitaria por un tipo de cura y sobre todo
de comunidad.

2ª parte: QUÉ IGLESIA SOÑAMOS Y QUÉ IGLESIA QUEREMOS.
“SOÑAMOS” UNA IGLESIA…
-Pobre y de los pobres. Desvestida de poder. Liberada y liberadora.
-Una Iglesia igualitaria. Donde hombres y mujeres, como hijos e hijas de Dios tiene los mismos derechos, y experimentan, viven y transmiten la fraternidad- sororidad como
ideal de convivencia eclesial y social (“Fratelli Tutti” y “Sorolle tutte”)
-Una Iglesia Comunidad de comunidades, con diversidad y con comunión,…
-Alegre y transmisora de la Buena Noticia, de esperanza y liberación…
-Comprometida con los últimos de este mundo: Derechos Humanos, Justicia social y
Liberación…

-“Espiritual” más que religiosa, liberada de las ataduras de la religión
-Dialogante, que escucha, abierta…

QUÉ DIFICULTADES ENCONTRAMOS PARA VIVIR UNA IGLESIA ASÍ:
Qué cosas creemos que deberían cambiar en la Iglesia:
– La estructura clerical de la Iglesia, el clericalismo no solo como actitud subjetiva
sino como connotación estructural: desigualdad radical clero- laicos, jerarquía
vertical autoritaria…, poder sagrado

– Dogmatismo, autoritarismo, “ortodoxia impuesta”: rigidez, legalismo…
– Mentalidad y lenguaje patriarcal, obsesión sexual homofobia, misoginia, falta de
perspectiva de género. Ignorancia del feminismo como movimiento liberador…
– Lenguaje religioso pre- moderno, dogmático… Teología y liturgia trasnochadas.
– Escándalo de la connivencia de la Iglesia con el poder político: añoranza del
nacional- catolicismo, Acuerdos denigrantes Iglesia. Estado, Privilegios
escandalosos, falta de Laicidad… Escándalo “monumental” de las
Inmatriculaciones. Descrédito de la Iglesia…

– Falta de Democracia en la Iglesia, Falta de Derechos Humanos.
– “Iglesia de Cristiandad” (con añoranzas del nacional- catolicismo): mantener la
Institución, el poder, la influencia. Hace falta otro modo de presencia en el
mundo, profética y evangélica….

Comunidad Cristiana de Benicalap-Ciudad Fallera (Valencia)

   
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