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Fuente: Amerindia
Renacer profético
Medellín, Romero, Francisco
Encuentro nacional por los 50 años de la Conferencia de Medellín y canonización de Mons. Óscar Romero
Santiago de Chile, octubre 12 al 14 de 2018
Al mediodía del sábado 13 de octubre se presentó un panel con dos exposiciones. A continuación, la transcripción (no revisada por la autora) de la exposición de Carolina del Río, teóloga y periodista, docente del Centro de Espiritualidad Santa María e integrante del Centro Teológico Manuel Larraín.

En la Teología ha habido una cierta interpre-tación del hombre, de la mujer, de la caída, del pecado original, que ha sido determinante a la hora de articular discursos y asignar roles, tanto para varones como para mujeres, los que estarían previstos desde el origen, desde un principio. También en otras áreas del saber se asumieron paradigmas que tendrían una base biológica para describir el género, en los que habitualmente las mujeres quedábamos en el espacio privado, ocultas en el espacio doméstico. En las sociedades occidentales en general, los roles tradicionales de género se han inscrito en esta mirada dicotómica de lo público y lo privado.

El modelo de la mujer ha girado fundamen-talmente en torno al espacio privado, con la responsabilidad de la crianza y educación de los hijos; en cambio el espacio público es de los varones, es donde suceden las cosas importantes: la política, la economía, la cultura. A esto además se han agregado una serie de estereotipos. Yo creo que no hay nada más estereotipado en el lenguaje que lo femenino y lo masculino. En donde a las mujeres, o lo femenino, se asocia la calidez, la tranquilidad, la dependencia, las habilidades interpersonales, la emotividad, etc. El poder, la indulgencia, la estrategia política se asocian con lo masculino.

La irrupción y el posicionamiento de las mujeres en la sociedad evidentemente hacen tambalear estos paradigmas y estereotipos y hacen necesario que los revisemos, también en nuestra iglesia.

Desde los movimientos feministas de la década del 60 las mujeres hemos comprendido con bastante claridad, con mucha lucidez, que la sexualidad no solamente es una condición humana, sino también, como afirma Anthony Giddens, es terreno de lucha política, de emancipación, que también se da en el terreno de la Teología. Las mujeres del siglo XXI estamos muy alejadas de ese estereotipo que se llamó en su momento ‘el ángel del hogar’, que surge con mucha fuerza en la década del 40 y del 50 y que permeó a nuestras bisabuelas, abuelas y madres. Las mujeres de hoy estamos muy lejos de ese paradigma y denun-ciamos con mucha fuerza la creación de discursos, de significados, que van implicando estructuras de poder, relaciones de poder; estructuras y relaciones jerarquizadas, y esto no solamente en la sociedad, sino también en la iglesia y en una institución muy importante como es el matrimonio.

Promover cambios emancipatorios, de liberación, en la subjetivación de las mujeres, no es algo fácil cuando nos movemos en un complejo y patriarcal sistema normativo simbólico. Y en el ámbito exclusivo de la sexualidad tenemos profundos desajustes y quiebres que hemos experimentado las mujeres respecto de normas o mecanismos de subordinación con los cuales han querido mantenernos en nuestro lugar. Las mujeres somos socializadas desde la infancia en un determinado modelo acerca de cómo debe ser una mujer. Pero esos modelos provocan una enorme ruptura interna cuando nos damos cuenta que lo que somos realmente en nuestro interior no tiene que ver con eso que la sociedad nos está diciendo que debemos ser. Y talvez donde mejor se ha mostrado esta ruptura interior es en la literatura y en el cine. A través de distintas heroínas van mostrando cómo la mujer se siente desajustada entre lo que ella experimenta y siente que es y aquello que la sociedad le dice que es.

Hay una escritora latinoamericana, Cecilia Merluque, que dice “dado que la sexualidad es un elemento constitutivo de la subjetividad femenina que había sido negado e invisibilizado en el modelo del ángel del hogar, las novelas pueden leerse como historias de resistencia a las construcciones militantes de dicho imaginario y también como relatos de atrevimiento de las mujeres a la experiencia libre y sin culpa de su organismo sexual”. Un ejemplo muy claro y muy gráfico lo tenemos en nuestra escritora chilena María Luisa Bombal, por ejemplo. Los protagonistas de sus cuentos, pensemos en Niebla, en La Amortajada, siempre están desajustados y al margen; nunca logran internalizar del todo ese modelo que la sociedad les dice de cómo deben ser y comportarse las mujeres.

En el cine pasa exactamente lo mismo. La película “Las horas” muestra tres historias en paralelo, donde las protagonistas están permanentemente coqueteando con la locura y la muerte porque no logran ajustarse a este estereotipo, a este modelo que se ha determinado que debe ser el comportamiento o la realidad de la mujer.

Las mujeres que entran en el camino de la toma de conciencia de género, de su valía personal, de la necesidad de relaciones simétricas con los varones, de la necesidad de que esas relaciones sean recíprocas para que sean nutritivas, entran en lo que Mercedes Navarro, teóloga española, llama ‘un viaje sin retorno’. Lo es porque se modifica definitivamente, sin vuelta atrás, la conciencia personal y subjetiva de la mujer, se modifica su autoconciencia, su autopercepción. Y con ello se modifica también nuestra conciencia moral, la normativa externa de valor, que se va expresando en general en un malestar difícil de nombrar. Hay que ponerle nombre.

La teología feminista se ha hecho cargo de este malestar, de esto que las primeras teóricas del feminismo en la década del 60 llamaban ‘mal sin nombre’. Y para poder nombrarlo lo que se está haciendo es mirar las experiencias vitales de las mujeres para que sean reconocidas y valoradas como legítimas.

En el ámbito de la teología norteamericana, por ejemplo, la teóloga Elizabeth Johnson, afirma que lo primero y lo más importante en este tránsito de las mujeres tiene que ver con la conversión del corazón y de la mente. Ella dice “el despertar de las mujeres a su propia dignidad humana puede ser interpretada al mismo tiempo como una nueva experiencia de Dios. De modo que lo que está teniendo lugar es un nuevo acontecimiento en la historia religiosa de la humanidad. Más aún esta conversión trae consigo un juicio concomitante sobre el valor moral positivo de la corporeidad femenina, el gusto por las relaciones y otras características que marcan de manera específica las divas históricas de las mujeres. Nunca antes, en la historia religiosa de la humanidad, las mujeres hemos tenido la voz que tenemos hoy”. Y por eso es un nuevo acontecimiento, es algo completamente inédito, lo que está sucediendo en la historia religiosa. El hecho que las mujeres seamos capaces de decir a Dios de una manera distinta, que seamos capaces de experimentar a Dios de una manera distinta, eso es algo completamente novedoso.

Este proceso de conversión va a suscitar en las mujeres una nueva conciencia que va a cambiar de manera irreversible nuestra propia autopercepción, nuestra propia autovaloración. Y eso nos va a llevar a una revisión del paradigma que es necesario mirar, no solo por las propias mujeres, sino también el estatuto de relaciones varones-mujeres. Aquí hay una cuestión de género también. Esto no es sólo problema de las mujeres, sino de hombres y mujeres, en la iglesia y en la sociedad.

En la Iglesia nos lleva a preguntarnos cuando lo que mantiene unida a una pareja es el amor sexual, el vínculo de corresponsabilidad, de reciprocidad, etc. parece difícil seguir manteniendo un discurso de superioridad masculina, y seguimos utilizando esa analogía en la que el hombre es la cabeza y la mujer es el cuerpo. Es hora de revisar esas analogías.

Tampoco podemos seguir manteniendo los discursos maternizantes para las mujeres, como si en la vida de ellas lo único interesante, relevante, fuera la maternidad y los hijos. Y como si en nuestra actividad y experiencia sexual, nos animara solamente la maternidad. Y con esto no estoy menospreciando la maternidad. Mi vida no se define por mis hijos, a los que amo.

Lo que las mujeres buscamos desde esta nueva conciencia incluye también una nueva percepción de nuestros cuerpos. Los cuerpos de las mujeres no son amenazantes para los varones. La corporeidad, nuestro cuerpo tanto de varones como de mujeres, es la forma visible mediante la cual nos hacemos presente a otro. Pero eso no es un dato espacial, como algo que yo domino y puedo mover. Más bien es un dato de orden personal: el cuerpo me está hablando de la presencia de otro que requiere reconocimiento. El otro o la otra es legítima, incluida su corporeidad. Cada cuerpo, todos nuestros cuerpos son una epifanía de nuestras personas, son lenguaje, comunicación, un decirnos legítimamente, a una comunidad o a otro. Tienen un significado social, de intercambio, de encuentro.

El cuerpo es una palabra que se expresa revelando el “Yo soy” más profundo, más real, más verdadero de cada uno de nosotros. Yo no puedo ser en el mundo si no soy en y con mi cuerpo. Nuestros cuerpos de mujeres con sus especificidades, con lo que ellas han configurado, nuestras visiones, nuestras vidas, están llamados a la plenitud y la plenitud no es convertirse en varón, como se pensaba antes, sino llegar plenamente a nuestra identidad de mujeres.

Revisar, entonces, el estatuto de las relaciones entre hombres y mujeres desde esa nueva conciencia femenina nos permitiría hoy desenmascarar muchas conductas masculinas que están todavía en la oscuridad y en las sombras. Que es lo que pretendieron hacer aquellas jóvenes en la toma de la Universidad Católica, y lo que ha ido sucediendo con las denuncias en el ámbito universitario con las alumnas. Muchas formas de subordinación que a veces son bastante sutiles y otras bastante burdas, empiezan a salir a flote, junto a otros elementos de subordinación incluso en las relaciones amorosas, de pareja, interpersonales.

Mercedes Valdivieso, una escritora chilena, refiriéndose a parte de la obra de María Luis Bombal, hablando del desajuste que vivimos las mujeres dice una frase que talvez muchas aquí presentes se van a reconocer: “Musitas un murmullo que ya no se hace presente en el tiempo y yo de alguna manera reconozco las señales de tu lenguaje. Retumba en mi la intensidad y la queja, asumo signos que nos transmitieron y que repetimos sin saber todavía cómo arrancarnos de ellos. Es el mismo lenguaje que encierra las jaquecas de mi historia, el mismo lenguaje para una historia distinta”. Tanto en la literatura como en el cine se nos permite mostrar con mucha más claridad este quiebre que vamos experimentando las mujeres entre lo que se supone que debemos ser, decir, vivir, y aquello que realmente somos, este yo soy interior.

Esta nueva conciencia de las mujeres, en síntesis, no implica solamente una nueva conciencia en la humanidad, sino también una nueva conciencia de la relación con los varones. Y esto es bien importante: no es un problema de las mujeres, sino de varones y mujeres. Esta nueva relación que la mujer establece con su cuerpo, su sexualidad, su deseo, su erotismo, implica necesariamente que los varones queden descolocados y esto no es ninguna novedad porque se habla desde el 2.000 que los varones están viviendo una crisis silenciosa porque aquellos espacios que eran propiamente masculinos las mujeres los hemos ido ocupando. Aquellos discursos que resultaban útiles o aquellos imaginarios para referirse a las mujeres, hoy no sirven. Por primera vez en el siglo XXI los hombres encuentran su masculinidad desafiada y somos las mujeres quienes la hemos desafiado.

Entonces tenemos que revisitar ese estatuto de relaciones varones y mujeres. Desde el punto de vista de las mujeres, se hace necesario que seamos capaces de legitimar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad. Nuestra mujeridad. En un contexto especial que, normado por un colectivo de varones célibes, se ha acostumbrado a tratar a las mujeres como si estuvieran en un permanente estado de minoría de edad y fueran una constante amenaza a su estado celibatario o al orden de las cosas. Esto es un error grande y grave. Porque nuestra experiencia de mujeres puede abrir grandes horizontes de libertad y de humanización.

Y en este momento de crisis profunda de la iglesia, no saldrá de esta crisis sin las mujeres. Pero las mujeres y el estatuto de relaciones hombre-mujeres, tienen que ser un nuevo estatuto. Vamos a lograr salir de la crisis en la medida que las mujeres tomemos conciencia de nuestra valía personal, con nuestros cuerpos.

Entonces, la pregunta es ¿qué estamos haciendo en la Iglesia para ayudar a las mujeres a tomar conciencia de su valía personal, de que sus cuerpos, de que su sexualidad no son una amenaza para el clero, para los varones o para su masculinidad? ¿Qué estamos haciendo para ayudar a los varones a repensar su propia masculinidad, para pensar su forma de relacionarse con las mujeres del siglo XXI, que no están dispuestas a volver atrás? ¿Qué estamos haciendo para promover en las parejas la reciprocidad, la igualdad, el respeto mutuo? ¿Qué estamos haciendo para desenmascarar el patriarcado y el machismo en nuestra iglesia? Tenemos mucho que hacer en nuestra iglesia. Si queremos salir de esta crisis no saldremos solo cambiando obispos, sino en la medida que bautizados y bautizadas nos asumamos legítimamente empapados del Espíritu del Evangelio, y eso implica la plenitud para las mujeres, incluidos sus cuerpos y sexualidad.

Muchas gracias.

   
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