Redes Cristianas

 

Se mantiene la esperanza de cambio en la Iglesia

 

Los sínodos celebrados durante el pontificado del Papa Francisco han hecho aflorar problemas y situaciones importantes que llevaban años planteándose en la Iglesia. En los procesos preparatorios y durante la celebración de los mismos, ha habido debate y cierto nivel de participación del Pueblo de Dios. A la vez, como contrapunto, se ha puesto de manifiesto la realidad de los estamentos eclesiales, clero y laicos, y la aún existente falta de igualdad de la mujer a la hora de participar en la toma de decisiones.

En este contexto acaba de concluir el Sínodo de la Amazonía, que tantas expectativas había generado. Sin haber podido aún leer en detalle el documento final, pensamos que hay motivos para creer que se pueden abrir puertas a cambios importantes a medio plazo.

En primer lugar, el acento puesto en la iglesia local de la Amazonía, con toda su problemática, desde el compromiso claro con la ecología integral (definiendo un “pecado ecológico) y la sinodalidad que conduzca a la reforma de todas las estructuras de la Iglesia a la importancia de la cercanía con los pueblos indígenas y su manera de vivir y organizarse, (llegando a reclamar un rito amazónico propio al lado de los 23 que ya existen en la Iglesia).

En segundo lugar, el reconocimiento de la gravedad de que tantas comunidades no puedan celebrar la Eucaristía por la falta de presbíteros y como consecuencia, proponer como solución que un varón de trayectoria contrastada y casado, pueda ser ordenado sacerdote para presidir una celebración eucarística cuando no haya alternativa.

Y en tercer lugar, las propuestas sobre el reconocimiento del ministerio de las mujeres animadoras de comunidades y sobre el diaconado femenino, ponen de nuevo sobre la mesa la cada vez más incomprensible e indignante negativa de la jerarquía eclesiástica, (que no han sabido o no han querido superar las personas participantes en el Sínodo)  a que la igualdad del hombre y la mujer sea efectiva. Avergüenza particularmente, a estas alturas, el rechazo a que las mujeres participantes en el Sínodo pudieran votar las conclusiones como los varones.

A pesar de estas notas críticas, descubrirnos que se han dado algunos pequeños pasos que abren horizontes mientras esperamos que el Papa los confirme en su documento definitivo previsto para finales de año. Es indudable que la falta de presbíteros es algo común al resto del mundo (baste como ejemplo la existencia cada vez mayor de sacerdotes en España que tienen que atender más de quince pueblos como párrocos y que además tienen ya edad avanzada). En este sentido,  en las mismas conclusiones del sínodo  “algunos se pronunciaron sobre el abordaje universal del tema” al referirse a los “viri probati”.

En Redes Cristianas estamos convencidos, por muchos motivos, de que el celibato (que tradicionalmente ha considerado la Iglesia como un don)  tendría que ser una opción personal y no un requisito para el ejercicio del sacerdocio, y que la distinción entre clérigos y laicos, como estamentos diferenciados, no debe existir. La igualdad plena de mujeres y hombres en la Iglesia es algo que ya se vive en muchas pequeñas comunidades cristianas de todo el mundo. Ojalá todo ello sea una realidad lo antes posible.

Somos conscientes de las grandes dificultades con las que se encuentra el Papa Francisco para promover reformas que sitúen a la Iglesia en la mentalidad del siglo XXI y se mantenga fiel a los valores evangélicos. Pensamos que la celebración de este sínodo ayuda al proceso de cambio, tanto en la región amazónica como en el resto del mundo. En Redes Cristianas lo vemos como un signo de esperanza.

De todos modos no desearíamos que los conflictos que la Iglesia católica sigue teniendo en su interior sobre la situación de flagrante desigualdad de la mujer o el celibato opcional monopolizara la valoración de este Sínodo. Porque se han dicho y aprobado declaraciones que sin duda no gustan entre ciertos sectores sociales y eclesiales, valientes y necesarias como que: “La codicia por la tierra está en la raíz de los conflictos que conducen al etnocidio, así como al asesinato y la criminalización de los movimientos sociales y de sus dirigentes. La demarcación y protección de la tierra es una obligación de los Estados nacionales y de sus respectivos gobiernos”. (punto 44)

Y resaltaríamos la claridad y dureza al señalar como gravísima amenaza contra la vida “la apropiación y privatización de bienes de la naturaleza, como la misma agua; las concesiones madereras legales y el ingreso de madereras ilegales; la caza y la pesca predatorias; los mega-proyectos no sostenibles (hidroeléctricas, concesiones forestales, talas masivas, monocultivos, carreteras, hidrovías, ferrocarriles y proyectos mineros y petroleros); la contaminación ocasionada por la industria extractiva y los basureros de las ciudades y, sobre todo, el cambio climático”. Y más adelante en el mismo punto 10 del comunicado final “Detrás de todo ello están los intereses económicos y políticos de los sectores dominantes, con la complicidad de algunos gobernantes y de algunas autoridades indígenas. Las víctimas son los sectores más vulnerables, los niños, jóvenes, mujeres y la hermana madre tierra”.

Y cerraríamos este breve repaso por puntos cruciales del documento final con el punto 46: “De esta manera, la Iglesia se compromete a ser aliada de los pueblos amazónicos para denunciar los atentados contra la vida de las comunidades indígenas, los proyectos que afectan al medio ambiente, la falta de demarcación de sus territorios, así como el modelo económico de desarrollo depredador y ecocida. La presencia de la Iglesia entre las comunidades indígenas y tradicionales necesita esta conciencia de que la defensa de la tierra no tiene otra finalidad que la defensa de la vida”.

 

1 de noviembre de 2019

 

   
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