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La Marea
Hasta los años 50, una vivienda no costaba más que un autómovil. La población española ha pasado de destinar un 14% de sus ingresos a la vivienda en los 80 a un 30% de media. Los alquileres se han duplicado en las principales ciudades españolas y hasta cuadruplicado en otras como Santiago de Chile o París. El precio de compra ha aumentado tres veces más rápido que el ingreso medio de los hogares desde el año 2000, según la OCDE, lo que ha provocado que más del 20% de la población está sobreendeuda por la vivienda, un porcentaje que supera el 50% entre las personas con menos ingresos.

Y para buena parte de las urbanitas de entre 20 y 45 años, las más afectadas por el desempleo en buena parte de los países enriquecidos y por el precariado como nuevo sistema económico hegemónico, comprarse una casa sencillamente no es asumible. De hecho, la posesión de una vivienda en propiedad es uno de los factores que tradicionalmente ha diferenciado la pertenencia a la clase media de la baja en España. Pero en los últimos cinco años, pese a la supuesta recuperación económica, el alquiler entre la clase media ha aumentado 5 puntos porcentuales, hasta llegar al 15%, frente al 26% de la clase baja.

Eduardo Gutiérrez, director de la ONG Provivienda, alerta de que si no se frena la concentración de la propiedad de la vivienda por parte de fondos de inversión y no se amplía el parque público de pisos en alquiler -solo representan el 1,5% en España- en “los próximos años se asentará un doble sistema, que integre a las personas con rentas altas, y que excluye a personas con empleos más precarios, y atravesadas por otros factores de vulnerabilidad como es el género, la monoparentalidad materna, la edad o la nacionalidad”. Y plantea una cuestión a menudo ignorada: “Tendremos que hacer frente al cambio de tipos de familia, el envejecimiento de la población y la baja natalidad, en la conformación de un parque de vivienda que tradicionalmente se ha construido pensando en la familia nuclear”.

Hasta los años 50, una vivienda no costaba mucho más que un automóvil. A partir de entonces, empieza a predominar el “valor del cambio sobre el del uso”, analiza el arquitecto Claudio Pulgar-Pinaud. “En los últimos diez años, se ha disparado la producción inmobiliaria en el centro de Santiago de Chile de ‘guetos verticales’: megaproyectos de torres de cuarenta plantas de miniapartamentos de 30 metros cuadrados, controlados por fondos de inversión que los alquilan a precios desorbitados. Y la gente no tiene otro remedio que vivir ahí porque es donde tienen sus trabajos y porque los bancos no les dan hipotecas por sus escasos ingresos”.

Un modelo importado de megalópolis como Hong Kong o Tokio por el que en Chile se habla del problema de los ‘con techo’, en lugar de los ‘sin techo’: amplios sectores de la población que se sobreendeudan para vivir en condiciones muy precarias en guetos cuyo estigma marca también sus posibilidades de desarrollo personal y social. Paralelamente, se han ido construyendo condominios, “pequeñas fortalezas con una sola entrada con vigilancia privada, comercios, colegios en su interior… donde viven las clases medias aspiracionales, ni siquiera las altas, que buscaban alejarse de la ciudad más problemática”, explica el urbanista.

En el caso de las clases altas, se han encerrado en condominios más alejados de la ciudad, “con lagunas artificiales, seguridad, una lógica neocolonial, para la que el Estado además les ha construido autopistas para llegar más rápido a la ciudad”. Finalmente, los sectores más privilegiados, “una cierta aristocracia y burguesía de tradición familiar sigue habitando sectores de la ciudad con una simbología que determina que allí no puede vivir cualquiera. Se relacionan en clubes privados y se reproducen entre ellos”.

El académico ve importantes similitudes con otras ciudades europeas, como París, donde para una persona con unos ingresos promedio es imposible comprar una vivienda y donde las políticas de fomento del alquiler se han reenfocado hacia la lógica neoliberal de construir más vivienda social para las clases medias y medias altas, porque son las que producen mayor rentabilidad, mientras que las destinadas a las clases bajas se han reducido, convirtiéndolas en un paradójico privilegio por las largas listas de espera. En España, encontramos condominios de alto lujo en zonas como Sotogrande (Cádiz), en los madrileños barrio de El Visor y Parque de Berlín, entre otros.

“Este fenómeno lo estamos viendo en ciudades como Berlín, Madrid, Roma o México D.F. Cada vez vamos a vivir en mundo más distanciados: unos en guetos y otros en condominios, y el desafío es que las clases medias urbanas construyamos archipiélagos de resistencia, como cooperativas de viviendas, coordinadas para sobrevivir, compartiendo la alimentación y construyendo alternativas de sociedades diferentes”.

Mientras, en Asia, ese aparente mundo paralelo que es cada vez más avanzadilla de lo que se nos avecina, un millón de personas viven en túneles de antiguas líneas de metro por la imposibilidad de acceder a una vivienda y Singapur planea ya la ampliación de sus ciudades bajo tierra por la falta de espacio.

   
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