VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

images2Es preciso recuperar hoy la centralidad de lo común 

Nadie está a salvo, si todas y todos no estamos a salvo

No somos mercancía en manos de políticos y banqueros

Francisco en “Fratelli Tutti”, tras interpretar el tiempo presente, nos invita a la acción: “Esta pandemia obliga a repensar nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades” (33).

Los profetas del neoliberalismo proclamaron en los años ochenta: ”No existe eso que llamamos sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias” (Margaret Thatcher). El resultado han sido décadas de individualismo posesivo, privatizador que ha saqueado lo público. Es preciso hoy recuperar la centralidad de lo común.

“Se necesita una comunidad en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante, como una única humanidad, como hijos de esta misma tierra… Esta pandemia obliga a pensar en los seres humanos, en todos, más que en el beneficio de algunos” (8).  “Nadie está a salvo, si todos no estamos a salvo”, aseguran los epidemiólogos

Y hablar de “lo común” es hablar de “lo político”: el lugar donde se articulan los proyectos comunes con los intereses e ideologías particulares de personas, grupos y países diversos. Lo que la doctrina social de la iglesia define como “el más alto grado de caridad”: “Una caridad social y política. Para muchos la política hoy es una mala palabra. Pero, ¿puede funcionar el mundo sin política? ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política?” (176).

También en la opinión pública asistimos a este redescubrimiento: que la seguridad no es sólo una cuestión de orden público, sino de unas condiciones sanitarias, sociales, económicas, medioambientales que han de ser garantizadas por las instituciones. Las encuestas constatan una actitud cada vez más favorable a que el Estado asuma su papel.  No es cierto que estemos ante el dilema entre morir por el virus o morir de hambre. Para resolver ese dilema están las políticas sociales.

”La política que necesitamos no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse al paradigma eficientista de la tecnocracia» (177). Son la economía y la técnica las que deben ponerse al servicio de un proyecto que construya estructuras sociales donde todas las personas puedan vivir con dignidad. “La caridad implica una eficaz transformación que lo abarca todo: las instituciones, el derecho, la ciencia, la técnica, los procedimientos administrativos. No hay vida privada digna si no es protegida por un orden público, por un mínimo de bienestar» (164).

“Una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que llevar la dignidad humana al centro y que, sobre ese pilar, se construyan las estructuras sociales alternativas» (168). “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros”, decía la pancarta inaugural del 15-M.  La pandemia ha revelado que existen bienes y servicios que deben quedar fuera de las leyes del mercado.

Para lograrlo se hace necesario que los Estados recuperen su capacidad de acción política. “Asistimos a un debilitamiento del poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política” (172). Los grandes fondos de inversión, por su propia lógica, no tienen en cuenta los intereses sociales ni medioambientales, ya que no se responsabilizan más que de aumentar la cuenta de resultados. Para ellos, los derechos fundamentales a la salud, la vivienda, el agua, etc., sólo son activos financieros con los que especular y enriquecer a sus accionistas.

Son los Estados los que mejor pueden garantizar el bien común de los ciudadanos.  Los Estados de Bienestar fueron posibles gracias a esta intervención pública para regular la vida económica al servicio del interés general. En su estela, nuestra Constitución proclama: “Toda la riqueza del país en sus distintas formas, y sea cual fuere su titularidad, está subordinada al interés general. Mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, cuando así lo exigiere el interés general” (Art.128).

No se trata de establecer un capitalismo compasivo, benefactor, sino de organizar la vida económica de manera que todos puedan acceder a un trabajo decente y una vida digna. “El gran tema es el trabajo. Esa es la mejor ayuda, el mejor camino hacia una existencia digna. Ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo deberá ser permitirles una vida digna a través de un trabajo decente, con derechos» (162).

Asimismo, a nivel internacional: “No hay modo de resolver los graves problemas del mundo pensando sólo en formas de ayuda mutua entre individuos o pequeños grupos.  La inequidad obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales” (126). “Son necesarias instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar» (172).

Instituciones que puedan decidir y regular sobre  prácticas  que, en la actualidad,  obedecen a la ley del más fuerte: las “guaridas fiscales” que vulneran la justicia fiscal evadiendo impuestos, los “fondos buitre” que esquilman a países y grupos sociales vulnerables, los tratados llamados de “libre” comercio, las migraciones de trabajadores, “la deuda externa que, no sólo no favorece el desarrollo de los países pobres, sino  que los limita y los condiciona, ya que  compromete su subsistencia y  crecimiento” (107).

“Sobre el cuidado de la casa común”, subtitulaba Francisco su carta sobre la ecología, “Laudato si”. En “Fratelli Tutti”, sobre la reconstrucción tras la pandemia, invita a hacerlo estableciendo instituciones políticas y económicas comunitarias: “Necesitamos constituirnos en un “nosotros” que habita la casa común” (17).

   
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