VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Iglesia de Base de Madrid

Eutanasia significa buena muerte (del griego: eu, bueno; thanatos, muerte). Pero “buen morir” es una expresión más amplia. Es más importante el “proceso de morir” que el “momento de la muerte”. Morir dignamente es recorrer con autonomía y dignidad el proceso de morir en sus diversas fases: etapa curativa; moderación terapéutica; analgesia apropiada; cuidados paliativos terminales y últimos recursos, incluida la sedación indicada, responsablemente consentida.

Si no se tienen en cuenta estas matizaciones, ocasionará malentendidos la propuesta del Presidente de la UCAM sobre incluir en el estatuto autonómico el tema de la eutanasia (La Verdad, 7 de octubre, 2006)
Pero abunda la confusión, como se vio en las reacciones del público italiano ante la desconexión por el médico de la prolongación artificial de la vida de Piergiorgio Welby a petición del interesado.

Para evitar malentendidos es preferible no llamar eutanasia pasiva a la moderación terapéutica. Retirar la alimentación artifical a Terry Chiavo o desconectar el respirador de Jorge León o de Piergiorgio Welby son comportamientos perfectamente admisibles en la más tradicional ética católica. Y en el caso de nuestro país, por supuesto, admitidos por la ley de autonomía del paciente. Equivale a rechazar recursos que no proporcionan razonable expectativa de beneficio al paciente y son una carga.

Hay que evitar la obsesión tecnológica de usar cuantos recursos hay a mano para prolongar la vida biológica. No hay que hacer un ídolo del dolor por el dolor ni de la prolongación a toda costa de la vida (en ocasiones mera prolongación del agonizar), ni siquiera por razones religiosas. Tenemos derecho a recorrer con dignidad el camino hacia el morir.
D. Callahan, el fundador del Centro Hastings de Bioética (Washington) dice: “Lo que acorta la vida es la patología previa. La enfermedad es la realidad última tras esas muertes. No se debe confundir retirar el soporte con matar”. Ante trescientas camas con pacientes indefinidamente intubados en situación irreversible, comentaba hace ya tres décadas el teólogo moralista norteamericano Richard McCormick: “Lo que mata es la enfermedad, no la supresión del soporte”. Y añadía con humor: “ Se ve que la dirección del hospital, a pesar de ser católica, no cree en la vida eterna y se empeña sólo en prolongar sin sentido la presente”,

Si es razonable respetar la opción de quienes, en situaciones difíciles de sufrimiento, piden ayuda para seguir viviendo, es también responsable respetar la postura de quienes piden que no se prolongue su agonía en situaciones excepcionales. No es extraño que haya escandalizado a muchos creyentes la actitud incomprensible de la vicaría de Roma al oponerse a la celebración religiosa de las exequias de Piergiorgio Welby. ¿Será que desconocen el Código de Derecho Canónico de 1983 y todavía funcionan con el de 1917?

El padre Javier Gafo, pionero de la bioética española, escribió así sobre Ramón Sampedro: “Seguro que el Dios en quien creo acogería a Ramón como a un hombre bueno, que sufrió mucho y que asumió unas convicciones éticas que para él eran correctas”.

   
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