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Castillo2Texto leído en la celebración del 25 aniversario de la muerte de Diamantino García en Osuna el 9 de Febrero(Redacción de RR.CC)
Hace 25 años que Diamantino García nos dejó para siempre. Y debo decir que es ahora, cuando el mundo, la sociedad, la religión… evolucionan y cambian más a fondo y con más velocidad, ahora precisamente es cuando podemos comprender y valorar lo que representa, en este momento, la genialidad y la hondura profética de aquel modesto cura campesino que fue este hombre singular.

No estoy diciendo tópicos de elogio convencional. Estoy recordando uno de los momentos más emocionantes que he vivido en mi larga vida. Ahora que ya he cumplido los 90 años, me acuerdo, emocionado, de aquella mañana, cuando en la parroquia del Cerro del Águila (Sevilla) estaba terminando el funeral de Diamantino, cuyo féretro iban a sacar enseguida de la iglesia parroquial. Y fue en aquel momento, cuando la gente empezaba a salir del templo, un hombre, con aspecto de trabajador campesino, subió al presbiterio, y desde allí, delante del féretro, gritó con voz potente: “¡Compañeros!, yo soy ateo; pero en el Dios de Diamantino, en ese Dios yo también creo”.

Hace 25 años que escuché aquel grito. Y confieso que ahora es cuando la voz de aquel hombre me impresiona con más fuerza. Porque en este momento es cuando veo con más claridad y con más nitidez al “Dios de Diamantino”. Es el Dios en el que, a mi juicio, podemos creer. El único Dios, que, con el paso de los años, va quedando en pie. No es el Dios de los templos y los conventos. Ni el Dios de los sacerdotes y los teólogos. Ni, por supuesto, el Dios de los ritos sagrados y sus liturgias. Es el “Dios encarnado”. Es decir, el “Dios humanizado”, que se nos dio a conocer en un humilde galileo, Jesús de Nazaret.

El Dios “trascendente”, el Absolutamente-Otro, al que no conocemos, ni podemos conocer, no se reveló en la religión del templo y la liturgia, ni en la teología de los clérigos más doctos. Se nos dio a conocer en Jesús (Jn 1, 18; 14, 8-11; Mt 11, 27), al que los “hombres de la religión” odiaron, persiguieron y asesinaron. El mismo Jesús que, en un “juicio ateo” (como nos recordó K. Rahner y repitió el poeta José M. Valverde), se fundió con los que sufren y soportan la escasez, los extranjeros y los encarcelados, con los desamparados de este mundo (Mt 25, 31-46). El Dios que, con su forma de vivir y trabajar, enseñó Diamantino desde el día en que llegó a la parroquia de Los Corrales, en la diócesis de Sevilla.

Desde las últimas décadas del siglo pasado, las personas religiosas viven cada día más preocupadas porque la religión de toda la vida se hunde, se diluye, no interesa. El papa Francisco quiere arrancar de la Iglesia el clericalismo integrista y la “esquizofrenia” religiosa que eso conlleva. De ahí, los enfrentamientos que Francisco está soportando.
¿Es todo esto señal de una ruina inevitable? Ya Diamantino nos dijo que no se trata de una ruina. Se trata de una transformación. La transformación que cosiste en hacer y vivir lo que hizo y vivió Diamantino: identificarse y fundirse con la gente que trabaja y sufre, tal y como lo han hecho los que se han despojado de la seguridad, los privilegios, el dinero y las distinciones que nos da la religión. El centro de nuestra vida no debe estar ni en nuestras creencias, ni en nuestras observancias, sino en la honestidad, la coherencia y la transparencia de nuestra forma de vivir. Si hacemos eso, viviremos la religión de otra manera. La viviremos como la vivió Jesús, el Señor. Habrá menos religión, pero entenderemos y viviremos el Evangelio.

   
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