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Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo (Jeremías 29, 11).
Hace un año, siguiendo el impulso del Espíritu, iniciamos un tiempo sinodal laical auto convocado y auto gestionado que, en su Primera Asamblea, concluyó, entre otros aspectos, que la existencia de estructuras en las que se enquista el mal ejercicio del poder, por su asimetría en el ejercicio del mismo, genera abusos que implican sufrimiento a todo el pueblo de Dios.

Durante 2019, constatamos que el abuso de poder trascendía los muros de la Iglesia. Es una práctica normalizada que traspasa a toda la sociedad chilena, proveniente desde estructuras políticas y económicas que expresan un sistema abusador que se contrapone a la dignidad que todas y todos tienen por el hecho, primero, de ser persona, y luego por su condición de hijos e hijas de Dios. El estallido social de octubre de 2019 lo hizo evidente.

Llegamos entonces, en estos tiempos inciertos, a esta Segunda Asamblea con sentimientos encontrados; por un lado, con inseguridad, escepticismo, indignación y desánimo; pero por otro lado, con la esperanza, optimismo, entusiasmo, disposición y alegría de que el encuentro con la comunidad sinodal y la acción de la Ruaj nos permitiría retomar fuerzas, perder el miedo, discernir cómo Dios actúa en la historia personal y nacional, para comprometernos con mayor fuerza y claridad en la construcción, ya no solamente de una nueva Iglesia, sino también de un Chile nuevo. Si en esa oportunidad dijimos que otra Iglesia es posible, hoy decimos que otro Chile es posible.

Hemos reconocido a Jesús en los rostros sufrientes que exigen dignidad y justicia: jubilados, mujeres, niños, inmigrantes, jóvenes, personas LGBT, subempleados precarizados, pueblos originarios que exigen un sistema de salud eficiente, una educación de calidad, sueldos justos, una economía solidaria, igualdad de derechos, un sistema democrático participativo, en definitiva, un sistema en que los beneficios alcancen a todos. Hemos visto muertes tempranas y personas mutiladas en sus ojos por efectos de una represión descontrolada, ejercida por militares y carabineros, obligados por un sistema que ve la protesta social como un acto criminal que debe ser reprimido.

Hemos visto, con ello, la expresión de una violencia institucionalizada a la que millones de voces exigen poner fin (Is. 9, 5-7).
Reconocemos en personas, en sus diversas expresiones, a verdaderos profetas presentes y actuantes entre nosotros: las y los que marchan con alegría y esperanza mostrando la solidaridad del pueblo chileno, las y los artistas cuyas acciones culturales muestran un arte humanizador, las mujeres que desde la poesía y la danza, cuestionan y denuncian el machismo opresor, las y los jóvenes que se rebelan contra el sistema y que, desde la primera línea, defienden el derecho a manifestarse, a quienes levantan postas de primeros auxilios y a hermanos y hermanas en la fe que participan en la lucha por una sociedad más digna y más justa.

Al estilo de Jesús, denunciamos que la causa fundamental de los signos de muerte en el país, es la mantención de un sistema neoliberal que genera la mercantilización de los derechos políticos, sociales y económicos, y que ha sido ejercido con valores que exacerban el individualismo, lo utilitario y el pragmatismo. De lo anterior, se ha generado una cultura que presenta rasgos de desconfianzas en las relaciones sociales, desconexión entre instancias de liderazgo y el pueblo, exclusión en la toma de decisiones, sistemas de educación tecnificantes, depredación de la
biodiversidad, en definitiva, la presencia de un sistema opresor, cuyas dirigencias se sirven del poder para beneficio personal o de pequeños grupos a costa de la expoliación de las mayorías (Mt. 23, 4).

En el mismo espíritu, anunciamos que una sociedad de hermanos sólo es posible si sus estructuras y prácticas se fundan en una ética centrada en la solidaridad, en la misericordia, en la justicia y en la consideración de todos para la construcción del Bien Común (Is. 54,14)
En tal sentido, asumiendo la ética de Jesús (Mt 5, 3-11), como Sínodo Laical nos comprometemos a:

1. Aportar al mundo social y político en:
a) Promover el desarrollo de espacios de participación ciudadana en función del surgimiento de un
nueva Constitución que promueva una vida digna para toda persona.
b) Exigir la protección efectiva de la casa común, con especial atención en el agua, las semillas y los bosques, como derechos humanos.

c) Participar constructivamente en las distintas organizaciones sociales y políticas.
d) Denunciar las acciones que atentan contra la justicia y la dignidad de las personas.
e) Exigir justicia y reparación para quienes sufrieron violencia, perdieron la vida y la visión, por acción de la violencia de agentes del estado.

2. Aportar al mundo eclesial en:
a) Potenciar una Red laical autónoma con acción visible y efectiva que incida en la sociedad y en la iglesia desde los pobres y excluidos.
b) Crear comunidades de base, potenciando las redes territoriales y la red nacional con un enfoque
testimonial.
c) Exigir justicia y reparación para las víctimas de todo tipo de abuso eclesiástico.
d) Exigir transparencia en la administración de lo económico de la Iglesia.
e) Desarrollar espacios laicales de compartir saberes, de acuerdo a las necesidades de cada territorio.
f) Exigir la asunción de mayores responsabilidades de la mujer en todas las instancias eclesiales.

g) Promover la democratización de la elección de Obispos. En consecuencia, rechazamos tajantemente la designación de Don Fernando Ramos Pérez como Arzobispo de Puerto Montt, por haberse burlado
abiertamente del laicado de Osorno, que solicitaba la salida del obispo Barros, demostrando muy poca capacidad de escucha y empatía con el laicado y con los sobrevivientes de abuso sexual. Por tanto, apoyamos y nos unimos a las acciones que emprenderán las comunidades laicales de ese territorio, en la exigencia de una nueva designación y que esta sea consultada previamente al Pueblo de Dios.

Finalmente, la Red Nacional de Laicos y Laicas reitera su decisión de ser una instancia que aporta con su palabra y su acción en la construcción de una nueva Iglesia y un país nuevo, en el que todas y todos sean respetados y puedan desarrollar una vida digna en sororidad y fraternidad, participando de la gran mesa del Señor (Jn. 10,10).

Red Nacional de Laicas y Laicos de Chile

En Concepción, en la víspera de la Epifanía del Señor.

   
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