dic 272014
 

Uno de los pilares de la democracia es el pacto social, basado en el reconocimiento de la autoridad y el respeto de las normas que nos hemos dado para ordenar la convivencia y garantizar el respeto, entre otros valores, de los derechos humanos. Para que este contrato funcione es necesario un consenso que establece lo que entendemos como justo, lo que es el respeto y la máxima del interés común como guía de la acción política.

Los cristianos hemos colaborado a esta construcción de la sociedad, basada en el consenso y en el pacto, pero también hemos participado de la ruptura cuando hemos colaborado con el poder totalitario o hemos mirado solo al propio  el interés individualista.

La corrupción es una de las formas de ruptura del pacto y un uso perverso de la autoridad y del poder que amenaza el consenso social y contribuye directamente a la discriminación y a la exclusión.

Un grupo de cristianos nos hemos reunido en el día internacional de la corrupción el pasado 9 de diciembre para denunciar la situación en nuestro país donde más de 1.700 procesos de corrupción no pueden dejarnos callados. No podemos ocultar la indignación que nos provocan los casos particulares de corrupción sean Bárcenas o Matas, Fabra o Rato, etc. o la que afecta a organismos semipúblicos con Bankia y el organismo bancario en general.  Pero nos indigna más y nos preocupa la corrupción que ha llegado a instalarse en las instituciones públicas como la monarquía y el gobierno, los partidos políticos las administraciones autonómicas y locales.  Y en este contexto hemos pedido: “Hay que sanar el tejido social desde el asociacionismo, la ciudadanía activa y participativa. Es urgente promover una ciudadanía justa y formada que sepa pedir responsabilidades”.

Los valores cristianos de la fraternidad y el respeto nos llaman a una mayor responsabilidad contra esta podredumbre que está pervirtiendo la articulación de la sociedad.  No podemos seguir colaborando con nuestro silencio en este estado de cosas y tenemos que ejercer una seria autocrítica apelando a los valores fundamentales y a la defensa radical de los derechos humanos. Necesitamos defender la democracia devaluada y acosada colaborando en la edificación de  una ciudadanía de personas responsables que puedan ejercer el control de lo político.

Sólo desde una  ética seria lograremos sacar adelante la cohesión social necesaria para que nadie quede excluido de nuestra convivencia.

 

Cada día que pasa se nos van imponiendo con mayor firmeza dos convicciones:  que en la era de la globalización de los mercados y la economía financiera la universalización de las comunicaciones representa uno de los mayores fenómenos de nuestro tiempo; y que, a pesar de los impresionantes logros de la tecnología, la sociedad posmoderna no ha logrado globalizar el derecho que asiste a la ciudadanía a expresar y difundir libremente su opinión y a recibir “sin limitación de fronteras” —como define la Declaración Universal de los Derechos Humanos, art. 19—, informaciones veraces y útiles para la colectividad. 

De hecho, un reducido número de agencias,  en conexión con 300  multinacionales,  controlan la información y la opinión pública mundial. Este oligopolio del poder mediático se impone sobre el mismo poder político a través de sus medios de comunicación de masas.

Salvando las distancias —y,  en el mejor de los supuestos, las intenciones— algo similar está pasando en la Iglesia católica y, más en concreto, en la Iglesia española donde la Conferencia Episcopal a través de la Comisión de Medios de Comunicación ejerce un control absoluto sobre la información y la opinión pública en la Iglesia.  

Contra la propia doctrina oficial de la Iglesia que, aunque tímidamente,  apuesta por la honestidad informativa en sus documentos oficiales — entre otros, la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II, nº 119; Decreto Inter Mirifica para la comunicación, del mismo concilio; y las encíclicas Pacem in Terris de Juan XXIII y Evangelii Nuntiandi de Pablo VI— y defiende el derecho a una información que respete la verdad, la justicia y la caridad, la Conferencia Episcopal Española está manteniendo unos medios que, como la COPE y 13tv, van justamente en dirección contraria. A través de su línea editorial, de sus espacios y tertulias se difunden  unos  mensajes que frecuentemente nada tienen que ver con la verdad, que faltan a la justicia y quebrantan con  insultos el debido respeto y la caridad con las personas. Propagan, en último extremo, una doctrina tan ideologizada, sesgada y partidista que resulta muy difícil reconocer en ella la doctrina católica universal. Hoy día son más una empresa comercial que centros o focos de evangelización.

Desde Redes Cristianas ya en nuestro Manifiesto por la Laicidad de septiembre de 2008 “denunciamos a la Conferencia Episcopal Española por el intolerable abuso del derecho a la Libertad de Expresión que está haciendo la COPE (a la que hoy añadimos 13tv)… y le exigimos el cambio radical en su línea editorial”. Y ante los nuevos aires que están llegando desde Roma y con la llegada a Madrid del obispo Carlos Osoro, creemos que el cambio debe iniciarse ya desde el reconocimiento del pluralismo que reina en el cristianismo en España  y desde el derecho de la comunidad católica y civil a disponer de unos medios de comunicación abiertos a la diversidad de tendencias,  siendo honestos, participativos y veraces.

Entretanto, hay medios que -vinculados a congregaciones religiosas o con estructuras más independientes- apuestan por una comunicación alternativa, honesta y poniendo el foco en la denuncia de las injusticias y en las personas que sufren. Es el caso de revistas como Humanizar, Revista 21, Alandar, Tiempo de Hablar, Utopía, Éxodo, Encrucillada o Irimia; y de medios digitales como Eclesalia, Ciberiglesia y Atrio, que dan otra visión de cómo se puede comunicar desde una perspectiva creyente.

 

El 5 de octubre va a  comenzar en Roma la primera fase del Sínodo de la familia. Un encuentro mundial que, en línea con los nuevos aires que están llegando desde la ciudad eterna, ha venido precedido de algunas novedades  interesantes.

En primer lugar, se ha hecho preceder de un amplio cuestionario, enviado a todas las diócesis del mundo, con el fin de recoger la situación y posicionamiento que los cristianos y cristianas  de hoy tienen sobre la que se considera célula básica de la sociedad y de la misma Iglesia. A pesar de su larguísima introducción —fiel reflejo de un estilo y doctrina hoy ampliamente superados—,  el cuestionario quiere ser fiel  a las distintas situaciones de la familia que hoy son conflictivas en la Iglesia, resultando particularmente  interesante el espacio dedicado a pulsar el conocimiento que el pueblo católico tiene en este tema  sobre la  doctrina de su propia Iglesia. La difusión del cuestionario ha sido ciertamente  muy desigual y tampoco la que cabía esperar. No obstante, es para celebrar el  gesto y animar a los responsables de la Iglesia a repetirlo en otros temas también importantes. —A la luz de esta experiencia, queda meridianamente claro que la Iglesia católica en España sigue necesitando alguna explicación sobre los motivos que han obligado a la Conferencia Episcopal a mantener largo tiempo en suspenso el cuestionario,  hasta el punto de que alguna diócesis, como la de Madrid, que viene organizando todos los años la “Misa de la Familia”  en diciembre,  lo ofreciera a última hora sin mucho entusiasmo y  reformado.      

 Son de destacar también otros gestos alentadores, como la difusión del llamado  Instrumentum  laboris o síntesis de las aportaciones recibidas en Roma desde todo el mundo y que pretende ser el punto de partida de los trabajos del sínodo.  —Nuevamente se echa en falta la aportación específica de la Iglesia española. ¿Tan seguros estamos de nuestra actual situación?,  ¿tan poco tenemos que comunicar con el resto de la Iglesia  en este tema?

No se puede pasar tampoco  por alto el nombramiento reciente por parte del papa de una comisión, presidida por el decano del Tribunal de la Rota, Pio Vito Pinto, con el fin específico de aclarar los procedimientos de nulidad, frecuentemente escandalosos, de los matrimonios católicos. ¿Es esta comisión la respuesta del papa Francisco a la oposición  de los siete cardenales, liderados por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Gerhard  Müller, ante la posibilidad de una apertura legislativa y sacramental a los matrimonios en situación irregular, expuesta, con conocimiento del papa, por el cardenal Kasper?  

 A Redes Cristianas, que valora positivamente estos pasos democratizadores en la Iglesia, no dejan de sorprenderle algunos otros que parecen  ir en dirección contraria. Nos sorprende que,  ante un problema  que afecta por igual a hombres y mujeres, se  convoque  al Sínodo  predominantemente  a hombres y en su mayoría célibes. ¿Qué pasa con las mujeres cristianas, no son ellas en gran medida las mantenedoras de la familia, las educadoras y activas participantes en la Iglesia? Este  patriarcalismo manifiesto nos sume en la perplejidad. Como también nos llena de sorpresa el nombramiento para el sínodo de personas que, como en cardenal Fernando Sebastián, han demostrado suficientemente su incapacidad para entender las distintas formas que asume hoy la convivencia o la familia en nuestro país. Nos resulta muy difícil esperar alguna respuesta positiva a este problema  desde personas que nunca han llegado a entenderlo.

Nos preocupa también el límite que oficialmente se ha marcado al Sínodo: conocimiento de la realidad, sí, compadecimiento ante las situaciones familiares dolorosas, también; pero sin tocar la doctrina actual de la Iglesia sobre la familia, sin mover el  tema de la indisolubilidad. A estas alturas de la investigación y de la ciencia bíblica nos llena de perplejidad que se sigan interpretando los textos bíblicos como si se tratara de definiciones dogmáticas, como si el Dios de hoy fuera un Dios mudo  y no tuviera nada que seguir revelando o dejándose descubrir  en la historia.  Nos gustaría que nuestra Iglesia mantuviera los oídos abiertos a sus teólogos y místicos: reconocimiento y honestidad para no caer en la indiferencia.  Nos gustaría que en cuestiones de moralidad no prescindiera nunca de la conciencia, para que la apuesta por la compasión no se convierta en mera veleidad.

Nos preocupa sobre todo la ausencia en el sujeto sinodal de la realidad más hiriente del mundo de hoy: la división de clases y el empobrecimiento. Todo esto tiene un peso determinante en la convivencia y agrupación familiar: desde la falta de trabajo a las migraciones, etc. 

Desde esta sección de Iglesia que somos Redes Cristianas queremos enviar al Sínodo de Roma sobre la familia cristiana dos mensajes a cual más importante. Primero, sed honestos con la realidad, reconociéndola en todas sus múltiples dimensiones. Y, segundo, sed capaces de poner el Evangelio, siempre Buena Noticia,  por delante de la actual doctrina que, por ideológica, es parcial y excluyente.

 

“No es una guerra, es un genocidio”, decíamos en el anterior editorial sobre Gaza. Es un genocidio, volvemos a repetir ahora después de  un mes de violencia y destrucción. El ensañamiento de Israel contra Gaza poco tiene que  envidiar al exterminio que hicieron sus antepasados en las bíblicas ciudades  de  Jericó y de Ay. La violencia practicada contra Gaza ha dejado  cerca de 2000 personas muertas, la mayoría de población civil  de la que una tercera parte son niños y niñas, y más de 9.000 personas heridas, muchas de gravedad, medio millón de desplazados y unas 5.000 viviendas arrasadas. Israel, entre tanto,  ha perdido 64 militares y 3 civiles. 

La masificación en los refugios, gestionados por la ONU, y el estrangulamiento de los servicios básicos están complicando las tareas destinadas a cubrir las imperiosas necesidades de los humanos.  Un millón y medio de personas no tiene acceso al agua y la falta de electricidad está afectando a los servicios de distribución de agua, saneamiento y salud. A juicio de June Kunugi, representante de UNICEF en  Palestina, “elcosto humano y material —de esta que Israel llama Operación Margen Protector—  no se puede describir con palabras”.

Como seres humanos nos humilla e indigna el cinismo de las grandes potencias  que, por intereses geoestratégicos,  están directa o veladamente amparando este genocidio de Israel contra la  población indefensa   recluida  en la franja de Gaza. Venderle armas y estar pidiendo al mismo tiempo ayuda humanitaria es éticamente inaceptable; entregar anualmente 3.000 millones de dólares, como hace EE.UU. con el silencio culpable de la UE, para recompensar el trabajo sucio que Israel está haciendo en la zona, es vergonzante. No se puede encubrir tanta desvergüenza bajo el político recurso del “derecho a defenderse de un país agredido”. Este no es el caso. Tampoco lo son las otras agresiones que el imperio ha llevado o está llevando a cabo en  Irak, Siria, Ucrania y tantos otros lugares del planeta.

Desde Redes Cristianas, además del apoyar a las víctimas y condenar sin paliativos el genocidio, además de exigir a nuestros gobiernos el cese del envío de armas, ruptura de relaciones culturales, comerciales y diplomáticas y boicot a los productos de Israel mientras dure el conflicto —y mantenga la ocupación del 78% de las tierras palestinas, los asentamientos y el muro—,  nos cuestionamos el clamoroso silencio de Roma, y más aún de la Conferencia Episcopal Española  ante una catástrofe de tal magnitud. ¡Como si todo se hubiera hecho ya con la visita a los lugares en conflicto y el poético rezo de sus líderes en los jardines del Vaticano! Ante una situación similar en 1511 y ante la presencia del entonces encomendero fray Bartolomé de las Casas, fray Antonio de Montesinos pronunció un sermón memorable que cambió la historia de la conquista: “¿Con qué derecho y justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Estos no son hombres?”.  Por el dolor que nos causa este silencio en un mundo falto de un referente moral que creíamos estaba emergiendo desde el Vaticano, traemos hoy el recuerdo de Montesinos mirando a Gaza: ¿No están exigiendo estas víctimas de Gaza algún gesto profético y urgente desde el Vaticano? ¿Seguirán guardando silencio los obispos españoles, tan locuaces a otros propósitos, ante este infanticidio y este crimen contra la humanidad?

 

Desde hace dos semanas, el Estado de Israel está llevando a cabo una nueva ofensiva militar sobre la Franja de Gaza. Es la cuarta que realiza desde el año 2006 sobre este territorio bloqueado, aislado y totalmente controlado por las fuerzas israelíes. ¡Y siempre con la colaboración, auspicio o empuje de los EEUU!

Una vez más Israel está cometiendo crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad sobre la población indefensa de Gaza, que no tiene ni tuvo nunca ejército, ni refugios, ni lugar adonde huir, debido al bloqueo. Este último fin de semana fue particularmente sangriento: el bombardeo y destrucción del barrio de Shayaíah terminó en la noche del sábado con la vida de unas 80 personas (de ellas, 25 niñas y niños y 15 mujeres) y dejó a unas 400 heridas, muchas de gravedad. La cifra de personas muertas en dos semanas, que aumenta cada hora, está superando las 530, y hay más de 3400 personas heridas.

Gaza es una diminuta franja de tierra de 350 km cuadrados donde viven hacinadas 1.700.000 personas, la mitad tienen menos de 18 años. Es una de las zonas más densamente pobladas del mundo.

Desde hace 7 años Gaza está sometida a un férreo e inhumano bloqueo por tierra, mar y aire por parte de Israel, que controla hasta cuántas calorías diarias ingieren los habitantes de Gaza. La situación humanitaria es dramática, y el 80% de la población sobrevive por la ayuda externa. Israel no permite siquiera la entrada de materiales para reconstruir los edificios e infraestructuras de agua, electricidad y vialidad destruidas en cada nueva agresión. Desde que Egipto clausuró los túneles hace un año, la situación humanitaria se agravó. Con la crisis actual, se habla ya de una verdadera catástrofe humanitaria de grandes proporciones.

Para justificar esta nueva ofensiva criminal, Israel argumenta que “tiene derecho a defenderse” de los cohetes caseros lanzados desde Gaza por la resistencia palestina. Esta afirmación es falsa:

1. La ‘provocación’ no vino de Gaza (de hecho Hamas llevaba casi dos años respetando el alto al fuego alcanzado en 2012): cuando el primer cohete de Hamas cayó en territorio israelí, hacía un mes que Israel estaba llevando a cabo una brutal operación de castigo colectivo en Cisjordania en la que mató a decenas de personas y arrestó a más de 800 (en su mayoría de Hamas), destrozó decenas de casas, invadió pueblos y allanó más de 2000 hogares. El pretexto fueron los tres colonos secuestrados y asesinados (todavía no se sabe por quién); el objetivo real fue golpear a Hamas, destruir su base de apoyo y romper el acuerdo de unidad alcanzado por Hamas y Fatah y el flamante gobierno de unidad nacional palestino.

2. Tanto Hamás como las demás organizaciones políticas (armadas y no armadas) son parte integral de la sociedad palestina que resiste un régimen de ocupación y colonización desde hace ya 66 años. Esa resistencia está amparada en resoluciones de las Naciones Unidas que afirman el derecho legítimo del pueblo palestino a recuperar su territorio y construir en él su Estado, y el derecho de todo pueblo bajo dominación colonial y extranjera o bajo un régimen racista a luchar por todos los medios por su autodeterminación.

Hamas es sólo el último pretexto de Israel. El verdadero objetivo del sionismo ha sido desde sus comienzos borrar al pueblo árabe nativo de su tierra y destruir el proyecto de liberación nacional palestino. Se trata de una campaña de limpieza étnica gradual cuyo objetivo final es vaciar el territorio de población palestina y ocuparlo total y definitivamente por población judía traída de todas partes del mundo.

Por eso en Palestina no hay un “conflicto” ni una “guerra”: hay una ocupación colonial encarnada en el Estado de Israel, que cuenta con el cuarto ejército más poderoso del mundo (incluido el armamento nuclear) y que recibe anualmente de EE.UU. 3000 millones de dólares sólo en ayuda militar. Esa potencia ocupante aplica un régimen de apartheid y de terrorismo de Estado sobre la población palestina, desconociendo sistemáticamente todas las resoluciones de la ONU que le obligan a retirarse de Palestina, y todos los tratados de Derecho Internacional Humanitario y de los Derechos Humanos que garantizan los derechos del pueblo palestino a vivir y a permanecer en su tierra, y de sus millones de refugiados a regresar a ella.

La hipocresía e inoperancia de la comunidad internacional ha permitido que esto continúe durante siete décadas y que periódicamente Israel cometa crímenes de guerra y de lesa humanidad con total impunidad y con la complicidad de los gobiernos, principalmente el de EE.UU, y los medios masivos de Occidente. Como digna excepción, cabe señalar la posición de la Organización de Unidad Africana y la de países latinoamericanos como Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Ecuador, en condenar esta nueva violación del Derecho Internacional y exigir sanciones a Israel.

Ante esta complicidad hipócrita, los pueblos de todo el mundo están respondiendo al llamado de la sociedad civil palestina y sumándose al movimiento global de Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel para obligarlo a respetar el derecho internacional y las numerosas resoluciones de Naciones Unidas que está violando. Esa campaña global está ganando aliados y éxitos impresionantes y acelerados en todo el mundo, dándole visibilidad a la lucha palestina por la libertad, la justicia, la igualdad y la autodeterminación, y haciendo que Israel esté cada vez más aislado y deslegitimado ante la opinión pública mundial.

Como Redes Cristianas nos unimos a los pueblos del mundo apoyando el movimiento palestino e internacional de Boicot, Desinversión y Sanciones como herramienta para hacer efectiva nuestra solidaridad.

NB. Agradecemos a la Coordinación de Solidaridad con Palestina de Uruguay por sus aportes para este editorial.

La sucesión al trono

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jul 092014
 

La manera como se ha gestionado la sucesión al trono ha sembrado sobre la monarquía más sombras que las que ya tenía. Las prisas, el silenciamiento de cualquier opinión que pedía claridad, la prohibición de las manifestaciones de signo contrario, el control férreo de los medios de comunicación, el ocultamiento de las opiniones que pedían ser consultadas, la “chapuza” del aforamiento “exprés” -según la expresión de Jesús Posada, presidente de las Congreso-, etc., han alimentado toda clase de sospechas.

Hay un tema de fondo que lo condiciona todo: la monarquía fue una imposición de la dictadura que por un sangriento golpe de estado usurpó el poder a una república legalmente constituida. La transición hacia la democracia se hizo con los condicionantes que todos conocemos. Sin entrar a valorar los años transcurridos desde entonces ha llegado el momento de poder opinar sobre qué modelo de estado queremos y poder construir entre todos y todas unas nuevas reglas del juego. En todos los campos, el político, el económico, el territorial, el cultural.

Ocultar este tema de fondo no sirve de nada, es cerrar en falso los problemas profundos de la sociedad. La práctica del avestruz de pretender resolver problemas tapándolos, no sirve, tarde o temprano reaparecerán. Y en esta ocasión creemos que quienes han estado en los entresijos de la operación, una vez más se han equivocado. Han creído que por la vía de la aplicación de la constitución se podía pasar por alto la opinión pública.

Obviamente se han cumplido los requisitos exigidos por la constitución. ¡Faltaría! Pero ante el agotamiento y la degradación política española, hoy esto no basta. No escuchar la opinión pública sin duda afecta y pasará factura de por vida al sucesor y sobre todo, afecta a la fundamentación moral y ética de la institución, base sobre la que debe sustentarse cualquier acción política.

En segundo lugar la operación ha venido acompañada, sobre todo por la rapidez y el modo de aforamiento, por la sospecha de implicación en la corrupción. Juan Carlos será el único ex-mandatario de Europa (excepto la familia real de Dinamarca) aforado por su responsabilidad en hechos anteriores. Mal ejemplo buscarle privilegios en las presentes circunstancias. Por otra parte, flagrante contradicción cuando en estos días el gobierno se erige como valedor de no-privilegios de aforamiento.

Pretender ocultar sospechas de corrupción o de notoria falta de ejemplaridad en la más alta institución del estado es un error. Primero por imposible. Pero sobre todo porque acarrea la corrosión en cascada de todo el cuerpo social.

Finalmente, una vez más hemos echado en falta la voz de la jerarquía de la iglesia católica, tan preocupada en otras ocasiones por otras dimensiones morales. Era de esperar que a partir de elementales criterios morales y como exigencia de la imprescindible regeneración de la vida pública se pidiera un mayor grado de transparencia y libertad de expresión.

jun 052014
 

Cuenta la historia que,  allá por la década de los sesenta del pasado siglo,  San Francisco (California) se convirtió en la meca de la juventud americana. Desencantada con los valores y la moral estándar  surgida de la Segunda Guerra Mundial y harta de la interminable guerra del Vietnam, comenzó a reunirse en comunas en el distrito Haight-Ashbury no solo para fumar marihuana, tocar guitarra, consumir LSD y escuchar música rock, sino también para huir de la sociedad homogeneizada, guerrera y consumista por medio de la meditación, la simplicidad de vida, la no-violencia y el apego a las religiones orientales.  Se llamaron a sí mismos Hippies y  la sociedad “legal”, que inicialmente los miró con simpatía, acabó pensando que su estilo de vida estaba poniendo en peligro el sistema y que había que volverlos… ¡a casa! Y así se hizo, aunque no pudo borrar todas sus marcas.

Se cuenta también que en la primera década del s. XXI la juventud de toda la ribera sur del Mediterráneo comenzó a concentrarse en las plazas de las ciudades donde levantaron tiendas de campaña para quedarse. Allí se organizaron  asambleas de debate sobre los problemas reales de la ciudadanía y manifestaciones por las principales vías de la ciudad en las que, mirando a todos los poderes del Estado (legislativo, administrativo y judicial, al gobierno y a la monarquía) gritaron  consignas como  “no nos representan” y “fuera el gobierno de la troika”. Estaban hartos de esperar un trabajo que nunca llegaba, de asistir en silencio a la privatización de la sanidad y la enseñanza, a los desahucios de las propias viviendas y a los recortes en todos los servicios públicos, y… ¡a tener que emigrar para poder vivir! Estaban hartos de una forma de política corporativista, engañosa y corrupta, sometida a los holdings económico-financieros e impuesta por la troika, que se despertaba cada mañana mirando no a las necesidades de la gente sino a la evolución de los mercados. Esta juventud, que no lo era solo en edad, no quiso emigrar, decidió quedarse —contra el deseo de los viejos roqueros de la política—  para visibilizar su “indignación” y buscar alternativas desde las Primaveras Árabes, el 15 M, el Occuppy Wall Street… ¡No estaba en fiesta, estaba profundamente “indignada”!

La historia sigue ahora siendo testigo del nacimiento de una nueva era política. Las voces de la indignación no han huido de la sociedad de su tiempo como los hippies, ni han emigrado como querían los roqueros de la vieja política. Intelectual y moralmente mejor equipadas que los gobernantes en el poder, han venido para quedarse y poner de manifiesto que ni la mentira, ni la corrupción, ni el sometimiento a los poderes fácticos van a doblegar la soberanía del pueblo. Se han quedado para poner su talento en servicio de la transformación del mundo, subvirtiendo el viejo paradigma político.

Para “recrear esa nueva forma de hacer política” a la que se aspira, van a necesitar la complicidad de todas las voces, estamentos y situaciones sociales en que se encuentra la ciudadanía. Redes Cristianas saluda con alegría y participa activamente en este nuevo intento de  recrear la política y la democracia.

 

 

Una vez más, los ciudadanos de la Unión Europea estamos convocados a unas elecciones parlamentarias. Éste es el elemental ejercicio de toda democracia.

Sin embargo, hoy el modelo institucional de la UE difiere sustancialmente de un modelo democrático tradicional: el Parlamento que elegiremos el día 25 es más una cámara consultiva que una cámara de representación,  porque los resultados electorales no determinan el gobierno de la Unión, que se “elige” por un mecanismo alternativo; lo que aprueba el Parlamento no se traduce automáticamente en normas de aplicación en todo el territorio y está supeditado a otros acuerdos, etc. Sin duda, la institucionalidad política del modelo europeo supone un bajo nivel de democracia.

Pero el problema central está en que lo que verdaderamente estructura el entramado de la UE es el modelo económico. Hoy Europa consagra una gestión económica neoliberal, donde los intereses de las élites económicas se imponen al conjunto de la población,  excluyendo toda posibilidad de modelos alternativos. Se trata del desmonte del estado de bienestar. Por eso,  quienes tienen realmente el poder carecen de interés en que las cosas cambien en el sentido de la construcción de una democracia normal.

En su estadio actual, la UE es la combinación de una estructura de poder en la que participan las élites de los países hegemónicos y las grandes empresas y perjudica a las mayorías en temas fundamentales: ausencia de un sistema de derechos sociales que garantice coberturas básicas; niveles de desempleo intolerables en algunos países; débil regulación de los derechos laborales que permite el desarrollo de una competencia entre trabajadores de distintos países,  que se traduce en deslocalizaciones de actividades industriales; falta de perspectivas para la juventud; desaparición de la soberanía nacional en beneficio de centros de decisión exteriores incontrolables, causa de que la democracia ya de baja intensidad de los Estados-nación se convierta en algo ya completamente hueco; la libertad de cada país respecto a las regulaciones fiscales genera la paradoja de que dentro de la UE se encuentren buena parte de los paraísos fiscales. Las políticas migratorias tratan de crear una fortaleza que impida la libre entrada de foráneos. Todo ello se apoya en la explotación de unos valores de eurocentrismo de nuevo cuño, con un racismo latente.

Como marco institucional, con su recalcitrante propuesta de recortes y priorización la deuda, la UE se ha mostrado una gestora desastrosa de la crisis económica. Ha contribuido a la generación de mayores desigualdades y no tiene propuestas serias que hacer frente a los graves problemas ambientales a los que nos ha conducido el productivismo capitalista. Existe la creciente sensación, sobre todo en los países endeudados, de que la UE es un régimen autoritario y antidemocrático,  dispuesto a suspender los procedimientos democráticos invocando urgencias económico-financieras que permiten echar a jefes de gobierno, cambiar constituciones acorazadas en 24 horas, nombrar a tecnócratas al frente de países o ignorar referéndums; la “democracia conforme al mercado” definida por Merkel.

Como alguien dijo,  Europa no es solo Beethoven, la Ilustración y Galileo, sino también la Inquisición, Auschwitz y el imperialismo. Con sus directrices actuales  hoy la UE tiende a caminar por este segundo camino.

Sin la promesa de prosperidad con la que antes contaba, el proyecto europeo se convierte cada vez más en una pregunta: ¿para qué necesitamos Europa, el euro, la UE? Ante esta situación es necesario generar respuestas y tratar de articular una alternativa que plantee un modelo de Europa social distinto. Esto supondría: 

  • Forzar un cambio en la forma de elaboración de las políticas, lo que supone tanto propugnar un nuevo marco institucional como la eliminación del poder que tienen las multinacionales sobre el mismo.
  • Imponer un marco social común que garantice derechos básicos y evite la presión de la competencia “hacia abajo”.
  • Ofrecer propuestas de cambio en el funcionamiento de las instituciones económicas que promuevan efectivamente la igualdad tanto en términos de género como en términos sociales y entre países.
  • Poner freno a las políticas privatizadoras de los bienes y servicios esenciales.
  • Transformar las políticas migratorias y, al mismo tiempo, el marco de relaciones con los países extracomunitarios.
  • Reconocer la gravedad de la crisis ambiental y exigir un enfoque de ajuste de la organización económica y social que evite el desastre y posibilite la transición hacia una sociedad realmente sostenible.
  • Bloquear todas las tendencias antidemocráticas dominantes y que están asociadas al mantenimiento del statu quo actual.
  • Apoyar el desarrollo de movimientos sociales y experiencias de cambio que propicien una nueva hegemonía social.

Seguramente todo esto es una especie de carta de buenos deseos. Pero son deseos necesarios que debemos exigir a quienes piden ser nuestros representantes. Y si cumplen, no debemos dejarlos solos en estas tareas. Hay que propiciar un cambio de ciclo político y social. Dinamitar un imperio para que pueda nacer un nuevo marco de instituciones promotoras del bienestar para todos, la sostenibilidad ambiental, la justicia, la igualdad y la democracia.

abr 212014
 

De acuerdo con el  anuncio hecho por el papa Francisco el pasado 30 de septiembre de 2013, el 27 del presente mes de abril van a ser canonizados dos de los últimos pontífices muertos de la Iglesia católica, Juan XXIII (1958-1963) y Juan Pablo II (1978-2005).

Ya es la segunda vez que a Juan XXIII, el “papa bueno”, le toca hacer de comodín para la promoción a los altares de otros papas  controvertidos. Antes,  en su beatificación, hecha  por Juan Pablo II en el año 2000, tuvo que acompañar a la nada agradable figura de  Pio IX (1846-1878), el último papa rey que, entre el Syllabus y la declaración de su propia infalibilidad, se mostró rabiosamente antimoderno. Ahora, en su canonización, le acompaña la incómoda figura de Juan Pablo II. ¡Poca suerte está teniendo el bueno de Roncalli!

 Aunque no siempre es fácil distinguir en estas figuras públicas lo que es reflejo del talante y moralidad propios de aquello que aparece en sus gestos públicos, lo cierto es que muy poca simpatía se encuentra entre estas dos personas que van a ser proclamados oficialmente santos. De Juan XXIII brota espontáneamente la bondad y la confianza, el diálogo y la acogida; de Juan Pablo II es, más bien, el poder y la firmeza, la supremacía de lo propio y exclusión de lo diferente; en Juan emerge  la humanidad con sus virtudes y defectos, en Juan Pablo es la Iglesia jerárquica dominante y queriendo ocultar siempre sus debilidades y problemas; Juan fue el papa de la modernidad y el aggiornamento, Juan Pablo lo fue de la involución y restauración eclesiales; en el papa Juan es primero el buen hacer o buen estar en el mundo (ortopraxis) y para ello convoca un concilio, en Juan Pablo aparece en primer lugar el discurso único (ortodoxia) que rechaza las nuevas corrientes de pensamiento teológico y condena a sus autores. Visto desde América Latina, el papa Juan fue un estímulo para la liberación social y religiosa, mientras que Juan Pablo fue un aliado del imperio.  Poca alquimia, como se ve, entre ambas figuras.

Como en otras ocasiones recientes (nos referimos a las beatificaciones de los mártires de la Guerra Civil española) también ahora van a aparecer los dos bandos bien diferenciados en la Iglesia, los que están a favor de su renovación y transformación y los que van a seguir apostando por tradiciones que el tiempo ya ha superado. Muchos cristianos y cristianas se seguirán preguntando por el valor y sentido de unos milagros, siempre mantenidos con pinzas y difíciles de entender y probar en la era del conocimiento. Habrá quienes se sientan incómodos ante el hecho de seguir vinculando al poder papal, siempre excepcional, el testimonio y la ejemplaridad en la Iglesia, olvidándose de su base que es siempre más universalizable. Finalmente, no faltará quien se pregunte por el mismo sentido de las canonizaciones en una sociedad cada día más secular.

Redes Cristianas se siente abiertamente en sintonía con el “papa bueno” y desea que, en la pista que él intentó abrir, el papa Francisco siga apostando por el reconocimiento de la diversidad y el pluralismo que existe dentro de la propia Iglesia, por su aggiornamento y su voluntad de ser “Evangelio de la Alegría” en este mundo amenazado de tristeza.

 

Resulta difícil disociar  en estos días los dos acontecimientos mayores que se están desplegando simultáneamente en Madrid: Las Marchas de la Dignidad y la muerte de Adolfo Suárez. Los dos fenómenos están afectando, aun físicamente, al mismo sujeto, al pueblo, aunque de forma matizadamente distinta.

La muerte de Suárez, principal referente de la Transición, nos trae a la memoria un tiempo pasado en el que una gran mayoría del pueblo luchó, hasta con la vida, para rescatar de la dictadura la libertad y la palabra. “Habla, pueblo, habla”, del grupo Jarcha, fue,  quizás,  la mejor expresión pública de la conversión a la democracia de un presidente que estaba saliendo de las garras de la dictadura franquista. Había entonces energía y coraje suficiente para invitar al pueblo a romper el silencio y el temor y a recuperar desde el secuestro la palabra y el poder de decisión.

Por su parte, las Marchas de la Dignidad, surgidas desde la profundidad de una crisis provocada y gestionada contra los intereses del pueblo, están reivindicando hoy, a casi cuarenta años del comienzo de la Transición, lo que ya se consideraba adquirido para toda la sociedad, es decir, “el pan, el trabajo y el techo”. Más al fondo, vienen a defender “la dignidad” de la que nadie  puede ni debe desprenderse porque la tiene por el mero hecho de haber nacido, de existir.

El alzhéimer que, por desgracia, ha padecido durante los últimos 11 años el presidente Suárez, está siendo un triste símbolo de lo que nos está pasando en la sociedad de nuestros días. Nos hemos venido convirtiendo, con el regocijo de los gestores políticos (de quienes decimos que “no nos representan”),  en una “mayoría silenciosa”.  Hemos venido perdiendo la memoria de quienes murieron defendiendo la libertad, hoy olvidados en las cunetas de nuestras carreteras; hemos ignorado a quienes aviesamente han venido privatizando y apropiándose de los bienes colectivos; hemos permitido que la farsa se haya instalado en la administración de justicia; y hemos dejado impunemente que el engaño y la corrupción imperen desde las más altas instituciones económicas y políticas.

Mirando también a la Iglesia de la Transición, tampoco podemos presentarla, salvo en sus sectores más populares y de base, como un camino a seguir. Lejos de haber pedido perdón por su complicidad con los alzados en armas contra la República, ha firmado unos Acuerdos con el Estado que, además de ser preconstitucionales, son actualmente la mayor fuente de privilegios y agravios comparativos con el resto de instituciones religiosas y civiles. Tampoco su asistencialismo, tan necesario en estos días, suele ir siempre acompañado  de la denuncia contra las políticas económicas que tanto daño están causando en el pueblo.    

Testigos y militantes de las Mareas que llenan nuestras calles —contra el desproporcionado descontrol policial—, celebramos la recuperación de esta memoria reivindicativa de pueblo que hace honor a los mejores momentos de nuestra historia y camina hacia la recuperación de la dignidad y la justicia para toda la sociedad. 

¡Quince ahogados en Ceuta!

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mar 042014
 

El pasado día 6 de febrero unas 300 personas de origen subsahariano pretendían llegar a España saltando la valla que separa España de Marruecos en Ceuta. Al verse repelidos por la policía marroquí y guardia civil española, un grupo numeroso se lanzó al mar para intentar llegar nadando a la playa de el Tarajal. Fueron de nuevo repelidos por la guardia civil, esta vez con el lanzamiento de bolas de goma. Hechos que ocasionaron la muerte de 15 de ellos, varios heridos y otros desaparecidos; 23 consiguieron llegar a la playa, pero fueron devueltos de inmediato a Marruecos.

Estos hechos han sido denunciados por varias organizaciones de africanos que piden responsabilidades penales y políticas. También en España medio centenar de entidades han enviado un informe a las autoridades europeas, adjuntando un dossier sobre estos trágicos sucesos y las devoluciones “en caliente” que transgreden la normativa española, europea e internacional. Como dicen estas entidades:

“La violación afecta no solo al procedimiento regulado en la legislación de extranjería sino también al principio de no devolución, recogido en los artículos 22 de la Convención de Ginebra de 1951, 3 del Convenio Europeo de Derechos Humanos y 18 de la Carta Europea de Derechos Fundamentales”. También consideran vulnerado el artículo 6 de la directiva europea que obliga a los Estados de la unión a garantizar el acceso a protección no solo en el territorio sino también en las fronteras y aguas territoriales.

MIGREUROP, asociación a la que pertenecen en España las organizaciones Andalucía Acoge / Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía / Comisión Española de Ayuda al Refugiado / ELIN / Federación Estatal de Asociaciones de SOS Racismo ha decidido presentarse como acusación particular en las diligencias previas abiertas en el juzgado nº 6 de Ceuta.
Especialmente significativos nos parecen los hechos denunciados ante la fiscalía por varias organizaciones y que pueden leerse con detalle en el siguiente enlace:

http://www.sancarlosborromeo.org/docs/Denuncia%20tarajal%20Fiscal%C3%ADa%20General%20del%20Estado%2010-2-14.pdf

Todos estos hechos nos llevan a la siguiente reflexión:

Es del todo inadmisible que la guardia civil española haya reprimido con el lanzamiento de pelotas de goma y gases lacrimógenos a quienes, extenuados, intentaban llegar a las playas de Ceuta. Es del todo necesario clarificar estas actuaciones y, en consecuencia, exigir responsabilidades políticas y jurídicas a los responsables de tales hechos.
Es increíble que desde las instancias de poder económico y político de la Unión Europea se trate a los inmigrantes como un fenómeno que debe ser evitado para salvaguardar su seguridad, mientras se permite el libre tránsito del dinero y mercancías. “Ningún ser humano es ilegal”. Es necesario luchar por un nuevo orden mundial que esté al servicio de las personas, de todas las personas y no de los capitales. No se puede detener el hambre con vallas ni con cuchillas. Seguirán llegando inmigrantes africanos mientras en esos países no exista un desarrollo que no haga necesario su llegada a Europa. Son Europa y los EEUU los culpables del abandono en que se encuentra el continente africano y ahora pretenden evitar lo inevitable.

Denunciamos los intentos del Gobierno español de querer cambiar las leyes actuales para poder hacer lo que se ha hecho en Ceuta con el uso de pelotas de goma y gases lacrimógenos. Ese intento lo desautorizamos por inhumano y cruel con seres humanos, así como el uso de las cuchillas cortantes en las vallas.

Igualmente abogamos por el cierre de los CIE (Centros de Internamientos de Extranjeros) porque no respetan los derechos humanos de quienes allí están acogidos como han venido denunciando diversos organismos que trabajan con inmigrantes.
Aun recordamos las palabras que el papa Francisco dijo cuando algunos centenares de inmigrantes perdieron la vida al intentar llegar a la isla de Lampedusa : “Es una vergüenza”. Y también dijo: Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto… La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia”.

Los cristianos y cristianas no podemos ser indiferentes al dolor ajeno. Denunciamos las causas profundas que provocan esta situación de injusticia con el continente africano donde existe tanta hambre, miseria, guerras y calamidades (provocadas mayormente por las grandes multinacionales). Luchamos por un cambio profundo en las relaciones internacionales y en las de nuestro país para que se gobierne pensando en los que menos tienen y en los que más lo necesitan. Debemos acoger y ayudar a inmigrantes de nuestro entorno y luchar contra el racismo y la xenofobia.

ene 232014
 

Están causando mucho revuelo, en  un país maltratado por una política neoliberal  de extrema severidad, las explosivas declaraciones sobre el aborto y la homosexualidad de Fernando Sebastián Aguilar,  recientemente nombrado cardenal por el papa Francisco.

En entrevista concedida el 19 del presente mes de enero al diario Sur de Málaga, donde actualmente reside, el arzobispo emérito de Pamplona y Tudela deja dos titulares periodísticos de primera magnitud. Sobre el aborto, cuya polémica ha desatado el anacrónico proyecto de  ley-Gallardón, el nuevo cardenal dice que” las mujeres que abortan quieren quitarse de en medio al hijo para disfrutar de la vida” ¡Terrible! Y, sobre la homosexualidad, mayoritariamente aceptada por la ciudadanía de este país, afirma que “es una deficiencia que se puede normalizar… algo así, dice,  como la hipertensión que yo padezco”.

Dejando de lado ahora el injusto y descabellado juicio sobre el aborto —ocasión tendremos de volver sobre él durante la tramitación parlamentaria de la nueva ley— ni que decir tiene que quienes más directamente se han sentido agredidos por estos prejuicios homosexuales del cardenal, como la plataforma LGTB, han reaccionado inmediatamente. En respuesta, firme pero nada agresiva,  le informan, por si no lo supiera,  que  mantener a estas alturas que “la homosexualidad es una patología es una aseveración anticientífica”; que “este tipo de discursos no solo provocan dolor”, sino  que también “son semilla de odio que enciende acciones violentas” (basta recordar  las agresiones de los  grupos fundamentalistas de nuestro entorno o de países censurados recientemente por la ONU);  y, finalmente, que “la homosexualidad  no es una enfermedad curable, pero la homofobia, sí”.

Desde el rechazo sin paliativos y la perplejidad que nos producen este tipo de declaraciones,  faltas de la más mínima comprensión hacia personas que sufren, estigmatizadas en  ambientes profundamente ideologizados, nos hacemos las siguientes preguntas:

En primer lugar sobre su oportunidad sociopolítica. ¿Qué se pretende demostrar o conseguir con este tipo de aseveraciones en una sociedad que, como la de este país, ha asumido sin especial rechazo la ley sobre el Matrimonio Homosexual de 2005?

En segundo lugar, sobre su verdad científica. Aunque ninguna teoría científica se pueda recibir como un dogma absoluto (“solo Dios y el hambre, dirá Casaldáliga, son absolutos”) y a todos “nos une la finitud”, nos preguntamos si la opinión de un cardenal es suficiente como para estigmatizar a todo un colectivo mundial frente a las posturas que, mayoritariamente,  vienen defendiendo las ciencias antropológicas y los estudios histórico-críticos de la Biblia.

En tercer lugar y refiriéndonos al momento esperanzador  que,  desde la llegada de Bergoglio al obispado de Roma, está irrumpiendo en la Iglesia y en el mundo, nos preguntamos si el nuevo cardenal se ha enterado de la postura que el papa Francisco ha reflejado sobre este tema: “Si una persona es gay, ¿quién soy yo para juzgarlo?”

Finalmente, sin contar con especial información sobre lo que, de puertas a dentro, puede estar ocurriendo en el Vaticano, repetimos lo que en otras ocasiones hemos manifestado desde Redes: ¿para qué sirve un cuerpo cardenalicio que, —como resto medieval y corte escandalosamente adornada de títulos honoríficos al lado de un monarca absoluto— con solo su existencia, sin base teológica alguna, está anulando otras dimensiones importantes en la Iglesia como la sinodalidad del pueblo cristiano y el importante papel de las conferencias episcopales en la animación del mismo? ¡Por respeto al Evangelio, los mismos cardenales deberían dar por finalizada  ya su función en la Iglesia!

dic 032013
 

Han tenido que pasar muchos siglos y demasiados años para que desde el Vaticano se pueda oír un mensaje como este: “Evangelii  Gaudium”, La  Alegría del Evangelio.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Con perdón  de tantas y tantos  que se han ido,  los ojos vueltos hacia el Evangelio como Moisés ante la Tierra prometida, sin poder disfrutarlo  porque  un poder extraño, espada en mano como el ángel guardián del Paraíso, se lo impedía. Sorprendentemente en esta ocasión vamos a poder escuchar la invitación del papa Francisco a recuperar la alegría.

No es este el lugar ni es nuestro propósito hacer aquí un recuento de los múltiples aportes de este importante documento, teológicamente bien armonizado y decididamente orientado hacia la dimensión misionera de la Iglesia en un mundo en crisis, dominado por la economía especulativa y el mercado. No obstante, nos parece justo destacar estas impresiones:

Se trata de una exhortación programática, una hoja de ruta para sacar a la Iglesia del enclaustramiento y ensimismamiento en que ha venido precipitándose en la últimas décadas. Es una apuesta decidida por una “casa abierta”,  acogedora de quienes buscan calor humano y   diálogo franco con las culturas, las ciencias, las artes, las religiones y el mundo de la increencia.  Sin complejos. Consciente de no poseer “el monopolio de la verdad”, pero sin miedo a la equivocación que paraliza  (“mejor accidentada que enferma por temor a equivocarse”).  Se apuesta por una descentralización que va desde Roma hasta la más pequeña de las iglesias particulares, dando relevancia a su experiencia más original, la comunidad. Es una gozada encontrar citadas, por primera vez en un documento oficial, las Comunidades Cristianas Populares,  siempre  injustamente  silenciadas a pesar del inmenso bien que han hecho en el mundo.

Entre los neologismos propios del “terruño argentino” y el lenguaje llano, expresión clara de su cercanía al pueblo, hay dos palabras que como dos focos de luz iluminan y vertebran esta ruta de renovación. Se trata de la alegría y la misericordia, brotando ambas del rescoldo, siempre vivo, del amor. No se necesitan muchas más verdades, ni son todas de la misma importancia para anunciar el Evangelio en el mundo. Pocas y bien articuladas son  suficientes  para romper el aislamiento e ir creando la necesaria “revolución de la ternura”.

Arremete duramente la Exhortación contra el mercado neoliberal, la economía de exclusión, la cultura del “descarte”, la globalización de la indiferencia. “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles lo suyo y quitarles la vida”, dice.  Denuncia también la burocracia en la Iglesia que la lleva a la “mundaneidad espiritual”.  El modelo o paradigma que quiere el papa Francisco para una Iglesia  renovada es el de la  “persona-cántaro”, que va vertiendo generosamente la abundancia de su agua fresca.

Con esta Exhortación Apostólica del papa Francisco Redes Cristianas se empieza a sentir un poco menos incómoda en una Iglesia que parece decidida a transitar desde  el lefevrismo, el wojtylismo, el ratzingerismo y el rouquismo, es decir, desde el frío y ortodoxo  legalismo  hacia una forma más cálida,  jesuana y evangélica. Más católica,  por ser más humana y universal.

Algo se mueve en la Iglesia

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nov 092013
 

Que un lugar siempre tan inmóvil y hermético como el Vaticano, sobre todo en las últimas décadas, se esté convirtiendo en estos días en foco de atención mundial por las buenas noticias que genera, es para celebrarlo. También, para tomar nota porque revela que algo se está moviendo en la Iglesia

A los gestos personales del papa Francisco –llamativos por su talante evangélico– y a algunas otras decisiones que afectan a la curia y a la banca vaticana, se une ahora la convocatoria de un Sínodo sobre la Familia para el próximo mes de octubre. Este gesto, si bien tradicional en la historia de la Iglesia, viene en esta ocasión precedido por una amplia encuesta que concentra en 9 capítulos y 39 preguntas abiertas cuestiones de verdadera importancia para la espiritualidad y moralidad de las familias y su articulación en el seno de las sociedades. La novedad de esta singular iniciativa está, a nuestro modo de ver, en dos aspectos: en hacer público lo que hasta ahora ha sido tabú y materia expresamente reservada a la alta jerarquía católica, y enel deseo expreso de recoger la opinión del catolicismo mundial sobre estos importantísimos y cambiantes temas, siempre de actualidad.

La encuesta se despliega en un amplio abanico que va desde la vivencia, control de la sexualidad y la reproducción humana, desde el conocimiento e influencia de la Sagrada Escritura, la ley natural y la doctrina de la Iglesia sobre estos temas, hasta las formas diversas de realización familiar en las sociedades de hoy día y los diferentes modos de acompañamiento espiritual y religioso.

Aunque a nadie pueden escandalizar las distintas reacciones que está suscitando la iniciativa en los diversos sectores cristianos —la Iglesia, por suerte, es muy diversa—, es justo reconocer el interés y  la favorable acogida que está teniendo entre quienes, por su propia situación personal (matrimonio homosexual, parejas en situaciones difíciles,  separados y divorciados vueltos a casar, convivencia ad experimentum, etc.) están  siendo,  contra su voluntad,  excluidos y excluidas de la Iglesia. También otros sectores,  pertenecientes a Iglesia de Base, saludan con agrado y  valoran positivamente este gesto esperanzador.

Estamos convencidos de que ninguna reforma, por buena que parezca, hecha desde arriba y sin la participación de las bases, suele llegar a buen puerto. Durante demasiados siglos una jerarquía absolutista y prepotente ha arrebatado a los seglares su derecho a participar responsablemente en las cosas de la Iglesia. Pero el poder, por más que lo intente, nunca podrá borrar la memoria de una práctica que existió en los primeros siglos del naciente cristianismo y de unos derechos recogidos en sus documentos fundacionales, el Nuevo Testamento. Amparados en esta memoria, desde Redes Cristianas os invitamos a participar en esta iniciativa del papa Francisco, con la esperanza de ir “liberando a la Iglesia del clericalismo”  e ir transformándola en una “comunidad de iguales que no excluya a nadie por motivo de género, origen u orientación sexual”, como afirmábamos, desde todos los rincones del mundo,  en la carta colectiva enviada al papa el pasado mes de octubre con ocasión de la reunión en Roma del Consejo Asesor para la reforma de la Curia.

oct 202013
 

Con respeto pero con firmeza,  tenemos que descalificar, desde los más hondos sentimientos humanos, el bochorno que la jerarquía católica ha hecho pasar a la Iglesia en España en las beatificaciones de Tarragona. De una fecha que pudiera haber sido de reconciliación y  alegría para todo el pueblo se hizo un acto  en el que no faltó ninguno de los elementos  rituales del franquismo: el religioso, el político y el militar. Una nueva repetición  de la “santa alianza”.

 Según sus organizadores, se intentaba solo un acto religioso  de reconocimiento de la heroicidad de 522 “mártires del siglo XX”. Un gesto que “no iba contra nadie”. Y en esta línea, nuestro juicio, severamente crítico con el acto, no quiere introducir la más mínima sombra a la dignidad, admiración y heroicidad de las víctimas. Al contrario, por el respeto que nos merecen, levantamos nuestra voz.  Pero  los hechos de las personas y de las colectividades son siempre muy tercos, y, por más que uno lo pretenda, no son nunca tan neutros como se quisiera. En este sentido, el acto de las beatificaciones de Tarragona está envuelto en un significado que, objetivamente considerado,  supera las intenciones expresadas  y el mismo ámbito religioso en que pretendió moverse.

En primer lugar, estas  beatificaciones representan un modelo de Iglesia parcial  que los papas conciliares (Juan XXIII y Pablo VI) trataron de evitar. Sólo han sido posibles con la llegada a Roma de los papas revisionistas o restauradores. En este sentido, la imagen que proyecta en su homilía el cardenal Angelo Amato, representante del papa en la celebración, sobre la “persecución religiosa en la España de los años 30, envuelta en la niebla diabólica de una ideología” – lo que,  aunque no se dice se sobreentiende: justifica el alzamiento de los militares rebeldes, la guerra civil y la posterior dictadura–  es cuando menos una imagen ideologizada y muy poco ajustada a la historia. Alguien debería suplir generosamente la ignorancia del  cardenal  y, quizás, exigirle cuentas por una homilía apologética muy poco reconciliadora. De hecho, se cubrió con un manto de silencio a las víctimas del otro bando que murieron –presumiblemente también desde su fe reforzada con la Doctrina Social de la Iglesia– defendiendo la legalidad de la República, la libertad del pueblo y la democracia. Se trata, pues, de una imagen de Iglesia, la que se proyecta desde la beatificaciones de Tarragona, parcial y sectaria, difícilmente reconciliadora.

Y, en segundo lugar, nos preguntamos por el significado de los representantes políticos y militares en un gesto de una institución privada. Es cierto que no estuvo la Casa Real, pero la presencia de los Ministros del Gobierno, del Presidente de la Cortes y del President de la Generalitat de Catalunya  fue suficiente para completar el más brillante escenario de un nacionalcatolicismo que ya creíamos superado. Es la nueva “santa alianza” político-militar y religiosa  contra la aconfesionalidad o laicidad que se dio el pueblo español en la Constitución de 1979: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal” (art. 16.3).

Aunque las palabras por video-conferencia del papa Francisco fueron estudiadamente rutinarias y frías, no nos ha gustado verlo asociado a este gesto. Hubiéramos preferido de alguien como él,  que tiene también una amarga experiencia de la dictadura militar en Argentina,  un reconocimiento y una  petición oficial de perdón al pueblo español por las enormes torpezas que cometió la jerarquía católica española  durante la década de los años 30. Esta petición de perdón, junto con el apoyo a la recuperación de toda la Memoria Histórica, seguirá siendo una reivindicación permanente y un símbolo de reconciliación y de justicia.  En este sentido,  consideramos  muy  positiva la propuesta del obispo de Tarragona de impulsar la petición de perdón por parte de la Conferencia Episcopal Tarraconense.

 

El próximo 13 de octubre, en Tarragona, 523 personas recibirán el honor de los altares como mártires durante la guerra civil. Setenta y cinco años después de aquellos hechos, la jerarquía de la Iglesia católica parece querer mantener las heridas abiertas, honrando masivamente a las víctimas de un solo bando. Este hecho pone de manifiesto su incapacidad para superar las posiciones de entonces, y que sigue considerando aquella la guerra como una cruzada.

Celebrándose en Tarragona, además, la ceremonia de la beatificación deshonra la figura del entonces arzobispo de esta diócesis, cardenal Vidal y Barraquer, que,  en un gesto lúcido y valiente,  se negó a firmar la Carta Colectiva de los obispos españoles de julio de 1937 a favor del levantamiento, lo que le ocasionó el exilio y todo tipo de persecuciones.

Todo colectivo tiene derecho,  y probablemente obligación,  de honrar a sus muertos. Pero, para cerrar las  heridas de una guerra fraticida y poder hacerlo en un clima de reconciliación, es necesario que ambos bandos acepten haber cometido errores, pidan perdón y reconozcan en igualdad de condiciones la heroicidad de todos los muertos inocentes de uno y otro lado. A los católicos nos toca pedir perdón por la posición beligerante de la mayor parte de la jerarquía, instituciones eclesiásticas y un buen número de laicos y tener la humildad necesaria que requiere la petición de perdón. Pero hasta ahora la jerarquía se ha negado a hacerlo, a reconocer la ilegitimidad del golpe de estado contra el legítimo Gobierno de la República y el grave error que supuso la Carta Colectiva. Sin este reconocimiento difícilmente puede haber reconciliación.

Desde nuestra más profunda admiración y respeto por las vidas y, sobre todo, por las circunstancias de cada una de sus muertes –a menudo con suplicios y padecimientos añadidos–, desgraciadamente el hecho de esta beatificación no puede evitar ser interpretado como una instrumentalización política de las muertes en el servicio de uno solo de los bandos.

En estas condiciones, y en el contexto del actual debate sobre la recuperación de la Memoria Histórica, la Iglesia (española) se coloca en un espacio no sólo de fácil crítica como institución,  sino también de instrumentalización partidista de los muertos. Los ahora beatificados nunca habrían podido imaginar que, setenta y cinco años después, el sector más recalcitrante de la sociedad española pretenda sacar provecho político de su sacrificio. Ciertamente la jerarquía aduce que ninguna persona puede ser llevada a los altares si en la causa de su asesinato se mezclan motivaciones no estrictamente de fe. Pero olvidar los miles de obreros, maestros y sacerdotes,  asesinados por el franquismo por motivos de fidelidad al pueblo –y a menudo también de fe–,  no sólo es una injusticia sino que hace imposible una verdadera reconciliación.

Para poder construir la reconciliación que este país sigue necesitando es necesario el resarcimiento moral de todas las víctimas. Y esto no se ha hecho todavía con las víctimas republicanas. Si la Iglesia tuviera la libertad y generosidad suficientes para hacer este gesto podría honrar a sus mártires sin que ello supusiera ofender a nadie porque todos, vencedores y vencidos, fueron igualmente víctimas. Y evitaría esa frase maligna: “los de un lado, los altares, los del otro a la cuneta como perros”. Mientras este reconocimiento no se dé,  la jerarquía de la Iglesia debe saber que sigue humillando a las víctimas inocentes del otro lado y a sus familiares; sigue manifestando su incapacidad para ser factor de paz y reconciliación y, objetivamente, queriendo o no, sigue apareciendo como jerarquía del rencor.

Quisiéramos que esta nueva beatificación masiva, que mantiene las heridas abiertas, sirva para que la Iglesia católica, con sincero remordimiento, pida de una vez perdón a la ciudadanía actual por su participación, como impulsora del conflicto y, consecuentemente como agresora; que se arrepienta por su colaboración en la muerte o asesinato de miles de inocentes, acusando, denunciando, ofreciendo incluso listas de feligreses bajo sospecha a los pelotones de la muerte; que pida perdón por su responsabilidad en la ocultación del sacrificio de tantos que entregaron su vida por causa de la justicia y la verdad. Y, finalmente,  que pida también perdón por los beneficios de todo tipo que obtuvo a lo largo de tantos años del ilegítimo régimen de la dictadura.

Se trata fundamentalmente de ejercer la función de portadora de paz que debe ejercer. La Iglesia no debe relacionarse con el mundo en función de ella misma sino en función de la construcción del Reino de Dios, esto es, en función de la justicia y de la verdad. En caso contrario, si se aleja y se confronta con el mundo, por muy mucho derecho que tenga a reconocer el mérito de los suyos, corre el riesgo de convertirse en secta. Y ya que como Iglesia aspira a manifestar el mensaje de Jesús, no debería olvidar nunca la obligación de encarnar en sí misma el deseo de Jesús,  recogido en el Evangelio sobre la unión de sus seguidores: “Que sean uno como nosotros somos uno. Mientras estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre, los que me has dado. He velado por ellos y no se ha perdido ni un solo ” (Jn 17,11-12).

sep 082013
 

La posible intervención militar de Estados Unidos en Siria podría convertirse rápidamente en una guerra internacional a gran escala. Nunca –desde la crisis de los misiles del año 62– se ha sentido tan intensamente el peligro de una guerra nuclear.

Más allá del debate sobre la autoría de los ataques con armas químicas (que recuerdan a las armas de destrucción masiva de Irak), se esconden las verdaderas preguntas importantes: ¿quién ha dado autoridad a Estados Unidos o Francia para convertirse en jueces y policías del mundo?  Y, sobre todo, ¿por qué mantiene Obama esa determinación para realizar el ataque, cuando existen obvios peligros de desestabilizar con ello a todo Oriente Próximo y por extensión a todo el mundo?

Efectivamente, Rusia y China han dejado bien claro que se oponen a ese ataque. De hecho, Rusia tiene una base militar en Tartus, un puerto sirio, y está movilizando buques de guerra hacia la zona.

Tal como explica el texto de Ekai Center,  publicado recientemente en nuestra web, es ingenuo confiar en un ataque militar limpio, quirúrgico; la lógica de la guerra implica que habrá una respuesta del país atacado (Siria), creando una espiral creciente de hostilidades, con un claro riesgo de implicación de más países en el conflicto.

Tampoco es aceptable a estas alturas pensar que a nadie conviene una guerra. Muy al contrario, si una gran potencia pierde capacidad económica pero mantiene su poder militar intacto, la lógica nos indica que estará crecientemente tentada a encender una guerra en la que tendrá poco que perder y mucho que ganar.

Aunque el rechazo a la intervención militar en Siria está aún lejos de las masivas movilizaciones del año 2003 contra la guerra de Irak, comienzan a aparecer diversas respuestas e iniciativas.

La del Papa Francisco está siendo una de las más enérgicas. Tras escribir una carta al G-20 en el que apela a “abandonar cualquier pretensión de una solución militar” y convocar en el Vaticano a los embajadores de todo el mundo para plantear una estrategia común, organizó el sábado día 7 de septiembre  una jornada de ayuno y oración  por la paz en Siria.

El conjunto de líderes cristianos de Oriente Próximo también han hecho constar su oposición al ataque. Por otra parte, en colectivos de izquierda y antimilitaristas, tras unos meses de debates internos por la complejidad de la situación (en los países árabes la izquierda apoya la ‘primavera árabe’ contra las dictaduras), aparece hoy con nitidez el rechazo a la intervención militar externa sobre Siria.

Estamos a tiempo de actuar para detener esta locura, y son muchas cosas las que podemos hacer, comenzando por buscar información veraz  y difundirla en nuestro entorno.

 

Las políticas neoliberales que aplica el gobierno Rajoy y muchos de los gobiernos autonómicos, apoyadas e impulsadas por la propia Unión Europea, están provocando la destrucción práctica del estado de bienestar que tanto tiempo nos costó construir. Quieren hacernos pasar como ajustes o recortes presupuestarios inevitables lo que, en realidad, son pérdidas de derechos sociales fundamentales ante las que debemos responder con nuestra rebeldía indignada.
Esas políticas son responsables también de la dramática realidad en la que vivimos, hecha de realidades tremendas como la de la alta tasa de desempleo, junto con el alargamiento estructural de esta situación para millones de personas; personas que pierden su vivienda en propiedad o alquiler y quedan junto con sus familias en la más completa indefensión; migrantes más vulnerables que pierden el derecho a la asistencia sanitaria; o recortes en el campo sanitario, pero también en el educativo, en la atención a las personas dependientes, en el acceso a los servicios de bienestar social, cultural e incluso en el campo de la investigación científica. Esa dramática realidad, originada por tantas desafortunadas realidades cotidianas constituirá la base de reflexión de la IV Asamblea de Redes Cristianas que celebraremos en Santiago de Compostela los días 6 y 7 de Diciembre.
En nuestra vida cotidiana hemos asumido el compromiso de luchar activamente para cambiar esas realidades de opresión, pobreza y desesperanza que afectan a tantos millones de personas (más de 6 millones en situación de desempleo, más de 10 millones en pobreza relativa, más de 1, 5 millones en situación de severa exclusión social). Esa lucha transformadora nos resulta cada vez más una rebeldía imprescindible ante la dureza de las agresiones que sufrimos. Esa rebeldía que nos situó entre la juventud y las personas mayores del 15 M; que nos mueve a juntarnos con Stop Deshaucios; a ocupar sucursales de entidades bancarias que engañaron a pequeños ahorradores con las llamadas participaciones preferentes; a formar parte de las brigadas vecinales que impiden la detención de inmigrantes en situación de irregularidad administrativa en Lavapiés; o a manifestarnos contra la desintegración, ideologización y privatización en marcha de nuestros sistemas sanitario y educativo. Y todos los magníficos etcéteras en los que estamos profundamente comprometid@s, como lo estuvo Jesús de Nazaret.
Sí, ahí, rebelándonos frente a la crisis y la represión, estamos los y las de Redes, pero mirando también, aunque sea de reojo, hacia nuestra propia Iglesia para exigir, y exigirnos, la rebeldía necesaria para conseguir la equiparación de derechos de las mujeres y de las personas homosexuales, o el derecho de los sacerdotes a formar una familia; y, muy especialmente, el inevitable proceso de democratización pendiente y la exigencia de un posicionamiento contundente a favor de las personas empobrecidas o excluidas. Necesitamos expresar nuestra rebeldía contra las políticas neoliberales de nuestros gobiernos que tanto daño están haciendo entre la clase media y baja de nuestra sociedad.
En todo caso, nosotr@s celebraremos en Santiago de Compostela, en el final de un famoso Camino de peregrinación, nuestra alegre, esperanzada y compartida Rebeldía Indignada. Allí soplará con fuerza, sin duda, el espíritu liberador de Jesús de Nazaret y para esa Gran Fiesta de Redes Cristianas quedamos ya convocad@s.
Para inscribirte o obtener más información visita www.asamblearedes.net.

jul 252013
 

Desde Redes Cristianas queremos expresar nuestro gran dolor ante el accidente ferroviario de Santiago de Compostela. Enviamos todo nuestro apoyo y solidaridad a las familias de las personas fallecidas, así como toda nuestra fuerza y oración a quienes han sufrido heridas y daños. Les sentimos como hermanos y hermanas, víctimas de un accidente trágico del que se tendrán que esclarecer las causas.

Expresamos nuestro reconocimiento ante la importantísima labor del cuerpo de bomberos, las fuerzas de seguridad y el personal sanitario que están actuando. Pero, sobre todo, expresamos nuestra admiración hacia la parroquia de Angrois y todo el pueblo de Galicia que se ha volcado solidariamente y está sacando lo mejor de sí mismo.

Nos resulta especialmente doloroso, dado que Santiago de Compostela será la sede donde se celebrará nuestra próxima Asamblea el próximo mes de diciembre y, desde Galicia, es mucha la gente vinculada a Redes Cristianas que ya está trabajando para acogernos allí. De su solidaridad y buen hacer ya teníamos constancia, pero en esta ocasión subrayamos especialmente su capacidad para sacar lo mejor de dentro y ponerse a actuar.

Un abrazo fuerte y fraterno de todas y cada una de las personas que integran los colectivos y comunidades de Redes Cristianas.

 

“No se debe imponer a quien no es querido por la iglesia local”

1. La reciente llegada del papa Francisco como nuevo obispo de Roma ha disparado los rumores en muchas diócesis ante el inminente relevo de su obispo que ha superado la edad establecida por la normativa romana para este tipo de cargos en la Iglesia católica. Las alarmas se han disparado sobre todo en Madrid donde el relevo de su titular, el cardenal Rouco Varela, afecta a su vez directamente a la dirección de la CEE de la que es titular.

Como suele ocurrir siempre en estas ocasiones,  se están lanzando ya  algunos nombres,  con base en la realidad o como globo sonda,  que, independientemente de la propia ideología y trayectoria personal, de llevarse a cabo, a Redes Cristianas nos parece un craso error, rechazable democráticamente cuando menos por defecto de forma.

2. Aunque el Vaticano II ofrece una imagen de obispo equipado teológicamente con toda suerte de virtudes,  bien protegidas además jurídicamente, es indudable la reducción o emplazamiento de esta figura dentro del cuerpo social de la Iglesia que hizo el Concilio. El obispo no es la piedra angular de la Iglesia, lo es Cristo; el obispo es un cristiano más cuya  tarea se sitúa  en el campo de los servicios que, según la Constitución Dogmática Lumen Gentium, necesita la Iglesia para seguir funcionando. Su lugar aparece en el capítulo III, después de haber dedicado el capítulo I al “Misterio de la Iglesia” y el II “al Pueblo de Dios”, que es el sujeto principal en la Iglesia.

Esta imagen del obispo presentada por el Vaticano II pretende ser  un reflejo de la tradición original entre los cristianos,  recogida en el evangelio de Mc,  y seguida por los otros evangelios sinópticos,  que se atribuye directamente a Jesús: “Sabéis, se dice en Mc,  que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; más bien quien entre vosotros quiera llegar a ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos. Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos” (Mc 10, 42-45).  Los obispos ejercen,  según esta tradición,  un servicio muy importante en la Iglesia, pero no son “la” Iglesia, ni están “sobre” la Iglesia, sino,  simplemente,  son servidores en la Iglesia.

3. Si esta es la imagen conciliar del obispo, resulta hoy muy difícil de entender, y menos de aprobar, el procedimiento actual que se sigue en el nombramiento de un obispo, muy cercano, por cierto, a la cooptación y el nepotismo condenados en otras ocasiones por la misma Iglesia. Contrariamente a lo que cabría esperar, la iglesia local no tiene ninguna participación en esta elección y suele enterarse por la prensa de un hecho ya consumado y que le va a afectar directamente.   Desde que se obligó en la década de los sesenta del pasado siglo  al Jefe del Estado a renunciar al privilegio de presentación de candidatos a obispos,  esta labor se hace ahora directamente desde Roma, contando secretamente con el nuncio y sus allegados más íntimos.

Este modo de proceder desde fuera  refleja una falta de aprecio y confianza, una usurpación evidente de la autonomía de las iglesias locales y resulta  una práctica aberrante que va en dirección contraria a la practicada en otras etapas en las que éstas han tenido un mayor protagonismo. Así lo atestigua la Tradición Apostólica  en diferentes tiempos y lugares: “Ordénese como obispo  a aquel que, siendo irreprochable, haya sido elegido por el pueblo” (San Hipólito de Roma, s. III); “No se imponga al pueblo ningún obispo no deseado” (San Cipriano de Cartago, s. III); “Nadie sea dado como obispo a quienes no lo quieran” (San Celestino, papa, s. V).

¿No debería oír esto el papa Francisco antes de dar un paso tan decisivo en el relevo de la diócesis de Madrid, tan castigada por un juridicismo que ha matado toda la frescura y creatividad en el discurso y en las prácticas cristianas y ha hecho del sectarismo y el anacronismo preconciliar su principal bandera (apoyada naturalmente desde Roma)? La iglesia de Madrid y toda la iglesia española está profundamente necesitada de otros aires que, en sintonía con el que empieza a soplar desde Roma, pueda avivar las ascuas que a duras penas se mantienen vivas bajo enormes capas de ceniza ¿No sería este un gesto evangélico, firme e ilusionante,  para empezar a reformar esta institución suficientemente descreditada tanto dentro como fuera de sí misma?

4. Desde estos presupuestos y preocupaciones, Redes Cristianas quiere hacer llegar al papa Francisco y a la Iglesia de Madrid y de España los siguientes mensajes:

Pensamos que teológicamente más importante que la intervención del obispo de Roma  en la elección de un obispo diocesano es la participación de la iglesia local. Es, pues, necesario articular ya un mecanismo de participación democrática en este sentido. Si no se puede llegar, de momento,  a la utopía que refleja la Tradición Apostólica, al menos deberíamos empezar a dar ya los primeros pasos. Y ya parece un paso importante, no imponer desde fuera un obispo del que se sabe que la iglesia local no lo quiere.

Frente al procedimiento habitual que, a nuestro juicio, está fracasando estrepitosamente y que en gran parte es causa directa del actual descrédito de la institución, pensamos que es importante distinguir entre la gestión meramente administrativa, que puede llevar cualquier persona (sin ser necesariamente clérigo) competente y la animación evangélica de las comunidades que solo está al alcance de personas con espíritu; no basta con ser especialista en leyes. Para esta función tan delicada nos parece determinante la impregnación evangélica y antropológico-compasiva que mueve a la persona a  estar allí donde “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (Gaudium et Spes,1) es una realidad.

3º  Con el nuevo aire que está impulsando desde Roma el papa Francisco, creemos que ha llegado el momento oportuno para que la diócesis de Madrid asuma su responsabilidad en la elección de su obispo. No es nuestro cometido trazarle a una iglesia madura como la de Madrid ningún procedimiento concreto. Simplemente queremos recordarle que, según un ala muy significativa de la Tradición Apostólica, esta tarea  es algo que le corresponde y que, a estas alturas de la historia humana, no debería distanciarse  de los procedimientos al uso que se siguen en cualquier sociedad democrática. Este primer ensayo desde abajo que,  indudablemente abre espacios al interés y a la participación del pueblo cristiano y a su democratización, debería seguir realizándose, en su momento,  en el resto de las diócesis del Estado y de la Iglesia universal.

 

 

El proceso hacia el Socialismo del siglo XXI que Hugo Chávez estuvo conduciendo hasta su muerte,  acaecida el 15 de marzo (ya sea natural o inducida por el Imperio), fue siempre en el marco de la construcción de una verdadera democracia.

Entre los beneficios conseguidos por el gobierno de Chávez se pueden citar:   el gasto social incrementado en los últimos 10 años es del 60,6%, unos 772.000 millones de dólares. A ello hay que añadir los grandes aumentos en construcción de viviendas sociales, en escolarización de niños, en construcción de universidades y en gratuidad de la enseñanza pública. Asimismo, hubo reducción de la pobreza, ampliación del número de pensionistas ancianos y creación de centros médicos gratuitos.

Con Chávez la esperanza de vida ha pasado del 72,2 años (1999) a 74,3 (2011). Venezuela es el primer país con el nivel más bajo en desigualdad social, la jornada laboral es de 36 horas, se redujo el desempleo y se ha  incrementado el salario mínimo en más de 2000%. En Venezuela no se coarta la libertad de expresión, pues el 80% de los medios de comunicación están en manos privadas.

Entre los logros de mayor envergadura están: el reconocimiento como sujetos políticos a los sectores más desfavorecidos; posibilitando,  a su vez, la capacidad de participación popular y la recuperación de su dignidad humana.

No obstante, Nicolás Maduro, ex-sindicalista y chofer de bus, ya como presidente tendrá que hacerle frente a los retos que plantean la criminalidad, la inflación, la devaluación, la burocracia y el déficit fiscal. Seguro que Maduro progresará en perfeccionar y ampliar las mejoras a la clase trabajadora y suavizará el cierto caudillismo de su antecesor; sin que ello merme el reconocimiento histórico de Chávez como uno de los principales luchadores por la dignidad de los oprimidos en América Latina.

A pesar de la oposición total de Estados Unidos, la Unión Europea y la derecha caciquil interior, con la unión de los Estados donde gobiernan fuerzas de izquierda se avanza en la unidad latinoamericana y la independencia respecto al Imperio, principalmente con las instituciones ALBA, UNASUR, CELAC y MERCOSUR.

Elecciones conflictivas

Fallecido Chávez, las fuerzas capitalistas,  lideradas por Estados Unidos, han aprovechado la debilidad de Nicolás Maduro en las elecciones del 14 de abril para acabar con la Revolución Bolivariana. A la oposición le favoreció la escasa ventaja en los resultados electorales,  obtenida por Maduro (50,75%) frente a Capriles (48,97%), en concreto 262.473 votos.

La derecha nacional e internacional,  aliadas,  declararon fraude electoral y movilizaron a sus huestes promoviendo la violencia, cuyos resultados fueron 9 asesinados y 124 heridos entre los chavistas, pero ninguno entre los caprilistas. Sin embargo, muchas voces reconocen la limpieza electoral en Venezuela.

Venezuela es un frente estratégico más, donde el Imperio trata de implantar su hegemonía mundial frente a los países emergentes. Acabando con la Revolución Bolivariana, se debilitará el proceso independentista que están llevando a cabo bastantes gobiernos progresistas latinoamericanos.

 

Según el Instituto Nacional de Estadística del  25 de abril de 2013, 6.207.700 personas se encontraban en paro en España. Entre los jóvenes menores de 25 años la falta de empleo afecta al 57%, casi un millón. Para el Ejecutivo, hasta el año 2016 el desempleo de la población activa no bajará del 25%.

Entre 2008 y 2012 se han destruido en España 3,17 millones de empleos, a  razón de 615.000 puestos de trabajo por año. Casi dos millones de hogares tienen todos sus miembros en paro. El 49,8% de la población asalariada percibe ingresos mensuales inferiores a 962 € y el 49,6% de la población desempleada, (cfr. Diagonal (2/5/13-15/5/13) no recibe ninguna prestación, ni contributiva ni asistencial. La brecha social, como constata el Barómetro Social de España, se está agrandando escandalosamente: el 1% de los hogares con mayores ingresos ha crecido en un 21,5% en los últimos 30 años, mientras que el 99% restante ha decrecido en un 1,8%.

Venciendo la pasividad y el miedo, el pueblo indignado ha comenzado a reivindicar masivamente sus derechos sociales y laborales. Frente a la troika –Comisión Europea, BCE y FMI– que sigue insistiendo en la desregulación del mercado de trabajo (bajos salarios y mayor facilidad de despido) crece cada día con más fuerza el rechazo de las políticas de austeridad y la exigencia de alternativas que estimulen la economía y la generación de empleo. Pero las instancias políticas siguen cerrando los oídos a estas justas reclamaciones.

¿Qué hacer en esta situación? Es paradigmática, a este respecto, La enternecedora historia que cuenta el filósofo Santiago Alba sobre el Joven Elefante del Zoo de Túnez. A esta inquieta criatura le separaba de la libertad un pequeño foso. Durante diez años creció haciendo el mismo gesto: unos pasos atrás, otros adelante;  pero, al llegar al foso, levantaba una pata delantera y  reculaba para reemprender siempre el mismo gesto. Lo que le bullía en la cabeza no conseguía movilizar sus músculos. Y es que, entre el cerebro y la acción hay una distancia irreductible, ontológica, casi metafísica. Y el problema está en cómo rellenar el foso para que el salto sea un éxito.

¿Qué tiene que ocurrir para que el pueblo indignado pierda el miedo y se decida a cruzar el foso entre lo que no quiere (“no somos mercancías en manos de políticos y banqueros”) y lo que quiere: recuperar su dignidad y soberanía (“sin dioses, ni reyes, ni tribunos”)?

A nuestro juicio, el salto sobre el foso implica, al menos, dos impulsos complementarios. Uno “destituyente”, es decir, capacidad para desprenderse de instituciones que ya han agotado su ciclo y cuya deriva actual está siendo foco de autoritarismo, ineficacia y corrupción: partidos políticos que no hacen política, sindicatos que no son sindicales con los sin-trabajo, empresas dedicadas a la corrupción especulativa. Frente a la imposición de estas mediaciones no cabe otra actitud que la desobediencia ciudadana. Porque ya no se puede confundir legalidad con justicia, ni legitimidad con mayoría parlamentaria.

Y en segundo lugar, siguiendo el magnífico ejemplo que está dando la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, capacidad para constituir una masa social o sujeto colectivo convencido de que “si se puede” reinvertir la inhumanidad dominante. Porque, en la historia de las sociedades, ninguna situación ha sido irreversible por más que se la haya querido blindar con espléndidos códigos de leyes. Ni si quiera la propiedad privada, tan injustamente sacralizada, puede ser definitiva cuando está en juego la vida, la dignidad, el trabajo y la paz de las sociedades.

 

Lo que se precisa es una adecuación periódica de las directrices educativas. No es necesaria una nueva ley, porque hay muchos aspectos, los más esenciales, que pueden y deben conservarse de la legislación vigente, incorporando aquellas mejoras que, en concreto, procedan.

No me refiero, pues, al proyecto de LOMCE sino a toda ley relativa a la educación.

Aquellas normas que se mejoren, se añadan o se supriman, deben ser fruto de  amplias consultas con los docentes, en primer término, y nunca deben ser el resultado de una imposición ideológica. La educación –formar a personas “libres y responsables”- no es lo mismo que capacitación o formación, y forma parte, junto con la sanidad y el conocimiento científico, de los pilares esenciales de la vida nacional, cuestiones supra-partido político que, sobre todo, no es admisible que sean probadas e impuestas por el “rodillo” de la mayoría absoluta parlamentaria.

España, como debe ser, es un Estado aconfesional y sería por tanto inconstitucional que se estableciera como obligatoria o evaluable la enseñanza religiosa, cuya docencia sólo debe ser seguida, según establecen la Declaración Universal y el Convenio de los Derechos Humanos de la Infancia, por aquellos alumnos que, no alcanzada la edad de la emancipación “deben estudiar las creencias o ideologías de sus padres o tutores”.

Todo lo que sea segregación –por género, por situación económica familiar, por raza…- es absolutamente inadmisible, hasta tal punto que si una ley estableciera unas pautas educativas que condujeran a cualquier forma de discriminación, debería objetarse en conciencia.

Otro aspecto de extraordinario relieve es contribuir al desarrollo pleno de la facultad distintiva de cada ser humano único: la capacidad creadora, de pensar, de anticiparse… Y para ello son necesarias la “disciplina de las disciplinas”, la filosofía, y las enseñanzas artísticas y musicales.

El futuro depende de la educación. Aquellos que alicorten las alas de la plenitud de la ciudadanía atentan a un porvenir que esté a la altura de la igual dignidad de todos los seres humanos.

Federico Mayor Zaragoza

 

Como miembros de la Iglesia católica hemos recibido con sorpresa y alegría –y a la vez con moderada expectativa–  el nombramiento del cardenal Bergoglio como obispo de Roma y sucesor de Pedro. Nos ha alegrado la imagen de simplicidad, modestia y afabilidad de su presentación y algunos gestos de complicidad hechos hacia el pueblo que llenaba expectante la Plaza de San Pedro. Nos ha parecido entrever la imagen de un papa pastor, su decidida opción por los pobres –emblemáticamente expresado en el nombre elegido–, la lucha que ha llevado contra la corrupción, la marginación y la pobreza y su testimonio personal de sobria austeridad y sencillez. Deseamos que,  a partir de su ejemplo, estos valores tan evangélicos puedan transmitirse al conjunto de la Iglesia.

Esperamos asimismo que esta actitud de pastor facilite el diálogo con el mundo y sus preocupaciones, que sea sensible de manera muy especial a los sufrimientos de tantos millones de personas. Deseamos ardientemente que su actuación evangélica de hoy llegue a disipar pronto las dudas que están  levantado en ciertos ambientes sus posiciones doctrinales ante la homofobia y misoginia o su anterior comportamiento ante la dictadura de los militares argentinos.

Nuestra felicitación y acogida de entrada pretende ser al mismo tiempo una palabra de ánimo ante la ingente tarea de renovación tanto hacia dentro como hacia fuera  que a él y a toda la Iglesia nos espera.  ¡Ojalá que desde la cabeza hasta el más humilde de los y las creyentes  podamos volver a ser signos de esperanza en un mundo deshumanizado y desencantado! ¡Ojalá lleguemos a hacer realidad aquel deseo recibido por Francisco de Asís  directamente de Jesús: “Francisco, renueva la Iglesia”!

Esta es la imagen de Iglesia que queremos. En la nueva era en la que estamos entrando, sería deseable que la Iglesia volviera a recuperar aquella pulsión evangélica que recorrió sus venas en algunos momentos de la historia y que sería hoy de grandísimo apoyo para animar la esperanza en un mundo desencantado y deshumanizado.

Se necesita que el nuevo pontificado tome conciencia, desde el primer momento, de la enorme crisis de credibilidad que atraviesa actualmente al conjunto de la institución eclesial y que está afectando a la plausibilidad de la misma fe cristiana y tenga el coraje de volver al Evangelio. La Iglesia católica está clamando desde todos sus indicadores –dogmáticos, morales, organizativos, pastorales, espirituales– por una renovación profunda. Para ser fiel transmisora de la herencia de Jesús de Nazaret necesita una tal pasada por el Evangelio que la capacite para asumir que el protagonismo está en el pueblo cristiano, que es el sujeto principal –como lo estableció el Vaticano II en la Lumen Gentium–, y no en la jerarquía que es un mero instrumento al servicio del pueblo. Necesita recuperar la eclesiología de comunión que, a pesar de las dificultades, se mantuvo en vigor durante el primer milenio de su historia, y abandonar definitivamente la eclesiología de la desigualdad que, con el absolutismo del Primado de Pedro –y salvo el breve paréntesis del Vaticano II– ha llegado hasta nuestros días. En esta recuperación de la comunión o koinonia, además de asumir la igualitaridad entre hombres y mujeres –como ya dejó establecido la carta a los Gálatas 3,28– tienen un papel decisivo las iglesias locales, la colegialidad, la sinodalidad y toda la diversidad cristiana existente.

Y en relación con la sociedad y con el mundo, de los que la Iglesia es parte, es una buena ocasión para ensayar una presencia significativa y desde dentro. Una presencia fiable y estrecha, interrelacionada con todas las formas y múltiples aspectos de la vida, sin querer exigir sumisión a los propios valores y a la propia moral sino siendo respetuosa y colaboradora con los valores de la universalidad y del cosmopolitismo. Una presencia samaritana, especialmente cercana e inmersa entre los sectores más vulnerables y excluidos por las múltiples formas de pobreza y marginación… Pensamos que es un bonita ocasión para volver a aquella luminosa imagen que soñaba para la Iglesia el Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre hueco en su corazón” (GS 1).

 

Para la renuncia de Benedicto XVI a la Sede de Pedro no tenemos más que palabras de felicitación. Felicitación para el mismo Ratzinger, porque este gesto, hecho desde el poder absoluto que ostenta –aunque  haya sido forzado por la debilidad que impone una edad avanzada o por la oposición de “los monseñores” de la curia romana–, es suficientemente elocuente como para servir de ejemplo a otros mandatarios que –a pesar del engaño, la corrupción y su mala gestión contra el pueblo– siguen impasiblemente aferrados a la silla del poder.

Pero la historia es muy tozuda. Y un gesto, por importante que parezca, no puede borrar todo un pontificado que, unido al de Juan Pablo II, del que mayormente ha sido su continuidad, ha llevado a la Iglesia católica a los antípodas de lo que pretendía el Concilio Vaticano II y la ha marcado con el signo de la restauración y la Contrarreforma. Es cierto que la involución comenzó ya con la Humanae Vitae de Pablo VI. Pero ha sido este larguísimo pontificado de Juan Pablo II/ Benedicto XVI (1978-2013) el que se ha echado decididamente en brazos de las corrientes y  movimientos más neoconservadores e integristas que  han obligado a la Iglesia a seguir en dirección contraria al proceso humanista y liberador de la historia. Es de justicia reconocer que una parte importante del pueblo cristiano –“Pueblo de Dios” como lo llama el Concilio–, estrechamente vinculado a la sociedad de la que es parte,  ha tenido que ir haciendo su propio camino, consciente de no poder contar con el apoyo de sus dirigentes en un momento tan crucial como el que estamos atravesando.

En la nueva era en la que estamos entrando,  sería deseable que la Iglesia volviera a recuperar aquella pulsión evangélica que recorrió sus venas  en algunos momentos de la historia y que sería hoy de grandísimo apoyo para animar la esperanza en un mundo desencantado y deshumanizado.

Se necesita  que el nuevo pontificado tome conciencia,  desde el primer momento,  de la enorme crisis de credibilidad que atraviesa actualmente al conjunto de la institución eclesial y que está afectando a la plausibilidad de la misma fe cristiana y tenga el coraje de volver al Evangelio. La Iglesia católica está clamando desde todos sus indicadores –dogmáticos, morales, organizativos, pastorales, espirituales– por una renovación profunda. Para ser fiel transmisora de la herencia de Jesús de Nazaret necesita una tal pasada por el Evangelio que la capacite para asumir que el protagonismo está en el pueblo cristiano, que es el sujeto principal –como lo estableció el Vaticano II en la Lumen Gentium–, y no en la jerarquía  que es un mero instrumento al servicio del pueblo. Necesita recuperar la eclesiología de comunión que, a pesar de las dificultades, se mantuvo en vigor durante el primer milenio de su historia, y abandonar definitivamente la eclesiología de la desigualdad que, con el absolutismo del Primado de Pedro –y salvo el breve paréntesis del Vaticano II– ha llegado hasta nuestros días. En esta recuperación de la comunión o koinonia, además de asumir la igualitaridad entre hombres y mujeres –como ya dejó establecido la carta a los Gálatas 3,28– tienen un papel decisivo las iglesias locales, la colegialidad, la sinodalidad y toda la diversidad cristiana existente.

Y en relación con la sociedad y con el mundo, de los que la Iglesia es parte, es una buena ocasión para ensayar una presencia significativa y desde dentro. Una presencia fiable y estrecha, interrelacionada con todas las formas y múltiples aspectos de la vida,  sin querer exigir sumisión a los propios valores y a la propia moral sino siendo respetuosa y colaboradora con los valores de la universalidad y del cosmopolitismo. Una presencia samaritana, especialmente cercana e inmersa entre los sectores más vulnerables y excluidos por las múltiples formas de pobreza y marginación… Pensamos que es un bonita ocasión para volver a aquella luminosa imagen que soñaba para la Iglesia el Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre hueco en su corazón” (GS 1).

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