VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Era el día 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, de
la que era muy devoto Teilhard. En un arrebato místico, el jesuita
Pierre Teilhard de Chardin, de 42 años, doctor en Ciencias
Naturales, filósofo, místico y poeta, científico y pensador, redacta
este precioso texto.

Hace cien años, el jesuita paleontólogo y místico Pierre Teilhard de
Chardin, recién llegado desde Francia a China, acompañó al padre Èmile
Licent a una expedición geológica a Mongolia.
Uno de esos días de duro trabajo era 6 de agosto, el día de la
Transfiguración, festividad muy “teilhardiana”. No tenían pan ni vino para
la Eucaristía y entonces Teilhard declama en voz alta “La Misa sobre el
Mundo” que había escrito para ese día. Este texto era una adaptación de “El
Sacerdote”, escrito por Teilhard en el año 1918 y que declamaba cuando fue
camillero en la primera Guerra Mundial y no podía celebrar la misa. Se trata,
sin duda, de dos textos semejantes y bellísimos.

Con ocasión de la redacción del texto de “La Misa sobre el Mundo”,
firmada en el mismo desierto de Ordos por Teilhard, se acaba de publicar la
edición castellana de un comentario que es clásico:
Thomas M. King, SJ. La Misa de Teilhard. Una aproximación a
«La Misa sobre el Mundo». Sal Terrae, Cantabria, 2022, Colección:
El Pozo de Siquén – 451, 231 pág. Traducción: Beatriz Muñoz
Estrada-Maurin. Revisión y edición de Leandro Sequeiros. ISBN:
978-84-293-3068-7

La memoria del centenario de la composición de esta obra espiritual,
mística y poética, desde la Asociación de Amigos de Pierre Teilhard de
Chardin surgió la iniciativa de traducir y publicar dentro del Grupo Editorial
Loyola este libro del jesuita padre Thomas M. King, La Misa de Teilhard.
Aproximación a La Misa sobre el Mundo

Este ensayo del padre King, escrito también con pasión, sitúa en un
escenario adecuado el pensamiento de Teilhard sobre el sacerdocio
(téngase en cuenta que el ensayo teilhardiano “El Sacerdote” se redacta en
el frente de batalla en 1918). El sacerdocio y la Eucaristía atraviesan en gran
parte la espiritualidad de Teilhard y se suele considerar a “La Misa sobre el
Mundo” como una reelaboración de “El Sacerdote” redactada en
condiciones extremas.

El jesuita Thomas M. King, fue un defensor de Teilhard
Pero en esta presentación es imprescindible decir algo sobre su autor,
el padre jesuita Thomas Mulvihill King que había nacido el 9 de mayo de
1929 en Pittsburg (Pensilvania), y falleció de súbito infarto de corazón el 23
de junio de 2009 en Washington, DC., con 80 años de edad.
Thomas M. King fue durante gran parte de su vida profesor
de teología en la prestigiosa Universidad jesuita de Georgetown
(Washington), la universidad católica más antigua de EEUU (fundada en
1789).

King ingresó a la Compañía de Jesús en 1951 después de completar
sus estudios universitarios en inglés en la Universidad de Pittsburgh. Ya
como jesuita, llevó a cabo más estudios en la Universidad de Fordham y
fue ordenado un católico sacerdote en 1964

Después de completar un doctorado en Teología en la Universidad de
Estrasburgo en 1968, King comenzó a enseñar en Georgetown. Firme
Defensor de las ideas de Teilhard (en una época en que era puesto en
entredicho), fue Miembro de la American Teilhard Association, y publicó
varios libros sobre Pierre Teilhard de Chardin, entre ellos Mysticism of
Knowing de Teilhard (1981), Teilhard and the Unity of
Knowledge (1983), Teilhard de Chardin (1988), The Letters of Teilhard de
Chardin and Lucile Swan (1993) y Teilhard’s Mass (2005) que aquí
presentamos.

Sus otras obras incluyen entre otros títulos los siguientes: Sartre and
the Sacred (1974), Enchantments: Religion and the Power of the Word
(1989), Merton: Mystic at the Center of America (1992) and Jung’s Four and
Some Philosophers (1999). También escribió la introducción para una nueva
traducción de 2004 de Sion Cowell de The Divine Milieu de Teilhard.
El comentario de Thomas M. Kung a “La Misa sobre el Mundo”

Cada capítulo de este libro, La Misa de Teilhard. Una aproximación a
“La Misa sobre el Mundo”, tiene una naturaleza diferente: el primero será
biográfico, el segundo tratará de la manera en que Teilhard comprendía el
método científico, el tercero será científico, el cuarto será un poco más
complejo, pues intentará proveernos de una visión general de la filosofía de
Teilhard como contexto necesario para comprender su oración, el quinto va
a centrarse en algunos fragmentos de «La Misa» de Teilhard, el sexto
considerará la adoración y el séptimo su obra apostólica.

La Misa sobre el Mundo de Pierre Teilhard de Chardin es un texto
clásico para conocer el pensamiento del jesuita francés. Se ha escrito mucho
sobre cómo se gestó este texto. Sin embargo, el texto no es del todo
improvisado.
Teilhard había redactado una primera versión de La Misa sobre el
Mundo, titulada Le Prêtre, en julio de 1918, en el bosque de Laigue
(publicada en Escritos del tiempo de la Guerra, tomo XII de las Obras, p. 313
ss

Cómo se gestó el texto de “La Misa sobre el Mundo”

Pero existen versiones primitivas del texto, especialmente el ensayo
titulado «El sacerdote» que escribió en 1918 mientras servía como camillero
del ejército francés durante la Primera guerra mundial. En esa época, como
le ocurrirá más tarde con «La Misa», se había visto forzado a ofrecer una Misa
espiritual no teniendo nada más que ofrecer: «Ya que hoy no tengo, Señor,
yo que soy vuestro Sacerdote, ni pan, ni vino, ni altar, voy a extender mis
manos sobre la totalidad del Universo, y tomar su inmensidad como materia
de mi sacrificio…».[«El sacerdote» (1918),

En: La gran Mónada. Escritos del
tiempo de la guerra, 1918-1919.Trotta, Madrid, 2018, pág. 81].
Teilhard reflexionó en La Misa sobre el Mundo sobre la irradiación de
la Presencia eucarística en el Universo. Ciertamente que no confundía esa
Presencia, fruto de la transustanciación propiamente dicha, con la Presencia
universal del Verbo. Su fe en el misterio de la Eucaristía no era solo ardiente:
era tan precisa como firme.

Teilhard concluyó el texto manuscrito de «La Misa sobre el Mundo»
con las palabras «Ordos, 1923». Con ello, daba a entender que la había
escrito en el desierto de Ordos durante su primera expedición en China.
Durante los años de camillero durante la primera Guerra Mundial,
escribió numerosos textos espirituales y místicos. Pese a que ninguno de los
textos de esta época se refiere específicamente a la Misa, Teilhard redactó
cada uno de ellos con un profundo sentido de su propio sacerdocio
sacramental.

En «La Misa sobre el Mundo», habla de una «extensión del sentido»
de la Eucaristía. Más tarde desarrollará lo que podríamos llamar una
«extensión del sentido del sacerdocio» al afirmar que cada «cristiano [tiene]
una vocación santa, sacerdotal» [«Nota para servir a la evangelización de los
nuevos tiempos» En: La gran Mónada. (ya citada), páginas 151-165].
El sentido del sacerdocio en Teilhard

En otros pasajes se ve claramente cómo Teilhard dilata el sentido del
sacerdocio: «El Mundo, la Vida (nuestro Mundo, nuestra Vida) están, sí, en
nuestras manos, en las de todos, como una hostia, dispuestos a llenarse de
influencia divina» [El Medio divino].

Lo que Teilhard veía es que estamos todos inmersos en una gran Misa,
una Misa que no es sino nuestra vida y nuestra muerte. Es decir, con nuestra
oración ofrecemos nuestro mundo a Dios; Él recibe nuestra ofrenda
haciendo de ella su propio cuerpo y su sangre, y con esas palabras la
consagra. Así entiende Teilhard la oración cristiana. Tras haber
experimentado esta oración, nuestra vida activa se convierte en un acto de
comunión extendido, una comunión que en última instancia integra
nuestra muerte.

Mas esa fe en el misterio eucarístico era justamente lo bastante fuerte
y lo bastante realista como para permitirle descubrir las consecuencias o,
como él decía, las prolongaciones y las extensiones de esa fe. En un tiempo
en el que el individualismo enmascaraba aún de ordinario sobre este punto
la enseñanza total de la tradición católica, escribía (era el mismo año en que
redactó La Misa sobre el Mundo):
“Cuando Cristo desciende sacramentalmente a cada uno de sus fieles,
no lo hace sólo para conversar con él (…), cuando dice, por mediación del
sacerdote: Hoc est enim Corpus meum, estas palabras desbordan el trozo de
pan sobre el que se pronuncian: hacen que nazca el Cuerpo místico entero.
Más allá de la Hostia transustanciada, la operación sacerdotal se extiende al
Cosmos mismo (…).

La Materia entera experimenta lenta e irremediablemente, la gran Consagración” […]
Ya en 1918 escribe en “El Sacerdote” algo parecido.
Es la Consagración del Cosmos entero. Teilhard “se muestra aquí
preocupado sobre todo por conferir a su Misa cotidiana una función cósmica
y dimensiones planetarias (….). Por supuesto que todo esto, en su
pensamiento, viene a incorporarse al sentido teológico más ortodoxo de la
Sagrada Eucaristía” (Nicolás Corte, “La vie et l´âme de Teilhard de Chardin”,
Fayard, París, 1957, p. 61)

La introducción de Thomas M. King al comentario de “La Misa sobre el
Mundo”

En la introducción que redactó Thomas M. King para este volumen,
escribe: Comentando el significado cósmico de la Misa, Teilhard habla de las
«Extensiones de la Eucaristía». Es decir, la Hostia de pan «se va envolviendo
cada vez más íntimamente en otra Hostia infinitamente más grande, que no
es nada menos que el Universo entero (…).

Así, cuando pronunciamos la fórmula: “Hoc est Corpus meum”, “hoc”
se está refiriendo “primario” al pan. Pero, “secundario”, en un segundo
tiempo de la naturaleza, la materia del sacramento es el Mundo mismo, en
el que se expande, para perfeccionarlo, la presencia sobrehumana del Cristo
universal. El Mundo es la Hostia definitiva y real en la que Cristo desciende
poco a poco hasta la consumación de los tiempos».

La traducción de este interesante ensayo interdisciplinar sobre La
Misa sobre el Mundo ayuda a entender mejor el pensamiento teilhardiano y
su espiritualidad. En el capítulo 5 del libro se ofrecen algunos comentarios
a textos de Teilhard. Un esbozo de la filosofía, de la teología y de la
espiritualidad de Teilhard.

En sus dos ensayos sobre la Misa —«El sacerdote» y «La Misa sobre el
Mundo»— Teilhard solo va a tomar en consideración la parte sacramental,
es decir, comenzará con el ofertorio y omitirá la Liturgia de la Palabra. Hacia
el final de su vida, en las notas que redactaba durante sus retiros, hará
breves alusiones a su deseo de escribir un ensayo en el que incluiría la
Liturgia de la Palabra. Sin embargo, nunca llegará a escribirlo.
«Te ofreceré (…) el trabajo y la pena del mundo».

En cada Misa, se hace una ofrenda doble: el pan y el vino. Sin pan ni
vino, Teilhard va a ofrecer el trabajo (pan) y la pena (vino) del mundo. Más
adelante, el pan será la cosecha del esfuerzo renovado de cada día, y el vino,
la savia de los frutos molidos de la Tierra; ambos serán también las
esperanzas y las miserias de la Tierra. La cosecha es el crecimiento del
mundo; la savia, su disminución. El pan contiene todo lo que está a punto
de «germinar, crecer, florecer y madurar en este día», mientras que el vino
es «toda muerte que se prepara a roer, a ajar, a cortar».

Teilhard lo explica en una de sus cartas: «La verdadera sustancia que
cada día debe ser consagrada es el desarrollo del mundo durante ese día; el
pan simboliza de manera apropiada todo lo que la creación logra producir,
el vino (la sangre) todo lo que la creación pierde, en su labor, de
agotamiento y sufrimiento» [Cartas de Viaje].

Ambos elementos representan el crecimiento y la disminución de los
que tanto habló Teilhard, y corresponden a los dos procesos fundamentales
que ocurren, cada día, en el universo: evolución y entropía.
La evolución es la edificación de una estructura y la entropía es su
desintegración. Los científicos afirman que la entropía del universo
aumenta cada día, y que cuando hayan pasado billones de años, las
estructuras estarán tan desmoronadas que toda vida cesará y el universo
alcanzará su «muerte térmica».

Sin embargo, en «La Misa sobre el Mundo» de Teilhard, Dios va a
encarnarse tanto en el crecimiento del mundo (cuerpo) como en sus
disminuciones (sangre). A través de ambos, Dios conducirá a la Tierra más
allá de sus disminuciones hasta la vida eterna. Teilhard suele hablar de Dios
presente en el «Devenir» o en los «Desarrollos»; ambos términos sugieren un
proceso. Fundamentalmente, hay dos procesos: progreso y accidente. El
pan y el vino ofrecidos corresponden a estos dos elementos.
Cada día, en «La Misa» de Teilhard, se ofrecen y consagran a Dios dos
movimientos fundamentales identificados por la ciencia contemporánea: la
evolución como movimiento del orden, y la entropía como movimiento del
caos.

En algunas antiguas liturgias podemos encontrar similitudes con la
ofrenda y la consagración del pan; en ellas se consideraba a Dios como
Aquel que pone orden en el caos. Los exégetas encuentran ecos de este
tema en los salmos que hablan de la entronización de Dios: «El Señor es rey:
Él afianzó el mundo, y no vacilará» (Sal 96,10).
El mundo se ordena cuando se establece el dominio de Dios.

Probablemente, esto es lo que querían simbolizar los signos cósmicos que
ornamentaban las vestiduras del sumo sacerdote judío, a imitación de los
babilonios. Este pueblo creía que Marduk (el orden) había salido victorioso
de su combate con Tiamat (el caos), para que «el mundo quede afianzado».
Por ello, en el Antiguo Testamento, el libro del Génesis narra la
creación como el instante en que Dios da orden y forma al caos («Al principio
(…) la Tierra era un caos informe»). De manera similar, Teilhard consideraba
que Dios sigue ordenando el mundo, cada vez más intensamente, a medida
que avanza la evolución; y de esto precisamente trata «La Misa sobre el
Mundo».

En ella, Teilhard ve la evolución como movimiento del orden, un
proceso mediante el cual Cristo va dando forma a su cuerpo. Como
consecuencia, Teilhard no considerará que Dios «ha creado el mundo», sino
que «aún sigue creándolo». Lo que le distingue de las antiguas liturgias es
que Teilhard considera que el movimiento hacia el caos, la muerte y la
entropía (¿a imagen del Tiamat de Babilonia, quizá?) también debe ser
consagrado como sangre de Cristo. Así, las tragedias de la guerra y sus
continuas frustraciones personales eran consagradas, cada día, y formaban
parte de su comunión con la sangre de Cristo. Lo que afirmaba era que el
movimiento hacia la disminución es también obra de Dios, de otro tipo.
Podría ser quizá como esa «mano izquierda de Dios» con la que una tradición
cristiana —más popular que erudita— ha gustado identificar los aspectos
negativos de la acción divina.

«Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma abierta de par
en par a todas las fuerzas».
El cáliz y la patena son las profundidades de un alma —un alma
individual; he aquí una frase que parece reflejar el individualismo de
Teilhard. Y sin embargo, las cosas no son tan sencillas: en ese alma también
están contenidos los demás como elementos a la espera de ser consagrados.
Muchos amigos de Teilhard compartían con él sus esperanzas y las
cargas de sus vidas; todas ellas se introducían en las profundidades de su
alma y, allí, permanecían activas. Gran parte de las personas que hemos
conocido siguen siendo importantes para nosotros y continúan viviendo en
nuestro interior («En nuestro espíritu, hemos realizado el Mundo»). [«Nota
sobre el Progreso» (1920), En: El Porvenir del Hombre, 21-35].

Podríamos afirmar que Teilhard se considera a sí mismo como la
patena que contiene el crecimiento y las esperanzas de los demás, y el cáliz
que contiene sus disminuciones y su dolor. En la ofrenda, su presencia en el
interior de su ser se vuelve más palpable todavía: Teilhard se rememora,
«uno a uno», a todos aquellos que han formado parte de su vida, de una
manera o de otra. En primer lugar, recuerda a su familia y, después, a esas
otras familias más amplias que han ido creciendo a su alrededor, sus amigos,
sus compañeros, todos aquellos con quienes comparte «las afinidades del
corazón, de la investigación científica y del pensamiento». Todas estas
personas forman su mundo. Al recordarlos, cobran vida en su interior: sus
esperanzas viven en su patena, y su dolor en su cáliz. El cáliz y la patena son
su alma. Y nuestros cálices y patenas contienen, también, elementos
similares.

Cuando nos disponemos a adentrarnos en la Misa, algunos escritores
espirituales nos invitan a dejar de lado todas nuestras preocupaciones
humanas; con ello pretenden ayudarnos a centrarnos en Dios. Otros
escritores proponen prácticas ascéticas para que logremos centrarnos aún
más en Dios y volvernos, de este modo, indiferentes a todas las cosas.
Teilhard rechazaba todas estas concepciones: lo que él hace es
invitarnos a recordar explícitamente las preocupaciones de las personas que
queremos, a recordarlas con más intensidad si cabe.

Las esperanzas y las miserias de la Tierra serán la sustancia que Teilhard va a presentar ante Dios.
Su presencia agitada en el interior de su ser será el contenido de su oración.
Pero más allá de su familia y de sus amigos, también está presente en su
interior una masa indefinida de otros, esos otros de los que apenas tiene
conciencia; algunos serán como una amenaza y el hecho de recordarlos,
fuente de desasosiego:

«Evoco a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa
innumerable de los vivientes (…). Quiero que en este momento mi ser
resuene acorde con (…) esa multitud agitada (…) ese Océano humano cuyas
lentas y monótonas oscilaciones introducen la turbación en los corazones
más creyentes».

   
© 2012 Redes Cristianas Suffusion theme by Sayontan Sinha