descarga5“No me atrevo a calificar a esas personas como migrantes, dentro de este grupo de personas se ha colado una serie de viciosos… son una bola de vagos y marihuanos”

Estas palabras se refieren al éxodo de personas centroamericanas, que el pasado octubre (2018) salió de San Pedro Sula, Honduras, rumbo a Estados Unidos, y que con este propósito ha atravesado el territorio mexicano, la llamada Caravana Migrante. ¿Se trata de otra embestida racista del presidente estadounidense Donald Trump? La respuesta es negativa.

Esta frase es del alcalde de Tijuana, Juan Manuel Gastélum, dicha en noviembre pasado, durante una entrevista, respecto a los migrantes centroamericanos que iban llegando entonces a esta ciudad del norte de México.

Gastelum continúo diciendo “Tijuana es una ciudad de migrantes, pero no los queremos de esta manera, fue distinto con los haitianos, ellos llevaban papeles, estaban en orden, no era una horda, perdóname la expresión, y derechos humanos se me va a echar encima, pero los derechos humanos son para los humanos derechos”.

Al día siguiente, cientos de personas protestaron en esta misma ciudad en contra de las personas migrantes, al grito de “aquí no los queremos”, al considerar que representan una “invasión”. Asimismo, a pesar de la presencia policial, habitantes del barrio Playas de Tijuana lanzaron piedras contra los migrantes en el Parque de La Amistad, situado a un costado del mar y del muro fronterizo con Estados Unidos. “No los queremos, es como si yo fuera a su casa y dejara todo este cochinero. No queremos delitos”, espetaban los vecinos.

La Caravana Migrante ha llevado a visibilizar la durísima situación en Centroamérica, especialmente en Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, asoladas por la miseria y la violencia extrema. ¿Qué puede estar ocurriendo para que una persona esté dispuesta a atravesar, con total incertidumbre, miles de kilómetros, llevando a un bebe o en una silla de ruedas? Al mismo tiempo, esta Caravana refleja la extraordinaria capacidad de resiliencia y esperanza de los seres humanos.

Ahora bien, entre los múltiples problemas y retos que este fenómeno lleva a enfrentar, sin duda está el de la acogida de las sociedades que, en tránsito o con el objetivo de permanencia, entran en contacto con estas personas. Es fácil concluir en la responsabilidad de las autoridades y los diferentes actores que han llevado a la degradación social en estos países centroamericanos. Resulta también sencillo asumir que las fuerzas políticas deberán desarrollar políticas públicas para gestionar el hecho migratorio. Y especialmente, no es difícil rechazar las burdas declaraciones racistas de personajes públicos como Trump.

Sin embargo, no debe soslayarse las dificultades en lo micro, en la realidad cotidiana. En la responsabilidad (y posibilidad) individual de promover u obstaculizar la acogida. ¿Rechazamos al forastero no tanto por forastero como por pobre? ¿Es una cuestión entonces de aporofobia como dice la filósofa Adela Cortina? ¿Sorprenden las actitudes descritas en una sociedad como la mexicana, acostumbrada a que sus propios connacionales emigren masivamente hacia Estados Unidos, y con una tradición importante de acogida, por ejemplo, del éxodo republicano español?

Después de las indignantes declaraciones del alcalde de Tijuana, un juez federal le ordenó a él y al secretario de Seguridad Pública Municipal, no hacer declaraciones que fueran en detrimento de los migrantes, además de indicar a su personal que se abstuviera de transmitir mensajes negativos sobre estas personas. Por otra parte, la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (el Defensor del Pueblo mexicano), emitió la recomendación número 17/2018, que hace alusión específicamente a “violaciones a los derechos a la igualdad y al trato digno en agravio a personas en contexto de migración, así como al derecho a la protección contra injerencias arbitrarias en el ejercicio de la libertad de expresión” ejercidas por el mandatario municipal, y señala que éste deberá disculparse con los participantes de la Caravana Migrante por sus declaraciones.

Como respuesta, el acalde declaró. “No, no voy a pedir disculpas. Yo mejor diría que los gobiernos federales, los gobiernos latinoamericanos y todas aquellas personas que están en contra de los tijuanenses, nos pidan ellos a nosotros disculpas”. Los tijuanenses. Significa que desde esta perspectiva, la Caravana Migrante está en contra de los tijuanenses. Y siguiendo este razonamiento, se justifica una vez más el conflicto entre pobres, el conflicto entre los beneficiarios de los servicios públicos. En un contexto de crisis económica resulta atractiva esta dicotomía –ellos o nosotros-. Y si a los problemas económicos se les suman los de seguridad, como es en el caso en México, la asunción de este conflicto resulta casi obvia.

El avance de la extrema derecha en España y en Europa, hace ver que no se trata de un conflicto lejano, y que también de este lado del mundo, se le alimenta para convertirlo en parte de la disputa por el poder.

En este contexto, la migración hacia esta región, como en el caso de la Caravana Migrante, es un suceso que debe invitar a la introspección, apartada de los discursos políticos de las diversas ideologías. Efectivamente, debe invitar a examinar la realidad de nuestra aceptación o rechazo al otro por ser pobre, y más allá, de nuestra disposición a sumarlo como uno más.

Cristo dijo: “era forastero, y me hospedasteis” (Mt 25,35). ¿Estaríamos dispuestos si se tratara de nuestra propia casa?

   
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