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Jose María Castillo31.jpgEn vísperas de la beatificación de 498 mártires de la guerra civil española, mucha gente habla de santos y canonizaciones. Algunos dicen que hacer un santo cuesta un dineral, otros aseguran que eso de los santos no está claro y otras lindezas por el estilo. Vendrá bien aclarar algunas cosas.
En los primeros siglos de la Iglesia, la decisión de venerar a un difunto con culto público no dependía de ningún poder eclesiástico. Los cristianos veneraban espontáneamente a sus mártires. Y lo mismo se hizo más tarde con las buenas personas que en una región determinada la gente las tenía por santas. Es decir, a las santas y santos los proclamaba el pueblo, no el papa.

Hay que esperar hasta el año 993 para que el papa Juan XV declarara santo a san Ulrico. Pero incluso después, los cristianos de a pie seguían designando como santos a quienes popularmente se tenían como personas ejemplares. A partir de 1171, el papa Alejandro III prohibió a los obispos la designación de santos “sin la autoridad de la Iglesia Romana”. O sea, hasta el s. XII Roma no se reservó el privilegio de canonizar a los cristianos. ¿Por qué el papado tomó esa decisión?

Esta historia es compleja. Pero en ella hay cosas que están claras. Un santo es un difunto. Pero sabemos que no todos los difuntos tienen la misma consideración. No es igual si el difunto era rico o pobre, si en vida fue famoso o desconocido, si era de derechas o de izquierdas, si se murió (sin más) o fue asesinado. Si el asesino era de derechas, es probable que en la Iglesia se vea al muerto como un “revolucionario”; pero si el asesino era de izquierdas, entonces tenemos un “mártir”. Y si el asesino es un terrorista, el muerto es una “víctima”, que puede ser interesante para el PP o para el PSOE según los casos. Este desvergonzado uso de los muertos no es cosa de ahora. Por supuesto, la necesidad de recurrir a Roma para canonizar a un difunto fue presentada como algo necesario para asegurar la pureza de la fe y el esplendor del santo en cuestión.

Pero en todo esto influyeron otros motivos. Un santo “bien aprovechado” puede ser una mina: las peregrinaciones, las reliquias, los milagros, las indulgencias han sido siempre, y siguen siendo, una fuente importante de ingresos. Por eso ha pasado lo que ha pasado. Por ejemplo, el decreto de Alejandro III estuvo motivado por la pretensión de dar culto público a un individuo que había sido un vicioso (“Decretalium” III, 45, I. Friedberg, II, 650). Eugenio III canonizó en 1146 al emperador Enrique II de Baviera en un momento en que a Roma le interesaba proponer un modelo de emperador piadoso y sumiso a la Santa Sede. Por el contrario, Alejandro III canonizó en 1173 a Tomás Becket, lo que fue tanto como elevar a los altares a un obispo rebelde a la autoridad real, cosa que convenía a Roma. Más significativo es el caso de san Gregorio VII. Este santo murió en 1085, pero no fue canonizado hasta 1728 por Benedicto XIII, cuando el papado quería hacer comprender a los galicanos cuál era su opinión sobre los derechos de la Santa Sede, el rasgo que más distinguió al papa Gregorio VII.

Pero, si fuertes han sido los intereses políticos en las canonizaciones, más lo han sido los intereses económicos. En 1966, dos sociólogos norteamericanos, K. y Ch. George, publicaron en Nueva York un minucioso estudio según el cual, de 1938 casos examinados de santos canonizados hasta entonces, el 78 % pertenecieron a la clase alta, el 17 % a la clase media y sólo el 5 % a la clase baja (“Roman Catholic Sainthood and Social Status”, en “Bendix and Lipset: Class Status and Power, Social Stratification in Comparative Perspective”, New York 1966, 394-402). Quizá en este dato sorprendente pudo influir, en otros tiempos, la tendencia de los grupos marginales a dar más importancia a los hechos de los más distinguidos socialmente. Pero la verdadera causa de un desequilibrio tan escandaloso está en que hacer un santo cuesta mucho dinero. Y se sabe que los costos de las beatificaciones y canonizaciones se han disparado en las últimas décadas.

En el pontificado de Pablo VI, la Provincial de unas monjas me dijo en Roma que estaba escandalizada de lo que les había costado la canonización de su santa fundadora: la Superiora General tuvo que vender “varias fincas” para pagar el largo proceso, las ceremonias en Roma, los festejos, las peregrinaciones y un boato de solemnidades que hubieran indignado a la santa canonizada.

Hay una Orden Religiosa, los monjes cartujos, que no suelen mover ni un dedo para conseguir que un difunto de esa Orden llegue al honor de los altares. Y ellos suelen decir, para explicar esta conducta, que “para tener un santo cartujo, un cartujo tendría que dejar de ser santo”. Porque, según parece, las complicadas y costosas gestiones que requiere una canonización no son el mejor camino para conseguir aquello que se pretende ensalzar. En cualquier caso, parece razonable decir que Roma debería replantear sus criterios y procedimientos en todo este asunto de las beatificaciones y canonizaciones. Para que en ellas esté más presente el Evangelio y lo que en el Evangelio está presente: los que sufren, los excluidos, los pobres, los perseguidos.

Sueño con ver un día la plaza de San Pedro abarrotada de este tipo de gentes celebrando la canonización de uno de ellos. Sería la fiesta de los “nadies”. Como tenemos el día de los “santos” o el de los “difuntos”. ¿Veremos algún día una Iglesia en la que de verdad los “últimos” sean los “primeros”?

   
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