images (1) Durante los días pasados, esta página web de Redes Cristianas ha pretendido ser un fiel trasmisor de los dolorosos sucesos de Cataluña. Como es nuestro estilo, las noticias, manifestaciones y pronunciamientos sobre lo que allí estaba ocurriendo siempre han estado enmarcadas en algunas reflexiones con el objetivo de ayudar a mejor comprender su sentido. Lo hemos hecho  con mucho respeto a una sociedad que, inesperadamente, ha tenido que atravesar una dura prueba. Y creemos haberlo hecho sin sensacionalismos, con implicación y profesionalidad.

Nos ha llenado de satisfacción,  al prestar este servicio,  el haber sido testigos y transmisores de una solidaridad volcada a raudales sobre las víctimas. Solidaridad que se fue expresando espontáneamente en múltiples formas de atención y cuidados, desde la gratificante cercanía de los afectos hasta la acogida y demás formas de ayuda a la fragilidad humana; solidaridad que ha brotado desde la mera  individualidad y vecindad de la gente hasta las formas más organizadas de los movimientos sociales y religiosos, políticos y fuerzas de seguridad y orden público. Toda una expresión madura de una sociedad que sabe sacar lo mejor de su sensibilidad humana cuando las circunstancias lo requieren. ¡Y esto nos llena de satisfacción y hasta de sano orgullo!

Pero, una vez cerradas las expresiones de repulsa y condolencia públicas y privadas, y tras las proclamas oficiales de unidad ante el terror, nos quedan algunas preocupaciones importantes que no queremos silenciar.

Como ha ocurrido, por desgracia, tantas otras veces  que —después de manifestaciones multitudinarias llenando nuestras calles y plazas y de las múltiples condenas venidas desde todos los puntos cardinales—, luego todo se queda en solo eso, nos preocupa que una vez más nos quedemos en el mismo error. Nos preocupa que estos dolorosos sucesos solo se aprovechen  políticamente luego para recortar aún más nuestras libertades ciudadanas y no se aprovechen para preguntarnos por sus verdaderas causas. Nos preocupa que, conformes con haber mostrado nuestros sentimientos, a veces primitivos, no lleguemos a interrogarnos más a fondo el por qué nos está ocurriendo a nostrxs todo esto,  por las cosas que estamos haciendo mal para que haya gente que nos mire con tanto odio.  A lo mejor tenemos que rectificar muy sustancialmente nuestras relaciones (imposiciones) comerciales con otras zonas más vulnerables del planeta; a la mejor tenemos que arrepentirnos y restaurar los destrozos humanos y materiales que han hecho y están causando nuestra venta de armas y nuestras guerras; a lo mejor tenemos que mirar con otros ojos las mareas humanas de migrantes y refugiados que estamos causando en diferentes países del mal llamado tercer mundo por nuestra usura en la apropiación de sus recursos naturales e intelectuales;  quizás tengamos que renunciar a los muros que levantamos para protegernos de una invasión que estamos provocando y ver que el cierre solo de nuestras fronteras no soluciona el problema. ¿No tendrá todo esto algo, mucho, que ver con el resentimiento, el odio, la actitud de venganza que está emergiendo en tantas partes del mundo? El imperio, y más el actual, siempre se ha levantado y mantenido sobre el sufrimiento, la esclavitud y la explotación de la humanidad más débil. Nos preocupa en gran manera la condena sin paliativos que vertimos sobre los victimarios.  Si analizamos un poco las cosas, pronto caeremos en la cuenta de que ellos mismos son víctimas de un terror mayor que los sobrepasa. Muchos de ellos son “los buenos muchachos y jóvenes” que nosotros hemos tratado de “educar” en nuestras escuelas…

Han desarrollado un papel ejemplar los Mossos d’Escuadra y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad. Tenemos que felicitarles por el servicio práctico y efectivo a las víctimas. Pero nos queda la preocupación por otra dimensión que también es parte de la seguridad social. Nos referimos a la prevención de estos peligros en los que está en juego la vida de la gente. Es más difícil en estos casos prevenir que curar, es verdad. Pero nos deja muy  preocupadxs el hecho de que se puedan estar formando células tan sólidas como la que ha actuado en Cataluña sin que nuestros servicios de seguridad se hayan enterado. Sin pretender echar leña al fuego, preferiríamos invertir más en una seguridad preventiva seria que en ese tipo de controles de calle, donde se molesta al migrante,  a veces sin más motivo que el color de su piel.

No somos ingenuos, y, ante el fanatismo de un sujeto iluminado y preparado para el martirio, no queda a veces más alternativa que responder con las mismas armas. Pero nos preocupa mucho el frecuente recurso al tiro fácil (o abatimiento del terrorista) en que se está cayendo últimamente. Nos horroriza la forma cómo en el corazón del imperio, en EE.UU,  casi la única solución que se está aplicando al atracador o al terrorista sea su eliminación física, su muerte. No pretendemos  entrar en polémica sobre estos últimos abatidos en Cataluña, ya habrá analistas que nos ayuden a comprenderlos, pero nos preocupa que una cosa tan horrible como disparar a muerte sobre una persona, por mala que sea o lo parezca, se nos convierta en costumbre y nos deje indiferentes al resto de la sociedad. Algo muy grave nos está ocurriendo cuando llegamos a silenciar cosas tan graves. Pensamos que es preciso clarificar todas las muertes, también la muerte del asesino.

Nos preocupa finalmente que todo este terrorismo se asocie sin más a la religión, y,  más en concreto, al Islam. Esto ni es justo ni verdadero. El Islam, como cualquier otra religión, cuenta con una base social que no puede identificarse con un sector de fanáticos y criminales. Su larga historia entre nosotros, desde Averroes y el califato de Córdoba, han dejado entre nosotros rastros de otra forma de vida y cultura. Las religiones siempre han sido una forma de concretar espiritual y éticamente la dimensión religiosa del ser humano.  Ni aciertan en todo, ni todo en ellas es condenable. Lo peor ocurre cuando han pretendido identificarse con un proyecto político dominante. Y este fenómeno está ocurriendo en casi todas las religiones, y, de forma más llamativa, hoy con el Islam. Pero mirar solo esa cara política de la religión islámica es una forma ingenua e interesada. Ahí están también sus grandes pensadores y sus místicos, los sufíes, que nada tienen que ver con la violencia interesada de algunos proyectos politicorreligiosos. El verdadero Islam hay que buscarlo en los creyentes sinceros y honestos que practican lo que han aprendido y les sirve para dar sentido y orientación espiritual y ética a sus vidas.

   
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