VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

La tradición cristiana se ha preocupado mucho y siempre de incorporar a la vida
real la vida del espíritu como si la vida natural no tuviera ya esa dimensión profunda o
el mundo sobrenatural tuviera existencia propia y más consistente que la de este
mundo. Había que sentir en cada momento la gracia salvadora que se filtraba en la
oración y los sacramentos.

Hoy las cosas han cambiado. La interpretación más convincente de la ciencia
nos lleva a una comprensión unitaria de la realidad, sistémica y emergentista. Al
principio fue el vacío y el Bigbang y luego las múltiples formas de la realidad emergidas
en el proceso evolutivo. Incluso la conciencia y por tanto la espiritualidad o modo de
vivir significativamente. La espiritualidad ha pasado de ser una “ventana” al supuesto
orden sobrenatural “que no se ve” a un “prensado” o “destilación” de la vida, para
que aflore aquello de “lo que no se puede hablar”. Para que esos zumos naturales
rieguen la actividad ordinaria y colmen el deseo de sentido

“En un mundo que se desarrolla en un continuo cuestionamiento; donde todo es
transición, transformación; donde nada se puede establecer y fijar para siempre; donde
todo es inestable y temporal; o todo está hecho y desentrañado para ser recompuesto de
manera diferente, nuevamente en un dinámica de mutación y evolución sin fin, en el que
la gente rechaza los dogmas inalterables, las verdades eternas, las declaraciones
proclamadas infalibles, autoritarias, las imposiciones sin apelación. En este mundo pues,
las nuevas generaciones buscan otras visiones e ideales. Ellos sueñan con nuevos
horizontes, nuevos proyectos, nuevos descubrimientos, nuevos caminos, que conducen a
nuevos mundos, habitados por nuevos seres humanos y dónde pueden lograr mejor sus
aspiraciones y una mayor calidad de su humanidad. Sueñan con una espiritualidad libre
y creativa, sin creencias extrañas, sin doctrinas fijas, sin dogmas revelados. … Entonces
necesitan historias que los liberen.” 1

Los sacramentos, en especial el más frecuentado, la misa, han decaído por
aburrimiento e incoherencia, por la crítica de la cultura, por el clima mental de
nuestras sociedades contrarias a la exaltación del sacrificio. Allá por los años 70, al
menos en España, con la caída del nacionalcatolicismo y el surgir del Vaticano II. Y
empezó a llamarse Eucaristía, acción de gracias y era el final de las reflexiones y las
propuestas grupales, el momento emocional que santificaba la revisión de vida. Y
luego se quedó sin forma sagrada y se banalizó la liturgia y el santísimo y la hostia se
vulgarizó en la boca de muchos dejando de ser blasfemia. Poco apoco se desvaneció la
figura sacerdotal, ya solo justificada para emitir las palabas mágicas, “lo secundario lo
pueden hacer los laicos y mejor la mujeres”. Que sean acólitas, se dice ahora. Todos
somos sacerdotes se decía entonces y luego se pasó a la siguiente figura de
“coordinadores de la celebración”.

Y así la celebración adquiere en los grupos de base o progresistas la forma de
una moderada y reflexiva fiesta, muy discreta de bebida y comida, en la que
intercambiar vivencias, expresar motivos para amar, fomentar la compasión y
1 MORI, Bruno. Pour un christianisme sans religion. Paroisse Ste-Catherine de Sienne. Montréal 2020.
Traducción y adaptación propias.

fortalecer el compromiso sociopolítico y el cuidado del planeta y de las personas. Se
eclipsa la lectura bíblica y se busca la convergencia con otros poemas, textos y
canciones de nuestro tiempo. Y se brinda por la nueva humanidad. Ya no hay en estas
celebraciones atisbo alguno del sacrificio expiatorio, del trascendental milagro de la
conversión del pan y el vino en la presencia corporal de Jesus de Nazaret, presencia
real del inaccesible Dios.

Pero el cambio de las formas celebrativas no acaba aquí. En los últimos años
hemos ganado en desmitificación, hemos descubierto que vivimos en un solo mundo,
que Dios no es tan patente, la vida tan eterna, la verdad tan cierta y mucho menos
revelada, que la evangelización no es sino la humanización del cosmos y de la
sociedad, que subterráneamente a paso de siglos y autónomamente el “milagro” de la
evolución parece una recreación continua producida por sucesivas mutaciones útiles y
una auto organización aupada por nuestro quehacer y retardada por nuestro deshacer.
Y esto nos lleva más que a construir un mundo específicamente cristiano, a licuar la
sabiduría, en nuestro caso evangélica, de la misma realidad natural y mutante. A
buscar símbolos naturales comunes a la humanidad, los propios de la realidad.

NUEVOS SÍMBOLOS

La presencia del espíritu en la vida es más notoria de lo que parece y no
requiere lugares o formas diferentes y religiosas para ser reconocida. La humanización
está llegando a un punto en el que el mundo desdoblado de la religión ha cumplido ya
su función de espiritualizar con los símbolos de la sobrenaturalidad. La misma
naturaleza del ser humano expresa ese espíritu que antes se exteriorizaba con la
religión. Todo gesto, conversación y obra humana lleva dentro la mano de quien lo
hace. Hasta en las fotografías que parecen una copia exacta de la realidad se descubre
en el encuadre, el brillo, el enfoque, etc. la impronta de una inteligencia que le
confiere un espíritu propio. Y así en la vida cotidiana aunque no lo parezca todo está
impregnado de creatividad y palabra.

“Las maravillas del arte y la arquitectura, el deleite de la música, la magia de la poesía,
la riqueza de la literatura, los descubrimientos y avances científicos, el progreso técnico,
las estructuras e infraestructuras que utilizamos, la comida que comemos, las casas que
habitamos, la ropa que usamos, los caminos que recorremos, los medios de
comunicación y transporte que disfrutamos, la panoplia de dispositivos, máquinas y
aparatos informáticos que facilitan y animan nuestra vida, etc., todo esto es el resultado
y la obra del espíritu en nuestro mundo”. 2 (Jacque Musset)

La celebración de la vida está hoy distribuía en multitud de gestos, de
expresiones artísticas, de relatos y prácticas oracionales sin especial confesión de
teísmo. Aquí la mediación callada de un aforismo, la asistencia a un recital de protesta,
un flashmob inesperado, una manifestación en la calle o un darse la mano tras toda
una noche de negociación. Un sentarse involuntariamente en un templo durante una
2 Conferencia de Jacques Musset en el encuentro de “Somos Iglesia” en Francia. NSAE 20/6/ 2013
Asequible en https://nsae.fr/2013/02/08/a-quelles-experiences-le-mot-dieu-renvoie-t-il-pour-un-
disciple-de-jesus-aujourdhui-2/ (Traducción privada en español:
https://drive.google.com/file/d/0B_Vo9tUccOquYTcyelVlVUJqc28/view )

visita turística y oler el silencio, una salida del cine conmovidos y con ganas de
comentar y cambiar algo de nuestras vidas, las resiliencias que admiramos o
experimentamos al superar una crisis, esa novela que nos pone en contacto con
personajes de dolor y gloria, los abrazos y piscolabis donde el agua se convierte en
vino y la caña en espuma interior…

Hay muchos momentos en los que “hace Dios” (Fierro) y pasamos de largo…
Como ese momento más íntimo, el del encuentro consigo mismo y con el silencio en
un clima interior de paz y contento, sin recriminaciones ni ruminaciones… dejando que
las lagunas de buen querer y las ignotas fontanas esparzan el agua por la tierra como el
riego a manta, penetrando el suelo a la vez que lo corre y desborda.
Son todos signos naturales de una realidad que nos desborda pero que no nos
desdobla sino que nuestro interior, al ritmo de la respiración o de las contracciones del
corazón alumbra la bondad. Signos de una esperanza que a fuerza de anhelar crea su
infinito y de un amor que a fuerza de darse trae esperanza de lo inesperable.

Algunos de estos signos tienen una especial densidad y potencial inspirador. En
ellos se aúna la transparencia de la evocación, el atractivo de la belleza y la
profundidad de la justicia y de la bondad. Tales son una sentada por la paz, un desvelo
por la infancia marginada, un círculo de silencio y de acogida a los inmigrantes, sentirse
que no estamos solos en la extensión de la democracia, en la nueva conciencia
mundial para una justicia global, una concentración por la igualdad de género, el
pequeño voluntariado en una oenegé. El esfuerzo por recuperar el gusto de la vida
cuando hemos fracasado y todos se han ido, el inmenso amor que se necesita para no
odiar al enemigo y poner otra vez la mejilla, ya enrojecida de tantas bofetadas. O la
donación de toda la vida, “consagrada” al bien del planeta y la humanidad.

“Vayamos a misa” de nuevo. A la misa de la calle, a la transubstanciación del
mundo y la encarnación de la justicia, a la conversión de la vida fútil en florecimiento
de significados. Al encuentro de una cosmovisión poética que transfigure la prosa
cotidiana, que ilumine las sombras, abra vetas de liberación y empuje a esa bondad
que tiene vergüenza en salir. En esos gestos nos juntaremos para contar la gran
historia del mundo, no solo la historia mítica de un pueblo particular, para
contagiarnos el asombro por la maravilla del microcosmos y del macrocosmos, los
extremos que nos maravillan y desconciertan. Será la misa sobre el mundo, la Pascua
cósmica de la vida y la conciencia, la gracia de vivir en esa fraternidad que dice “Madre
o Padre”, savia fecunda de todo los seres u otras expresiones similares

La Iglesia significante tendrá que espabilar para encontrar signos de
humanización y sacralidad natural, no signos de idas y venidas a lo sobrenatural. No
formará en especiales doctrinas sino en el valor simbólico de la realidad, en el
aprendizaje de la mirada compleja e inspiradora. Estará atenta para sumarse a la
evolución cultural con la sabiduría evangélica. Su templo será la misma sociedad donde
la pluralidad de colores conformará un solo arco de progresiva humanización.

   
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