VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Hace décadas que muchos cristianos descubrimos que nos encontramos en una nueva situación para vivir nuestro cristianismo. Fundamentalmente consiste en que hemos salido del recinto amurallado de nuestra casa y nos encontramos en una plaza pública, abierta, donde se hallan otros muchos que viven con credos culturales, éticos y religiosos distintos de los nuestros. El aislamiento, la uniformidad, la seguridad y alejamiento han sido sustituidos por la convivencia, el pluralismo, la duda, el diálogo y la cercanía.

Nuestro mundo interior comienza a moverse y no podemos evitar hacer mil preguntas. Avanzamos y nos damos cuenta de que muchas de las respuestas –viejas, superclaras, indiscutibles- no convencen ni sirven para una convivencia común, sólida, basada en presupuestos y valores comunes. Las religiones pusieron muros entre unos y otros y ahora descubrimos que, por encima de ellas, está el suelo inmenso, fértil y en todos entrañado de lo humano. Lo más común y lo más importante se había casi eclipsado para hacer visible lo que nos diferenciaba y contraponía.

La globalización ha cambiado de arriba a abajo esta situación. Lo cual provoca un problema, primero de todo en el seno de las propias religiones, quienes siguen afanadas por seguir marcando las propias diferencias. Las grandes religiones tienen su historia, su organización, su poder, sus representantes y no están dispuestas a una autocrítica y un relativizar mil asuntos en beneficio de causas y valores comunes. Paradójicamente, han perdido aquello que sin excepción debieran animar: el amor por la vida.

La gente se encuentra en esta conyuntura y, junto a su buen entender , se encuentra con la imagen de las predisposiciones y dogmas de su religión. Y oscilan entre la fidelidad o la crítica, la convergencia o la confrontación, el compartir o el alejamiento.
Y la respuesta a este nuevo hecho, no siempre suele darse positivamente, especialmente en los lugares dedicados al culto de cada religión. Allí se respira más lo propio que lo común.

La sociedad un foro abierto

Los foros se celebran fuera, al aire libre, con entrada libre para todos, donde nadie se siente extraño, porque la lengua que allí se habla es la de la humanidad común, la de la razón y del argumento, la de la exposición y del diálogo, con el afán de ir a lo que cohesiona y humaniza, y mueve a la fraternidad y al amor. Tal condición hace que los ciudadanos se sientan libres, no dogmáticos, conviviendo directamente sobre la experiencia y sabiduría humanas, con el objetivo de arraigar la justicia, la solidaridad, la paz y, en definitiva, la felicidad.

En este sentido, lo digo sin falsas humildades y sin miedo: buscamos presentar un cristianismo moderno, que arranca de donde siempre, pero que adopta modos, traducciones y aplicaciones modernas. Un cristianismo para hoy y de hoy, que asume y bendice los grandes avances y aspiraciones del hombre moderno en todo en cuanto sirve para crear condiciones de entendimiento, de justicia, de cooperación , de liberación y de paz. Ese cristianismo se edifica sobre lo humano, desde lo humano y para lo humano y cuenta con todo el potencial religioso que no persigue más fin que la plenitud y liberación-salvación de lo humano.

Así, pues:
1.Hemos entrado en una época nueva. El ingreso en una época nueva no se produce de repente, porque el cambio, que es una constante de la historia, se sucede y acumula hasta que en un momento determinado estalla y requiere una revisión del sistema.
2. Los cristianos venimos de un catolicismo bien aposentado en la cristiandad, estático, bien uniformado en leyes, ritos, costumbres y normas configuradoras de un modo de vida individual y colectivo. Un catolicismo de mucho tiempo y que, de unos siglos para acá, estaba paralizado. En los siglos XIX y XX surgen hechos significativos, ideas nuevas, cambios sociales que operan a modo de fermento en la conciencia católica. Esta fermentación se hace más intensa en el siglo XX, hasta tensar cada vez más la conciencia del desfase entre el catolicismo y el mundo moderno.

3. En el momento de celebrarse el Vaticano II, las circunstancias hacen que éste se convierta en plataforma impulsora del cambio: se da un paso de una concepción estática a otra más dinámica, de la repetitividad a la renovación, de la oposición a la convergencia.
Lógicamente, se viene abajo un modelo de catolicismo que establecía un dualismo entre Iglesia y Mundo, una superioridad de la religión católica sobre las otras religiones: “Extra eclesiam nula est salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación), un recelo de la dignidad de la persona, una subestima de sus valores y derechos con el consiguiente menosprecio de su protagonismo en la sociedad y en la historia, un colocar como vértice de perfección en la Iglesia al estamento clerical con ausencia práctica de responsabilidades para el laicado: “La Iglesia es una sociedad de desiguales”.

Son muchos los que se han tomado en serio el Vaticano II y han hecho de él su programa y meta. Pero, eso no obsta para que, podamos constatar que el modelo anterior sigue vigente todavía en la mayoría. No ha habido condiciones para asimilar el programa y espíritu del Vaticano II. La renovación duró poco tiempo. Ya en el año 1985 , el cardenal Ratzinger sentenciaba que los primeros 20 años del posconcilio habían sido tremendamente desfavorables para la Iglesia. Su descalificación encubría un gran miedo a la apertura y renovación.

Después creció y se consolidó la “restauración” amparada e impulsada por el Papa Juan Pablo II. No había dudas de la añoranza de la hegemonía vivida y de un claro retorno al concilio de Trento.
Lo ocurrido en el poscocilio es historia: han gozado de buena acogida y reconocimiento los movimientos neoconservadores y han sufrido censura y marginación los movimientos progresistas. Como consecuencia, el pontificado de Juan Pablo II significó una clara preferencia por el modelo conservador, acentuando la división dentro de la Iglesia.

La clave del giro inesperado de la involución

La revivencia de fuerzas soterradas del pasado no tuvieron gran dificultad en organizarse y establecer una estrategia de anulación del concilio. Era claro que los caminos trazados por el concilio señalaban el camino nuevo de una mayor presencia de los seglares, de un aire de mayor igualdad y libertad y un aminoramiento del poder clerical. En una Iglesia clerical, con máxima concentración del poder, surgía de nuevo la tentación de actuar sin concesiones contra lo que para ella representaba una pérdida de la hegemonía por tanto tiempo disfrutada. El modelo alumbrado por el Vaticano II suscitaba muchos miedos: miedo al cambio, a la renovación, al respeto de los avances de las ciencias, del nuevo saber bíblico-teológico-moral, a la igualdad, al diálogo interreligioso, a una línea nueva de colaboración e integración.

En la actualidad, el conflicto intraeclesial es patente: los hay que se atienen literalmente al modelo anterior, sin querer saber nada con la modernidad; y los hay que, fieles al Evangelio y al nuevo momento histórico, deciden obrar coherentemente con la aceptación del cambio y de una adecuada renovación. Y, en medio de unos y otros, el gran grupo de los perplejos y desconcertados: ¿Qué está pasando en la Iglesia?

Sea cual sea la posición tomada, desde un análisis de la realidad actual, se puede concluir que el mundo actual espera de la Iglesia algo más que una simple administración de sacramentos (mecánica repetición de ritos, simple recitación de misas y oraciones, repetición de prácticas religiosas propias de otra época). La liturgia, el culto, el rezar son centrales en la Iglesia católica pero desde una perspectiva creativa y comunitaria, donde los grandes problemas de la vida se hagan presentes en el espacio cultual. Dentro de él deben compaginarse en unidad inseparable la Palabra de Dios y la receptividad comprometida de los seguidores de Jesús.

El católico de hoy sigue considerando en gran parte que la profesión de su fe poco o nada tiene que ver con sus problemas cotidianos. La convivencia en una sociedad religiosamente pluralista le lleva a dudar, a cuestionar la validez de su propia religión cuando no a abandonarla. Hay una nueva visión de la salvación: no sólo nos salvamos nosotros sino nosotros con todos; la salvación comienza por afrontar los grandes problemas personales, familiares y sociales de cada día; para ello, uno no debe dejar de ser católico pero debe reducir de grado la cuestión de las creencias propias y buscar y anudar cantidad de vínculos comunes que son los más importantes.

Es hora de establecer una nueva relación de la fe con la política: es inadmisible el escándalo de tantos políticos, que se profesan creyentes, y encuentran natural comparecer en la sociedad con una serie de abusos, irregularidades, corrupciones y chantajes que se amasan en el interior de su corazón (en la savia indigna del egoísmo, de la soberbia, de la avaricia y de la hipocresía) y no dudan en hacerlos compatibles con su fe. Esta es la magna herejía de “muchos cristianos por la política”. Herejía que produce sonrojo y hace que el nombre de Dios “sea blasfemado por su culpa entre las naciones”. Esta es la gran impostura del poder, de los que se aprovechan de él y no lo ponen al servicio del Bien Común y de los más necesitados. ¿Dónde están los políticos que obran en cristiano, en fidelidad a las pautas y valores esenciales del Evangelio?

La religiosidad, la fe no es algo extraño, que te llega de fuera, que te la ofrece una institución o un clase sagrada, que se ciñe a unos momentos, lugares, ritos o normas detalladas, sino que abarca el ser entero como una opción libre –en este caso por el Evangelio- que asume lo humano, lo vivifica y plenifica.

Este modelo casi está por estrenar. Apenas se lo ha asimilado y practicado. Muchos cristianos no saben por qué lo son. ¿Qué significa para ellos seguir a Jesucristo?
Es incontestable la crisis religiosa actual. Pero queda por establecer las causas, el significado y alcance de esa crisis. El objetivo no es otro que recuperar la originalidad y fuerza del Evangelio, haciendo de él motor y ley de nuestra vida, de la sociedad en que nos ha tocado vivir y, al mismo tiempo, edificar una Iglesia, que sea de verdad espejo y signo creíble de ese Evangelio.

Benjamín Forcano, Sacerdote y Teólogo
Libros suyos: “Nueva Etica Sexual”, “Otra perspectiva más tuya”.
E-Mail: bforcanoc@tiscali.es

   
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