VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

El académico e historiador de la ciencia Sánchez Ron reflexiona sobre la
compatibilidad de ambos mundos a través de los investigadores que los han
protagonizado.https://www.elespanol.com/elcultural/ciencia/entre_2_aguas/20220414/ciencia-versusreligion/662303767_12.html. El 13 de diciembre de 1805, Napoleón Bonaparte, el glorioso militar que terminó traicionando los ideales de la Revolución Francesa, escribía a su ministro del Interior, De Champagny:
“Es con un sentimiento de dolor que me entero de que un miembro
del Instituto, célebre por sus conocimientos, pero que ha vuelto hoy a la
infancia, no tiene la suficiente sabiduría para callarse y busca que se hable
de él, tanto por sus manifestaciones, indignas de su antigua reputación y del
cuerpo al que pertenece, como por profesar el ateísmo, principio destructor
de toda organización social que quita al hombre todos sus consuelos y todas
sus esperanzas.

Mi intención es que llame usted al Presidente y al Secretario
del Instituto, para que se encargue de hacer saber a este ilustre cuerpo que
debe ordenar a Lalande que no publique nada más, y no oscurezca en sus
años postreros lo que hizo en sus días más vigorosos para obtener la estima
de los sabios; y si estas invitaciones fraternales no fuesen suficientes, me
vería obligado a recordar que mi primer deber es impedir que se envenene
la moral de mi pueblo. Porque el ateísmo es destructor de toda moral, si no
en los individuos, al menos en las naciones”.
Soy consciente de que han existido y existen científicos
profundamente religiosos como Kepler, Galileo o Newton, y más tarde
Maxwell

El Instituto en cuestión era el Instituto de Francia, institución creada
en 1795 para agrupar las cinco academias francesas entonces existentes,
entre ellas la Académie Française y la de Ciencias. El ateo en cuestión
era Joseph Jérôme Lalande, profesor del Collège de France y autor de
un Traité d’astronomie, editado por primera vez en 1764 y que todavía en
1800 constituía, revisado, la base obligada para los estudios de los futuros
astrónomos.

Muy alejada esta actitud de Napoleón, quien tenía a la ciencia
en muy alta consideración, de la que mantuvo pocos años antes, cuando no
había objetado a la famosa respuesta que, presumiblemente, Pierre Simon
de Laplace le dio cuando le preguntó el motivo por el que en su
monumental Traité de mécanique céleste (el primer volumen se publicó en
1799) no aparecía la noción de Dios.

Una larga relación
“Sire, es una hipótesis de la que no tengo necesidad”, se dice que le
contestó. Pero cuando escribía a su ministro era desde el año anterior
emperador de Francia, y era más sensible a las necesidades políticas que a
los argumentos científicos, y las ideas religiosas son para muchas personas
más importantes que las científicas.
La cuestión de las relaciones entre ciencia y religión tiene una larga
historia.

No es un tema sobre el que me gusta volver –lo he tratado en
diferentes ocasiones–, pero me he animado a dedicarle este artículo por dos
razones. Una me surgió hace poco, cuando después de una clase en mi
universidad, la Autónoma de Madrid, un alumno me preguntó cuál era la
idea que Albert Einstein tenía sobre la religión. Le respondí que Einstein
poseía un profundo sentido “religioso”, pero ajeno completamente a cómo
se entiende habitualmente ese término; nada de supervivencias después de
la muerte.

Conocimiento racional
La “religiosidad” de Einstein consistía en el sentimiento de admiración y
misterio que le producía el que la naturaleza, el Universo, obedezca a leyes
que los seres humanos vamos desentrañando.

En una conferencia que pronunció en el Seminario Teológico de
Princeton en mayo de 1939 expresó con sutileza qué entendía por
“religión”: “Cuanto más progrese la evolución espiritual de la especie
humana, más cierto me parece que el camino que lleva a la verdadera
religión pasa, no por el miedo a la vida y el miedo a la muerte y la fe ciega,
sino por la lucha en pro del conocimiento racional. Creo, a este respecto, que
el sacerdote ha de convertirse en profesor y maestro si desea cumplir
dignamente su excelsa misión educadora”.

La segunda razón por la que retomo el tema es por la reciente
publicación de un nuevo libro del biólogo evolutivo y ateo militante, Richard
Dawkins: Ateísmo para principiantes (Espasa, 2022).

Ahí, Dawkins explica que él también, “impresionado por la belleza y
la complejidad de los seres vivos”, creyó en su juventud en “alguna clase de
poder superior, alguna clase de inteligencia creativa que creó el mundo y el
universo”, pero que a la edad de quince años abandonó “la idea de la
existencia de cualquier dios cuando leí sobre la evolución y la verdadera
explicación por la que los seres vivos parecían estar diseñados”. Esa teoría
se debió, como es bien sabido, a Charles Darwin, quien por la fuerza de las
evidencias que fue encontrando en la naturaleza terminó abandonando sus
firmes creencias religiosas.

La respuesta, en el viento
“El antiguo argumento del diseño en la naturaleza que anteriormente
me parecía tan concluyente –escribió Darwin en su autobiografía– falla tras
el descubrimiento de la selección natural. […] En la variabilidad de los seres
orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más
designio que en la dirección que sopla el viento”.

Mi opinión [Sánchez Ron] es que la ciencia y las religiones basadas en
la idea de un Dios creador son en el fondo incompatibles, pues una, la
ciencia, se fundamenta en la observación, en la elaboración de sistemas
lógicos con carácter predictivo y en la comprobación o refutación de esas
predicciones, mientras que la religión se asienta en la fe, ajena a cualquier
comprobación; en la idea de que para explicar algo que no sabemos explicar
–en especial el origen del Universo– recurrimos a un “ente”, un Dios, cuya
existencia-origen tampoco sabemos explicar.

“Trampas lógicas”
Soy consciente [Sánchez Ron], por supuesto, de que han existido y
existen científicos profundamente religiosos; Isaac Newton fue uno de ellos,
como también lo fueron antes Kepler y Galileo, y más tarde Michael Faraday
o James Clerk Maxwell. Y también sé que las religiones, algunas, además de
admirables valores éticos ofrecen consuelo ante un futuro en el que lo único
cierto es que moriremos. Pero esto no justifica hacer “trampas lógicas”.
Como escribió Steven Weinberg en su inolvidable libro,

Los tres primeros minutos: “Cuanto más comprensible parece el Universo, tanto más
sin sentido parece también”. ¿Desalentador? Sí, pero ¿por qué un imprevisto
producto de la evolución como es el Homo sapiens iba a ser capaz de
comprenderlo todo? Bastante comprendemos.

 
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