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Diamantino1Texto leído en la celebración del 25 aniversario de la muerte de Diamantino García en Osuna el 9 de Febrero(Redacción de RR.CC)
Cuando un hombre hace de su vida
casa abierta para los demás,
sin puertas cerradas,
sin nada que guardar,
queda para siempre viviendo
en las moradas y en los corazones a la par.

Cuando un hombre no guarda nada para sí
viviendo permanentemente para los demás,
cuando no se enriquece en nada
y se sitúa sencillamente en el último lugar,
recibe el mejor tesoro,
un regalo que nadie puede comprar:
el cariño, el respeto, la simpatía
de cuantos a su lado van.

Cuando un hombre presta sus manos, su corazón,
a todas las causas perdidas
-que son siempre las de los pobres-
y no se sienta junto a los de arriba
porque sabe que sólo en los pequeños
anida la esperanza y la vida,
ese hombre conoce la felicidad secreta
de comer el pan de las mesas sencillas
ofrecido por manos llenas de callos
pero limpias de hipocresía.

Cuando un hombre ve que la tierra mal repartida está,
que la gente de su pueblo
está forzada a emigrar,
o comerse el paro en las esquinas
sin protestar,
que los jóvenes se hacen hombres
sin oportunidad de trabajar…
y ese hombre se hace jornalero
para sentir en carne propia
lo que soportan los obreros,
entonces su sencilla palabra será
ejemplo y testimonio de la verdad.

Cuando un hombre gasta parte de su tiempo
consolando a los que lloran,
acompañando a los enfermos,
rezando por los que se van,
o enseña a los que no saben
distinguir la “o” del “cero”.
o se hace amigo de los niños
jugando como hacen ellos,
no habrá vivido en balde
y su tiempo será eterno.

Cuando un hombre cree lo que dice
y hace lo que cree,
se va con los de abajo,
con los pobres que nadie quiere ver,
sufrirá en su propia carne
y habrá de padecer
desprecio, críticas y burlas
de los que viven bien
y no quieren que el mundo
se vuelva del revés.

Cuando un hombre hace de su vida un sacerdocio
no para dar brillo al templo,
ni adormilar con cuentos,
no para vestir los santos,
sino para enjugar los llantos,
no para cantar largas letanías,
sino para contagiar esperanza y alegría,
no para hacer procesiones
sino para ir en las manifestaciones…
su vida entonces es medicina que cura
-por eso le llaman “el cura”-
es el que enseña y anima a creer
porque antes lo vive él.

Cuando un hombre se fía de Dios
y se entrega por completo a El
con una fe hecha
no de rezos ni de incienso,
sino en el compromiso fiel
por implantar la justicia
y sembrar hermandad,
verá que las semillas de sus obras
llegarán a germinar en un futuro-primavera
para una Nueva Humanidad.

Cuando un hombre queda su nombre grabado
no en una lápida de piedra,
sino en el corazón
y en el recuerdo de su pueblo,
ese hombre vive:
vive en el amor por siempre de Dios
y en la memoria del pueblo.
¡Ese hombre no está muerto!

Esteban Tabares

   
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