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El libro más reciente del papa Francisco se titula Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor. Según el coautor Austen Ivereigh, el libro nació en el contexto de la primera cuarentena a causa del Covid-19. Un momento en el que Francisco dejó claro que la humanidad se encontraba en un punto de inflexión, un tiempo de prueba del que o podríamos salir mejor o retroceder drásticamente. Frente a ese desafío el papa nombró una comisión del Vaticano para consultar a expertos de todo el mundo sobre la nueva realidad post-Covid. Lo hizo con la convicción de que este es el momento para soñar en grande, para repensar nuestras prioridades y para comprometernos en lo pequeño y actuar en función de lo que hemos soñado. Esta perspectiva parece ser el hilo conductor de la nueva publicación.

Para Francisco, no podemos volver a la falsa seguridad de las estructuras políticas y económicas que teníamos antes de la crisis. Es el momento para generar procesos de cambio. Necesitamos economías que permitan a todos el acceso a los frutos de la creación, a las necesidades básicas de la vida: tierra, techo y trabajo. Necesitamos políticas que puedan integrar y dialogar con los pobres, los excluidos, los vulnerables, y les permitan tener voz en las decisiones que afectan sus vidas. Necesitamos un movimiento popular que sepa que nos necesitamos mutuamente, que tenga un sentido de responsabilidad por los demás y por el mundo. Necesitamos proclamar que ser compasivos, tener fe y trabajar por el bien común son grandes metas de vida.

La narrativa del libro, donde se explican esos procesos de cambio, está estructurada en tres partes que corresponden al método ver-juzgar-actuar. El papa los reformula con otros términos, pero con el mismo aire de familia: contemplar (ver), discernir (pensar) y proponer (actuar). “Tiempo para ver”, “Tiempo para elegir” (discernir) y “Tiempo para actuar”.
En la primera parte (“Tiempo para ver”) se examina la realidad desde un punto de mira: la periferia. Según el papa, el mundo se ve con mayor claridad, en lo que realmente es, desde la periferia. Más todavía: para encontrar un futuro nuevo hay que ir a la periferia, a los lugares de miseria, de exclusión y sufrimiento. Esto es fundamental porque lo que vemos depende en gran medida de dónde nos coloquemos. No todos los ángulos son propicios para ver la realidad. Ignacio Ellacuría sostenía un enfoque similar. Planteaba que desde el lugar del pobre se ve más y mejor la realidad, tanto en lo que es (una realidad injusta y excluyente), como en lo que tiene que hacerse con ella (revertirla hacia una nueva civilización donde se asegure la satisfacción universal de las necesidades básicas).

Cuando se asume esa perspectiva caen posibles vendas y tenemos la oportunidad de ver con ojos nuevos. En esa línea el papa señala que la crisis puso al descubierto la cultura del descarte. Las exigencias sanitarias del Covid visibilizaron cómo tantas personas no tenían una vivienda donde vivir el distanciamiento social obligatorio ni agua limpia con la que higienizarse. También puso en evidencia otra pandemia: la del virus de la indiferencia que nos hace mirar siempre para el otro lado. De ahí que, según el papa, uno de los peligros de este “estado de indiferencia” es que puede volverse algo normal y termina por impregnar silenciosamente nuestros estilos de vida.

Para el papa, ir a la periferia permite tocar el sufrimiento y las penurias de un pueblo (empobrecimiento, exclusión y muerte), pero también permite descubrir las alianzas posibles que se están produciendo para encarar las gravísimas carencias, la depredación de la casa común y la destrucción de la familia humana.

Desde la periferia se constata una humanidad gravemente enferma. La causa no deriva solo del Covid. Para Francisco existen miles de otras crisis igual de terribles, pero son tan lejanas a algunos de nosotros que podemos actuar como si no existieran. Señala, por ejemplo, las guerras diseminadas en distintas partes del mundo, la producción y el tráfico de armas; los cientos de miles de refugiados que huyen de la pobreza, las faltas de oportunidad y el hambre. Sobre esto último el obispo de Roma recuerda un dato que debería afectarnos: en los primeros cuatro meses de este año (2020) murieron 3,7 millones de personas a causa del hambre.

Otro de los males históricos que denuncia el papa es lo que denomina la “hiperinflación del individuo” que suele ir de la mano de la debilidad del Estado. Afirma que una vez que la gente pierde el sentido del bien común, la historia muestra que caemos en la anarquía, el autoritarismo, o ambos. Nos volvemos una sociedad violenta e inestable. Estos hechos de crueldad y muerte, entre otros, el papa los califica como “pecado”. Con ello quiere indicar su gravedad y los describe como un no reconocer el valor de la vida; querer poseer y explotar aquello que no valoramos como un don, explotar una cosa que no debe ser explotada; sacar riqueza (o poder o satisfacción) de donde no se debe sacar.

Desde los desafíos que plantea la periferia del mundo, el papa plantea que es el momento para un nuevo proyecto que efectivamente incluya. Para un nuevo humanismo que pueda canalizar la irrupción de fraternidad y que termine con la globalización de la indiferencia y la hiperinflación del individuo. Podemos reorganizar la manera en que vivimos juntos para elegir mejor lo que importa. Podemos aprender lo que nos hace avanzar y lo que nos hace retroceder. Hay que superar el narcisismo, que lleva al egocentrismo; el desánimo, que lleva al aislamiento; y el pesimismo, que nos cierra las posibilidades de futuro.

Y para no perdernos en las abstracciones de los “grandes ideales” el papa propone empezar a ver posibilidades nuevas, al menos en las pequeñas cosas que nos rodean, o en lo que hacemos cotidianamente. Explica que a medida que nos vamos comprometiendo con esas pequeñas cosas, empezamos a imaginar otra manera de vivir juntos, de servir a otros. Podemos empezar a soñar un cambio real, un cambio posible. La exhortación es clara: “atrevámonos a soñar”.

(*) Profesor del Instituto Hispano de la Escuela Jesuita de Teología (Universidad Santa Clara, CA). Profesor jubilado de la UCA El Salvador; exdirector de radio universitaria YSUCA.

   
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