VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Humanizar

Mi amiga Julia es una estupenda mujer. La admiro por su serenidad y alegría. Julia ha aprendido a adaptarse a los desatinos de su vida, a los acontecimientos inevitables. Asume sus desaciertos con deportividad y vive construyendo siempre un horizonte nuevo.

Julia tiene sus momentos oscuros, y en ellos vale la pena también detenerse. Le cuesta manejar sus sentimientos, a veces incluso identificarlos, y esto le conduce a generar algún que otro estropicio. Pone verdadero afán en afrontar su debilidad, y sobre todo desea no volcar su “caja de truenos” en la gente más querida. Se diría que quiere adquirir sabiduría del corazón, inteligencia emocional. Quiere salir de su propia cárcel de invisibles barrotes pasionales.

Somos “un manojo de sentimientos”, de cables cargados de energía que nos atraviesan, nos llenan de vitalidad, nos empujan cada día en las acciones cotidianas. ¿Nos dominan quizá? Es evidente que están ahí, y que influyen en los modos de hacer. Esperamos que no nos invadan hasta anular nuestros deseos profundos, esos que duermen sumergidos bajo estas aguas turbulentas.

¿Qué sería la vida sin emociones? La apatía y la indiferencia se harían cargo de la comunicación, y viviríamos en un infierno maquinal, de gestos perfectos, de fría retórica, de teatro.

En pareja

En las relaciones de pareja, donde habita la confianza y la intimidad, se nos revelan parcelas recónditas del corazón del otro. Se encuentra un especial “ambiente”, para desvelar también la lucidez emocional. A menudo nos encontramos manejándonos mal, en la intensidad de tantos impulsos diferentes que tiran de nosotros como pequeños “demonios” y “ángeles”: el deseo de hacer bien a la otra persona, la necesidad de autoafirmación, la búsqueda del crecimiento a través de la relación, el impulso sexual, el miedo a la pérdida de la persona querida, el ánimo de complacer y ser el mejor para el otro o el afán de ser correspondido.

Se nos mezclan sentimientos tales como la alegría de encontrarnos y el miedo a la separación, el ansia de libertad y el deseo de poseer y controlar, la necesidad de enriquecerse a través de otras personas junto a los celos y la competencia, la generosidad más radical al lado de un inconsciente egoísmo, la confianza madura a la par que la inseguridad más adolescente.

Miedo, tristeza, rabia y alegría se convierten en motores y en arco iris con los que convivimos. Con más facilidad, quizá las mujeres, sentimos varias cosas a la vez, y generamos un cierto desconcierto a nuestras parejas masculinas, cuando atravesamos varias fases (rebeldía, resistencia, aceptación, compromiso) a la vez en cualquiera de nuestros procesos vitales. Manejamos por tanto varios sentimientos a la vez, y tenemos ritmos diferentes. Parece que es cuestión del desarrollo de alguna zona del cerebro que permite las conexiones e interrelaciones con más facilidad.

Aprender siempre

De la inteligencia emocional hemos aprendido mucho a través de otras páginas de HUMANIZAR. Pero, ¿no es muy difícil practicarlo en pareja? Creo que sí. ¿Cómo afrontar el miedo a perder a la persona que queremos? ¿Cómo no dejarse llevar a veces por la inseguridad, con lo frágiles que a veces nos sentimos? ¿Cómo no entristecernos cuando no somos comprendidos? ¿Cómo no enfurecernos cuando sentimos la desconexión entre ambos, cuando no hay un “lo siento”, cuando no hay “gracias”, cuando no hay reconocimiento o se mantiene el propio criterio sin ceder ni negociar, cuando faltan “palabras” o gestos porque vamos demasiado deprisa o pensamos demasiado en nosotros mismos?

¿Se podrá entonces aprender a querer a otra persona de manera más inteligente? Seguro que sí. Hacen falta dos ingredientes: la propia vida experimentada con consciencia, aunque a veces suene “pesado”. Es decir, una opción por pararse y dedicarse un tiempo de diálogo para aprender realmente de la situación. Por otra parte, un gran sentido del humor para desdramatizar, que nos ayude a encajar los infortunios y desaciertos, que no nos mantenga demasiado rato encasquillados en nosotros mismos, y nos transporte con la risa y la sonrisa a la paz.

El peso del amor

Creo que en las dificultades en la pareja hay momentos en los que se necesita una ayuda externa para impulsar ese afrontamiento más inteligente del manejo de los sentimientos y de la gestión de los conflictos. Y quizá debiéramos utilizarla más a menudo, nos ahorraría una excesiva culpabilización y nos daría objetividad. Por mucho que sepamos de las cosas, vivirlas en primera persona nos resta claridad para resolver.

Me pregunto a veces qué fuerza vital es amar para que tenga tanta potencia. Somos capaces de atravesar momentos de infelicidad, de gastar energías a montones, de realizar hazañas, proezas que en condiciones de indiferencia nos sería imposible. Esa potencia, de la que forma parte también y en gran medida la pulsión sexual, nos invade a veces de tal manera, que crece por encima de las dificultades, las desborda, las aplasta.

No quisiera transmitir que hay que eludir la conflictividad o evitar la discusión. Más bien es que cuando estamos frente a una persona que queremos, experimentamos como al mismo tiempo que nos importa mucho la afrenta, sentimos que deseamos pasar la página, envolver con el amor en forma de abrazo la situación, mirarla desde la subjetividad de quién acepta y toma nota para el futuro.

Seres amables

Es interesante recorrer los términos que tienen que ver con el amor en el diccionario. Se dice de “amable” el que es digno de ser amado. Y, ¿quién es digno de ser amado? ¿No lo somos cada uno y cada una de nosotras? Lo somos, por el mero hecho de ser personas.

Por tanto, una mirada desde la perspectiva del amor, del que tanto nos enseña la relación en la pareja, podría invitarnos a ser más misericordiosos, a disculpar más, a dar un plus de gratuidad y de oportunidad a la otra persona, en definitiva a considerarla digna de ser amada. La enorme potencia del amor traspasa las fronteras de la relación entre los que se aman y tiñe las relaciones de nuestra vida, las más difíciles, con una mirada compasiva. Podíamos al menos, procurarlo.

Siguiendo con las acepciones del diccionario, me llama la atención la palabra “aprecio”, como sinónimo de “amor”, que más allá de lo relativo a poner precio, también se refiere a “percibir adecuadamente”. ¡Qué interesante! La fuerza del amor se diría que nos conduce a percibir en su justa medida a los demás, a verlos tal como son, a desetiquetarlos, a liberarlos de nuestros prejuicios y aprender a quererlos así como son. Una verdadera heroicidad.

   
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